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Relatos Ardientes

Mi tío me descubrió vestida frente al espejo

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El departamento vacío era el único lugar donde podía ser quien de verdad era. Mi madre trabajaba hasta tarde los jueves, y esas horas de silencio se habían convertido en mi pequeño ritual secreto. En cuanto la puerta se cerraba detrás de ella, mi corazón empezaba a latir distinto, más rápido, anticipando lo que venía.

Iba directo a su habitación. Abría el cajón de abajo con dedos que ya temblaban de ganas y sacaba la lencería más atrevida que guardaba: encaje negro que se ajustaba a cada curva, un corpiño casi transparente, medias finas que se sujetaban con ligas y me apretaban los muslos. Una falda corta que apenas tapaba nada cuando me inclinaba. Una blusa blanca que dejaba abierta hasta la mitad.

Me sentaba frente al espejo del tocador y me transformaba despacio, disfrutando cada paso. Labios rojos, una línea de delineador, pestañas que cambiaban por completo mi cara. Cuando terminaba, la persona que me devolvía la mirada ya no se llamaba como yo. Era Camila, y Camila era todo lo que yo no me animaba a ser durante el resto de la semana.

Me movía por el cuarto con los tacones puestos, las caderas oscilando, imaginando manos que no eran las mías. Soñaba con que alguien me agarrara del pelo, me dijera al oído lo que ya sabía de mí y no me dejara escapar. Fantaseaba con una polla dura entrándome hasta el fondo, con tragar semen caliente hasta la última gota, con que me follaran sin piedad hasta dejarme temblando. Esa fantasía me acompañaba cada jueves, y cada jueves se volvía más urgente. Me metía la mano bajo la tanga, me acariciaba el clítoris hinchado hasta que el pulso me golpeaba entre las piernas y las bragas quedaban empapadas.

Una tarde, mientras me empinaba frente al espejo arreglándome la media, vi una sombra cruzar la ventana. El corazón se me detuvo. Me tiré al suelo de golpe, conteniendo la respiración, segura de que alguien me había visto. Esperé eterna, helada de miedo. Cuando me asomé, no había nadie. El pasillo exterior estaba vacío.

Debí parar ahí. Debí guardar todo y olvidarme. Pero el miedo, en lugar de apagarme, me había encendido más. Seguí frente al espejo, más caliente que nunca, con el pulso golpeándome entre las piernas y el coño chorreando bajo el encaje.

***

El jueves siguiente, el timbre sonó cuando ni siquiera había terminado de pintarme los labios. Pegué un salto. Mi madre nunca volvía tan temprano y nadie tocaba a esa hora. Miré por la mirilla y se me cerró la garganta.

Era mi tío Andrés. El hermano de mi madre. Alto, ancho de hombros, la barba de unos días, ese olor a tabaco y a hombre que llenaba cualquier ambiente. No podía verme así. No podía abrir. Pero tampoco podía fingir que no había nadie, porque la luz estaba encendida y él lo sabía.

Abrí apenas, escondiendo el cuerpo detrás de la puerta.

—Tío… no es buen momento… —tartamudeé.

Él empujó la puerta sin esfuerzo y entró. La cerró con llave a su espalda. Me recorrió de arriba abajo, despacio, sin ninguna sorpresa en la cara. Y entonces entendí de quién había sido la sombra de la semana anterior.

—Así que era verdad —dijo, con esa voz grave que parecía salirle del pecho—. Te vi el otro jueves por la ventana. No te lo quería creer.

La vergüenza me subió a la cara como una bofetada. Quise taparme, desaparecer, arrancarme la ropa. Pero bajo el encaje, mi cuerpo respondía de otra manera, traicionándome: los pezones se me pusieron duros contra el corpiño y sentí una nueva oleada de humedad entre los muslos.

—Por favor… no le digas nada a mi mamá —supliqué, con la voz quebrada.

Él se acercó un paso. Me tomó la barbilla con dos dedos y me levantó la cara para mirarme bien.

