Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Dos amigos de mi marido en el mismo cuarto de hotel

Antes de meterme con Hernán, el marido de mi mejor amiga, ya llevaba semanas con un cosquilleo del que no me podía librar. Mi marido había estado incapacitado más de un mes por una operación de rodilla y, aunque lo cuidaba como una esposa modelo, mi cuerpo tenía otros planes. Llevábamos tantos días sin coger que ya no me reconocía caminando por la cocina.

Hernán había empezado a tantearme por mensaje hacía pocos días. Antes de él, sin embargo, hubo otra historia que nunca conté en orden. La cuento ahora porque sin esa mañana no se entiende nada de lo que vino después.

Adrián era el maduro del gimnasio. Me llevaba quince años, tenía espalda de nadador y una manera de mirarme la licra que me hacía elegir tangas a propósito. Bruno, en cambio, era amigo de mi marido desde la prepa, motociclista, palabra fácil y mano más fácil todavía. Los dos me venían insistiendo desde hacía meses para que les diera una tarde. Yo siempre les decía que no, hasta que dejó de salirme la palabra.

El viernes mi marido volvió al trabajo. Esa misma mañana tenía entrega de boletas en la preparatoria de mi hijo. Como él se encargaba siempre, esta vez le dije que iba yo, que necesitaba ver a las maestras. Era mentira a medias. La reunión empezaba a las siete y media, y la prepa estaba a cinco minutos del Hotel Plaza Real, en pleno centro.

La noche anterior le escribí a Adrián. Le pedí que reservara la habitación para las ocho menos cuarto y que comprara café. Él contestó con un emoji y un «ya estoy contando las horas». Esa noche dormí poco. Me probé tres atuendos antes de elegir uno: leggins de vinipiel negros, tacones también negros y una blusa escotada de seda, todo escondido bajo un abrigo largo que me llegaba a las rodillas. En la cartera metí dos camisones, un dildo grande de látex y un plug pequeño, por si acaso.

La reunión de padres se me hizo eterna. La maestra hablaba de promedios y yo asentía sin escuchar nada. A las siete y veintidós salí caminando rápido hacia el estacionamiento de la escuela. En la camioneta me retoqué los labios y le marqué a Adrián. Ya estaba arriba, en la habitación 314. Manejé las pocas cuadras con las manos sudando en el volante.

Subí por las escaleras para no cruzarme con nadie en el ascensor. Cuando abrió la puerta tenía puesta solo una camiseta blanca y un pantalón deportivo. Me miró de arriba abajo como si me estuviera midiendo. Yo me solté el abrigo y lo dejé caer al suelo del cuarto sin decir una palabra.

—Tenemos hasta cuándo —le pregunté.

—El cuarto es por todo el día —contestó.

No me dio tiempo a sacar los camisones. Me empujó contra la pared y empezó a besarme con una urgencia que no había mostrado nunca en el gimnasio. Sus manos me bajaron los leggins de un solo tirón, sin paciencia. Le saqué la camiseta. Quedamos los dos en ropa interior y me cargó hasta la cama.

—Llevo meses imaginando esto —me dijo al oído—. Te miro las tangas debajo de la licra y se me va el día.

—Por eso me las pongo —le contesté.

Me desabrochó el sostén sin prisa. Cambió el modo. Pasó de la urgencia de la entrada a una ternura que no me esperaba de él. Me besó el cuello, los hombros, los pechos. Me lamió los pezones uno por uno mientras me apretaba la cintura con las dos manos. Yo cerré los ojos y pensé que si Adrián seguía así, no iba a hacer falta nada más en toda la mañana.

Bajó hasta abrirme las piernas con los pulgares. Empezó a lamerme despacio, con la lengua plana, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Le puse las piernas sobre la espalda y le hundí los dedos en el pelo. Le pedí que no parara. Me metió dos dedos y siguió con la lengua arriba. Era la combinación exacta. Me arqueé en la cama y le dije que ya estaba a punto.

—Espera —me cortó—. No así.

Se puso un condón y subió. Lo recibí con las piernas abiertas y los brazos en su cuello. Empezó a moverse despacio, marcando cada embestida. Yo le mordía el hombro para no gritar. Me levantó las dos piernas hasta apoyarlas en sus hombros y se arrodilló frente a mí. Desde ahí me miró fijo mientras me cogía, las manos en mis pechos, los pulgares en los pezones. Aguanté así varios minutos hasta que él me pidió cambiar.

Me puse en cuatro, pegué la cara al colchón y le ofrecí la cadera. Se acomodó atrás y empezó a empujar fuerte. Yo apretaba las sábanas con los dos puños. Mordía la almohada para que no me oyeran en el pasillo. Le pedí más y más rápido, y entonces me dijo lo que no quería oír.

—Ya vengo.

—Espera —le supliqué—, el mío aún no.

—No aguanto.

Salió, se quitó el condón y se vino sobre mi espalda y mis nalgas. Caliente. Apenas dejó de moverse, acercó la verga a mi boca y yo la chupé hasta limpiarla. No me importó. Sabía que él se iba a quedar tranquilo y yo no.

