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Relatos Ardientes

Bajé al piso de mi vecina mientras su marido dormía

Bajé las escaleras descalzo, con los zapatos en la mano, a las diez menos cuarto de la mañana. El bloque estaba en ese silencio espeso de los lunes: un portazo lejano, el zumbido cansado del ascensor viejo, nada más. La llave de su piso seguía caliente en mi bolsillo desde la noche anterior, la misma con la que había cerrado al irme.

Abrí sin llamar. Entré como entra alguien que ya conoce el terreno, pisando despacio sobre el parqué que crujía en las junturas. El salón estaba tal cual lo habíamos dejado, con un olor denso a noche larga y a orujo derramado.

Gerardo roncaba en el dormitorio con la puerta entreabierta. Lo oía desde el recibidor, un motor diésel atascado, y junto a la cama adivinaba la botella vacía rodada en la alfombra. No se había movido en horas.

Remedios estaba en la cocina. La puerta entornada me regalaba la escena entera: de espaldas, preparando café con la cafetera italiana, envuelta en una bata de raso color vino que le colgaba abierta de los hombros. Debajo, nada.

—Adrián… —dijo sin girarse del todo, como si me hubiera oído entrar antes de verme—. Pensé que hoy no bajarías.

Cerré la puerta de la cocina con cuidado y eché el pestillo. Me acerqué por la espalda y le aparté el pelo rizado del cuello, todavía revuelto del sueño que no había dormido.

—Te dije que bajaría —murmuré contra su nuca—. Y aquí estoy.

Le quité la taza de las manos y la dejé en la encimera. Le abrí la bata del todo y la dejé caer al suelo. Quedó desnuda bajo la luz fría del fluorescente, las piernas algo separadas, la respiración ya entrecortada antes de que la tocara.

La giré hacia mí y la besé fuerte, sujetándola por la mandíbula. Sabía a café recién hecho y a algo más antiguo, a la vergüenza que arrastraba desde la noche anterior. Gimió contra mi boca con las manos temblando en mi pecho, sin apartarme.

—Está al lado —susurró cuando le solté los labios—. Si se despierta…

—No se va a despertar —dije—. Y si lo hace, que mire.

La empotré contra el granito frío de la encimera. Le abrí los muslos con la rodilla y le metí dos dedos sin avisar. Estaba empapada, hinchada todavía de la noche, y soltó un quejido que tuvo que tragarse a medias.

Curvé los dedos hacia arriba, buscando ese punto que la hacía arquearse, mientras con la otra mano le pellizcaba un pezón hasta arrancarle un «ay» ahogado. Se corrió enseguida, rápido y húmedo, las piernas flojas, agarrándose a la encimera para no caerse al suelo.

—Adrián… —jadeó, todavía temblando—. Joder.

La volví a girar, esta vez de espaldas, y le incliné el torso sobre el granito. Me bajé los pantalones, la coloqué en la entrada y empujé hasta el fondo de una sola vez. Soltó un gemido largo que sofocó tapándose la boca con el dorso de la mano.

La follé despacio pero profundo, cada embestida haciendo que la cafetera tintineara sobre el fuego apagado. El chapoteo se oía claro en la cocina silenciosa, y al fondo del pasillo Gerardo seguía roncando, ajeno a todo.

—Dime qué eres —le susurré al oído.

—Tuya —contestó con la voz rota—. Soy tuya, Adrián. No pares.

Se corrió otra vez, apretándome dentro, y el chorro caliente le bajó por la cara interna de los muslos hasta la baldosa. La dejé un instante recuperar el aire, la frente pegada al granito.

***

No quise terminar allí. La levanté en brazos sin salir de ella, con la polla todavía clavada, y ella se aferró a mi cuello con las piernas alrededor de mi cintura.

—No… al salón no… está ahí… —protestó en un hilo de voz.