—No le digo nada a nadie —murmuró—. Pero a cambio vas a dejarme ver todo lo que escondes. Sin vergüenza. Sentate.

Señaló la cama de mi madre. Me senté en el borde, las rodillas juntas, sin saber dónde poner las manos. Él se sentó a mi lado, tan cerca que sentía el calor que despedía y el bulto que ya se le marcaba contra el pantalón.

—¿Hace cuánto que hacés esto, Camila? —preguntó, usando el nombre como si siempre lo hubiera sabido.

—Mucho… —admití en un hilo de voz—. Desde hace años.

—¿Y alguien te tocó alguna vez vestida así?

Negué con la cabeza, mordiéndome el labio.

—Nunca nadie —susurré.

Sus ojos brillaron con algo que me hizo apretar los muslos sin querer. Me pasó la mano áspera por el muslo, subiendo lento por encima de la media, colándose bajo la falda hasta rozarme la tanga empapada. Solté un jadeo que no pude tragarme.

—Mirá cómo estás, puta —murmuró, apretando la tela mojada contra mi coño—. Toda chorreada por mí.

—¿Te calienta ser ella? —insistió, bajando la voz—. ¿Te pasa esto cada vez que te vestís?

Asentí. No tenía sentido mentir. Mi cuerpo ya había confesado por mí.

***

—Mostrame entonces —dijo, y se reclinó contra el respaldo, abriendo las piernas.

Me arrodillé en la alfombra frente a él, temblando. Le desabroché el pantalón con dedos torpes. Cuando liberé lo que escondía, se me secó la boca. Era gruesa, pesada, ya despierta, latiendo entre mis manos como algo con vida propia. Los huevos le colgaban tensos, oscuros. Un olor macho, cargado, me golpeó la nariz y me dejó tonta. Nunca había tenido a un hombre así de cerca.

—Esperame —pedí de repente—. Quiero cambiarme. Quiero estar perfecta para esto.

Corrí al baño con las piernas temblando. Me puse la tanga negra más fina, el corpiño a juego, medias nuevas con ligas, y me retoqué los labios de un rojo más intenso. Me miré al espejo un segundo: era exactamente la mujer que siempre había querido ser. El recuerdo de la verga que me esperaba en el cuarto me hizo gotear en la tanga limpia antes de dar dos pasos.

Cuando volví, él soltó un gruñido bajo, de aprobación.

—Carajo… mirate —dijo despacio, agarrándose la polla y masturbándosela lento para mí—. Vení. Sentate sobre mí.

Me senté a horcajadas sobre sus piernas. Sus manos enormes me agarraron de la cintura, bajaron hasta apretarme las nalgas con fuerza, clavándome los dedos en la carne. Me atrajo contra su pecho y me refregó contra la verga dura, que quedaba encajada entre mis muslos, empapándose en mi flujo a través del encaje.

—¿Puedo morderte el cuello? —preguntó al oído, y la pregunta me sorprendió por lo suave.

—Sí… —jadeé—. Sí, por favor…

Su boca caliente recorrió mi cuello, succionando, mordiendo apenas, dejando marcas que iba a tener que esconder durante días. Me bajó el corpiño de un tirón y las tetas me saltaron libres. Se abalanzó sobre un pezón, lo chupó fuerte, lo mordió, mientras con la otra mano me pellizcaba el otro. Cada mordida me arrancaba un gemido que no podía controlar. Le clavé las uñas en los hombros, perdida, moviendo las caderas sola contra su bulto.

—Sacámela —ordenó con la voz ronca—. Ya está dura por vos.

Le bajé el cierre del todo. Quedó libre entre nosotros, enorme, una gota brillando en la punta, el olor de él golpeándome directo. Se me hizo agua la boca de pura necesidad.

—¿Te gusta? —preguntó, observando cómo la miraba.

—Es enorme… —respondí, casi sin aire—. Nunca vi una verga así, tío…

—Entonces usá esa boca de puta para algo bueno.

