Esta noche seduzco al marido de mi mejor amiga
Vi su cara cuando me abrió la puerta y se le borraron las palabras.
—¿Lucía? ¿Qué haces aquí? Pensé que…
—¿Puedo pasar?
Dudó un segundo antes de contestar. Estaba claro que intentaba recomponerse después de encontrarme plantada en su rellano a esas horas, tres meses después de la última conversación que tuvimos.
—Eh… sí, claro. Pasa.
Se hizo a un lado y entré directa al salón. Me dejé caer en uno de los sofás como si la casa todavía me perteneciera un poco. Diego me siguió, incómodo en su propio piso.
—¿Tienes algo para tomar?
—¿Qué te apetece? ¿Una cerveza?
—Algo más fuerte. Y ponte uno también, que lo vas a necesitar.
—Lucía, me estás asustando.
—Haz lo que te digo. Vengo a pedirte un favor y no te va a gustar.
Diego se quedó a mitad de camino hacia el mueble bar, mirándome con una expresión imposible de leer. Después de un par de segundos sirvió dos whiskies cortos y me trajo el mío. Se sentó en el sofá enfrentado al mío y dejó el suyo en la mesa que nos separaba, sin tocarlo.
—A ver. ¿Cuál es ese favor? ¿A qué viene tanto misterio?
Lo observé en silencio mientras encendía un cigarrillo, después de pedirle permiso con un gesto. Diego sacó un cenicero de la balda inferior de la mesa y lo puso a mi alcance. Me lo quedé mirando como si fuera un tapete de ruleta. Estaba a punto de apostar todo a un único número.
Él se removió en su sitio, incómodo con el escrutinio. Yo me decidí por fin.
—¿Cuánto conoces a Rodrigo?
La pregunta lo descolocó. Abrió mucho los ojos.
—¿Qué quieres decir? Lucía, joder, ve al grano que me estás poniendo nervioso.
—Responde, por favor. Es importante.
—Está bien —dijo, pasándose la mano por el pelo castaño—. Pues… no sé. Ya sabes. Hemos salido unas cuantas veces los cuatro para que…
—Hablo de fuera de eso. En el trabajo y fuera del trabajo.
—Pues somos compañeros en la empresa, aunque no estamos en el mismo departamento. Yo entré un par de años después que él y nos hicimos amigos por el campeonato de tenis anual. Fuera, lo típico. Las cervezas después de currar. Algún partido suelto. No mucho más.
—¿Te suena la empresa Aquanova Construcciones?
Su perplejidad fue genuina. Diego era demasiado transparente para mentir sin que se le notara.
—Espera —dijo, levantándose—. ¿Estás aquí como policía? Yo pensaba que tú…
—Tranquilo. No vengo como policía. A menos que tengas una bomba escondida por ahí —mi broma no le hizo ninguna gracia—. Vengo como amiga de Marina.
Bastó el nombre de Marina para que se le cambiara la cara. No me había equivocado de apuesta.
—¿Qué le pasa? ¿Está bien? ¿Pasó algo?
Casi se me escapa la risa, pero el tema era demasiado serio.
—No pasó nada. Todavía. Pero va a pasar pronto y necesito hacer todo lo posible para que a ella le salpique lo menos posible. ¿Te suena la empresa, sí o no?
Diego volvió a sentarse, con los nervios marcándole la mandíbula.
—No. No me suena de nada. ¿Qué tiene que ver con Marina?
—Hace unos días vino a verme un colega de la fiscalía. Sabe que conozco a Rodrigo y me adelantó lo que se viene. Lleva un caso de tráfico de influencias y adjudicación irregular en obras de canalización para varias urbanizaciones nuevas. Aquanova Construcciones, una empresa unipersonal de Rodrigo, se llevó las adjudicaciones de forma claramente ilegal.
