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Relatos Ardientes

Mi madre me prestó a su mejor amiga

—Vamos, dormilón, que es hora de levantarse.

Estaba profundamente dormido y desperté al escuchar la voz de mi madre junto a la cama. La noche anterior me había quedado viendo una serie y se me hizo tardísimo con la típica maratón que uno se promete cortar al siguiente capítulo y nunca corta.

—Es domingo. Podrías dejarme descansar.

—Ya descansaste. Son las once de la mañana. Me crucé con tu exmujer, que iba a casa de una tía a comer. Me dijo que ayer te notó triste, que te pusiste los audífonos y la tableta y no le hiciste caso a nadie.

—Fue una semana difícil en el trabajo. No te daré detalles, pero me tocaron varios casos feos. De los que se te quedan pegados.

—Entonces te vas a levantar y me vas a acompañar. Quedé con una amiga para ir a verla, me invitó a comer a su casa. Así te despejas y sales de esos pensamientos oscuros.

—Ahora mismo no me interesa nada. Solo quiero dormir y no pensar en nada.

—Pues te cuento de mi amiga Marta, que se separó hace un tiempo y está muy sola. No para de decirme que quiere conocer gente y que todos los que aparecen son unos imbéciles. Y tú también andas solo, y tampoco parece que busques a nadie.

—¿Y esperas que me deje seducir por esa propuesta?

—No lo creo. En todo caso, el tema es que vive en la otra punta de la ciudad y necesito que me hagas de chofer. Si después no quieres quedarte a aguantar nuestra charla, te vas y vuelves cuando te avise.

Me agarró el pene y los testículos por encima de la sábana, masajeándolos mientras se acercaba y me daba un beso largo y húmedo. Mis manos buscaron su espalda y la abracé contra mí. No tenía intención de levantarme, tenía sueño, pero también muchas ganas de tener sexo con ella.

—Ahora no —dijo separándose y riendo al ver mis intenciones—. Primero me llevas y después vemos qué pasa. Si eres un niño bueno tendrás premio.

Llevaba al menos tres días sin sexo, porque el trabajo no me había dejado un hueco para ver a mi madre y mi exmujer andaba con novio nuevo. Quizá por eso, sumado a lo de la oficina, mi exmujer me había visto con esa cara larga.

Me levanté a regañadientes, me duché rápido y me puse ropa limpia. Me miré al espejo y me gustó la imagen. A lo mejor su amiga era otra oportunidad de tener algo, pensé sin demasiada fe.

—Ya estoy. Vámonos.

Mi madre puso la dirección en el GPS y el aparato marcó cuarenta minutos, con algo de tráfico al cruzar el centro. No era una ruta pesada, casi todo por avenidas anchas. Por suerte, apenas llegamos encontré dónde dejar el coche, aunque fuera pagando en la zona de parquímetro, como pasa siempre en esa parte de la ciudad.

Tocamos el timbre del edificio y enseguida respondió una voz grave de mujer que nos abrió. Subimos, y al salir del ascensor vi una puerta entreabierta hacia la que seguí a mi madre. Detrás apareció una mujer rubia, bastante bajita, que no sonreía y señalaba con la mano hacia el interior, invitándonos a pasar.

—Buenos días. Qué bueno que viniste.

—Y bien acompañada por mi chofer.

Ella me miró moviendo la cabeza en un gesto de aprobación, con los ojos muy abiertos, como si me estuviera analizando de arriba abajo.

—Me alegro mucho. En esta casa el único hombre que entra es mi hijo, y bien poco.

La amiga de mi madre era mucho más joven de lo que yo esperaba. Calculo que andaría por los sesenta y tres, porque mi madre me había dicho que se jubiló hace poco. Tenía el pelo algo rizado y alborotado y una expresión risueña. Físicamente cargaba algunos kilos de más, pero bien distribuidos, con un trasero redondo y llamativo y un pecho de talla media.

—Siéntense, que ya vuelvo. Preparé un arroz y lo tengo que vigilar. No esperaba que vinieras acompañada, pero hay de sobra para los tres.

