Mi primo me esperaba con una vieja fantasía
Todo empezó con un mensaje a las dos de la madrugada. Adrián me escribió que llevaba años con una fantasía que no se atrevía a contarle a nadie, y que esa fantasía era yo. Que quería tener sexo conmigo, en concreto sexo anal, y que no era la primera vez que lo hacía dentro de la familia.
—Ya lo probé con la mujer de mi padre —me confesó, sin rodeos—. Y desde entonces no dejo de pensar en hacerlo contigo.
Tendría que haberme escandalizado. En cambio, me quedé mirando la pantalla del móvil en la oscuridad de mi habitación, releyendo aquellas palabras una y otra vez, notando cómo se me aceleraba el pulso.
Al principio me resistí. Le dije que estaba loco, que éramos primos, que yo nunca lo había hecho por ahí y que no pensaba estrenarme con él. Pero la idea se me quedó clavada durante días, como una astilla pequeña que no duele hasta que la rozas.
¿Y quién mejor que él para enseñarme?
Esa pregunta fue la que me venció. Llevábamos toda la vida rondándonos sin decir nada, con miradas que duraban un segundo de más en cada comida familiar. Él vivía en Zaragoza, yo en Valencia, y justo tenía que ir unos días al norte por unos trámites de trabajo. La excusa estaba servida.
—Voy a estar por tu ciudad la semana que viene —le escribí al fin—. Si todavía quieres, hablamos cuando llegue.
Tardó tres segundos en responder. Yo tardé tres días en arrepentirme de no haberlo escrito antes.
***
Llegué una mañana de cielo gris y él me esperaba en el andén. En cuanto lo vi noté la tensión entre los dos, esa electricidad densa que flota cuando dos personas saben exactamente para qué se han citado pero ninguna se atreve a nombrarlo todavía.
—Estás más guapa que en las fotos —dijo, y me dio un abrazo que duró un poco más de lo que dura un abrazo entre primos.
No respondí. Sonreí y dejé que me cargara la maleta hasta el coche.
Lo primero fue resolver mis gestiones. Pasé la mañana entre oficinas y firmas, y a mediodía lo llamé para comer juntos. Elegimos un sitio pequeño, de mesas pegadas, y fue durante esa comida cuando empecé a jugar.
Me solté un botón de la blusa, lo justo para que el escote ganara terreno cada vez que me inclinaba sobre el plato. Bajo la mesa, dejé que la punta de mi pie subiera por su pierna, despacio, hasta apoyarse entre sus muslos. Él dejó de masticar a media frase.
—Sigues así y no respondo de mí —murmuró.
Yo seguí. Y más tarde, cuando ya íbamos camino de su casa, me confesó entre risas que se había corrido en el restaurante, solo con el roce de mi pie y el peso de mi mirada.
—Eres un desastre —le dije.
—Tú tienes la culpa —contestó él, y por primera vez me agarró la mano sobre el cambio de marchas.
***
Su piso estaba vacío. Nada más cerrar la puerta, el aire cambió. Ya no había camareros, ni mesas, ni excusas. Solo nosotros dos y todos esos años de tensión acumulada.
—¿Desde cuándo? —le pregunté, apoyada contra la pared del recibidor—. ¿Desde cuándo te mueres por hacerlo conmigo?
—Desde mucho antes de lo que crees. Desde aquellos veranos en el pueblo, cuando jugábamos a tonterías que no terminaban en nada.
—Y nunca tuviste el valor de decírmelo. Tuvo que ser un mensaje a las dos de la mañana, casi como si se lo escribiera a una desconocida.
Él bajó la mirada, y esa pequeña rendición fue lo último que necesité. Yo ya estaba empapada antes de que diéramos un paso más.
Sin mediar otra palabra, se echó sobre mí. Me abrió la blusa con torpeza, me sacó los pechos del sujetador y se lanzó a chuparlos como si llevara años de hambre. No había finura en aquello, había necesidad, y eso me encendió más que cualquier caricia ensayada.
Joder, qué placer.
Estuvo así varios minutos, dejándome los pezones duros y brillantes de saliva, mordiéndolos justo en el límite entre el placer y el dolor. Yo le agarraba la nuca, empujándolo contra mí, sin querer que parara.
Después bajó. Me arrastró hasta el dormitorio, me tumbó en el borde de la cama y peleó con mi minifalda hasta dejarme el tanga a la vista. Me lo arrancó con un tirón impaciente.
Y entonces lo descubrió.
—¿Qué llevas aquí? —preguntó con la voz ronca, rozando con el dedo la base del plug que yo me había colocado esa misma mañana, pensando en este momento.
—Vine preparada —le dije—. No quería darte excusas.
***
A partir de ahí se le fue del todo la cabeza. Se bajó los pantalones de un solo movimiento. No tenía la polla más grande del mundo, pero estaba dura, gruesa en su justa medida, y el modo en que me miraba mientras se la sujetaba valía más que cualquier tamaño.
Me agarró del pelo y me puso de rodillas en el suelo. No fue brusco, fue firme, y yo obedecí encantada.
Nunca imaginé que terminaría arrodillada delante de mi primo, chupándosela como si no existiera nada más en el mundo.
Me la metió en la boca despacio al principio, y luego marcó él mismo el ritmo, sujetándome la cabeza con las dos manos. Me dieron un par de arcadas, pero no me importó. Se notaba que sabía lo que hacía, que no era la primera vez que alguien se dejaba usar así por él.
Cuando se cansó de mi boca, me tumbó boca arriba y se sentó a horcajadas sobre mi pecho. Nunca había hecho una cubana, pero él fue guiando el movimiento, deslizándose entre mis tetas mientras yo las apretaba a su alrededor. Duró poco. Era demasiado para él y terminó corriéndose sobre mi pecho, con algún chorro alcanzándome la barbilla y los labios.