—No me jodas —Diego se inclinó hacia delante—. Pero si Rodrigo nada en pasta y…
—Han descubierto que el dinero para capitalizar la empresa salió de una segunda hipoteca sobre la casa que tienen Marina y él en la costa. Falsificó la firma de ella.
—¿Estás segura?
—Del todo. Si Marina lo supiera, me lo habría contado. No tengo la menor duda.
—Qué hijo de puta.
—No es todo.
—¿Tiene también una red de clubes nocturnos? —intentó bromear sin convicción.
—No exactamente. Aunque sería el único cliente. El operativo de seguimiento que autorizó la jueza ha revelado, de paso, que Rodrigo frecuenta a un par de amantes. Y que no le hace ascos a nadie a quien se le ponga a tiro.
Lo observé con atención. Hubo un movimiento involuntario en sus ojos que no pude pasar por alto.
—No te sorprende.
—Sí… bueno. A ver, no del todo. Pero…
—¿Me lo aclaras?
Diego carraspeó, ordenando palabras antes de soltarlas.
—Me sorprende, sí. Pero no me sorprende del todo. Cuadra con su carácter… encantador.
—Sí. De serpiente.
—No te cae bien, ¿eh?
—No —puse toda mi sinceridad en esa única sílaba—. Nunca me cayó bien. Pero hasta hoy siempre estuve atada de manos.
Diego me lanzó una mirada a caballo entre la sorpresa y la duda.
—Tampoco sabías nada de sus aventuras, entonces.
—No tenía pruebas. Sabía que era el típico que coquetea con la camarera, con la vecina, con la hermana de su mejor amigo. Pero no me imaginaba que lo llevara tan lejos. Es que… ¿para qué iba a hacer todo eso teniendo en casa a una mujer como Marina? Hay que ser…
Se me cortó la frase porque vi cómo Diego apretaba la mandíbula. Ahí estaba. La confirmación que necesitaba.
—Bueno, quiero decir que… —se apuró a aclarar algo que no necesitaba más explicación.
—Sí, ya. Ya sé lo que quieres decir.
Diego enarcó una ceja, se sonrojó y cogió el vaso para llevárselo a la boca. No llegó a beber. Una idea le había encendido una bombilla en la cabeza.
—¿Ese es el favor que me vienes a pedir?
—¿Cuál? —ahora la sorprendida era yo.
Él puso cara de quien cree haber resuelto un acertijo.
—Ya sabes. Que me acerque a él para sacarle información y después…
Solté una carcajada que casi tira el cenicero. Diego se quedó con la cara mitad descolocada, mitad ofendida.
—No, cielo. No —me apuré antes de que la mitad ofendida ganara terreno—. No pretendo convertir esto en una peli de espías.
—¿Entonces?
Me llevó un rato, dos cigarrillos y otra copa desplegarle el plan. Soy una hija de puta, sí. Pero los conozco a los cuatro como la madre que los parió. La confirmación me llegó con el salto que pegó Diego en su sitio. Esta vez sí se metió un buen trago entre pecho y espalda.
—¡Pero eso es un despropósito! —sentenció, poniéndose de pie.
—Lo sé.
Diego empezó a dar vueltas alrededor de los sofás, parándose de vez en cuando para mirarme como un psiquiatra mira a un paciente que está a punto de tirarse por la ventana.
—Es una locura. ¿Pero por qué todo este teatro? ¿Por qué no hablar con ella y contarle lo que sabes?
—No es tan fácil. Marina es una mujer brillante, muy tenaz. Pero cuando se enamora… no ve más allá. Es como si se vendara los ojos y se tapara los oídos. No quiere ver la fealdad del mundo, sobre todo si la fealdad vive en su casa.
—Ya.
—No sé qué tiene Rodrigo, te lo juro que no lo sé. Pero a Marina la tiene completamente atada. Ella, para colmo, lo tiene en un jodido altar.
—Cuando estalle todo y empiecen los problemas legales y financieros, él va a convencerla de que la necesita más que nunca. Y Marina será incapaz de dejarlo a su suerte. La conozco.
