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Relatos Ardientes

El verano que deseé a la mujer de mi hermano

Lo primero que recuerdo de aquel verano de 2010 son las manos de Aldo Brenner. Manos anchas, rosadas, surcadas por líneas blancas de piel seca y por callos viejos. Después recuerdo los ojos de Mara, brillando bajo el flequillo negro que le caía sobre la cara. Ojalá pudiera contar esto solo con imágenes así, sueltas, sin orden. Pero no se puede, así que a alguna parte habrá que llamarle principio.

Poco después de que mi hermano mayor, Mateo, se casara con Soraya, me llevaron con ellos a un retiro en la montaña. A los dos les gustaba el aire fino de las alturas, el frío que subía del lago en la madrugada y el cansancio bueno de las caminatas largas entre la maleza. Yo odiaba todo eso. Pero sabía que para Mateo era importante tenerme cerca.

Desde la boda, él iba a dedicarse a su mujer, y aun así me quería al lado. Se sentía responsable de mí. No soy ni voy a ser como papá, me decía siempre, como un juramento. Y estaba Soraya, además, que era hermosa, y yo todavía no había terminado de superar lo que sentía cuando la miraba: esas ganas mudas de meterle la mano bajo la falda, de saber a qué le sabía el coño a la mujer de mi hermano.

Nos metimos los tres en el coche, cruzamos cerros polvorientos durante horas y llegamos a una franja de bosque que parecía dibujada. Era el cielo más limpio que había visto nunca, abierto de lado a lado, y se copiaba entero en el lago enorme. Entre el bosque y el agua había un claro con media docena de cabañas dispuestas en círculo.

Apenas cerramos las puertas y bajamos las maletas, Aldo Brenner salió a recibir a Mateo y a Soraya. A mí ni siquiera me miró. Llevaba una camisa a cuadros abierta en el pecho, con las mangas arremangadas, y tenía la ropa y la piel manchadas de aceite de un generador que peleaba por arrancar. Hablaba un español correcto pero áspero, como masticado.

Su piel, curtida por la humedad y el trabajo, era de un color casi fucsia, como la de los extranjeros que se queman en la playa. Pero en él no era de vacaciones: era el color de quien no ha pasado un solo día de su vida bajo techo. Tendría cuarenta y tantos, alto y fornido. La barba recortada, ya con canas, le subía por el cuello hasta las patillas como el pelo erizado de un animal.

La esposa de Brenner era una muchacha de treinta y pocos, rubia, pequeña y compacta. Tardabas en darte cuenta de que estaba embarazada. Por más que lo intento, no consigo recordar haberle oído decir una sola palabra en toda la semana que estuvimos allí.

Brenner y ella nos enseñaron el lugar. A mí, que la naturaleza siempre me ha resultado antipática, me dejaba sin aire la anchura del lago bajo la masa de las montañas. Mientras lo pensaba, casi contento de haber hecho el viaje, Soraya caminaba despacio, jugando con el pequeño anillo plateado que llevaba en la mano izquierda. Quizá el lugar me gustaba solo porque ella se veía feliz.

Mateo, mientras tanto, indagaba sobre el retiro y sobre su dueño. El tío de Brenner —extranjero, por supuesto— había llegado años atrás como misionero y le había dejado en herencia aquel terreno en la montaña, donde se levantó el retiro. Allí los políticos, las empresas y los grupos religiosos estrechaban sus lazos bajo el manto cariñoso de los árboles.

A juzgar por las capillas de madera en los costados y por la cantidad de cristos y vírgenes que había en cada cabaña, Brenner no era protestante como su tío. O quizá esos signos eran solo decoración para los clientes que esperaba. Nunca lo supe del todo.

Cuando terminábamos de instalarnos, tocaron a la puerta de la cabaña. Era una chica delgada y morena, de pelo negro y un flequillo largo que le tapaba media mirada. No recuerdo en qué momento supe que se llamaba Mara, pero da igual: en mi memoria ese nombre está con ella desde que la vi por primera vez. Nos dijo que la comida estaba servida y se marchó. Yo me quedé mirando lo bien que le quedaba el pantalón de mezclilla, cómo se le marcaba la raya del culo al girarse, y sentí que la polla se me endurecía sin permiso dentro del vaquero.

El comedor tenía el techo alto y seis mesas vacías. Parecía que nadie más se hospedaba en el retiro. Mara sirvió una sopa y un plato de garbanzos. Desde la pared, un cristo de madera, sangrante, nos miraba comer.

