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Relatos Ardientes

Reservé la suite de mi luna de miel y él no era mi esposo

El matrimonio de Marisol pendía de un hilo desde hacía demasiado tiempo. La pasión se había apagado primero, después el cariño, y al final hasta el roce más simple. Llevaba casi ocho meses sin que Adrián la tocara: ni un beso de verdad, ni una caricia que no fuera un trámite antes de dormir. Cada reclamo chocaba contra la misma pared de excusas. Trabajo, reuniones, viajes, cansancio.

Pero ella ya no era ingenua. Lo notaba en la forma en que él llegaba tarde oliendo a un perfume que no era el suyo, en las miradas que esquivaban las suyas, en la indiferencia con que se daba la vuelta cada noche. Sabía que había otra. Y ese abandono la fue apagando por dentro, como una vela que se consume sola en un cuarto cerrado.

A sus cuarenta y cuatro años, Marisol seguía siendo una mujer que llamaba la atención: curvas amplias, pecho generoso, caderas anchas y una cintura que el tiempo había suavizado sin arruinar. Se cuidaba, caminaba todas las mañanas, se vestía con gusto. Nada de eso parecía importarle ya a su marido.

No estaba dispuesta a rendirse sin pelear. No después de veintiún años de matrimonio y de haber sacado adelante a Damián, su único hijo, casi sin ayuda. Damián era una versión más amable de su padre: alto, de facciones limpias, cabello oscuro y una mirada serena que las chicas de la universidad no le perdonaban. Había cumplido diecinueve hacía poco y cursaba su primer año de carrera. Para Marisol era su orgullo, lo único intacto en una casa que se caía a pedazos. Hasta esa noche en que todo cambió.

Lo había planeado durante días, con una ilusión que rozaba la desesperación. Reservó la misma suite del hotel donde había pasado su luna de miel, veintiún años atrás. Cena íntima en una mesa apartada con vista al mar, velas, un vino caro, y luego subir a la habitación para intentar revivir algo que parecía muerto.

Pero Adrián no apareció.

Después de hora y media sola en la mesa, con la botella casi vacía, Marisol entendió que no iba a llegar. Quiso llorar, pero la rabia se lo impidió. Se sentía ridícula. Terminó la copa de un trago y sacó el teléfono. Pensó en llamar a su mejor amiga, pero no soportaba la idea de la lástima ni de tener que explicar nada. En cambio, le escribió a Damián.

Él respondió al instante y en menos de veinte minutos ya estaba cruzando el restaurante. Llegó con una camisa clara bien ajustada y un pantalón oscuro que le recordaron, dolorosamente, al Adrián de los buenos tiempos. Cuando lo vio entrar, Marisol sintió algo raro en el estómago que no supo nombrar: alivio, ternura y un calor traicionero que le subió por el vientre sin permiso.

La velada transcurrió entre risas y confidencias. No hablaron de rutinas ni de obligaciones. Hablaron de ellos. De cuando él era pequeño, de cómo ella lo había criado prácticamente sola, de sus miedos al entrar en la vida adulta, de lo sola que se sentía ella últimamente. El vino seguía corriendo. El alcohol y tantos meses de abandono hicieron lo suyo. Cuando terminaron de cenar, Marisol lo miró a los ojos y dijo con voz suave:

—Tengo reservada la suite. No quiero que se pierda, me costó una fortuna… y ya estamos aquí. ¿Subimos?

Damián aceptó sin pensarlo. Cuando él le tomó la mano para guiarla hacia el ascensor, Marisol se estremeció. Es mi hijo, ¿por qué me siento así?, pensó, escudándose en el vino, aunque su cuerpo ya conocía la respuesta.

La suite era idéntica a la de aquellos años: amplia, con una cama enorme vestida de blanco, ventanales del piso al techo frente al mar oscuro y una terraza privada donde burbujeaba un jacuzzi bajo una luz tibia. El aire olía a sal y a jazmín.

Marisol, con las mejillas encendidas por el vino, se quitó los tacones con un suspiro de alivio y sonrió con una picardía que no recordaba haber sentido en años.

—¿Te animas? —preguntó, señalando el agua.

Sin darle tiempo a reaccionar, se llevó las manos a la espalda y bajó el cierre del vestido negro. La tela cayó al suelo con un susurro, dejándola en ropa interior de encaje oscuro. Entró despacio al agua caliente, que le cubrió el cuerpo hasta la cintura y pegó la tela a su piel como una segunda capa.