—¿Le perdonaría también las infidelidades? —preguntó, incrédulo. Había una sombra de amargura en su voz que no supo esconder—. Si lo quiere tanto como dices, eso va a romperla, ¿no?
—Lo lógico, sí. Pero cuando se trata de Marina, no vale lo lógico. Tiene un corazón demasiado grande y, en este caso, eso juega contra ella. De alguna manera, entre disculpas, lágrimas y alguno de sus trucos de embaucador, va a darle la vuelta a la tortilla y Marina terminará pidiéndole perdón a él por sus propios cuernos.
Me imaginé la escena y se me llenó el pecho de algo parecido a la tristeza. Me vinieron a la cabeza varios intentos fallidos de hacerle ver la luz a Marina y las tensiones que tuve que tragarme después para que las cosas volvieran a su cauce. En cualquier conversación que incluyera a su marido, yo y mi opinión íbamos en segundo lugar, tan lejos de la primera que éramos casi irrelevantes.
Diego dio un par de vueltas más, masticando la idea.
—¿Y qué va a cambiar cuando sepa que tú te has acostado con ese… con Rodrigo?
—Lo he visto muchas veces. Demasiadas. Rodrigo hace algo mal, pone cara de niño travieso profundamente arrepentido, y eso basta para que a Marina se le active un síndrome enfermizo de salvadora.
—¿Complejo de mesías?
—No. Síndrome de mártir. Es más tonta que un santo crucificado. Apuñalado, escupido, clavado en un madero, y en lugar de mandar a su padre y a todo el coro celestial a la mierda, ¿qué hace el tío? Los perdona. Con dos cojones.
—Pues Marina, tres cuartos de lo mismo.
—¿Entonces? —preguntó, preocupado.
—Entonces, si con su mejor amiga follándose a su marido no reacciona…
Dejé caer la frase como una piedra. Diego se quedó esperando un cierre que no tenía. Igual lo improvisé.
—La crucifico yo misma. Y después me entrego en la comisaría más cercana —suspiré—. Si con esto no reacciona, Diego, ya no sé qué más hacer. Pero va a reaccionar, porque no va a poder mirar a otro lado. La traición es demasiado grande.
Nos quedamos un rato en silencio. Diego rellenó las copas. Yo encendí otro cigarrillo y lo fumé con parsimonia, contemplando una mancha de humedad en el techo.
—¿Por qué yo? —rompió la quietud.
Me levanté y me senté a su lado en el sofá donde se había vuelto a dejar caer.
—¿Sabes por qué cortamos? —pregunté, mirándolo a los ojos.
—Sí. Me lo dejaste muy claro. No éramos compatibles. Querías a alguien…
—¿De verdad te creíste toda esa mierda que te solté? Vamos, Diego. Seré una cabrona, pero no soy idiota. Y tú tampoco.
Diego me miró desconcertado. Yo lo sabía. Él lo sabía. No había tiempo para rodeos.
—Diego, cortamos porque tú estás enamorado de Marina.
Esperé varias reacciones posibles. Negación rotunda. Una escena de opereta. Pero no. Diego simplemente sonrió con tristeza.
—¿Tan obvio es?
Le puse una mano en el hombro. Noté el calor de la piel bajo la camiseta, la respiración entrecortada. Por un segundo me pregunté qué clase de pareja habríamos sido si él hubiera estado realmente en esa relación, y no a medias, pisando siempre una sombra ajena. Me acordé de golpe de una noche en concreto, con él encima de mí, moviéndose despacio, y de cómo yo había cerrado los ojos y me había concentrado en su respiración para no pensar en que él, por dentro, quizás estaba haciéndole el amor a otra en su cabeza. Ahora aquella tortura tenía sentido, y hasta se me llenaba la boca de un sabor amargo que no era del whisky.