Mateo hablaba con palabras chispeantes, buscando ganarse a Brenner con su ingenio. Brenner sorbía la sopa con la cabeza inclinada y, en cada cucharada, levantaba los ojos hacia Soraya. Yo intentaba seguir la conversación y disimular que miraba a Mara, que tras servirnos a todos se había sentado junto a Brenner, en el lado opuesto de la mesa. Pero Soraya lo notó —ella nota esas cosas— y me sonrió con complicidad.

¿Quién era Mara? Tenía la idea vaga de que Brenner había dicho en algún momento que era su hija adoptiva. Aunque no se prestaban la menor atención. Brenner miraba a Soraya, y Mara miraba a la nada.

***

Aquella primera noche hubo luna llena. Lo sé porque no pude dormir en la cabaña.

Mateo no sabe contenerse cuando está con su mujer. Se le van los ojos a su cuerpo, y detrás de los ojos las manos, y muchas veces se olvida de dónde está o de quién hay cerca. La verdad, no lo juzgo. Soraya es alta y castaña; en su pelo liso y suave se mezclan el aroma a avellana de su perfume y el gusto salado de la piel. Tiene los ojos estrechos, de pestañas largas que vibran con coquetería cuando parpadea.

Le gustan los sacos y los pantalones de vestir holgados. Pero yo la había visto en shorts y blusa, en la comodidad de los domingos en casa de Mateo, y sabía que debajo de esos sacos había dos tetas firmes de pezones oscuros, y debajo de esos pantalones dos nalgas fuertes, redondas, carnosas, con un coño apretado en medio que a esa hora, seguro, estaba empapado esperando la polla de mi hermano. Así que no culpo a Mateo por no aguantarse.

Esa primera noche me despertó el sonido de dos respiraciones pesadas. Poco a poco, la de ella se fue volviendo gemido. Él debía estar tocándola en la oscuridad, no sé bien cómo. Con el tiempo creí oír a Soraya susurrar.

—Tócame toda… bésalos, bésalos… ¿No quieres darles una mordida pequeña a los pezones? Así, entre los labios… Ay, Mateo, Mateo. Chúpalos fuerte, amor. Muérdemelos. Sí… así. Mira cómo se me ponen duros para ti.

Oí a Mateo gruñir bajito, el chasquido húmedo de su boca sobre las tetas de ella, y después el crujido del catre cuando le abrió las piernas. Soraya soltó un jadeo largo, ahogado contra la almohada, y enseguida vino el ruido inconfundible de unos dedos entrando y saliendo de un coño mojado.

—Estás empapada —le susurró Mateo—. Mira cómo chorreas, Soraya.

—Es tuyo… todo es tuyo… métemela ya, por favor.

Primero, intentando hacer el menor ruido posible, empecé a masturbarme. Me escupí en la mano y me la pasé por la polla, imaginando el coño de mi cuñada abriéndose para mi hermano a dos metros de mi cama. A los pocos segundos me sentí culpable. Carraspeé. Ellos se detuvieron un instante y fingieron dormir. Yo me eché encima una chamarra gruesa y salí de la cabaña con la polla todavía dura pegada al vientre, dispuesto a dejarlos terminar.

No sabía si estaba feliz por Mateo o si odiaba su felicidad. Me parecía que el aire de la madrugada se había enturbiado con un olor a sal, como el de la piel de Soraya, o quizá como el de su coño mojado. Ese olor terminó de espantarme de los ojos los últimos restos del sueño.

Echando vaho en el frío, empecé a caminar para entrar en calor y matar el tiempo antes de volver. No es que quisiera meterme en el bosque, pero apenas había espacio para andar sin aventurarse al menos un poco entre los árboles apretados y sus vericuetos.

Cuando llevaba unos quince minutos lejos de las cabañas, lo oí. Era el mismo ruido que había escuchado tantas veces en casa de Mateo. El mismo que había querido escuchar un rato antes en la cabaña. Era el ruido de una pelvis de hombre chocando contra las nalgas de una mujer. El plaf, plaf, plaf, húmedo y pesado, de carne contra carne. El ritmo era continuo, como un metrónomo, y hacía pensar en un hombre que penetraba con más fuerza y hondura que velocidad, hundiendo la verga hasta la raíz y sacándola casi entera antes de volver a clavarla.

No sabía qué esperaba encontrar. Quizá esperaba ver a Soraya. Quizá pensaba que mi hermano y su mujer habían salido de la cabaña, o que el eco me llegaba de muy lejos, o que sencillamente me lo estaba imaginando. Fuera lo que fuera, yo avanzaba hacia el sonido, duro como un leño, con la polla ya escapándose del pantalón.