Damián se quedó clavado en el borde de la terraza. Nunca la había visto así: tan desvestida, tan mujer. Tragó saliva, se quitó la camisa y el pantalón y entró al jacuzzi frente a ella, con un evidente bulto tensando la tela mojada.

El vapor los envolvió como una cortina. Marisol notó de inmediato la dureza que él intentaba disimular, y sus ojos se quedaron ahí un segundo de más. Se sintió deseada por primera vez en mucho tiempo. El calor entre sus piernas creció hasta volverse insoportable.

—Estás muy guapo esta noche —murmuró, la voz pastosa por el vino y por algo más.

Él no podía dejar de mirarla, el agua volviendo casi transparente el encaje. Ninguno de los dos dijo lo que estaba pasando, pero ambos lo sabían.

***

Media hora después salieron del agua. Marisol no quiso volver a meterse en el vestido ceñido; tomó una bata del hotel y se la puso sin cerrarla del todo. Al salir del baño, la tela se abrió un instante eterno y su pecho quedó a la vista. Damián se quedó sin aire y su cuerpo reaccionó al instante.

Ella lo notó. Sintió un latigazo de placer recorrerla entera. Se cerró la bata torpemente, pero ya era tarde. La tensión había entrado en la habitación y no pensaba irse.

—¿Nos… vamos? —preguntó él, nervioso, tratando de disimular.

Marisol bebió un sorbo largo de la copa que había dejado en la mesita.

—No. Yo me quedo, ya pagué la suite. Tú puedes irte si quieres.

Damián no se movió. Respiraba agitado.

—No quiero que duermas sola esta noche. Me quedo.

Su madre tragó saliva y aceptó con una sonrisa que le costó disimular. Él se puso también una bata y se acostaron, cada uno en su lado de la cama inmensa, dándose la espalda. El silencio era espeso, cargado de electricidad.

Marisol no aguantó mucho. Se fue deslizando hacia atrás hasta que su espalda tocó el pecho firme de su hijo. Él se giró y la rodeó con un brazo, atrayéndola por la cintura con una posesividad inconsciente. Ella suspiró. Hacía tanto que no sentía un cuerpo cálido pegado al suyo. Cerró los ojos y se dejó arrastrar por el sueño y el alcohol.

Dos horas más tarde despertó en la oscuridad, ardiendo. Pensó en levantarse al baño para aliviarse a solas, pero Damián la tenía abrazada con fuerza. Entonces lo sintió: él estaba duro, pegado contra ella, presionando insistente entre sus glúteos.

Trató de apartarse con suavidad. Él dormía profundamente. El deseo la dominó. Deslizó una mano entre sus piernas y empezó a acariciarse por encima de la bata abierta, despacio, conteniendo la respiración. Estaba empapada.

Damián despertó con el movimiento. Sintió el roce de ella contra él y, sin decir una palabra, empezó a empujar las caderas hacia adelante, rítmico, deliberado. La bata de Marisol se abrió del todo. Temblando de excitación y de culpa, ella movió las caderas hacia atrás, frotándose contra él descaradamente. Era su hijo. Estaba mal. Y eso lo hacía mil veces más intenso.

—Damián… —susurró.

Él no contestó con palabras. Buscó con la mano y la giró hacia él. Marisol lo encontró a tientas, lo rodeó con los dedos y empezó a acariciarlo lento, de arriba abajo, sintiendo el grosor que la hacía sentir pequeña.

Lo guió entre sus muslos, apoyándolo contra ella, caliente y resbaladizo. Damián empujó, deslizándose arriba y abajo sin entrar todavía, rozándola en cada movimiento. Marisol jadeaba, buscando más fricción.

De pronto se incorporó. Se quitó la bata por completo y se arrodilló entre las piernas de él. Lo tomó en la boca con un hambre que la sorprendió a ella misma, despacio primero, después con ritmo, la lengua recorriéndolo, las manos sin soltarlo. Damián gemía, enredando los dedos en su pelo. Cuando él estuvo a punto, ella no se apartó: lo recibió hasta el final, sin perder detalle, hasta dejarlo agotado y tembloroso.

Pero ninguno de los dos había terminado. Marisol se subió encima, lo guió hasta su entrada y bajó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la abría, cómo la llenaba. La idea de lo que estaban haciendo, más que la sensación misma, le arrancó un gemido largo.

Empezó a moverse. Lento al principio, en círculos profundos; después más rápido, apoyándose en su pecho, subiendo y bajando con fuerza. Él la sujetaba de la cintura, levantando la cabeza para alcanzarla con la boca. Marisol se vino así, montándolo, el cuerpo sacudido en oleadas, mordiéndose el labio para no gritar.