—Sí, cielo. Sí. Por eso tienes que ser tú quien esté ahí. Marina va a necesitar a alguien que la quiera bien. Va a poder perdonarle muchas cosas a Rodrigo, pero no esto. Esto le va a quemar todas las naves y todos los puentes que él tenga para volver a engatusarla.
—Pero tú…
Me encogí de hombros con resignación.
—Yo haría lo que fuera por su felicidad. Sé que le va a doler. Sé que la voy a destrozar. Pero a la larga es un dolor necesario para evitarle otro mayor.
—Sé que no soy quién para tomar esta decisión. Pero, aun así, la tomé.
—Los que trabajamos en explosivos sabemos que, a veces, para cumplir con el deber, no nos queda más remedio que volar nosotros con la bomba cuando la desactivación no es posible y hay vidas en juego. No viene en ningún manual. Ningún superior te lo dice en voz alta. Lo asumimos como gajes del oficio.
—Pasa poco. Pero pasa.
Diego me miró largo rato, sopesando si yo estaba cuerda o no.
—Por favor, Diego. Ayúdame.
Lo pensó. Lo repensó. Y antes de que empezara a salir humo de su cabeza, asintió.
—Cuando ya esté hecho, dale esto —dije, levantándome y sacando un sobre cerrado del bolso—. Cuando hayan pasado los primeros días, cuando esté lista para escuchar.
Diego cogió el sobre y me miró con una pregunta dibujada en la cara.
—Puedes abrirlo. Es una carta. A ella le gustan las cartas.
Él rompió el lacre y leyó por encima la primera línea. «Querida Marina».
—Ahí explico todo lo que ya sabes. Y algunas cosas más.
—¿Por qué no se la das tú misma? Seguro que cuando se entere…
Le pasé una mano por la cara. Noté la aspereza de la barba incipiente. Los ojos empezaban a nublárseme. Negué con la cabeza.
—Ella no va a querer saber nada de mí —contesté, aguantando las lágrimas—. Cuídala, ¿vale?
Se metió entre nosotros otro silencio, este mucho más denso y más definitivo. Con una última mirada a mi cara, Diego asintió.
—Te lo prometo.
***
Quedé con Rodrigo al día siguiente. Una excusa cualquiera: un favor profesional, un consejo sobre un asunto delicado. Le sugerí que mejor en privado, en un hotel cerca del puerto. La elección se la dejé caer como sin querer y él la aceptó con una sonrisa que confirmaba todo lo que el operativo de seguimiento había averiguado. No me costó nada. Antes incluso de que yo terminara la frase, él ya estaba imaginándose otra cosa.
Elegí ropa a conciencia. No para mí. Para él. Un vestido negro corto, sin sujetador debajo, unas medias con liguero que no había pensado usar más, y unas bragas de encaje que sabía perfectamente que le iban a durar puestas menos que una promesa suya. Me miré en el espejo del ascensor del hotel y no me reconocí. Reconocí, en cambio, la coreografía. El uniforme de trabajo de otra Lucía que iba a bajar del ascensor y a hacer lo que había que hacer.
Cuando me abrió la puerta de la habitación llevaba el cinturón a medio desabrochar y dos copas servidas en la mesilla. No tuve que actuar. Solo dejé que se acercara y me apoyara contra la puerta. Le permití besarme el cuello, levantarme la falda y meter una mano caliente entre mis muslos como si llevara años esperando ese momento. Me dejé hacer todo, sin mover un músculo más allá de lo imprescindible. Mi cuerpo cumplió con el trámite. Mi cabeza estaba en otro lugar, calculando cuánto tardaría Marina en romper en mil pedazos la fotografía que tenía en el aparador del salón, esa donde aparecíamos las dos abrazadas en una playa, una década atrás, cuando ninguna de las dos sabía todavía lo que la vida nos tenía guardado.
Rodrigo cerró la puerta a mi espalda de una patada floja y me apretó las tetas por encima del vestido con las dos manos, apretando como si comprobara una mercancía. Bajó la boca a mi cuello, mordió, chupó, y me susurró contra la piel:
—Hija de puta. Sabía que un día ibas a venir. Lo sabía.