***

Me deslicé hasta el suelo otra vez, entre sus piernas. La tomé con las dos manos —ni siquiera me la abarcaban del todo— y la besé por toda la extensión, dejando un rastro húmedo de saliva y pintalabios rojo. Bajé más y le lamí los huevos, uno y después el otro, metiéndomelos enteros en la boca mientras le acariciaba el tronco con la mano. Él soltó un carajo largo, gutural.

—Así, así, chupámelos bien…

Subí de nuevo, pasé la lengua plana por la punta y lo escuché contener el aire. Recogí la gota espesa que asomaba y la saboreé. Después abrí la boca y la recibí entera, todo lo que pude, hasta que sentí que me llegaba al fondo de la garganta y arqueé.

—Así, despacio… qué bien lo hacés, sobrina —gruñó, hundiendo los dedos en mi pelo, marcándome el ritmo—. Mirá cómo se te pierde entera en la boca.

Subía y bajaba, la saliva resbalándome por la barbilla, cayéndome en gotas gruesas sobre las tetas. Los ojos se me llenaron de lágrimas por el esfuerzo, y el rímel empezó a correrme. Gemía con la boca llena, y mis propios gemidos parecían volverlo loco. Me agarró con más firmeza del pelo y empujó un poco más adentro, forzándome, follándome la boca con embestidas cortas.

—Tomá, tomá toda… así te quería ver, como la putita que sos…

Me apartó un segundo para dejarme respirar. Tomé aire con arcadas, un hilo de saliva colgando de mi labio hasta la punta hinchada.

—Qué rica la tenés, tío… —balbuceé, sin aliento—. No quiero parar. Quiero que me la termines en la boca.

—Entonces no pares.

Volví a metérmela. Aceleré. Con una mano le acariciaba los huevos, con la otra le trabajaba la base. El cuarto se llenó de sonidos húmedos, obscenos, de su respiración entrecortada, de mis gemidos ahogados, del chasquido de mis labios subiendo y bajando. Sentía cómo se ponía cada vez más dura entre mis labios, cómo se le hinchaba la vena de arriba, cómo todo su cuerpo se tensaba.

—Voy a terminar —avisó de golpe, con la voz quebrada—. Tragá todo, no se te va una gota.

Llegó con un espasmo que lo recorrió entero. El primer chorro me golpeó el fondo de la garganta, caliente, espeso, salado. El segundo me llenó la boca hasta desbordarla. Me ahogué un poco, tragué lo que pude, el resto me resbaló por la comisura, cayéndome por el mentón hasta el pecho. Y yo, sin que nadie me tocara el coño, sentí que me deshacía por dentro, temblando de la cabeza a los pies, corriéndome en la tanga entre gemidos ahogados por su verga.

La limpié despacio con la lengua hasta dejarla brillante, chupando la última gota de la punta. Después me pasé el dedo por la barbilla, recogí el semen que se me había caído y me lo llevé a la boca sin dejar de mirarlo. Él me observaba desde arriba con una sonrisa torcida.

—Sos increíble —dijo—. Pero todavía no terminamos. Ahora te toca a vos.

***

Me levantó del piso como si no pesara nada y me recostó de lado sobre la cama. Se acomodó detrás de mí, su cuerpo entero pegado al mío, su calor cubriéndome la espalda. Me sentí la polla aún húmeda contra el culo, ya volviendo a endurecerse.

—Nunca lo hice… ahí —confesé en un susurro, de pronto asustada—. Soy virgen.

—Lo sé —respondió, besándome el hombro—. Por eso vamos a ir despacio. Confiá en mí. Voy a abrirte bien.

Me levantó la falda con cuidado y corrió la tanga a un costado. Sentí su saliva caliente caer donde nadie me había tocado nunca, y después su lengua, gruesa, mojada, lamiéndome sin apuro de arriba abajo. Me abrió con los pulgares y hundió la boca entera contra mi coño, chupándome el clítoris, metiéndome la lengua adentro. Gemí contra la almohada, retorciéndome, y él me sostuvo por la cadera para que no escapara.