***

Adrián me limpió la espalda con papel del baño, muy caballeroso, como si acabáramos de comer una pizza. Me dio un beso en la frente y me dijo que tenía que irse a trabajar. Eran las ocho y diez. Yo lo miré desde la cama, todavía desnuda, y entendí dos cosas al mismo tiempo: que el cuarto estaba pagado todo el día, y que mi cuerpo seguía pidiendo.

—Quédate con el cuarto —me dijo desde la puerta—. Está reservado para ti.

Se fue. Me serví el café que había sobrado. Encendí la tele y pasé canales sin mirar ninguno. La piel me ardía. Por debajo del pulso del orgasmo a medias me bullía un fastidio nuevo, mezclado con la libertad rara de estar sola en un cuarto pagado, con el día libre y la cama deshecha.

Fue entonces cuando vibró el celular. Era Hernán. El marido de mi mejor amiga. Me preguntó si ya me había sobado la cadera, en clave de los mensajes que veníamos cruzando hacía días. Le contesté que sí. Cada respuesta suya subía el tono. Quería saber si me imaginaba mamándosela mientras le preparaba el café los sábados de asado. Quería saber si aguantaba unas pellizcadas en los pezones. Quería cogerme, decía, en la cama de mi marido.

—Eso jamás —le tecleé—. A ella la respeto.

A él no se lo dije, pero a Hernán no me lo iba a coger ese día ni el siguiente. Tenía claro el límite. Lo que no tenía claro era qué iba a hacer con el calor que sus mensajes me estaban metiendo entre las piernas.

Me levanté, fui al baño y me enjuagué. Salí envuelta en la toalla. Me miré al espejo. Tenía las mejillas todavía rojas y los ojos brillantes. Pensé en quedarme a dormir. Pensé en irme a mi casa. Pensé en una tercera cosa y abrí el celular otra vez.

Bruno contestó al cuarto tono. Estaba dormido. Le dije lo justo.

—Tengo ganas. ¿Quieres o no?

—¿Dónde?

—Plaza Real, habitación 314.

—Voy.

Le colgué antes de arrepentirme. Saqué el segundo camisón, uno negro de encaje fucsia que me había costado más de lo que pensaba decirle a mi marido alguna vez. Me lo puse, calcé las zapatillas y me tiré en la cama. Empecé a tocarme. No por necesidad. Por impaciencia. Mientras esperaba, me bajé del colchón y saqué el dildo de la cartera. Lo lamí entero. Saqué también el plug. Me unté con un poco de saliva y me lo coloqué en cuatro, frente al espejo de la cómoda. Entró sin protestar. Me quedé así un rato, jugando con el dildo de látex entre las piernas, esperando a Bruno como una adolescente espera al novio.

No pasaron veinte minutos. Sonó el celular: estaba abajo dejando la moto al lado de mi camioneta. Saqué el dildo. Tiré los vasos de café a la basura. Estiré la cama lo mejor que pude. Me retoqué el labial. Cuando tocó la puerta, pregunté quién era solo para escucharlo decir mi nombre.

Le abrí. Entró, dejó el casco en la mesita y se quedó mirando el camisón. Después se abalanzó. Me besó como me gusta a mí, con mordida y con lengua. Sus manos fueron directo al borde del encaje. Vio el dildo en la cama y soltó una sonrisa torcida.

—¿Empezaste sin mí?

—Ya nos emparejamos —le dije.

Se desnudó en menos de un minuto. Me puso en cuatro en la orilla de la cama, igual que antes Adrián, y me preguntó si el plug se quedaba o salía. Le dije que se quedaba, que estaba apartando un lugar. Se arrodilló detrás de mí y empezó a lamerme. No tenía la paciencia de Adrián. Tenía hambre. Después de un rato corto me dio el dildo en la mano y se levantó. Yo sabía qué tocaba.

Lo chupé entero. Le dejaba marcas en las mejillas con la lengua y él me decía que mirara cómo se le notaba el bulto en el cachete por dentro. Le gustaba eso. Me jaló de la tanga, me volvió a poner en la orilla, y me penetró sin condón. No le pedí que se pusiera. Yo tampoco quería pensarlo.

Empezó con palmadas en las nalgas y tirones de pelo. Las palabras sucias me llegaban en oleadas. Yo le gemía la respuesta. Después le pedí montarlo. Se acostó boca arriba, todavía con el plug dentro de mí, y me senté encima. Tomé su verga con la mano y me la fui metiendo de a poco. Empecé a moverme con la cadera, sentones lentos, mientras él me apretaba las tetas y me chupaba los pezones a turnos. Me agarré del respaldo de la cama para abrirme más. Tener el plug atrás y a Bruno adelante era una sensación que no podía explicar con palabras. Me sentía llena de un modo que en la cama de mi casa no había sentido nunca.