—Cállate y hazlo —le contesté, sin mirarlo.
Se rió con una risa corta, sucia, y me arrancó los tirantes del vestido de un tirón para dejarme las tetas al aire. Se agachó y me chupó un pezón, luego el otro, mordiéndomelos hasta que se me escapó una queja que él interpretó como quería interpretarla. Le dejé creer lo que le diera la gana. Mientras me mamaba las tetas, con una mano me manoseaba el coño por encima de las bragas, apretando la tela contra los labios, frotándome el clítoris con el pulgar de un modo tosco, apurado, sin ninguna intención de agradar.
—Estás mojada, zorra. Estás empapada. No me digas que no lo llevabas pensando.
Yo estaba mojada, sí. Odiaba a mi cuerpo por eso. Odiaba que la biología no tuviera principios. Cerré los ojos y dejé que me metiera la mano dentro de las bragas. Dos dedos entraron de golpe en mi coño y me arrancaron un jadeo involuntario. Empezó a moverlos dentro con esa impaciencia que tienen los tíos que nunca han aprendido a follar a una mujer despacio, que están siempre corriendo hacia el final aunque el final no lleve a ninguna parte.
—Ponte de rodillas —ordenó, sacando los dedos de mí y llevándoselos a la boca para chuparlos.
Me arrodillé. La moqueta del hotel me raspaba las rodillas a través de las medias. Él se bajó la bragueta, sacó la polla ya dura y me la puso delante de la cara. La tenía gruesa, corta, con las venas marcadas y el glande rojo, húmedo. La típica polla de un tío que se cree bendecido por ella. Me la acercó a los labios y esperó.
—Ábreme esa boca de puta, Lucía. Enséñame por qué Marina te quiere tanto.
Mencionar a Marina en ese momento fue lo único que me hizo dudar. Un segundo. Solo un segundo. Después abrí la boca y él me metió la polla hasta el fondo de la garganta sin más aviso. Me atraganté. Me lloraron los ojos. Me agarró del pelo con las dos manos y empezó a follarme la boca a su ritmo, sin darme respiro, empujándome la cabeza contra su pelvis cada vez con más fuerza.
—Trágala. Trágala entera. Así, joder. Así, hija de puta. Como sé que te gusta.
La saliva me caía por la barbilla y me goteaba sobre las tetas. Le dejé hacer. Cerré los ojos y le dejé usarme la boca como si fuera un coño más. Cada vez que la polla se me hundía en la garganta pensaba en la firma falsificada, en la hipoteca sobre la casa de Marina, en la fotografía del aparador. Cada arcada era una prueba más. Cada tirón de pelo, un clavo en el ataúd de mi amistad.
Cuando notó que estaba a punto de correrse, sacó la polla de mi boca y me abofeteó la cara con ella, una vez, otra, dejándome regueros de saliva y presemen en la mejilla.
—Todavía no, guapa. Todavía no. Levántate.
Me levantó él mismo tirándome del brazo y me arrastró hasta la cama. Me tumbó boca arriba con un empujón, me arrancó las bragas de un manotazo —oí la costura del encaje rasgándose— y me abrió las piernas a la fuerza. Se quedó un instante mirándome el coño depilado y brillante, con esa cara de codicia que le había visto muchas veces disimulada en las cenas de los cuatro cuando creía que nadie lo estaba mirando.
—Joder, Lucía. Joder. Qué coño más rico. Marina no sabe lo que se pierde.
Se agachó y hundió la cara entre mis muslos. Me lamió el coño de arriba abajo, mordisqueándome los labios, hundiendo la lengua dentro, tirándome del clítoris con los dientes con más rabia que técnica. Le agarré la cabeza y le apreté la boca contra mí, más por acabar con esa parte que por otra cosa. Mi cuerpo respondió a pesar de mí. Empecé a moverme sobre su lengua, apretándole la cara con los muslos, sintiendo cómo el placer subía por mí como una traición doble. Odiar a alguien y correrte en su boca a la vez es una experiencia que no le deseo a nadie. Y sin embargo me corrí. Me corrí con un espasmo largo, mordiéndome el labio para no gritar, apretando las sábanas del hotel con los puños como si quisiera arrancarlas.