No le respondí. Caminé por el pasillo corto, cada paso hundiéndome más en ella, y la noté arquearse contra mí, mordiéndose el labio para no gritar. Cuando llegamos al salón, Gerardo se había trasladado al sofá grande, tirado de lado con la boca abierta y una mano colgando por el borde. La televisión parpadeaba en silencio, una luz azulada bañándole la cara de resaca.

No se habría enterado ni de un terremoto.

La bajé al suelo despacio, frente al sofá donde dormía su marido, y la giré de espaldas a mí. Le incliné el torso hacia delante hasta dejarla casi a cuatro patas, las manos apoyadas en el respaldo, a un palmo de la cabeza de Gerardo.

—Míralo —le dije al oído—. Aguanta sin gritar… o lo despertamos.

Ella lloraba bajito, lágrimas frescas cayendo sobre la tela del sofá, pero empujaba el culo hacia mí buscándome.

—Todavía duele de anoche —murmuró—. Pero hazlo. Soy tuya.

Saqué la polla, brillante, y la apoyé en su entrada más estrecha. El anillo se contrajo al sentir la punta y empujé despacio, centímetro a centímetro, mientras ella clavaba las uñas en el terciopelo del respaldo. Cuando entró la mitad soltó un gemido largo que disfrazó de tos.

Gerardo se removió un segundo, gruñó algo ininteligible y siguió roncando. Seguí empujando hasta el fondo, y ella tembló entera, con el coño chorreando sin que lo tocara.

—Muévete tú —le ordené—. Delante de él.

Obedeció, llorando y deseándolo a la vez, las caderas yendo y viniendo sobre mí, el placer prohibido mezclándose con el dolor hasta empujarla a otro orgasmo. Aceleré, las embestidas profundas haciendo crujir el sofá, y el cuerpo de Gerardo se movía apenas con cada impacto sin despertarse.

Me corrí dentro de ella, caliente y largo, y la oí ahogar el gemido contra el respaldo. Salí despacio y le di un azote suave.

—Quédate así un rato —le dije—. Y prepárate, porque esta tarde vuelvo.

***

Volví por la tarde, como prometí, y la llevé de la mano al dormitorio. La habitación olía a colonia barata, a orujo y a sábanas que se cambiaban menos de lo debido. Gerardo se había quedado frito otra vez en el sofá, frente a un canal de teletienda que nadie miraba.

—Aquí no —gimoteó ella en la puerta—. Es nuestra cama.

Cerré con pestillo sin contestar. La tumbé boca arriba en el centro exacto del colchón, justo donde dormía él cada noche, y le abrí las piernas. Me desnudé despacio, dejando la ropa caer junto a la mesita donde había un vaso sucio y un blíster de pastillas para la tensión.

—Si entra, nos mata —susurró ella, mirándome desde abajo con los ojos vidriosos.

—Que entre —dije, cubriéndola con mi cuerpo—. Que vea cómo te hago correr en su propia cama. Como nunca supo hacerlo él.

Empujé de una sola embestida, entero. El coño se abrió fácil, ya acostumbrado a mí, pero seguía apretando caliente y húmedo. Ella se tapó la boca con la mano para no gritar mientras yo empezaba a moverme, cada salida casi completa, cada entrada hasta el fondo, haciendo crujir el somier viejo contra la pared.

Le estrujé los pechos con las dos manos, la carne desbordándose entre mis dedos, y le mordí el cuello dejándole una marca que al día siguiente tendría que tapar.

—Dime que esta cama ya es mía —le pedí.

—Es tuya —contestó frenética, llorando de placer—. Es tuya, Adrián. Rómpeme aquí.

Se corrió primero, contrayéndose alrededor de mí, las uñas clavadas en mi espalda. La giré de lado, una pierna sobre mi hombro, y la seguí follando de perfil mientras de reojo veía la foto de boda en la mesita: ella joven, sonriente, Gerardo al lado.

—Cuando se acueste esta noche —le susurré— va a dormir sobre el charco que estamos dejando. Y no se va a enterar.

—Que duerma en tu leche —jadeó ella—. No pares.