Acabamos los dos casi al mismo tiempo. Sentí cómo se vino dentro y yo solté un orgasmo largo, de los que cierran los ojos. Me quedé sobre él hasta que se le bajó. Después rodé al costado y nos abrazamos. Estaba sudada y con la respiración corta.

***

—Tengo hambre —le dije.

—Pido —contestó.

Pidió desayuno a la habitación. Mientras esperábamos, fumamos en la ventana entreabierta y nos reímos de cosas tontas. Cuando bajó al estacionamiento a recibir el pedido, yo aproveché para cambiarme. Me puse el segundo camisón, ya un poco arrugado, y volví a la cama. Cuando subió y me vio, dejó la bolsa sobre la mesa sin abrirla.

—¿Y la comida? —pregunté.

—Después.

Volvió a recorrerme con la boca. Me besó el cuello, los oídos, los hombros, y bajó otra vez a los pezones. Mientras me los mordía, me hablaba.

—Me encantas, putita.

—¿Sí, papi? —contesté con voz fingida.

—Si no estuvieras casada, te haría mi mujer para cogerte todos los días.

—No hace falta casarme contigo para que me cojas.

—Pero yo te quiero diario.

—Te aburrirías.

—¿De esto? Jamás.

Me bajó la mano hasta el ano. Sacó el plug. Me lo dio a chupar como un caramelo y volvió a metérmelo. Después la mano bajó otra vez, esta vez al frente. Me encontró mojada. Me acostó contra la cabecera. Mientras él se desvestía, yo hice a un lado la tanga y empecé a tocarme. Bruno no se movió. Se quedó arrodillado a los pies de la cama, mirándome como se mira una película.

Tomé el dildo. Me lo metí despacio, sin dejar de mirarlo. Vi cómo se le endurecía otra vez. Después se acercó, me empujó la cabeza hacia su verga y empezamos un juego en paralelo: yo lo mamaba a él, él me ayudaba con el dildo. Cada vez que yo intentaba sacar la boca, él me empujaba de la nuca para que no escapara.

Me preguntó si quería sentirlo otra vez. Le dije que el dildo no me bastaba nunca. Sacó el plug y me metió primero dos dedos por atrás, después la verga. Yo me apoyé en la cabecera y empujé hacia atrás. Después de un rato me pidió cambiar otra vez. Quería el sillón.

Me levanté y caminé por el cuarto en camisón. Cada vez que pasaba cerca, él me agarraba, me empinaba contra el primer mueble disponible y me daba dos o tres embestidas antes de soltarme. Lo provoqué así varias veces, sabiendo lo que estaba haciendo. Cuando llegué al sillón de dos cuerpos, me empiné apoyando los antebrazos en el respaldo. No esperó instrucciones. Me metió la verga en el ano de una sola vez, ya dilatada por el plug y por la sesión anterior, y empezó a moverse fuerte.

—Más —le pedí.

—Ya viene el mío también.

—Quiero sentirlo dentro.

Me tiró del pelo con una mano, me agarró el cuello con la otra y me cogió hasta que las dos cosas pasaron al mismo tiempo. Yo me vine en un grito ronco que mojó el sillón. Él salió a tiempo para no acabar adentro, me dio vuelta, me arrodilló frente a él y se masturbó hasta venirse en mi boca. Me ordenó tragar mirándolo. Tragué. Después le lamí la punta hasta que él dio un respingo y me alejó la cabeza con la mano. Lo había agotado.

***

Comimos el desayuno frío sentados en la cama, los dos en bata. Hablamos de tonterías otra vez. Él me contó que tenía que pasar por el taller a buscar una pieza de la moto. Yo le dije que me iba a ir a casa a bañarme y a dormir un par de horas antes de que mi hijo volviera de la prepa.

Nos vestimos sin apuro. Salió él primero, como habían salido antes Adrián y como salíamos siempre todos. Yo esperé diez minutos, recogí mis cosas en la cartera, tiré el papel a la basura y bajé. La recepcionista no me miró a la cara. La camioneta seguía donde la había dejado, ahora con un espacio vacío al lado donde había estado la moto de Bruno.

Manejé hasta mi casa con la radio baja y el cuerpo deshecho. Me bañé bajo el agua bien caliente, me unté crema en la cadera y en los pechos, y me metí en la cama sin desarmar. Dormí dos horas largas. Cuando mi hijo entró por la puerta, yo ya estaba en la cocina preparándole un plato como si esa mañana no hubiera pasado nada.

Mi marido llegó después con mi hija. Le di un beso en la mejilla, le serví la comida y me senté con ellos a la mesa. Hablamos de la entrega de boletas. Le mentí poco, lo justo. Esas oportunidades, pensé mientras lo veía masticar, hay que aprender a no desperdiciarlas. El tiempo pasa y no vuelve. Y las mañanas como esa, mucho menos.

Valora este relato

Comentarios (3)

Miguelito_Cba

que relatazo!! me dejo sin palabras

NicoBSAS

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber mas de esta mujer

GabiLectora

Eso del inicio me enganchó de lleno, la imagen de la reunion de padres y despues... tremendo contraste jaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.