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Relatos Ardientes

Carolina cruzó el cerco para salvar a Mariano

Carolina era una de esas mujeres que paraban el tránsito sin proponérselo. Tenía la espalda recta, el caminar pausado y una mirada que se posaba sobre las cosas con la calma de quien no necesita demostrar nada. Vestía con una elegancia precisa: faldas que rozaban el borde de lo prudente, medias oscuras que afinaban el muslo y camisas entalladas que insinuaban un escote generoso sin caer jamás en lo vulgar. El pelo siempre recogido, los labios apenas marcados, los tacos clavados en la vereda como puntos finales.

Era, sin embargo, profundamente devota. Misa los domingos, rosario los miércoles, hijos en colegio parroquial. Había dejado el trabajo cuando nació el primero y desde entonces sostenía la casa con la disciplina silenciosa de las amas de casa que se toman ese rol como vocación. Cocinaba, planchaba, llevaba las cuentas, organizaba los cumpleaños y, sobre todo, cuidaba de Mariano.

Mariano era su opuesto exacto. Flaco, encorvado, anteojos finos que se le resbalaban de la nariz, camisa siempre planchada y un caminar inseguro que parecía pedir disculpas por ocupar lugar. Trabajaba como ingeniero en una empresa de software y tenía una cabeza tan rápida como su cuerpo era torpe. Esa cabeza les había dado la casa en el barrio cerrado, el auto familiar, el colegio bueno para los chicos. Y, contra todo pronóstico, también el amor de Carolina.

Los vecinos no entendían cómo había hecho. Algunos lo atribuían a la suerte, otros al dinero, otros a una pasión secreta que nadie alcanzaba a vislumbrar. La verdad era más simple: Carolina lo adoraba por lo que era, y él la adoraba por lo que ella le permitía ser. En ese equilibrio raro, la familia funcionaba.

Hasta que aparecieron los tres en el terreno de al lado.

Damián, Beto y el Rulo llegaron una mañana con un camión cargado de bolsas de cemento y herramientas oxidadas. Iban a levantar la casa del lote contiguo. Eran tres hombres curtidos por años de obra: brazos gruesos, manos partidas, voces ásperas. El primer día apenas la miraron. El segundo, ya hicieron algún comentario por lo bajo. Al tercero, la silbaban abiertamente cada vez que pasaba.

Carolina apretaba el paso y seguía. No cambió la forma de vestir. No iba a darles el gusto de modificar un solo gesto por culpa de tres albañiles. Pero los silbidos se volvieron palabras, las palabras se volvieron frases enteras, y las frases empezaron a apuntar también a Mariano.

—¡Mirá lo que tiene en casa el cuatro ojos! —se reía Damián mientras revoleaba la pala—. Un culo así lo tenés que romper todas las noches, y el pobre boludo seguro que ni la puntita le mete.

Mariano fingía no escuchar. Subía al auto sin mirar el terreno, bajaba con la vista clavada en el suelo. Carolina notaba el temblor leve en sus manos cuando volvían a casa y nadie hablaba del tema. Lo dejaban pasar, como se deja pasar el ruido de un caño que gotea.

La tarde en que todo se rompió, Carolina volvía de la panadería. Llevaba una camisa blanca, fina, sin corpiño. El frío del otoño temprano le había endurecido los pezones, y bajo la tela cerrada apenas por un botón se marcaban con una nitidez que ella no había buscado. Damián apoyó la pala contra el alambrado, se enderezó y soltó la frase como quien tira una piedra al medio de la calle.

—Con esa camisita y sin corpiño se te nota que necesitás que te midan el aceite, putita. Y no como te lo mide ese cornudo que tenés en casa. Vos lo que necesitás es una pija en serio, una que te llene el coño hasta la garganta.

Las risas estallaron secas, como un cachetazo a tres voces. Carolina no giró la cara. Siguió caminando, abrió la reja, cerró la puerta detrás. Pero Mariano estaba en el jardín delantero podando un arbusto y había escuchado cada palabra.