Rodrigo levantó la cabeza, con la barbilla mojada de mi corrida, y sonrió.
—Ya me lo imaginaba. Zorra. Toda una zorra.
—Cállate. Fóllame ya.
Se subió sobre mí, agarró su polla y la restregó contra la entrada de mi coño, empapándola en mí. Me penetró de una embestida, hasta el fondo, sin ninguna delicadeza. Se me escapó un grito breve, ronco. Empezó a follarme con un ritmo bruto, apoyándome las manos en las tetas, apretándomelas hasta hacerme daño, empujando la cama contra la pared con cada embestida.
—¿Te gusta? ¿Te gusta cómo te la meto? Dilo. Dime que te gusta.
—Sí —contesté con voz plana, mientras pensaba en la carta dentro del sobre.
—Más alto. Dime que te gusta más que la de tu novio. Dime que te gusta más que la de nadie.
—Me gusta. Me gusta, Rodrigo. Fóllame más fuerte.
Se lo tragó entero. Los tíos como Rodrigo se creen cualquier cosa que se les diga con la polla dentro. Me la sacó, me giró, me puso a cuatro patas sobre la cama y me volvió a meterla de golpe desde atrás. Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás y empezó a embestirme con toda la mala hostia acumulada, dándome cachetes en el culo con la mano libre.
—Así. Así, hija de puta. Así. Que se entere Marina de cómo te follo. Que se entere.
Yo apretaba la cara contra las sábanas, con los ojos cerrados, contando las embestidas como quien cuenta segundos en una cuenta atrás. Me chupó el pulgar y me lo metió en el culo mientras me seguía follando el coño, riéndose con esa risa de propietario que ponen ciertos hombres cuando tienen a una mujer en una postura que consideran vencida. Un dolor sordo se me abrió paso hasta el vientre. Lo aguanté. Lo aguanté todo.
—Voy a correrme —anunció, entre gruñidos, sin dejar de empujarme—. Voy a correrme dentro. Voy a llenarte, guapa.
—Fuera —le corté, con toda la firmeza que me quedaba—. Encima de mí. En las tetas.
Se lo pensó un segundo. Le dio pereza. Pero al final sacó la polla, me giró otra vez boca arriba, se puso a horcajadas sobre mí, se cogió la polla y se hizo una paja rápida sobre mis pechos. Se corrió con un rugido, en dos o tres chorros gruesos que me cayeron entre las tetas, por el cuello, uno rozándome la barbilla. Se quedó unos segundos jadeando encima de mí, con la polla goteando todavía sobre mi piel, mirándome con una sonrisa satisfecha que confirmaba lo hijo de puta que era.
—Joder, Lucía. Joder. Esto no se puede quedar aquí.
—No. No se va a quedar aquí —contesté.
Pero yo no estaba hablando de otra tarde en otro hotel, y él, imbécil como era, no lo entendió. Se dejó caer a mi lado en el colchón, se encendió un cigarrillo del mío y empezó a fanfarronear sobre lo que le iba a hacer la próxima vez. Yo giré la cara hacia el techo, con su semen enfriándose sobre mi pecho, y volví a la fotografía del aparador. Marina y yo abrazadas en una playa. Una década atrás. Ninguna de las dos sabía todavía lo que la vida nos tenía guardado. Yo, ahora, sí lo sabía. Y aun así, no me moví de esa cama hasta que hubo pruebas suficientes de que aquello había pasado. Cada minuto que aguanté allí, con él soltando pestes sobre su mujer, fue un minuto más en el que Marina se acercaba a la libertad sin saberlo.