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Relatos Ardientes

El regalo de San Valentín que mi madre no debió darme

Lorena tenía cuarenta y tres años y la sensación permanente de que la vida le pasaba por al lado sin llegar a tocarla. Viuda desde hacía casi una década, había criado sola a su hijo Bruno entre facturas, turnos dobles y un cansancio que no se le iba con dormir. Raúl, su pareja desde hacía un par de años, la buscaba poco y mal. Pero ella seguía siendo una mujer con cuerpo y con hambre, y a veces ese hambre ya ni distinguía de dónde venía ni hacia quién apuntaba.

Esa noche de febrero, Bruno estaba encerrado en su habitación con Diego, su amigo desde la infancia. Tenían veinte años, una pila de películas a medias y demasiado tiempo libre. Fue Diego el que se quedó quieto de golpe, con el control remoto en la mano.

—¿Escuchaste eso? —dijo, y bajó el volumen del televisor.

—No escucho nada —mintió Bruno, aunque las orejas se le habían encendido.

Al otro lado del pasillo, desde el dormitorio principal, llegaba un sonido inconfundible: el golpe rítmico de dos cuerpos, una voz ronca de hombre y, por encima de todo, los gemidos contenidos de Lorena, que intentaba callarse y no lo lograba.

—Es tu vieja, hermano —murmuró Diego con media sonrisa—. Le están dando con todo.

—Un poco de respeto —respondió Bruno, pero no se movió de la cama.

Diego se incorporó y caminó hasta la puerta como si nada.

—Mirá, sé que te gusta mi mamá. Y te aviso que la tuya a mí también. No te hagas el santo. Vení, vamos a escuchar qué dicen.

—Estás loco. Dejalos en paz —protestó Bruno, aunque ya se estaba poniendo de pie.

—Yo le veo el cuerpo a mi vieja desde hace años. Hasta me hago la paja pensando en ella —confesó Diego sin un gramo de vergüenza—. No es tan grave como creés. Confiá en mí.

Con más dudas que certezas, Bruno terminó siguiéndolo por el pasillo en penumbras, pisando despacio, conteniendo la respiración. Se agacharon junto a la puerta del cuarto de su madre.

—¿Te gusta, putita? —se oía a Raúl del otro lado, entre golpe y golpe—. Decime que te gusta cómo te la meto.

—Dios, mi amor, qué rica la tenés... me estás partiendo el coño en dos —contestaba Lorena con la voz quebrada—. Más fuerte, dale, cogeme más fuerte.

Los dos amigos se quedaron petrificados, la oreja casi pegada a la madera. Se oía el chapoteo húmedo de la verga entrando y saliendo, el golpe seco de las pelotas contra el culo de Lorena, la cama crujiendo bajo el peso de los dos.

—Apretás más que tu prima Camila —jadeó Raúl, y por el tono se notaba que era un juego entre ellos, un cambio de roles repetido muchas veces—. Tenés el coño más caliente que ella, puta.

—¿Así que te gusta mi prima, desgraciado? —siguió Lorena el juego, riéndose entre gemidos—. Bueno, hacé de cuenta que soy ella. Cogete a tu sobrina ahora que tu mujer no está. Metémela toda, tío, rompeme el coño.

—¿Escuchaste? Están hablando de tu prima Camila —susurró Diego, los ojos brillándole en la oscuridad—. Tu vieja se está haciendo pasar por ella.

—Eso parece —respondió Bruno, y odió cuánto le interesaba seguir escuchando.

Del otro lado, los golpes se hicieron más rápidos, más brutales. Se oyó a Raúl gruñir algo sobre las tetas de Lorena, sobre cómo le bailaban con cada envión, y a ella pedirle que se la clavara hasta el fondo, que le llenara el coño de leche. Bruno sintió que se le hinchaba la polla dentro del pantalón y no se atrevió a bajar la vista.

Diego desapareció un segundo hacia el baño del pasillo y volvió estirando algo en la mano. Era una tanga de encaje amarilla.

—Tomá. Estaba en el cesto del baño.

—Estás enfermo. ¿Es de mi mamá? —Bruno la miró sin animarse a tocarla.

—Obvio que es de tu mamá. Agarrala y hacete la paja con ella, boludo. Yo ya lo hice con las de la mía. Si no te gusta, dejás de hablarme para siempre.

Del otro lado, la voz de Lorena subía de tono, cada vez menos disimulada, cada vez más animal. Gritaba que se iba a correr, que no parara, que le siguiera dando así, hasta romperla. Bruno sintió que la sangre se le iba toda a un mismo lado. Tomó la tanga. Estaba erecto desde hacía rato y no tenía sentido seguir negándolo. Se llevó la tela a la nariz sin pensar y el olor de su madre, agrio y dulce, le pegó de lleno en el bajo vientre.

