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Relatos Ardientes

La extranjera que se metió entre mi marido y yo

Empezó con un programa de intercambio cultural que mi marido y yo aceptamos casi sin pensarlo. La idea era sencilla: nuestro hijo viajaría diez meses a Bratislava con una familia anfitriona y, a cambio, recibiríamos en casa a una adolescente eslovaca de unos trece años. Un trueque limpio, supervisado por la agencia, con calendario académico y manual de buenas costumbres.

Firmamos los papeles en otoño. En primavera, la chica volaba hacia nosotros.

Tres días antes de su llegada, la oficina nos llamó pidiendo disculpas. Hubo un cruce de expedientes y la estudiante que estábamos a punto de recibir no tenía trece años, sino veinte. Una universitaria, no una colegiala. Mi marido se encogió de hombros como si la diferencia fuera anecdótica. Yo me quedé mirando el teléfono más rato del necesario.

Tranquila, me dije esa noche frente al espejo. Seguro sigue siendo una cría con coletas y aparato dental.

No lo era.

Cuando Aitana cruzó la puerta de llegadas con su mochila al hombro, supe que aquel intercambio se iba a complicar. Era alta, delgada, con el cabello negro hasta los hombros y unos ojos verdes que parecían demasiado adultos para su pasaporte. La piel muy blanca, las pecas en la nariz, los labios sin maquillaje. Una de esas mujeres jóvenes a las que la cámara les sienta bien desde cualquier ángulo.

Mi marido sonrió y le tendió la mano. Yo sonreí también, con la sonrisa apretada de quien intuye un problema.

—Bienvenida —le dije en mi mejor español lento—. Esta es tu casa ahora.

—Gracias, Marina —contestó ella, y por algún motivo me molestó que ya supiera mi nombre.

En el coche, camino a casa, no dejé de observarla por el espejo retrovisor. Cruzaba las piernas como las cruzaba yo a su edad. Se mordía el interior de la mejilla cuando se concentraba. Sonreía a mi marido con cortesía, pero cada vez que él decía algo medianamente gracioso, ella se reía un segundo más de lo necesario.

Me estoy volviendo loca, pensé.

***

Las primeras semanas pasaron sin sobresaltos. Aitana se encerraba en su cuarto a estudiar, bajaba a cenar puntual, ayudaba a recoger la mesa y los fines de semana salía con compañeros de la facultad y volvía tarde. Nada que no fuera previsible en una chica de veinte años lejos de casa.

Mi marido, Esteban, se comportó como siempre: amable, distante, eficaz. Yo me convencí de que mis celos eran cosa mía y me obligué a ser una anfitriona decente.

Hasta el día en que pasé por delante de su habitación con la puerta entornada.

Aitana estaba de pie frente al espejo, peinándose con calma. Llevaba unos pantalones cortos y nada más. Pude verle la espalda, la curva del costado, el contorno de un pecho cuando giró un poco el cuerpo para alcanzar la parte de atrás de la melena. No se había puesto sostén. No tenía por qué hacerlo dentro de su propio cuarto.

Me alejé en silencio, con la boca seca y el pulso en las sienes. Llegué a la cocina sin saber a qué había bajado.

Esa noche, Esteban y yo hicimos el amor con la luz apagada y la boca contra la almohada, como siempre, para no despertar a nadie. Pero esa noche, cuando él se deslizó dentro de mí, lo recibí mojada de una manera que llevaba años sin recordar. Y mientras él se movía, yo no pensaba en él. Pensaba en la espalda blanca de Aitana frente al espejo.

Me dormí avergonzada y satisfecha al mismo tiempo.

***

Un par de semanas después fui yo la que escuchó algo.

Volvía del baño hacia mi cuarto, descalza, cuando oí un ruido amortiguado al pasar junto a la puerta de Aitana. Me detuve. El ruido se repitió. Era ella, claramente. Un gemido apagado, controlado, como si supiera que tenía que ser discreta y no del todo lo consiguiera.

Me quedé pegada a la madera durante un minuto que se hizo larguísimo. Imaginé lo que estaba haciendo del otro lado: la mano entre las piernas, los dientes mordiendo el labio, el cuerpo arqueándose despacio bajo la sábana. La idea me cerró la garganta.