Nos sentamos en el sofá mientras ella iba a la cocina, desde donde nos preguntó si queríamos beber algo. Pedí una gaseosa sin azúcar y mi madre optó por una cerveza. Marta volvió enseguida con dos cervezas para ellas y una gaseosa para mí, además de unos aperitivos que dejó en la mesa baja frente al sofá.

—¿Cómo estás? —preguntó mi madre.

—Bien. Supongo que hace años que tenía que haberme separado. Hacía mucho que no quedaba nada entre nosotros. Éramos dos desconocidos viviendo bajo el mismo techo.

—Yo también siento que vivo una rutina en casa —respondió mi madre—. Pero tengo a mi hijo para que me dé alguna alegría —dijo, con una segunda intención que su amiga no podía entender.

—Qué suerte. El mío se acuerda de mí cuando necesita algo o cuando no tiene plata. No es nada cariñoso.

—Los hijos debemos cuidar a las madres —solté yo, abrazando a la mía y acercándome para darle un beso en la mejilla. Pero ella giró la cara y casi me lo da de lleno en los labios.

La amiga sonrió, sorprendida por la escena.

—Ya ni recuerdo lo que es que me den un beso.

—En casa nos volvimos bastante besucones. Antes no éramos así, pero nuestra relación mejoró mucho.

Marta sonrió otra vez y se fue a la cocina a buscar la comida, momento que aproveché para comerle la boca a mi madre y terminar el medio beso anterior. Cuando la amiga volvió, yo todavía estaba casi encima de ella. Creo que algo notó, pero no dijo nada.

La comida estuvo rica, pero después de la cerveza del aperitivo cayeron varias más y las dos se fueron poniendo alegres. Las risas eran continuas y las bromas subían de tono a cada rato.

—Qué ganas tengo de irme a un bar y enredarme con alguien que me quite las telarañas.

—Seguro que no te atreverías —respondió mi madre—. Que después capaz se te quiere quedar en casa.

—¡Es que lo haría ahí mismo!

Las dos se reían a carcajadas por la ocurrencia.

—Tú te vienes al bar conmigo.

—No, no. Estoy muy gorda y me daría vergüenza.

—Seguro que tienes tu público. A muchos hombres les encantarían esas tetas.

Mi madre se rio del comentario y a mí también me hizo gracia.

—A ver, tú qué dices. ¿Te parece que tu madre puede ser atractiva?

—Para mí lo es. Me gustan las mujeres bien maduras.

—¿Ves? Ya tienes un admirador sin salir de casa. ¿Ligarías con nosotras en un bar?

—La verdad, no me importaría nada.

—Eso es porque no nos has visto desnudas. Te ibas a llevar una decepción.

—Eso habría que verlo. A mi madre la he visto, y está muy bien.

Los ojos de Marta se abrieron como platos.

—Caramba. Yo te tenía por una mujer conservadora. ¿Y eso cómo es?

—Mi hijo estuvo un tiempo viviendo conmigo y al final terminamos viéndonos el uno al otro.

—¿Y qué te parece tu madre?

—Que está muy buena y que muchos hombres sentiríamos deseo por un cuerpo así.

—Pues yo no creo que el mío te gustara tanto. No tengo esas tetas enormes y mi culo ya no está tan firme como antes —y, dicho esto, se levantó y empezó una especie de baile junto a la mesa, dando una vuelta para exhibir su trasero.

Le lancé algunos piropos para animarla a seguir. Mi madre, no sé si por celos o por avivar la situación, se le unió levantándose y marcando su propio baile.

—Hay que ver qué dos mujeres tan sexis. Me encanta este espectáculo —dije mientras buscaba en el teléfono una música que acompañara el ritmo de sus movimientos.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó la amiga.

—Y quiero más. Es como tener a dos bailarinas de discoteca para mí solo.