La maleza me arañaba el dorso de las manos al pasar. El aire frío me raspaba los pulmones y los mosquitos empezaban a juntarse a mi alrededor. En algún momento ya no quise seguir y volví sobre mis pasos. Pero me perdí.

Mientras buscaba el camino, algo me golpeó la vista. Eran, inconfundibles, las manos de Brenner, a menos de cuatro metros. Se aferraban con fuerza a las crestas delgadas de una cadera, los dedos hundidos en la piel hasta blanquearla. El resto de la mujer me lo tapaban las ramas del árbol detrás del que me había agazapado, pero podía ver de reojo, entre las hojas, el balanceo brutal de un culo pequeño y moreno cada vez que él la embestía.

Brenner no penetraba a la mujer moviéndose adelante y atrás como un perro. No: alejaba la cadera de ella para sacar el miembro y luego la atraía hacia sí para volver a ensartársela, una y otra vez, con una calma que daba más miedo que la prisa. Cada vez que la jalaba contra él, ella soltaba un quejido corto, ahogado, como si le sacaran el aire de un puñetazo en la panza. La polla de Brenner salía brillante, empapada de los jugos de ella, y volvía a hundirse hasta que los huevos del hombre se estrellaban contra el coño de la chica.

No era mi hermano, así que no había culpa que cargar. Me saqué el miembro y empecé a menearlo despacio, apretando el glande con el pulgar y el índice a cada bajada, sintiéndolo palpitar. Si al menos pudiera verle la cara a la mujer, pensé. Brenner deslizó una mano hasta la nuca de ella y la empujó hacia el suelo, obligándola a arquear más el lomo. Le dio una nalgada seca, sonora, y otra, y otra más.

—Aprieta, puta —le gruñó—. Aprieta ese coño para mí. Así. Que sienta cómo me chupa la verga cuando entro.

La chica gimió por lo bajo, un sonido animal, y Brenner soltó una risa gruesa. La embistió cinco, seis veces seguidas, hondo, y de repente se detuvo. Sacó la polla brillante y goteante y se la sacudió un par de veces en el aire, respirando fuerte por la nariz.

—Me voy a correr.

La chica no dijo nada. Se dio vuelta despacio, se puso de rodillas frente a él sobre la tierra húmeda y se metió el miembro en la boca hasta la mitad. Vi cómo las mejillas se le hundían al chupar, cómo la lengua le rodeaba el glande, cómo un hilo de saliva le caía del mentón y le mojaba la barbilla. Igual que había usado a su antojo las caderas de ella, así la tomó de la nuca con las dos manos y le impuso un ritmo, hundiéndole la verga hasta la garganta. La pobre tosió un poco, la baba desbordándole por las comisuras, los ojos vidriosos. Él no la soltó: la clavó ahí, contra su pelvis, mientras el cuerpo de ella se sacudía con las arcadas.

—Trágamela toda —jadeó Brenner—. Tú sabes cómo, hija de puta. Así, así… con la lengua…

Entonces Brenner sacó el miembro de golpe, se lo agarró con el puño y se corrió en la cara… de Mara. Chorros gruesos, blancos, que le cayeron sobre la frente, sobre el flequillo negro, sobre los párpados apretados y sobre los labios entreabiertos. Un último hilo le colgó del mentón hasta gotearle en el pecho. Ella se quedó quieta, arrodillada, dejando que él le vaciara todo encima como si fuera un altar.

Me quedé inmóvil detrás del árbol, con la mano todavía en el sexo y un asco que me subía desde el estómago mezclado con la corrida propia que sentí venir sin poder detenerla. Me mordí el labio y me corrí en silencio sobre las hojas, sacudiéndome entero, mirando el semen ajeno chorrear por la cara de aquella mujer y el mío empapar el musgo a mis pies. Mara no lloraba. Se limpió con el dorso de la muñeca, sin prisa, como quien hace un gesto repetido mil veces, se lamió después el nudillo con una lentitud casi indiferente, y miró un instante hacia los árboles. Hacia mí. Juro que sus ojos, bajo el flequillo apelmazado de semen, se clavaron justo donde yo estaba escondido.

No sé si me vio. Nunca lo sabré. Brenner se subió el pantalón y se alejó hacia las capillas sin decirle una palabra, y ella se quedó sola, de rodillas todavía, en aquel claro de luna, con la corrida secándosele en la cara. Yo retrocedí como pude, tropezando con las raíces, con el pantalón todavía a medio subir y la polla húmeda golpeándome el muslo, y de milagro encontré el sendero que llevaba de vuelta.