No lo dejé descansar. Bajé otra vez, le limpié la polla con la lengua y se la fui poniendo a tono de nuevo. Tardó menos de lo que esperaba en volver a estar dura.
—Antes del culo quiero follarte el coño —me dijo, casi suplicando.
—Pues hazlo —respondí.
***
Se puso un condón, porque yo no tomo nada, y me penetró como si lo hubieran soltado de una jaula. Nunca había estado con un hombre que follara con esa intensidad, que pareciera querer marcarme por dentro a cada embestida.
Yo me llevé la mano al clítoris y empecé a frotarme al ritmo que él imponía. La tensión fue creciendo, capa sobre capa, hasta que estallé de una manera que no recordaba haber vivido jamás. Fue mi primer orgasmo de verdad, de esos que te dejan sin aire y un poco asustada de tu propio cuerpo.
—Para un momento —le pedí, temblando.
No me hizo caso. Siguió clavándomela, sujetándome las caderas, hasta que pasados unos minutos me avisó de que estaba a punto.
—En la boca —le dije—. Quiero que termines en mi boca.
Se quitó el condón y se vació por segunda vez, esta vez entre mis labios. Nunca lo había hecho, siempre me había parecido algo desagradable, pero su sabor era distinto a como lo imaginaba, casi dulce. Me lo tragué entero, mirándolo a los ojos.
Estaba en sus redes, y la idea de ser su puta particular dejó de darme miedo.
Después de la segunda corrida tuvo que parar. Dos seguidas eran demasiado, incluso para él. Nos quedamos un rato tumbados, recuperando el aliento, con las piernas enredadas y la habitación oliendo a sexo.
***
—¿Todavía quieres? —me preguntó al cabo de un rato, acariciándome la espalda—. Lo del culo, digo.
—Quiero —admití—. Me da un poco de miedo, pero quiero probar algo así de obsceno.
Bajé hasta su polla y empecé a chupársela otra vez, esta vez sin prisa, deteniéndome también en sus testículos. Eso le volvió loco. No paraba de repetir mi nombre, de pedirme que no parara, de decir «ahí, ahí, así».
Cuando la noté firme de nuevo, me incorporé.
—Vamos a hacerlo —le dije.
Lo veía nervioso, aunque no tanto como yo. Al fin y al cabo, él ya tenía práctica con la mujer de su padre, y esa certeza, lejos de molestarme, me tranquilizaba: sabía que estaba en buenas manos.
Me puse a cuatro patas. Él me retiró el plug con cuidado y, antes de cualquier otra cosa, acercó la boca y empezó a lamerme el esfínter. Fue una mezcla rara de cosquillas y placer, algo que jamás había sentido y que me hizo arquear la espalda.
Estuvo así unos minutos. Luego cogió el lubricante de la mesilla, se untó un dedo y empezó a abrirme poco a poco. Al principio costaba, una resistencia tensa, pero fue cediendo. Después añadió un segundo dedo. Costó algo más, y aun así mi cuerpo se fue acostumbrando, dilatándose contra mi voluntad y mi voluntad rindiéndose a la vez.
—¿Lista? —preguntó.
—Sí. Pero despacio. Por favor.
***
Colocó la punta contra mi entrada todavía virgen y empujó. No entró. La cabeza de su polla era más ancha de lo que parecía, y la mía se cerraba por instinto. Lo intentó una segunda vez, con más paciencia, y entonces sí: el glande cedió y entró.
Solté un gemido largo, a medio camino entre la queja y el alivio.
—Sigue —le dije—. Pero despacio, te lo pido.
Fue avanzando milímetro a milímetro hasta meterme la cabeza entera, y luego un poco más, hasta la mitad. Aunque estaba muy excitada, sentía como si me ardiera todo por dentro, una quemazón que no terminaba de doler pero tampoco de gustar.
Se detuvo. Esperó a que me adaptara, respirando contra mi nuca, y solo cuando le pedí que continuara, empujó el resto. Lo metió entero. Me quedé inmóvil, asimilando la sensación de estar completamente llena de él.
—Bombea un poco —murmuré al cabo de un rato—. A ver si me duele.
Empezó suave, entrando y saliendo apenas, y fue subiendo el ritmo hasta un vaivén moderado. El dolor era soportable, casi se confundía con otra cosa, y entonces me atreví.
—Más fuerte. Sácala del todo y vuelve a metérmela.
Me obedeció. Me folló el culo así durante unos diez minutos, saliendo entero y hundiéndose otra vez hasta el fondo, hasta que su respiración se volvió un jadeo entrecortado.
—No aguanto más —dijo—. Me corro.
—Sácala —le ordené—. Quiero que termines en mi cara.
Salió justo a tiempo, me giró sobre la espalda y descargó todo sobre mi rostro y mis pechos, sin dejar de mirarme, como si quisiera grabarse la imagen para siempre.
Así fue como mi primo, ese al que le saco diez años, me estrenó por detrás.
***
Aquella noche no dormimos. Seguimos follando hasta el amanecer, probando posturas que ni sabíamos que conocíamos, riéndonos entre jadeos de lo absurdo y lo perfecto que era todo.
Antes de quedarnos dormidos, ya con la luz entrando por la ventana, le hablé de su madrastra. De que ella y yo habíamos charlado más de la cuenta, de que la idea de hacerlo los tres juntos no era ninguna locura. Él sonrió contra mi hombro y dijo que por su parte no había nada que pensar.
Esa será nuestra próxima aventura. Pero esa, todavía, es otra historia.