Mi madre se desabrochó algunos botones de la blusa, dejando al aire parte del sostén, y con la otra mano se recogió la falda casi hasta la cintura. Ahí intuí que no llevaba ropa interior, porque vi el costado de su enorme trasero. Marta llevaba una camiseta y unos leggins negros, y optó por quitarse la parte de arriba y mostrar un sostén negro de encaje que sujetaba unos pechos sorprendentemente firmes para su edad.

—Me encanta. Quiero más.

Mi madre se acercó y me levantó del sillón, desabrochándome y quitándome la camisa.

—Nosotras también queremos más.

Se abrazó a mí y puso una de mis manos en su muslo desnudo mientras seguía bailando pegada a mi cuerpo.

—¿Viniste sin nada debajo? —le pregunté al oído.

—Ya te dije que después te daría lo tuyo.

La amiga nos miraba disfrutando del baile y se acercó. Llevé mi mano libre a su cintura y la bajé hacia su cadera, apretándola contra mi costado. Ahora tenía a cada mujer a un lado, pegadas a mí, y eso me ponía muy caliente.

—Dos maduritas bailando para ti —dijo Marta.

Por toda respuesta, me giré hacia ella y le planté un beso en los labios que no rechazó. Podría haberse apartado, pero pasó los brazos alrededor de mi cuello y siguió con besos cortos. Yo quería más, estaba al rojo, y busqué su lengua con la mía.

—Mira qué suerte tienes, que no tuviste ni que ir al bar —le susurró mi madre a la amiga, que se retorcía contra mí como una gata en celo.

Solté a mi madre y me concentré en las caderas de Marta, que me besaba cada vez con más pasión. Bajé una mano a su trasero y, al no encontrar queja, la subí por su vientre hasta uno de sus pechos, que empecé a amasar por encima del encaje. Ella se movía como si todavía bailara, pero ahora sentía de lleno el roce de mi entrepierna.

—Está tu madre delante —me dijo en un segundo de lucidez—. Y yo me estoy calentando demasiado. Ahora mismo cometería una locura.

Mi madre se había apartado un poco y bailaba sola. Terminó de desabotonarse la blusa y la dejó caer. Vio que la mirábamos y se acercó de nuevo.

—Te presto a mi hijo para que disfrutes de él. Hoy amaneció caliente y te va a hacer disfrutar de verdad.

Marta no podía creer lo que mi madre acababa de decir.

—Ella me tiene cuando quiere —confirmé yo.

La cara de la amiga era un poema intentando entender lo que oía. Mi madre había abierto otra cerveza y bailaba levantando la falda tanto que casi mostraba el trasero al aire.

—¿Te gusta? Es tuyo —le dijo.

Marta me miró, todavía atónita, mientras yo metía la mano por sus leggins y después por su ropa interior, hasta notar un pubis suave y seguir bajando los dedos despacio hasta tocar un sexo ligeramente húmedo.

—Tu madre está delante. Esto no está bien.

—A ella no le importa. De hecho, no es la primera vez que me ve con alguien y le da igual. Te aseguro que le encanta verte disfrutar.

Empecé a acariciarla lentamente y ella soltó algunos gemidos. Con la mano libre le desabroché el sostén y me puse a lamer unos pezones grandes y duros. Disfrutaba muchísimo notando el placer que le iba sacando.

—Hace mucho que no me toca un hombre —me confesó—. Me da un poco de miedo.

La besé otra vez y la llevé de la mano hacia el sofá, donde la recosté y le quité la poca ropa que le quedaba. Me coloqué entre sus piernas y empecé a lamer su clítoris tan rápido como la lengua me daba, metiendo a la vez un dedo y luego dos. Yo estaba a punto de reventar y me liberé del pantalón y la ropa interior.

—Me encanta —dijo entre susurros.

—Estás riquísima.

Me coloqué sobre ella y nos besamos. Mi sexo, durísimo, rozaba ya la entrada del suyo.

—¿Vas a follar a esta vieja?

—¿Quieres?

—Creo que sí. Pero con cuidado.

Me dejé caer un poco más, apoyé la punta en su entrada y entré con suavidad. La penetración hizo que cerrara los ojos y gimiera con fuerza.