Luego se dejó caer de espaldas y lo atrajo encima de ella.

—Ven… no pares —pidió.

Damián se hundió de un solo empuje. La embistió con todo su peso, besándole el cuello, dejándole marcas en la piel. Las embestidas se volvieron rápidas, profundas, y la habitación se llenó del sonido húmedo de los cuerpos y de los gemidos contenidos. Marisol se vino otra vez, abrazándolo con las piernas, clavándole las uñas en la espalda. Él la siguió poco después, hundiéndose hasta el fondo con un gruñido ahogado.

Se quedaron pegados, jadeando, sudados. Se durmieron así, abrazados, desnudos, con el olor del sexo impregnando la suite que años atrás había sido testigo de otra noche muy distinta.

***

A la mañana siguiente, la luz entraba dorada por las cortinas. Damián abrió los ojos con el cuerpo pesado por el cansancio y la resaca. A su lado, Marisol dormía con el vestido negro a medio poner, el cabello revuelto sobre la almohada, una arruga fina entre las cejas que delataba que ni dormida descansaba.

Los recuerdos lo golpearon de golpe. Las manos de ella en su espalda, los gemidos contra su cuello, la forma en que se había entregado. El tabú, el morbo de haberlo hecho con su madre, en la misma habitación donde ella había estrenado su matrimonio, le había disparado algo que jamás había sentido con nadie. Le había gustado. Demasiado. Y ahora la culpa lo carcomía por dentro.

Marisol se removió y abrió los ojos. Sus miradas se cruzaron un instante. Ella apartó la vista enseguida, se incorporó y se acomodó el vestido con manos temblorosas.

—No podemos quedarnos aquí —dijo, con la voz ronca—. Te dejo en casa con tu padre. Yo me voy a otra parte. No quiero verlo todavía.

Damián asintió, confundido. No hubo más palabras, solo un silencio tenso mientras se vestían y salían del hotel.

En casa, Adrián lo esperaba en la sala, con el gesto endurecido.

—¿Dónde estaban? —preguntó seco.

—Con mamá. En la cena a la que tú debías ir —respondió Damián, sin rodeos.

Su padre frunció el ceño.

—Estaba trabajando, ya sabes cómo es. ¿Y ahora está enojada?

Damián negó con la cabeza y, sin decir nada más, se encerró en su cuarto.

Esa noche, después de horas intentando ubicarla, el teléfono por fin le vibró. Era ella, preguntando si estaba en casa. Le respondió de inmediato, queriendo saber dónde se había metido. Marisol contestó que no pensaba volver, que no quería ver a su padre. La conversación derivó, despacio, hacia lo único que ninguno se atrevía a nombrar.

¿Estás enojada conmigo?, escribió él.

Marisol sintió que el corazón se le detenía. La culpa la golpeó como un tren. Se sentía mal por lo que había hecho, pero no se arrepentía. Tardó en contestar.

No, contigo no. Conmigo. Eso no debió pasar. Eres mi hijo, respondió. Y luego, sin poder evitarlo: ¿cómo te sientes tú?

La respuesta de él fue directa: ¿a ti te gustó?

Marisol sintió que el cuerpo la traicionaba otra vez. Sabía que no debía contestar. Aun así lo hizo.

Sí, me gustó mucho, escribió. Y después, conteniendo el aliento: ¿y a ti?

Hubo una pausa que a ella le pareció eterna.

Sí, mamá. Mucho, llegó por fin.

Se quedaron callados un momento, cada uno a un lado de la ciudad, excitados y asustados a partes iguales. Fue él quien rompió el silencio con la única pregunta que importaba: si quería volver a hacerlo.

Marisol leyó el mensaje varias veces. Le pidió que lo pensara bien, le dijo que aquello estaba mal, que no deberían siquiera estar hablándolo. Pero él insistió, sin dudas. Y ella, con los dedos temblando, terminó cediendo.

Está bien, escribió al fin. Mañana, cuando salgas de la universidad, ve a la casa de tu tío Honorio. Lleva ropa para quedarte. Y no le digas a tu padre dónde estoy.

¿La casa de la calle Olmos?, preguntó él.

Esa. Yo me encargo de tu padre, respondió ella.