No gritó. No insultó. Dejó la tijera sobre el cantero, cruzó el cerco y entró al terreno de al lado con los puños apretados, los anteojos torcidos, la cara blanca de furia. Lo que siguió fue corto y feo: empujones, un primer golpe que no llegó, tres puños que sí llegaron, una bota en las costillas, un tobillo doblado, la mandíbula partida contra el filo de una carretilla. Mariano terminó hecho un ovillo en el polvo, escupiendo sangre y un diente.

Nadie del barrio se asomó. Las cortinas se movieron, pero las puertas no se abrieron. Carolina llamó a la ambulancia con la voz firme y siguió al patrullero hasta el hospital sin soltar el volante. No lloró cuando le dieron el diagnóstico: tres costillas fisuradas, dos puntos arriba de la ceja, un ojo cerrado por la inflamación. Tampoco lloró cuando los médicos le explicaron que iba a quedar internado dos noches.

Volvió a la casa con los chicos dormidos en el asiento trasero. Los bañó, les preparó la cena, les contó el cuento de siempre. Les dijo que papá se había caído de la escalera y que pronto volvía. Ellos le creyeron, porque le creían todo.

***

A las once apagó la luz del cuarto de los chicos. A las once y media estaba sentada en el borde de su cama con los ojos secos y la mirada en un punto fijo de la pared. La denuncia no iba a llegar a ningún lado: Mariano había firmado el alta sin pedir parte médico, los vecinos no iban a declarar, el comisario del barrio jugaba al fútbol los sábados con el dueño de la obra.

El barrio entero se había escondido detrás del «mejor no meterse». Y Carolina entendió, ahí sentada, que si quería que la cosa parara, iba a tener que pararla ella.

Abrió el armario sin prender la luz. No buscó ropa cómoda, ni un abrigo, ni nada que pareciera neutro. Eligió con la precisión fría de quien se viste para una ceremonia: medias negras, tacos finos, la minifalda más corta, la camisa blanca de tela fina, sin sostén. Se pintó los labios despacio, frente al espejo, como si estuviera memorizando su propia cara antes de salir.

No era el uniforme de una víctima. Era el uniforme de una mujer que había tomado una decisión y no quería ahorrársela a nadie.

El reloj del living marcaba las doce cuando cruzó el jardín. Del otro lado del cerco, el contenedor donde dormían los tres tenía la luz amarilla del foco encendida y un parlante chiquito largaba cumbia rasposa. Risas. Botellas. Ese ruido de hombres solos que se sienten dueños del mundo cuando nadie los mira.

Carolina se detuvo frente a la puerta metálica. No tocó. No saludó. Solo se quedó de pie en el rectángulo de luz, sabiendo que tarde o temprano alguno iba a girar la cabeza.

***

Beto fue el primero en verla. Tenía la boca abierta con un bocado a medio masticar cuando la cumbia siguió sonando pero la conversación se cortó en seco. El Rulo le siguió la mirada y se quedó con la lata de cerveza en el aire, como si se hubiera olvidado de qué iba a hacer con ella. Damián, más callado, se enderezó despacio en la silla plegable. Tardó tres segundos en bajar la vista del rostro de Carolina al resto del cuerpo, y otros tres en volver a subirla.

Ella no entró. Esperó a que alguno hablara. Como ninguno habló, habló ella.

—Vengo a negociar —dijo.

La voz le salió baja, sin temblor, sin pregunta. Los tres se miraron entre ellos buscando una señal, una broma, algo que les permitiera entender la escena. No la encontraron.

—Mi marido no vuelve a poner un pie en su obra. Ustedes no vuelven a dirigirle la palabra. Ni a él, ni a mis hijos. Yo voy a pasar por la vereda como pasé siempre, y ustedes van a saludarme con la cabeza gacha. Lo que les ofrezco a cambio es esta noche. Una sola.

El Rulo soltó una carcajada nerviosa que se quedó a mitad de camino. Damián no se rió. La miró largo, calculando. Carolina sostuvo el silencio sin pestañear. Sabía perfectamente dónde estaba parada. Sabía que si gritaba, nadie iba a venir. Y aun así había caminado hasta ahí.