Cuando llegué a mi cama no esperé a que Esteban abriera los ojos. Le pasé una pierna por encima, le besé el cuello y le susurré al oído que lo quería dentro. Él se despertó confundido y encantado. Me tomó por detrás, agarrándome de las caderas con fuerza, y yo gemí más alto de lo que jamás había gemido en aquella casa. No me importó que se oyera. En el fondo, quería que se oyera. Quería que Aitana supiera que la había escuchado.

***

A partir de ese momento todo se desplazó unos centímetros.

Yo seguía siendo amable con ella, pero buscaba excusas para coincidir en la cocina, en el pasillo, en el salón. Mi mirada se demoraba un segundo más sobre sus piernas cuando se sentaba con un libro. Ella, por su parte, empezó a vestirse con ropa más ligera en casa, a apoyarse en los marcos de las puertas con la cadera ladeada, a sostenerme la mirada cuando coincidíamos en el espejo del recibidor.

Nunca le había sido infiel a Esteban. Mucho menos había fantaseado con otra mujer. Pero esas noches me masturbaba pensando en ella con una intensidad que me asustaba, y al día siguiente la miraba a la cara durante el desayuno como si nada.

Solo es una fantasía, me repetía. Mientras no haga nada, no pasa nada.

Hasta que hice algo.

***

Era un sábado por la mañana. Esteban se había ido al gimnasio. Aitana se metió en el baño del pasillo y abrió la ducha. Yo escuché el agua correr desde la cocina y, antes de pensarlo bien, ya estaba subiendo las escaleras.

Me quité la ropa en el descansillo. La camiseta, los pantalones, la ropa interior. Lo dejé todo amontonado en el suelo. Abrí la puerta del baño con dos dedos y entré en la regadera detrás de ella.

Aitana se giró de golpe y se cubrió los pechos con los antebrazos. El vello del pubis, oscuro y recortado, le brillaba con el agua. Me miró sin entender.

—Marina, ¿qué…?

Yo me quedé de pie debajo del chorro, sin saber qué hacer con las manos.

—Solo… solo quería decirte que eres muy guapa —balbuceé. Sentí la cara arder—. Perdóname. Esto ha sido una estupidez. Ya me voy.

Me giré hacia la puerta.

—Espera.

Su voz me clavó al suelo. Sentí su mano en mi hombro. Cuando me di la vuelta, ella había bajado los brazos. Tenía los pechos pequeños y firmes, los pezones erizados por el agua tibia.

—¿Sabes? —dijo en voz baja, mirándome a los ojos—. La otra noche te oí con tu marido.

—Qué vergüenza —contesté—. Esta casa es muy ruidosa.

—No me molestó —dijo, y sonrió de una forma que no le había visto antes—. Me gustó.

Se acercó un paso. Yo no me moví.

—¿Te gusta mi cuerpo? —preguntó, deslizando un dedo desde su clavícula hasta uno de sus pezones.

—Sí —murmuré.

—¿Y si dejamos de fingir?

Se arrodilló frente a mí sin esperar respuesta. Me sostuvo por las pantorrillas y acercó la boca a la cara interna de mi muslo. Sentí su respiración cálida y, un segundo después, sus labios. Mi piel se erizó entera. Me agarré al toallero para no caerme.

—No, Aitana, no —dije sin convicción. Lo decía porque sabía que tenía que decirlo, pero no me aparté. En el fondo llevaba semanas pidiéndole exactamente eso.

Su lengua encontró el sitio justo y ya no fui capaz de hablar. Empecé a gemir contra el azulejo, los ojos cerrados, una mano agarrada al toallero y la otra hundida en su pelo mojado. Le pedí, sin palabras, que no se detuviera. Empujé su cabeza contra mí. Ella entendió perfectamente.

Cuando acabé, las piernas me temblaban. Aitana se puso de pie despacio y me besó en la boca. Me supe a mí misma en su lengua. Nos quedamos un rato así, abrazadas bajo el agua, acariciándonos los pechos y las nalgas como dos adolescentes que descubren algo nuevo a la vez.

***

Lo de la ducha no fue un episodio aislado. A partir de aquel sábado, Aitana y yo nos buscamos casi todos los días. En su cuarto cuando Esteban se iba a trabajar. En el mío cuando ella sabía que yo estaba sola. En la cocina, contra el filo de la encimera, con el oído atento al ruido de la puerta del garaje.