***

Cuando Damián llegó por fin a la casa de la calle Olmos, después de un día que a los dos se les hizo eterno, Marisol lo recibió en la puerta con un vestido holgado y ligero. La casa olía a humedad y a madera vieja; llevaba años cerrada. La sala estaba casi vacía: un sofá cubierto por una sábana amarillenta y, en el centro, un colchón viejo que ellos mismos habían descartado tiempo atrás. Ella lo había limpiado todo por la mañana, pero el paso del tiempo no se borra en unas horas. Ese colchón solitario en mitad del cuarto dejaba claro lo que estaba por pasar.

—¿Ya comiste? —preguntó Marisol, intentando aflojar la tensión.

Damián asintió. No había mucho que decir. Los dos lo deseaban con una urgencia que les quemaba la piel.

—Ven —le indicó ella, recostándose en el colchón.

Él se tendió a su lado. Marisol se inclinó sobre su pecho, acariciándolo con dedos suaves pero temblorosos, sintiendo bajo las yemas la piel caliente, los músculos jóvenes que se tensaban con cada respiración.

—¿Estás seguro? —preguntó, la voz baja, cargada de un deseo que apenas podía contener. Sus ojos buscaron los de él una última vez, aunque su cuerpo ya había decidido: los pezones marcados bajo la tela, el calor húmedo entre los muslos.

Damián asintió, impaciente, la respiración entrecortada.

Las manos de ella bajaron por su pecho, recorriendo el vientre, hasta su entrepierna. Él ya estaba duro contra la tela. Marisol se incorporó, se quitó el vestido por la cabeza en un movimiento fluido y quedó desnuda ante él. Su cuerpo era el de una mujer real: el pecho lleno con una caída suave que hablaba de sus años, el vientre de curva femenina, las caderas amplias. A la luz del día, esta vez, Damián la veía entera. Y eso multiplicó el morbo hasta hacerle doler.

Ella le quitó el pantalón con manos ansiosas y él terminó de desvestirse. Marisol lo tomó despacio, con una mezcla extraña de ternura y lujuria, y empezó a acariciarlo mientras con la otra mano se tocaba a sí misma. Después se inclinó y lo recorrió con la boca, lenta, sin prisa, tomándose todo el tiempo del mundo, hasta que él estuvo al borde. Cuando se vino, ella lo recibió sin apartarse, gimiendo alrededor de él como si fuera lo más natural del mundo.

Estaba empapada, los muslos brillantes de excitación.

Se acostó de espaldas, abrió las piernas y lo llamó con la mirada. Damián fue directo a su pecho, lamiendo y mordisqueando con hambre mientras sus dedos encontraban la entrepierna húmeda y se hundían en ella, firmes, profundos. Marisol gemía, arqueando la espalda, empujándose contra su mano.

—Ya… por favor —suplicó, al borde.

Damián se colocó sobre ella y la penetró lentamente, hasta el fondo. Empezó despacio, sosteniéndole el pecho, sintiendo cómo respondía a cada empuje. Pronto el ritmo se volvió fuerte, profundo, las piernas de ella envolviéndolo, las uñas marcándole la espalda. El colchón crujía bajo ellos y el aire se llenaba de sudor, de deseo, de algo prohibido que ninguno quería frenar.

Marisol tuvo un orgasmo intenso, apretándose alrededor de él, gritando su nombre, el cuerpo convulsionando. Damián la giró y la tomó desde atrás, sujetándola de las caderas, profundo y sin pausa, hasta que ella se vino de nuevo, las rodillas fallándole. Él la siguió poco después.

Cuando terminaron, se quedaron acostados, abrazados, con el zumbido del aire acondicionado como único ruido. Se durmieron así, desnudos y exhaustos.

De madrugada, Damián despertó otra vez ardiendo, duro contra la espalda de su madre. Ella dormía boca abajo, plácida, el cabello revuelto. No pudo resistirse. Se colocó sobre ella con cuidado y la despertó ya entrando, despacio. Marisol gimió, entre el sueño y el placer, y se entregó otra vez, dócil, suya por completo.

—No te corras dentro… no me estoy cuidando —pidió en algún momento, la voz quebrada.

Él le hizo caso, terminando fuera, sobre su piel. Marisol estaba extasiada y agotada, el cuerpo laxo. Damián la acomodó de lado contra él, con un gesto posesivo, como si fuera su mujer. Y la folló una vez más, lento y profundo, hasta que ella se vino de nuevo, temblando entre sus brazos.

Se quedaron dormidos así, abrazados, desnudos, con el olor del sexo impregnando el aire de la casa vacía: sudor, deseo y el dulce peso de la culpa que aún flotaba entre los dos, y que ninguno, en el fondo, quería dejar ir.

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