Eso, más que la falda o la camisa, fue lo que los terminó de descolocar.

—Adentro —dijo Damián, haciéndose a un lado.

Carolina entró. El piso era de cemento alisado, había olor a humedad, a tabaco viejo, a comida recalentada. La mesa estaba cubierta de cartas, vasos, un cenicero lleno. Beto bajó el volumen del parlante con la mano que no sostenía la cerveza. El Rulo apoyó la lata sobre la mesa sin sacarle los ojos de encima.

Damián se desabrochó el cinto. No dijo nada. No avisó. Se bajó el pantalón hasta media pierna y se sacó la verga de adentro del calzoncillo con una naturalidad insultante, como si lo hiciera todas las noches frente a un público que esperaba turno.

Carolina tragó saliva. No esperaba algo así. Era grande, gruesa, oscura, cruzada por venas que latían a un ritmo propio bajo la luz amarillenta. La punta brillaba, hinchada, casi obscena. Ya estaba dura, apuntando al techo, con esa curva pesada que sólo tienen las pijas que no necesitan ayuda para pararse. Los huevos le colgaban gordos, cargados, moviéndose apenas cuando él respiraba. Era un órgano que no parecía haberse formado en un cuerpo humano sino en algún rincón animal del mundo.

Le tembló un poco la mandíbula. Pero no retrocedió.

Beto y el Rulo la rodearon. Apoyaron las manos en sus hombros, sin violencia y sin ternura, con la firmeza de quien acomoda un mueble que va a quedarse ahí. La hicieron bajar despacio. Carolina dobló las rodillas, sintió el cemento áspero contra la piel, sintió el frío trepar por los muslos. La falda se le subió unos centímetros. El borde de las medias quedó a la vista.

Damián se acercó y le pasó la verga por la cara, despacio, desde el pómulo hasta el mentón. Estaba caliente. Pesada. Una marca tibia que le quedó atravesada como una firma. Se la frotó contra los labios cerrados, la deslizó por el puente de la nariz, le apoyó los huevos contra la barbilla y se los meció ahí, obligándola a olerlos, a sentir el peso, a entender que esa noche era él quien mandaba.

—¿Qué va a decir tu marido —preguntó Damián, sonriendo— cuando se entere de que la santita del barrio se nos chupó la pija a los tres para que no le rompamos más la cara? Abrí la boca, putita. Sacá esa lengua de misa que te la voy a bautizar como corresponde.

Carolina no contestó. Cerró los ojos un segundo, los volvió a abrir, y sostuvo la mirada del hombre con una calma que a él le borró la sonrisa.

Después abrió la boca.

***

Pasó la lengua por la base, despacio, midiendo el largo, el grueso, el peso. Subió hasta la punta dejando un rastro de saliva tibia. Rodeó el glande con los labios y lo chupó apenas, un beso húmedo que le arrancó a Damián un gruñido gutural. Bajó otra vez por el tronco, esta vez apretando la lengua contra la vena gruesa que lo cruzaba de punta a punta, y le lamió los huevos uno por uno, metiéndoselos en la boca, chupándolos con cuidado, tirándolos apenas con los labios antes de soltarlos. Lo lamió como se lame una herida que no quiere cerrarse, con concentración, sin apuro. Damián gruñó algo entre dientes y le agarró la cabeza con las dos manos.

El primer empujón fue brutal. Carolina sintió la verga golpearle el fondo de la garganta y un reflejo violento la sacudió entera. Tosió, escupió saliva espesa, las lágrimas le brotaron sin que pudiera frenarlas. Un hilo grueso le bajó por la barbilla, cayó sobre el escote, empezó a mojarle la camisa blanca. Damián no aflojó. Volvió a empujar, más despacio esta vez, dejándole un segundo para acomodarse, y después de nuevo hasta el fondo, hasta que la nariz de ella le quedó pegada al pubis y los huevos le golpearon el mentón.