De reojo vi que mi madre se había sentado y nos miraba sin perder detalle, tocándose el sexo desnudo con la falda enrollada en la cintura.

Empecé despacio, pero enseguida aumenté el ritmo, escuchando el chapoteo de un sexo cada vez más mojado. Estaba muy apretada y eso me daba todavía más placer. Quería sentir cada embestida: entraba fuerte y salía más lento, casi hasta la punta, para volver a hundirme.

Marta me apretaba contra ella. Seguía con los ojos cerrados y solo se la oía jadear con la boca abierta. Unos gemidos más fuertes y los espasmos de su sexo apretándome me avisaron de que estaba llegando, mientras yo seguía bombeando sin tregua.

—Qué gusto… qué gusto —decía entre jadeos—. Me has matado de gusto.

Saqué mi sexo de su interior y, apoyando una rodilla en el sofá, seguí masturbándome.

—¿Dónde quieres que termine?

—Hazlo en mis tetas. Me encanta sentirlo caliente.

Me acomodé con una rodilla sobre el sofá junto a su pecho y la otra pierna en el suelo, casi sentado sobre su vientre, y ella agarró mi sexo para terminar de masturbarme. No tardé nada en correrme con un buen chorro sobre sus pechos.

Mi madre seguía en su silla, pero ahora se notaba que también llegaba al orgasmo y se tocaba de forma frenética. Me levanté, me acerqué a ella, me arrodillé y puse la boca en su sexo para tragarme todo lo que soltaba. Sus dedos torturaban su clítoris y mi lengua entraba en ella. Un espasmo fuerte, un jadeo contenido, y noté el flujo cálido en mi boca, que recibí con gusto. Me quedé ahí unos segundos antes de levantarme y comerle la boca, como era nuestra costumbre.

—Esto sí que no me lo esperaba —dijo Marta, todavía tumbada en el sofá—. Le has comido el sexo a tu madre.

—Y me folla siempre que quiere. Soy una buena madre que lo cuida. Pero hoy te lo presté.

Mi madre, caliente como estaba, se acercó a su amiga y se arrodilló como yo había hecho, quedando encima de ella y agachándose para chuparle uno de los pechos. Marta no supo cómo reaccionar y, pasados unos segundos, apretó su cabeza contra el pecho. Mi madre bajó la mano y empezó a acariciar el sexo mojado de su amiga.

—Además, descubrí que me gustan las mujeres.

—Me van a matar de gusto los dos.

Mi madre acercó su boca a la de Marta y, aunque al inicio pareció costarle un poco, las caricias la fueron derritiendo y terminaron enganchadas en un beso frenético.

—Mamá también quiere sentir a su niño —dijo mi madre, parando un momento—. Hazme sentir, hijo mío.

Cuando quería ponerme más cachondo recalcaba lo de «hijo», sabiendo de sobra que eso me prendía a cien.

Me había corrido pocos minutos antes, pero ese día andaba muy caliente, como dije, después de varios días sin sexo, y reaccioné de inmediato a sus palabras y a la visión de su trasero enorme delante de mí. Empecé a restregarme por todo su culo, desde abajo hasta su sexo.

—Métemela, mi amor. Mamá quiere darte mucho gusto.

No aguanté más. Me coloqué como pude detrás de ella en el sofá y apunté hacia la entrada de su trasero. Ella seguía masturbando a su amiga, y Marta también la atendía a ella mientras se besaban con pasión. Empujé un poco y entré en su ya acostumbrado recto.

—¿Te gusta el culito de mamá?

—Me encanta.

—A mi hijo le encanta metérmela por el culo, y a mí me gusta que lo haga y sentir su leche caliente dentro —le dijo a Marta.

—Qué suerte tienes. La tiene buena.

Ya había metido más de la mitad y empecé a moverme despacio. Sentía cómo ella apretaba y soltaba mientras yo embestía. No tenía prisa, quería estirar un momento de tanto placer.