La puse boca abajo, el culo en pompa, la cara hundida en la almohada de su marido, y la penetré de nuevo por detrás. El anillo ya cedía mejor que la noche anterior. La follé duro, las embestidas golpeando la cabecera contra la pared, hasta que me vacié dentro de ella, rebosando, manchando las sábanas floreadas.

—No las cambies —le dije, dándole un último azote—. Mañana bajo otra vez.

***

Esa madrugada no pude quedarme arriba. Eran las dos y media cuando volví a bajar, llave en mano. El edificio dormía a medias: una luz encendida en un piso alto, un gato maullando en el patio interior, el rumor de un coche en la calle principal.

Remedios no había podido dormir. Me esperaba en el salón, todavía con la bata de raso colgando inútil de los hombros, y me abrió la corredera del balcón con las manos temblorosas antes de que se lo pidiera. Gerardo roncaba dentro, en el dormitorio, con la puerta entornada.

—No deberíamos —susurró ella—. Los vecinos… si alguien mira por la ventana…

—Que miren —dije, y la empujé suave hacia la barandilla.

El aire frío de enero le erizó la piel y le endureció los pezones al instante. Abajo, el patio estaba oscuro, pero las luces de algunos pisos dejaban ver lo justo: tendederos con ropa colgada, macetas de geranios mustios, una bicicleta oxidada apoyada en un rincón.

La incliné contra el hierro frío, los pechos aplastados contra el metal, el culo en pompa hacia mí. Le subí la bata por la espalda y le abrí las piernas con las mías. Me bajé los pantalones y la penetré despacio, hasta el fondo, mientras ella se mordía el antebrazo para no gritar.

—Por favor —jadeó—. La del tercero fuma a estas horas. Nos pueden ver.

—Que vean cómo te follo en tu propio balcón mientras tu marido ronca dentro —le respondí al oído, embistiendo lento y hondo—. Mañana lo sabrá el bloque entero.

La barandilla crujía ligeramente con cada movimiento, el metal frío mezclándose con el calor de su cuerpo. Ella temblaba, las piernas flojas, las uñas clavadas en el hierro, y se corrió sin que la tocara, el cuerpo entero sacudiéndose contra la baranda.

Arriba, en el piso de encima, se encendió una luz tenue. Alguien abrió una ventana, quizá para ventilar, quizá para fumar.

—Nos van a pillar —sollozó ella, tensándose—. Detente, por favor.

Pero su cuerpo empujaba hacia atrás, buscándome más adentro. No paré. La follé más fuerte, las manos en sus caderas tirando de ella, hasta que se corrió otra vez, violenta, salpicando el suelo del balcón y mis zapatos.

Me corrí dentro de ella en el último momento, sujetándola contra el hierro para que no se derrumbara. Arriba, la ventana se cerró de golpe. No supe si alguien había visto algo o sólo le había molestado el ruido.

Salí despacio y le di un azote que retumbó en la noche.

—Vuelve dentro —le dije, subiéndome los pantalones—. Duerme con la puerta abierta. Mañana bajo a por más.

Ella asintió sin fuerzas, sollozando bajito, y entró tambaleándose al salón. Cerré la corredera desde fuera y subí a mi casa. El balcón quedó vacío, pero el suelo brillaba húmedo bajo la luz de la luna, y supe que al día siguiente alguien lo vería desde abajo y se preguntaría qué había pasado allí.

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Comentarios (5)

CuriosoDeLaRuta

tremendo relato, de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

RominaBA

La tension del principio es lo que mas me engancho. Ya sabe uno lo que viene pero igual no podes parar de leer.

JuanMaPz

Por favor que haya segunda parte!! justo cuando empezaba lo mejor se corto, muy cruel jajaja

nocturnol33

me recordo a una situacion de hace años que mejor no cuento... sin comentarios jaja. Muy bueno

Patri77

La imagen de la llave calentandole el bolsillo desde la noche anterior... eso es escribir bien. Tiene mucha tension esa frase sola.

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