Durante semanas viví dos vidas paralelas. De día, sexo con una mujer joven que me hacía sentir veintiún años de nuevo. De noche, mi marido cumpliendo su parte del contrato matrimonial sin sospechar nada. Me sentía culpable y feliz a partes iguales, y la culpa la apartaba con las dos manos cada vez que Aitana me empujaba sobre la cama.

Pero algo me carcomía por dentro.

Yo conocía a Esteban. Yo había visto cómo la miraba la primera noche en el coche, aunque no quisiera reconocerlo. Si yo había caído, ¿por qué no iba a caer él?

***

Una tarde, mientras Aitana estaba en clase, lo enfrenté en el salón.

—Te gusta, ¿verdad?

—¿Quién?

—No te hagas el tonto.

Él soltó el periódico. Tragó saliva.

—Es una chica guapa, Marina. No estoy ciego.

—¿Serías capaz de engañarme con ella?

Esteban miró hacia la ventana. Ese gesto lo conocía. Era el gesto que ponía cuando algo le pesaba demasiado para decirlo de frente.

—No me mientas —insistí—. Te conozco.

Suspiró. Se pasó la mano por la frente.

—Pasó una vez. Hace tres semanas. Tú estabas durmiendo. Yo me afeitaba en el baño y ella entró, cerró la puerta y se quitó la bata sin decir nada. Después se arrodilló. Intenté pararla, te lo juro, pero…

—Para —le dije—. No quiero los detalles.

—Marina, lo siento mucho.

—¿Una vez?

Volvió a mirar la ventana.

—Una vez en el baño. Y otras tres o cuatro en la ducha. Siempre cuando tú no estabas.

Sentí el calor subiéndome a la cara. Iba a gritarle, iba a decirle todo lo que me estaba mordiendo la lengua, y entonces me acordé. Me acordé de mí en esa misma ducha unas semanas antes, desnuda y temblando, ofreciéndome a la misma chica.

Bajé la voz.

—Yo también he hecho algo.

—¿Qué?

—Con ella.

Se quedó mirándome como si no entendiera el idioma.

—Pero… Aitana es mujer.

—Ya sé que es mujer, Esteban. Lo peor es que empecé yo. Me metí desnuda en la ducha con ella. Llevamos semanas. Casi todos los días.

Hubo un silencio largo. Demasiado largo. Después él se rio, una risa corta y amarga, sin alegría, casi como un suspiro.

—Vaya intercambio cultural.

—Sí —dije yo—. Vaya intercambio.

***

Le pedimos a Aitana que se marchara a la mañana siguiente. No hubo escenas. Ella ya intuía que algo se había roto. Hizo la maleta sin protestar, nos dio las gracias por la hospitalidad y se fue a casa de una amiga de la facultad. Antes de cruzar la puerta me miró durante un segundo más de lo necesario. No dijo nada. Yo tampoco.

Esteban y yo intentamos seguir como si nada. Cenamos juntos, dormimos juntos, vimos series juntos. Pero cada vez que él me tocaba, yo pensaba en lo que había pasado en el baño. Y cada vez que yo lo besaba, él pensaba en lo que había pasado en la ducha. Las imágenes no se borraban. Se amontonaban.

Aguantamos seis meses así. Hablamos con un terapeuta, hicimos un viaje, lo intentamos todo. Pero hay cosas que se ven y ya no se pueden dejar de ver.

Nos separamos en otoño, justo cuando nuestro hijo volvía de su año fuera. Le contamos una versión limpia, sin nombres, sin duchas, sin huéspedes.

De Aitana no he vuelto a saber nada. A veces, todavía, cuando entro en la regadera y abro el agua caliente, me parece sentir una mano sobre el hombro y una voz baja diciéndome: «Espera».

Y me quedo unos segundos quieta, esperando.

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Comentarios (3)

LectoraNocturna

que relato tan buenisimo!! me enganche desde el primer parrafo y no pude parar

Claudia_Salta

Por favor contanos como siguio despues, quede con ganas de mas. Esperando la segunda parte!

LaGringuita85

Me hizo recordar a una estadía que tuve en casa de unos conocidos hace años... ciertos encuentros inesperados te cambian la perspectiva para siempre. Muy bien narrado.

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