—Cerrá los ojos —le indicó Diego en voz baja—. Concentrate en lo que escuchás. Hacé de cuenta que el que está ahí adentro sos vos. Olvidate de que estoy yo.

Bruno apoyó la frente contra la puerta, se bajó el cierre y se sacó la polla afuera. La envolvió en el encaje amarillo, hizo un puño flojo con la mano y empezó a moverse al ritmo de los golpes que llegaban del otro lado. La tela le raspaba el glande, ya empapado de líquido, y cada gemido de su madre era una descarga eléctrica que le corría desde la punta hasta las pelotas. La imaginaba en cuatro, con el culo levantado, con la cara aplastada contra la almohada, con la boca abierta pidiendo más. Sentía cómo Raúl la cogía y él se cogía a sí mismo con el trapo de ella entre los dedos, apretando cada vez más fuerte, la mano deslizándose rápida y húmeda por toda la longitud.

Apenas duró unos minutos. Cuando terminó, lo hizo sobre el encaje amarillo, mordiéndose el labio para no hacer ruido, disparando chorros gruesos que empaparon la tela y le corrieron entre los dedos. Se quedó unos segundos con los ojos cerrados, la respiración ronca, sintiéndose sucio y enorme al mismo tiempo. Enseguida se levantó y corrió al baño antes de que se le cayera una sola gota al piso. Diego, solo en el pasillo, no supo qué hacer y volvió a la habitación.

***

Al día siguiente Diego se fue a su casa, y por la tarde quedaron solos en la casa Lorena y su hijo. Bruno estaba en su cuarto cuando la oyó llamarlo.

—¡Bruno! Vení a mi habitación, por favor.

La encontró sentada al borde de la cama, con una bolsa de tienda apoyada al lado.

—Sentate —le dijo ella, palmeando el colchón—. Ya sos un hombre, estás grande, y eso no lo puedo evitar. Quería hablar de algo con vos.

—¿De qué, mamá? —preguntó él, sentándose con cautela.

—De cierta edad uno empieza a... —Lorena dudó.

—Te juro que hay una explicación —la interrumpió Bruno, pálido—. Me estaba imaginando a otra persona, lo juro.

—¿De qué hablás? —Ella lo miró desconcertada—. Yo te estaba pidiendo una opinión. Como sos hombre, quería que me dijeras si esto le va a gustar a Raúl. Es San Valentín y quiero darle una sorpresa.

De la bolsa sacó un conjunto de lencería amarilla de tirantes finos. Bruno tragó saliva.

—¿Por qué me lo preguntás a mí, mamá?

—¿A quién más? No tengo amigas a quien llamar. Te tengo a vos. Si mi hijo me dice que me veo bien, me lo pongo.

—Te va a quedar increíble. Le va a encantar.

—¿No te parece que tu madre ya está demasiado vieja para estas cosas?

—Para nada. Tenés un cuerpo muy lindo todavía —dijo él, y se arrepintió a medias de la sinceridad.

Lorena lo observó un momento largo. Después bajó la voz.

—¿Y cómo sabés vos cómo es tu madre por dentro? Hace muchos años que saliste de ahí, dudo que lo recuerdes.

—Mamá, ¿no que tanto respeto? —rió Bruno, incómodo.

—Vos empezaste. Decime, ¿cómo podrías saberlo?

—Porque... las paredes son finas.

El silencio que siguió fue espeso. Lorena abrió los ojos, la boca entreabierta, y por unos segundos no fue capaz de decir nada.

—¿Qué escuchaste? —preguntó al fin, alarmada.

—No mucho. Solo la parte en que le pedías a Raúl que te rompiera el coño —admitió él, mirándola fijo.

—Ay, no, qué vergüenza. Le dije que nos iban a escuchar —ella se tapó la cara con las dos manos.

—No es tan grave, mamá. Todo el mundo coge. Es natural.

Lorena fue bajando las manos, sorprendida por la calma de su hijo.

—Mirá qué madurez. Ya sos todo un hombre.

—La verdad es que te sacrificaste mucho por mí. Merecés que alguien te dé placer. Podés vivir tu sexualidad en esta casa sin esconderte de mí.

—Bruno... —murmuró ella, conmovida—. Qué cosas tan fuertes me decís. Pero se agradece.

Le dio un beso en la mejilla, agradecida.