—Qué rica sos por dentro… mirá cómo chorreás para mí —murmuró contra mi carne, y el aliento me hizo estremecer.

Metió un dedo, lento, paciente, abriéndome de a poco. Lo sentí colarse hasta el fondo y arqueé la espalda.

—Relajate, Camila… dejame entrar.

Un dedo se volvió dos. El ardor se mezclaba con algo nuevo, una presión que me hacía querer más. Los curvaba adentro, tocando un punto que me hacía ver luces. Me besaba la nuca, el cuello, me giraba la cara para buscarme la boca con la lengua mientras me preparaba, dejándome saborear mi propio flujo mezclado con el suyo. Yo ya no pensaba en nada que no fuera él, que no fuera esa verga que estaba a punto de meterme.

—Por favor —supliqué, moviendo el culo contra su mano—. Metémela ya. No aguanto más.

—Ahora sí —murmuró—. Avisame si es demasiado.

Se acomodó detrás. Sentí la cabeza gruesa apoyarse contra la entrada y contuve el aire. Empujó apenas y la punta entró con un pinchazo que me hizo gritar contra la almohada.

—Tranquila —dijo, quieto, dándome tiempo—. Respirá. Aflojá el coñito para mí.

—Seguí… —pedí entre dientes, sorprendida de mis propias palabras—. No pares. Quiero todo. Metémela toda.

Avanzó milímetro a milímetro, llenándome despacio, deteniéndose cada vez que me oía tensar. La sentía abrirme por dentro, forzando espacio donde no había, ancha, densa, interminable. Cuando por fin quedó todo adentro, sus huevos contra mí, solté un gemido largo y quebrado. El dolor fue cediendo a una sensación que no tenía nombre, algo que me subía desde la base de la espalda y me nublaba la cabeza.

—¿Estás bien? —preguntó con la voz tomada, quieto adentro mío—. Sentís cómo te llena.

—Más… —fue lo único que supe responder—. Movete, tío… follame…

Empezó con embestidas cortas, midiendo, y de a poco fue tomando ritmo. Cada empujón me sacaba un gemido más agudo. Le sentía la polla saliendo y volviendo a entrar entera, arrastrando mi flujo por toda la extensión, empapando las sábanas debajo de mí.

***

Me puso en cuatro sobre la cama, la cara contra el colchón, las caderas en alto, la tanga colgando de un tobillo. Me sostenía de la cintura con las dos manos, después me abrió las nalgas con los pulgares para verse entrar y salir. Empezó a moverse, primero suave, después con más decisión, cada embestida más profunda que la anterior, hasta chocarme contra los huevos con cada golpe.

—Decime que te gusta —pidió, sin dejar de moverse—. Decime cómo te gusta que te la meta.

—Me encanta… —gemí, agarrando las sábanas con los puños—. No pares, por favor… así, duro, rompeme el coño…

Una nalgada me estalló en el culo y el ardor me subió por toda la espalda. Después otra, más fuerte. Grité contra el colchón.

—Así, puta, gritá para mí —gruñó, agarrándome del pelo y tirando hasta arquearme—. Mirate, toda babeada por mi verga…

El ritmo creció. La cama crujía, el cabezal golpeaba contra la pared, el cuarto se llenaba del sonido de nuestros cuerpos chocando, del chapoteo obsceno de mi coño empapado, de mis gemidos cada vez menos contenidos. Yo empujaba hacia atrás, buscándolo, ensartándome sola en su polla, perdida por completo en la sensación.

Me tiró boca arriba de un movimiento, me abrió las piernas de par en par —los tacones apuntando al techo— y se hundió de nuevo, esta vez mirándome a la cara. Se agachó a chuparme las tetas mientras me follaba, mordiéndome los pezones hasta hacerme aullar. Yo le enredé las piernas en la cintura, clavándole los tacones, atrayéndolo más adentro.

—Sos mía desde hoy —dijo, agachándose para hablarme al oído sin frenar—. Este coñito virgen que me acabo de coger es mío. Cada jueves vas a estar esperándome con las piernas abiertas.