***

Cuando llegué a la cabaña, Mateo y Soraya dormían abrazados, en paz, ajenos a todo. La sábana se le había resbalado a Soraya hasta la cintura y una teta desnuda le asomaba, blanca y pesada, con el pezón todavía enrojecido de tanto mordisco. Aparté los ojos con esfuerzo. Me metí en mi cama helada y me quedé mirando el techo de madera hasta que clareó. El anillo plateado de Soraya brillaba sobre la mesilla, donde ella lo había dejado antes de acostarse. No pude dejar de mirarlo.

Pasamos seis días más en aquel retiro. Caminamos junto al lago, comimos bajo la mirada de los cristos de madera, escuchamos a Mateo contar sus chistes y a Brenner reírse con su risa de animal. La esposa rubia y embarazada siguió sin decir una palabra. Soraya siguió jugando con su anillo y sonriéndome con esa complicidad que me hacía sentir, a la vez, querido y miserable.

Y Mara siguió sirviendo las comidas. Cada vez que entraba al comedor yo bajaba la vista, con el corazón en la garganta, esperando que no se acordara, o rezando para que se acordara. Una sola vez, al recoger mi plato, se inclinó muy cerca de mi oído y me susurró, con una voz que no le había oído antes.

—La montaña ve todo, niño. Hasta lo que tú crees que escondes.

Después se enderezó y siguió como si nada, con el flequillo cayéndole sobre los ojos. Esa misma noche, la penúltima, la encontré esperándome en la parte de atrás de mi cabaña. No dijo una palabra. Me agarró de la muñeca, me arrastró contra la pared de troncos, me bajó el pantalón de un tirón y se agachó frente a mí. Se metió mi polla en la boca sin preámbulo, hasta el fondo, mirándome desde abajo con esos ojos negros que ya me conocían el vicio. Chupó despacio, con la lengua envolviéndome el glande, dejando que la saliva le corriera por el mentón hasta caerme en los huevos. Me apretó las bolas con una mano, con la otra se abrió el pantalón y se metió los dedos entre las piernas; oí el ruido mojado de su coño y quise volverme loco.

—Cállate —me susurró cuando gemí—. Y córrete rápido. Tu hermano no puede oírte.

Volvió a tragarme la verga, ahora más rápido, chupando con las mejillas hundidas, dejándome sentir el fondo de la garganta cada vez que empujaba. Le agarré el pelo con las dos manos, aparté el flequillo y le follé la boca como Brenner le había follado el coño en el bosque, con embestidas hondas y calladas. Ella no se apartó. Aguantó todo, con los ojos llenos de agua, tragando saliva, hasta que sentí la corrida subírseme desde los huevos como un latigazo. Cuando quise avisar apenas alcancé a gruñir; ella me apretó más fuerte contra su cara y me tragó la leche entera, chorro tras chorro, sin soltarme, sin dejar que se le escapara una gota. Después me lamió el glande limpio, se levantó, se limpió la comisura con el pulgar y me miró.

—Ya somos iguales —dijo—. Ahora tú también me tienes adentro.

Y se fue, ajustándose el pantalón, con el mismo caminar tranquilo del comedor. No volvimos a hablar. El último día metimos las maletas en el coche, Brenner estrechó la mano de Mateo, Soraya se puso el anillo y nos fuimos cruzando los cerros polvorientos en sentido contrario.

De aquel verano me quedaron las imágenes sueltas que dije al principio. Las manos rosadas de Aldo Brenner. Los ojos de Mara bajo el flequillo, empapados de semen ajeno. El anillo de Soraya girando entre sus dedos. Y la certeza, que me acompaña desde entonces, de que el deseo más oscuro no es el que sentimos, sino el que descubrimos espiando en lo que creíamos era el silencio de los demás.

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Comentarios(7)

Rosario_B

Que bien escrito, me atrapó desde las primeras lineas. Bravo!!

EduNoche

Por favor tiene que haber continuacion... esto no puede quedar ahi jaja. De los mejores que lei aca

patri88

increible!!!

LeoMontevideo

Muy bien armado. Se siente la tension de principio a fin sin volverse burdo, eso es lo que diferencia un buen relato de uno del monton. Esperando mas

SoniaRed

¿Hay segunda parte? Quede con muchisimas ganas de saber que paso despues

TomTom_AR

Me recordo a un verano hace unos años que nunca olvide. Esas situaciones que quedan grabadas para siempre. Muy bueno

MarcoBaires

El principio me engancho al toque, pensé que iba a ser uno generico pero no. Buen trabajo

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