—Y como sos tan comprensivo —siguió Lorena—, lo justo es que yo lo sea con vos. Si necesitás desahogarte, hacelo libremente en casa. Cascátela cuando quieras, no tenés que esconderte.

—¿De verdad me lo decís en serio?

—En serio. Es más, hoy es San Valentín y no es justo que mi bebé se quede sin disfrutar. —Tomó el teléfono y buscó en la galería—. Mirá. ¿Te gusta ella?

En la pantalla había una foto de una mujer agachada buscando algo en una alacena, de espaldas, sin que se le viera la cara. Solo unas caderas anchas enfundadas en un short ajustado, con la raya del culo marcada bajo la tela.

—Uf... vaya culo —se le escapó a Bruno.

—Decilo tranquilo, estamos en confianza. ¿Sabés quién es? Es tu prima Camila.

—¿Y cómo le sacaste esa foto?

—Digamos que con Raúl tenemos un jueguito. A él le gusta que yo me convierta en ella cuando cogemos. Pero te gusta, ¿verdad?

—La verdad es que sí. Me la cogería sin pensarlo.

—Entonces, como sos un hijo tan comprensivo, voy a dejar que te toques mirándola. Esto queda entre nosotros y no sale de acá.

—¿De verdad, mamá?

—Adelante. Pero apurate, que Raúl está por llegar.

Bruno se bajó el pantalón ahí mismo, sentado en la cama de su madre, sin esperar a que ella saliera del cuarto. La polla saltó afuera dura como un palo, gruesa, con la vena marcada y el glande hinchado y morado.

—¡Por Dios, Bruno! Esperá a que me vaya... —Lorena se quedó mirando, incapaz de apartar los ojos—. Mirá nada más el tamaño que tenés. Ni siquiera te cierra la mano alrededor.

—Estoy muy cargado, mamá. Voy a terminar rápido.

—No, no te apures, así no se disfruta. ¿Me prestás...? Digo, tomá el teléfono, mirá bien a Camila.

Le pasó el celular. Bruno se escupió en la palma y empezó a moverse más rápido, el puño resbalando desde la base hasta la punta, torciendo la muñeca en cada subida. Los ojos clavados en la foto, aunque cada vez que parpadeaba la imagen que veía era otra: era su madre en cuatro, la de la noche anterior detrás de la puerta, la que ahora tenía a un metro con las piernas cruzadas y las tetas apretándole el vestido.

—¿Te parece grande, mamá? —preguntó, sacudiéndosela sin disimulo.

—Es enorme. Más que la de Raúl, te soy sincera. —Se mordió el labio—. Mirá cómo te estás mojando todo. Te chorrea de la punta.

—Nunca voy a tener a una mujer tan hermosa como vos. ¿Me das el regalo de verte con el conjunto que compraste?

—Eso ya es demasiado. Está muy mal.

—Es San Valentín. Estoy solo, no tengo a nadie. Solo mirarte. Una vez en la vida.

Lorena se quedó pensativa, con la bolsa entre las manos, sin poder despegar los ojos de la verga de su hijo que subía y bajaba entre los dedos, brillante de baba y de líquido preseminal. Después suspiró.

—Una sola vez. Y de esto no se habla nunca más, ni en broma.

Se encerró en el baño a cambiarse. Cuando salió, Bruno dejó de respirar. El conjunto amarillo no dejaba nada a la imaginación: el corpiño le levantaba las tetas hasta desbordarlas por arriba, los pezones se le marcaban duros contra el encaje fino, y la tanga era apenas un triángulo que le cubría el coño y desaparecía entre las nalgas por atrás.

—¿Y? ¿Te gusta? —preguntó ella, girando despacio.

—Te ves espectacular, mamá.

—Esto ya es demasiado grave. Ni siquiera estás viendo el teléfono.

—Es que me estoy imaginando que sos Camila. Tienen un cuerpo parecido.

Lorena se quedó muda un segundo. Después, casi en voz baja:

—Supongo que tenés razón, insolente. ¿Querés verme de espaldas?

Se dio vuelta y caminó hacia atrás, meneando las caderas, hasta quedar a unos centímetros de la cara de su hijo. Bruno tenía a un palmo el culo enorme de su madre, redondo y pesado, la tanga hundida entre las nalgas dejando ver todo el surco. Un olor tibio a mujer excitada le llegó de golpe.

—Dios, mamá, qué culo tenés de cerca —dijo Bruno, la voz ronca, sin dejar de sacudírsela—. Gracias por dejarme verte.

—Apurate, que se me hace tarde. ¿Te falta mucho?

—Necesito más. Si me dejaras pasarte la lengua, ayudaría.