—Así, putita, aguantala toda —le gruñó, moviéndole la cabeza con las dos manos como si fuera un objeto que había pagado por usar—. Que se te marquen bien los huevos en la garganta. A ver si aprendés lo que es una pija de verdad.

La sacó de golpe. Un hilo denso de saliva unió la punta a los labios de Carolina y se cortó recién cuando ella largó el aire. Le clavó la verga otra vez, dos, tres empujones seguidos, y a ella se le escapó una arcada seca que le sacudió el cuerpo entero. Los ojos se le llenaron de lágrimas. El maquillaje empezó a correrle. Y aun así siguió con la boca abierta, la lengua extendida, esperando el siguiente golpe.

Beto se sacó la suya. El Rulo también. La del Rulo era más corta pero increíblemente gruesa, con un glande hinchado que parecía una ciruela morada. La de Beto era larga y torcida, curvada hacia arriba, con la piel más clara y un vello negro y grueso alrededor. Ahora eran tres pijas duras alrededor de su cara, tres pares de manos guiándole la nuca, marcándole el ritmo. La hicieron girar la cabeza de uno al otro como una muñeca articulada. Pasaba de una boca llena a la siguiente sin pausa, sin tiempo de tragar la saliva acumulada.

—Mirá cómo chupa la doña —se reía Beto, agarrándole el mentón y obligándola a mirarlo mientras le empujaba la verga adentro—. Si parecés una puta de años, no una señora de misa. Chupá bien, dale. Con la lengua abajo, así.

Carolina obedeció. Ahuecó la lengua debajo del glande de Beto, cerró los labios apretados alrededor del tronco y empezó a mover la cabeza, subiendo y bajando con un ritmo que no había planeado, que le salía solo. Le sintió el gusto a sudor de todo el día, el olor fuerte del monte del pubis, la textura de la piel tirante bajo su lengua. Beto le agarró los pelos en la nuca y empezó a marcarle el ritmo desde arriba, forzándola a bajar más, a tomar más, a chupar más rápido.

El Rulo se abrió camino por el otro lado. Le pasó su verga corta y gruesa por la mejilla, se la apoyó en los labios, y cuando ella tuvo que soltar la de Beto para respirar, se la clavó de golpe. Carolina abrió los ojos de par en par. Ese grosor no le entraba entero, se le atragantaba en la mitad, le forzaba las comisuras hasta hacerle doler la mandíbula.

—Aflojá el hueso, gorda, aflojá —le pedía el Rulo con la voz ronca, moviéndosela adentro con embestidas cortas—. Que estás durísima. Abrila, abrila más. Así, así, chupá esa punta, chupamela toda.

Cuando podía, intentaba meterse dos a la vez, apenas las puntas. Damián y el Rulo se acomodaban a los costados, se apretaban las pijas una contra la otra, y ella les pasaba la lengua por los dos glandes al mismo tiempo, chupaba primero uno y después el otro, los besaba, se los frotaba por los labios manchados de saliva y de brillo labial corrido. Cuando no, se concentraba en uno solo y los otros dos esperaban con la verga apoyada contra su mejilla, marcándole la cara con esa presencia tibia, dejándole rastros de líquido preseminal en la piel.

Damián le abrió la camisa de un tirón. Los botones saltaron. Las tetas de Carolina quedaron al aire, grandes, blancas, con los pezones erizados por el frío del contenedor y por algo más que ella prefería no nombrar. Damián se agachó, le agarró una teta entera con la mano y le apretó el pezón entre el pulgar y el índice, tirándolo hasta que a ella se le escapó un quejido apagado con la boca todavía llena.

—Mirá esta cornuda cómo tiene los pezones —dijo, riéndose, apretándole el otro—. Si le encanta. Si está mojada, seguro. A ver, Rulo, mirale el coño.

El Rulo se agachó atrás de Carolina, le levantó la falda de un manotazo y le corrió la bombacha con un dedo. Carolina sintió el aire frío contra la piel húmeda y no pudo evitar temblar. El Rulo largó una carcajada gruesa.