—Mamá, tienes el mejor culo del mundo.

—Y el más grande —respondió ella, riendo—. Así que dame todo. Quiero que disfrutes.

Estaba cada vez más caliente y aumenté el ritmo. Sentía los dedos de Marta llegando hasta mis testículos cada vez que rebotaba sobre el trasero de mi madre. Los gemidos de las dos se volvían más intensos hasta que llegaron al orgasmo casi al mismo tiempo. Mi madre apretaba con fuerza y, aunque me había corrido antes, aguanté un buen rato hasta vaciarme dentro de ella.

—Toda mi leche para mi mamá.

Se levantó del sofá, me abrazó y me besó. Le puse la mano en el trasero y noté el semen resbalando por sus muslos.

—Creo que vamos a tener que darnos una ducha —propuso Marta, que ahora también nos abrazaba y nos besaba por turnos, jugando los tres con las lenguas—. Por suerte mi ducha es grande.

***

Los tres nos metimos en la ducha, y no sabría decir si a lavarnos o a continuar el juego de caricias y besos. Pasamos ahí un buen rato hasta volver al sofá, donde nos sentamos los tres desnudos, yo en medio de aquellas dos mujeres calientes.

—Gracias por traer a tu hijo. Me encantó. Y me encanta verlos disfrutar juntos, es muy morboso.

—Me gusta poder compartirlo contigo. Es un cachondo. Mira que nos folló a las dos y todavía se le vuelve a parar.

—Qué quieren, con dos mujeres así a los lados. Me ponen muy caliente.

—Pobrecito —dijo mi madre con sorna—. Habrá que hacer algo para que se vaya a casa relajado, ¿verdad?

Mi madre colocó un cojín en el suelo y se arrodilló frente a mí, metiéndose todo mi sexo en la boca, hasta el fondo, agarrando mis testículos con una mano para jugar con ellos.

—¿No me ayudas?

—Nunca he hecho eso.

—Métetela en la boca y chupa como un helado. Me encanta la sensación. Yo antes tampoco lo había hecho nunca. Ahora lo despierto así.

—Ya veo que esto viene de hace tiempo.

—Unos meses. Pero maravillosos.

Marta no se hizo de rogar y se colocó junto a ella. Mi madre hizo que se la metiera entera en la boca y le marcaba el ritmo sujetándole la cabeza.

—¿Te gusta cómo te la come?

—Mucho, mamá. La lame con ganas.

—Pues dale una buena descarga, que tiene hambre. Seguro se lo traga todo.

Me costó correrme después de tantas veces. Cuando avisé que estaba al llegar, mi madre le apretó la cabeza hacia adelante para que no se apartara, y sentí cómo me vaciaba en lo más profundo de su garganta. Marta se separó, se relamió llevándose los restos y luego compartió un beso con mi madre, que debió de notar el sabor en la boca de su amiga.

—Me encantó. No tarden en venir a verme de nuevo.

—Seguro que lo hacemos. O puedes venir tú a casa.

—Ahí nos vemos los tres.

—O tú y yo solas, si quieres. También podemos jugar.

Las dos se besaron otra vez, acariciándose el cuerpo entero frente a mí, de rodillas la una ante la otra.

Meses atrás no podía siquiera imaginar hasta dónde llegaría mi propia depravación. Pero mucho menos la de mi madre.

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Comentarios (6)

MatiasCordoba77

increible!!! uno de los mejores relatos que lei en esta pagina. de verdad.

Rossana_77

Me dejaste con ganas de mas... seguí por favor, necesito saber como sigue esto!!

Kike_BA

El planteamiento inicial me engancho enseguida. No es facil encontrar relatos con esa vuelta de tuerca, muy original.

Luisa_BsAs

Jajaja me hizo acordar cosas de mi vida que no esperaba recordar hoy. Muy bueno!

FernandoMdz

La narrativa fluye muy natural, se lee solo. Se nota que quien escribe sabe lo que hace. Felicitaciones.

Sindo

de diez, asi se escribe

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