—Ay, con este chico... —Pero no se apartó. Al contrario, arqueó la espalda y le sacó el culo un poco más.

Bruno le puso las manos en las nalgas y se las abrió despacio, corriendo la tela mojada hacia un costado. El coño de su madre apareció ahí, hinchado, con los labios gruesos y brillantes, un hilo de flujo colgándole de la entrada. Acercó la cara y hundió la lengua sin pensar, lamiéndola de abajo hacia arriba, del clítoris hasta el ojete, chupándole todo lo que le salía. Lorena se agarró de la pared para no caerse.

—Ay, Bruno, hijo de puta... —gimió, cerrando los puños—. Qué lengua tenés, dónde aprendiste eso.

Él le clavó la lengua adentro del coño, la sacó, le chupó el clítoris hasta hacerlo sonar, volvió a subir hasta el culo y ahí también le pasó la punta, apretando. Ella temblaba de las piernas, apretaba las nalgas contra su cara, se movía sola encima de él.

—Sos un cerdo —jadeó Lorena—. Pero necesito que termines ya. Pasámela y sentime, nada más.

Él se puso de pie detrás de ella y se apoyó la verga contra el culo, deslizándola arriba y abajo por el surco, entre las nalgas, resbalando en el flujo que él mismo le había dejado. El glande le chocaba contra el ojete y bajaba hasta el clítoris, empujando pero sin meterla. Lorena cerró los ojos.

—Tu... esa cosa pesa demasiado. Hace años que no siento algo así. —Se mordió el labio y se giró—. Sentate.

Bruno obedeció. Lorena se arrodilló entre sus piernas, le agarró la polla con las dos manos, la miró un segundo como si midiera la tarea y se la llevó a la boca. Primero solo la punta, con la lengua girando en el glande, chupándole la cabeza como si fuera un caramelo. Después bajó más, tragándole media verga, y volvió a subir con un ruido de succión que llenó el cuarto. Le escupió arriba, la sostuvo firme con el puño y empezó a mamársela seguido, subiendo y bajando la cabeza rápido, ahogándose apenas en cada bajada.

—Qué bien lo hacés, mamá —gimió él, echando la cabeza atrás.

Ella le sacó la verga de la boca y le pasó la lengua por toda la longitud, de la base al glande, mirándolo a los ojos. Le chupó las bolas una por una, se las metió en la boca, después volvió a la polla y la tragó de nuevo, esta vez más hondo, hasta hacerse arcadas. Los ojos se le llenaron de lágrimas y un hilo de baba le colgaba del mentón hasta las tetas. Le pidió tomarla del pelo y ella misma le acomodó la mano en la coleta, enseñándole cómo, marcándole el ritmo. Bruno empezó a moverle la cabeza, cogiéndole la boca, y Lorena se dejaba, gimiendo con la garganta llena.

El teléfono vibró sobre la cama. Lorena se apartó, con la saliva colgándole en un hilo grueso desde la boca hasta el glande, y miró la pantalla.

—Es Raúl. Está llegando. Tenés que terminar ya.

—No puedo, mamá. Así no voy a poder.

—No quiero que te quedes así, te hace mal. —Lo miró a los ojos, decidida—. ¿Alguna vez te masturbaste pensando en mí?

—Una vez. Con tu tanga amarilla. Anoche. Me corrí toda encima escuchándote coger con Raúl.

—Sos un enfermo —dijo, pero ya se estaba subiendo a la cama—. ¿Cómo me imaginabas?

—En cuatro patas. Con el culo para arriba.

Lorena se acomodó sobre el colchón, se sacó la tanga de un tirón y la dejó caer al piso. Se puso en cuatro, arqueó la espalda, apoyó la mejilla contra la sábana y le mostró todo: el coño abierto y goteando, el ojete apretado, las nalgas separadas para él.

—Montame. Pero rápido. Tomalo como tu regalo de San Valentín. Meteme la polla hasta el fondo y hacé lo que quieras con tu madre.

Bruno se subió detrás de ella, se agarró la verga con una mano y se la pasó por los labios del coño, empapándose la punta. Cuando empujó, entró de una sola envestida, hasta las pelotas. Lorena soltó un grito largo que se ahogó contra la cama, un grito de dolor y de placer al mismo tiempo.

—Dios, lo que me metiste —jadeaba, con la boca abierta contra la sábana—. La siento hasta el estómago. Me estás llegando a lugares que Raúl no me toca nunca.

—Apretás, mamá. Estás re apretada.