—Chorrea, Damián. La santita chorrea. Tiene el coño hecho una sopa.

Carolina cerró los ojos. La humillación le subió por el pecho como una marea, pero abajo, entre las piernas, el cuerpo la traicionaba sin pedirle permiso. El Rulo le hundió dos dedos hasta el fondo y le arrancó un gemido que no pudo tragarse. Los movió despacio adentro, curvándolos, buscando. Encontró el punto y empezó a golpeárselo desde adentro mientras Beto le seguía cogiendo la boca.

—Aguantá, Rulo, no la revientes todavía —dijo Damián—. Dale a chupar primero. Que se gane la corrida.

El Rulo sacó los dedos y se los pasó por la cara a Carolina, dejándole un rastro brillante en el pómulo. Después se los metió a ella en la boca, encima de la verga de Beto, obligándola a saborearse a sí misma. Carolina chupó los dedos con la misma dedicación con que había chupado las pijas. No sabía si era orgullo, resignación o una excitación oscura que había empezado a crecerle en el fondo del vientre y no la dejaba pensar con claridad.

El primero en reventar fue el Rulo. Le clavó la verga corta en la boca, la agarró de los pelos con las dos manos y empezó a follársela la cara con embestidas cortas y rápidas, sin darle tregua. Carolina sintió cómo se le hinchaba la pija adentro, cómo latía, cómo se ponía todavía más dura los últimos segundos. No fue un chorro: fue una descarga densa, caliente, que le llenó la boca antes de que pudiera reaccionar. Sintió el gusto pegajoso bajarle por la lengua, llenarle el paladar, escaparse por las comisuras. El Rulo no la sacó. Siguió empujando mientras se corría, descargándole chorro tras chorro contra el paladar y contra el fondo de la garganta. Una parte le cayó al escote y le manchó la camisa blanca con un rastro tibio que se enfrió enseguida. Otra le corrió por la barbilla y le goteó sobre las tetas desnudas.

—Tragá, doña —jadeó el Rulo, todavía adentro de su boca, apretándole la nariz para que no pudiera respirar—. Tragá todo. Ni una gota afuera.

Se quedó un instante con los ojos cerrados. La cabeza le daba vueltas. El semen del Rulo era espeso, salado, con un fondo amargo que le quedó pegado a las encías. Y entonces, sin pensarlo, tragó.

El líquido le bajó denso por la garganta. Lo sintió pesado, ajeno, profundamente ajeno. Hace años que no probaba la de Mariano, pensó. Casi no me acuerdo del gusto. El pensamiento la atravesó como una traición a sí misma. Y, sin embargo, su lengua siguió buscando, limpiando, recogiendo lo que se había quedado pegado en los dientes, en el paladar, en el rincón de los labios. El Rulo sacó la verga chorreando saliva y semen mezclados, y ella, sin que se lo pidieran, se la lamió limpia, le pasó la lengua por el glande todavía sensible, le chupó la punta hasta sacarle la última gota.

Damián fue el segundo. La agarró de los pelos, le apoyó la punta en los labios y le pidió abrir la boca con un gruñido. Carolina abrió. Damián se la clavó hasta la mitad, la sacó, se la volvió a clavar más adentro. Empezó a cogerle la boca con embestidas largas, dejándola tragar cada empujón hasta la raíz. Le agarró la cabeza con las dos manos y la trabajó como se trabaja una máquina, sin apuro y sin ternura, con la certeza de que iba a llegar cuando él quisiera y no antes.

—Sacá la lengua, doña. Sacala. Que te vea toda.

Carolina sacó la lengua. Damián le frotó la verga contra ella, se la apoyó plana sobre la cara, le pintó los labios con la punta chorreante. Cuando reventó, lo hizo afuera, sobre los labios y el mentón de Carolina. Fue un chorro largo, denso, que le cruzó la mejilla y le llegó hasta el pelo. Después otro, más corto, sobre la lengua extendida. Después otro sobre las tetas, sobre el pezón izquierdo, escurriéndose despacio hacia el vientre. El Rulo le tomó la cara con una mano y le frotó la verga a medio bajar contra los pómulos para terminar de descargarse, embarrándole el maquillaje ya corrido. Beto soltó una risa gruesa.