—Sí… soy tuya… —respondí, sin pensar, deshecha—. Vení cuando quieras, cogeme como quieras…

Me metió dos dedos en la boca y los sentí bajar hasta mi clítoris, empezando a frotarlo en círculos mientras seguía embistiéndome sin piedad. Fue cuestión de segundos. Sentí que llegaba antes que él, una ola que me sacudió entero, manchando el encaje debajo de mí, apretándolo con espasmos incontrolables alrededor de la verga. El grito que solté quedó ahogado cuando él me tapó la boca con la mano.

—Callate, callate, que no te oigan los vecinos, puta…

Eso lo terminó de empujar. Sus dedos se cerraron sobre mi cintura, su ritmo se volvió errático, salvaje. Sentí cómo se hinchaba adentro mío justo antes.

—Ahora yo —jadeó—. Toda para vos, adentro…

Lo sentí latir adentro mientras terminaba, chorro tras chorro caliente, llenándome por completo, desbordándose por los bordes de mi coño y escurriéndose entre mis nalgas. Siguió empujando lento hasta la última gota, mezclándolo todo, dejándomelo bien adentro. Me derrumbé contra la cama, él encima de mí, los dos jadeando, pegados por el sudor. Me mordió la oreja con suavidad. Cuando se la sacó, sentí el chorro tibio escapándome por los muslos, y me estremecí de nuevo.

***

Nos quedamos así un largo rato, recuperando el aire. Su peso sobre mi espalda era extrañamente reconfortante. Cuando por fin se incorporó, me giró la cara para mirarme. Le vi la verga aún gruesa, brillando con mi flujo y su semen, colgándole entre las piernas.

—Desde ahora esto es entre los dos —dijo, serio pero sin amenaza—. Nadie más tiene que saberlo. ¿Entendés?

—Sí —respondí, todavía mareada, con las piernas separadas y todo lo suyo escurriéndome afuera—. Entiendo. Y quiero que vuelvas.

Se vistió despacio mientras yo lo miraba desde la cama, incapaz de moverme, con los dedos jugando distraída en el semen que me chorreaba, llevándomelos a la boca. Él me miró hacerlo y sonrió. Antes de irse se inclinó y me besó la frente, un gesto que no esperaba y que me desarmó más que todo lo anterior.

—El jueves —dijo desde la puerta.

—El jueves —repetí.

Cuando la puerta se cerró, me quedé tirada entre las sábanas revueltas, el maquillaje corrido, el encaje empapado, el cuerpo todavía vibrando y el coño abierto y goteando lo suyo sobre la cama de mi madre. Por primera vez no sentí vergüenza de ser Camila. Al contrario. Por primera vez alguien la había visto entera y la había deseado sin condiciones, la había cogido como se coge a una mujer.

Me levanté con las piernas todavía flojas, me miré en el espejo del tocador y me sonreí. Tenía marcas de mordidas en el cuello, semen seco en la barbilla, los labios hinchados. Faltaban siete días para el próximo jueves, y ya los contaba uno por uno. Esto recién empezaba, y yo no quería que terminara nunca.

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Comentarios(8)

Tomas_Q

excelente!!!

Guille_CBA

Uff ese momento de la ventana me mató jaja. Por favor una segunda parte, no me puedo quedar asi

Viajero_del_norte

Muy bien narrado, te atrapa desde la primera línea y no te suelta. Uno de los mejores que leí en esta categoría

SandraLec88

Que final tan inesperado! quede sin palabras, de verdad

NachoCostas

Y que pasó después con el tio?? necesito saber como siguió la historia

ElQueLee_BA

Me gustó como describís ese momento de descubrirse solo, muy real. Seguí así

Caro_BA

Lo leí de un tirón sin darme cuenta. Captura muy bien esa mezcla de miedo y emoción, se siente autentico. Ojalá haya continuacion

MarcosV_88

Muy buen ritmo y bien escrito. Espero el próximo

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