Bruno empezó a moverse, primero despacio, sacándola casi entera y volviendo a hundirla completa, mirando cómo su polla desaparecía dentro del coño de su madre y volvía a salir brillante, cubierta de flujo blanco. Después aceleró. El cuerpo de Lorena se sacudía con cada embestida, las tetas balanceándose bajo el corpiño, las caderas chocando contra las de él con un golpe carnoso.

—¿Todavía tu mamá aguanta? —respondía ella entre gemidos—. Disfrutame. Rompeme. Si alguien tiene derecho a esto, es mi hijo. Cogeme como cogías a esa tanga.

El sudor les corría por la piel. Bruno la tomó de las caderas, se afirmó bien y empezó a metérsela con todo, sin respiro, oyendo cómo el coño de su madre chapoteaba al recibir cada envión. La mano derecha subió por la espalda hasta el pelo, lo agarró en un puño y le tiró la cabeza para atrás, arqueándola entera.

—Así, hijo, así —gemía ella, con la boca abierta y los ojos cerrados—. Dame duro, dame como puta.

Bruno se la sacó un segundo, la vio brillar, y probó a meterla más abajo, apenas apoyando la punta contra el ojete de su madre. Lorena se estremeció y se tensó.

—Ahí no, hijo, ahí me la reservo para el día del padre —murmuró con una risa entrecortada—. Volvé al coño y cogeme fuerte.

Él obedeció y se la volvió a clavar en el coño, esta vez todavía más rápido, cachetéandole el culo con la mano libre hasta dejárselo rojo. Ella se retorcía debajo, mordiendo la almohada, gritando ahogada. Le pidió que se acostara boca arriba y ella se le subió encima, se le sentó de espaldas y empezó a rebotar, hundiéndose sola sobre la verga, sacudiendo el culo enorme delante de la cara de su hijo. Bruno miraba cómo su polla entraba y salía, brillante y gorda, y le clavaba los dedos en las nalgas.

—Me vengo, mamá, me vengo —jadeó.

—¿Me vas a dejar terminar adentro? —le corrigió ella, sin dejar de rebotar—. Preguntámelo bien.

—¿Puedo terminar adentro, mamá? ¿Puedo llenarte el coño?

—Hasta el fondo, mi amor. No te preocupes por nada.

—¿Y si pasa algo?

—Le decimos a Raúl que es suyo. Llename y ya. Dejame la leche adentro como se la dejás a tus novias.

Esas palabras lo terminaron de quebrar. Bruno la agarró de las caderas, la sostuvo firme, empujó hacia arriba con las últimas fuerzas y se vació dentro de ella con un gemido ahogado, disparando chorro tras chorro hasta lo más profundo. Sintió cómo el coño de su madre le apretaba la polla, ordeñándolo, chupándole hasta la última gota. Lorena temblaba encima, repitiendo su nombre entre jadeos, corriéndose junto con él, con las piernas sacudiéndosele solas.

Cuando salió, un hilo espeso de semen le siguió a la polla y le cayó a Lorena por el muslo. Los dos quedaron derrumbados sobre la cama, agotados, la respiración entrecortada, la lencería amarilla arruinada y torcida entre las sábanas manchadas.

—Esto pasó una sola vez —dijo Lorena, sin demasiada convicción, acomodándose el pelo y sintiendo cómo la leche de su hijo le seguía escurriendo entre las piernas.

—Una sola vez —repitió Bruno.

Ninguno de los dos se lo creyó. Abajo, una llave giraba en la cerradura: Raúl acababa de llegar, justo a tiempo para un San Valentín que nunca sabría que ya había sido celebrado.

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Comentarios(9)

Charly_mdp

tremendo relato... me dejo sin palabras. Bravo!!!

Damian_lector

Por favor que haya una segunda parte, quede con muchas ganas de saber que pasa despues. No me dejes colgado asi jajaja

NocturnoBA

Se siente muy real, como si lo estuvieras viviendo mientras lo leés. Eso es dificil de lograr, felicitaciones.

ElCaminante77

Este tipo de relatos son los que mas me gustan, ese momento en que algo cambia para siempre y no hay vuelta atras. Muy bien narrado.

Ferchu77

Increible!!! Sigan subiendo cosas asi

RoloPuntano

Lo lei dos veces, la segunda con mas calma. Tiene algo que te atrapa desde el principio, el suspenso antes de que todo pase. Muy bueno.

Lucy_Lec

¿Y como termino todo entre ellos? Espero que cuentes mas...

MikeDelRio

Que morbo tan bien construido, sin apresurarse, dejando que la tension vaya subiendo sola. Eso es escribir bien.

SilCordoba

Cortito pero intenso. Me gusto bastante, espero el proximo.

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