—Mirala, mirala cómo quedó. Toda pintada. La santa madre del barrio hecha una guarra.

El tercero fue Beto. La levantó del piso agarrándola de las axilas, la dobló sobre la mesa boca abajo, con las tetas contra la madera pegajosa, y le arremangó la falda hasta la cintura. Le arrancó la bombacha de un tirón. Carolina sintió el aire frío en el culo, sintió cómo Beto le abría las nalgas con las dos manos, y por un segundo pensó que se la iba a coger ahí, en la mesa, sin más. Pero Beto se rió y la levantó otra vez, la sentó en la silla plegable, le abrió las piernas y le agarró la cabeza para llevársela a la pija.

—La cola te la dejo para otra, doña. Ahora abrí bien.

Le clavó la verga hasta el fondo y se quedó así, sin moverse, hasta que terminó. La pija larga y torcida de Beto le llegaba hasta un lugar de la garganta que ninguna otra había alcanzado. Carolina no podía respirar. Se le llenaron los ojos de lágrimas, se le contrajo la garganta alrededor de él, tragó por reflejo apretándole el glande con los músculos internos. Beto gimió, largo y ronco. Se corrió sin sacarla, sin avisar. Carolina sintió el calor descargarle directamente en la garganta, chorro tras chorro, un río espeso que le bajaba sin darle opción. Tragó por reflejo, sin elegirlo. Tosió. Tragó otra vez. Cuando Beto sacó la pija, un hilo grueso de semen mezclado con saliva le colgó de los labios y se le derramó sobre las tetas.

Cuando los tres se apartaron, ella seguía arrodillada. La camisa blanca, manchada, pegada al pecho, abierta hasta la cintura. Los pezones duros, brillantes de saliva y semen. Los labios brillantes. Una hebra le colgaba del mentón. No se la limpió.

Se quedó así un rato largo, con la respiración entrando y saliendo despacio. Los tres albañiles la miraban en silencio, con las pijas todavía afuera, ablandándose contra los muslos, como si recién ahora entendieran que algo más grande que ellos había pasado en ese contenedor, y que no terminaban de entender qué era.

Carolina se levantó despacio. Se cerró la camisa como pudo, cruzándose los faldones sobre el pecho. Se acomodó la falda. Se acomodó el pelo. Pasó al lado de Damián sin mirarlo y salió por la puerta metálica.

Cruzó el jardín de vuelta a su casa. El barrio seguía dormido. Adentro, los chicos seguían dormidos. La cocina seguía limpia. Subió, se metió bajo la ducha, se quedó parada bajo el agua caliente hasta que el espejo se empañó y dejó de devolverle la cara. Se lavó la boca tres veces. Se enjuagó con el cepillo de dientes hasta que las encías le sangraron. El gusto no se iba.

Cuando se acostó, eran casi las dos de la mañana. Mariano volvía del hospital al día siguiente. Los albañiles, ella lo sabía, no le iban a decir una palabra nunca más. Ni a él, ni a sus hijos, ni a ella.

Lo que hizo esa noche, también lo sabía, no iba a contarlo jamás. Pero tampoco se iba a olvidar nunca de cómo se sintió tragar por primera vez algo que no era de su marido.

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Comentarios(7)

CachoMdq

que relato!!! me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin, muy bien narrado

Leti_BA

Me encantó, se sentía muy real. Espero que haya una segunda parte!

Rodrigo_Gba

La tensión del principio te engancha y ya no podés soltar. Muy bien logrado.

SombradeTarde

increible!!! quiero mas relatos asi

ValentinaOsc

No fue predecible para nada, y eso lo hace mucho mejor. Muy bueno.

ElPeregrino22

y Carolina, ¿volvio a cruzar el cerco? jajaja alguien que escriba la segunda parte por favor

MarisolCba

lo lei de un tiron, sin parar. Sigan publicando cosas asi por favor

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