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Relatos Ardientes

Dos camioneros nos rescataron en plena ruta

La última luz del atardecer se apagó sobre el asfalto vacío como si alguien hubiera cerrado una puerta. El coche de Marcos y Daniela había muerto con un estertor seco del motor, dejándolos varados a kilómetros de cualquier pueblo. Lo único que rompía la oscuridad era el parpadeo rojo de una zona de descanso, donde dos tractocamiones dormían como gigantes de metal al borde de la carretera.

Marcos volvió de una caminata desesperada acompañado de dos hombres anchos de espaldas, con los rostros curtidos por el sol y el viento de mil viajes.

—Son nuestra única salida, Daniela —dijo él, con una mezcla de alivio y vergüenza—. Dicen que el mecánico no aparece hasta mañana.

Uno de los camioneros, que se presentó como Gustavo, habló con voz ronca y directa. —Por aquí no hay taller que valga, muchachos. Lo mejor es que pasen la noche con nosotros. Está cayendo una helada de las que duelen. En las literas se duerme caliente. Mucho mejor que ese coche frío.

La segunda propuesta llegó más despacio, como una corriente de aire frío. El otro hombre, más joven, de nombre Hugo, recorrió a Daniela con la mirada de arriba abajo. —Solo hay un problema. Cada camión tiene una sola litera libre. Uno de nosotros tendrá que compartir. Lo echamos a suerte y listo.

El aire se volvió espeso. Daniela sintió un nudo helado en el estómago. Miró a Marcos, y en su cara solo encontró una máscara de impotencia. ¿Qué otra opción tenemos?, pensó ella, y la pregunta no traía ninguna respuesta.

—Está bien —dijo Marcos con la voz quebrada—. Háganlo.

Una moneda giró bajo la luz parpadeante del farol. Cara. Gustavo sonrió.

—Parece que la suerte me acompaña —dijo, mirándola—. Venga, señora. Mi cabina es la más abrigada.

***

Hugo se llevó a Marcos al otro camión sin que este pudiera articular palabra. Daniela subió a la cabina de Gustavo, un espacio estrecho que olía a tabaco frío, a café viejo y a kilómetros de soledad. Se acurrucó en la litera, de espaldas al hombre, sintiendo el colchón hundirse bajo el peso de los dos.

—No tengas miedo, muchacha —dijo Gustavo, con una risa baja—. Aquí no pasa nada que tú no quieras que pase.

Se hizo un silencio incómodo, roto solo por el viento que golpeaba la chapa. Daniela contó su propia respiración para no pensar.

—Es dura esta vida, ¿sabes? —continuó él, casi hablando consigo mismo—. Tantos meses en la carretera, sin nadie. Uno se acostumbra al ruido del motor y se olvida del calor de otra persona. A veces uno para en cualquier sitio solo para oír una voz que no salga de la radio.

Ella no respondió, pero algo en aquel tono áspero y cansado la desarmó un poco. No era la voz de un monstruo. Era la de un hombre solo.

—Hace frío de verdad —dijo él—. Toma. Para entrar en calor.

Le alcanzó una petaca de aguardiente. Daniela bebió un trago largo y sintió el fuego líquido bajarle por el pecho, aflojarle los hombros, soltarle algo que llevaba toda la noche apretado. El segundo trago le supo mejor que el primero.

Gustavo se movió a su lado. Ella oyó el roce de una cremallera, el chasquido de una hebilla. Se quedó muy quieta, pero no por miedo: por una curiosidad que la avergonzaba y que crecía a medida que el calor del alcohol se le instalaba entre las piernas.

—La soledad pesa, muchacha —murmuró él. Daniela sintió el movimiento rítmico de su brazo a pocos centímetros de su espalda.

La mano grande del camionero se posó sobre la suya. No la apretó. La invitó. La guio despacio hasta su miembro duro y caliente, y esperó. Le daba la opción de retirarse.

—Acompáñame un rato. Solo eso.

Ella podría haber dicho que no. La puerta estaba a un brazo de distancia. Pero el aguardiente, el frío, los meses de rutina con Marcos y una excitación que no entendía del todo le movieron la mano antes que la cabeza. Empezó a acariciarlo, primero torpe, después con un ritmo propio que la sorprendió a sí misma.

—Así —jadeó él—. Mírame mientras lo haces. Quiero verte.

Daniela se giró hacia él. Con la mano libre se desabrochó los botones de la camisa y se bajó las copas del sujetador, dejando los pechos expuestos al aire de la cabina. Sus pezones se endurecieron de golpe, y no supo si fue por el frío o por la forma en que él la miró.

Gustavo gruñó de pura satisfacción. Su respiración se aceleró, su miembro se tensó aún más en la mano de ella, las venas marcándose bajo la piel. Estaba a punto.

Movida por un impulso que no se detuvo a pensar, Daniela bajó la cabeza y lo recibió en la boca justo cuando él se vencía con un rugido contenido. Tragó, una y otra vez, hasta que el hombre quedó quieto y exhausto bajo ella. Se incorporó despacio, con el sabor salado y el del aguardiente mezclados en la lengua, y un latido caliente entre las piernas que la asustaba más que cualquier otra cosa de esa noche.

—Ahora sí que entraste en calor —dijo Gustavo, con una sonrisa nueva, casi de respeto—. Buena compañera de ruta.

***

El silencio de la cabina se rompió con un ruido líquido contra la chapa del camión. Alguien orinaba afuera, sin prisa. Daniela se quedó rígida, el corazón en la garganta. Gustavo ni se inmutó, los ojos cerrados, la sonrisa intacta.

El ruido cesó. Unos pasos pesados se acercaron y la puerta se abrió de golpe, dejando entrar el aire helado de la madrugada y la silueta de Hugo. Se quedó en el umbral, mirando la escena con los ojos muy abiertos: Daniela, con los pechos al aire, y Gustavo todavía tendido en la litera.

—Gustavo, cabrón —dijo Hugo, entre la risa y el reproche—. Te la has quedado tú solito. ¿No quedamos en compartir?

Gustavo abrió un ojo. —Es que esta mujer es especial, Hugo. Tiene un talento que no se aprende. Pero tranquilo, todavía queda noche. Sube y cierra, que se escapa el calor.

Hugo subió a la cabina y cerró el mundo afuera. Se sentó en el borde de la litera, al otro lado, y Daniela quedó atrapada entre los dos cuerpos. Debería haber sentido pánico. Lo que sintió, en cambio, fue un vértigo nuevo, el de estar deseada por dos hombres a la vez.

—Mira lo que tenemos —dijo Gustavo, pasándole una mano por el hombro y acercándola a su pecho—. Una dama varada y muy generosa.

—Yo también paso semanas solo —murmuró Hugo junto a su otro oído, con una voz grave que le erizó la nuca—. Pero soy exigente. Casi nunca encuentro a alguien que me guste de verdad. Y tú me gustas. Hueles a mujer de verdad.

Mientras hablaban, las manos de ambos empezaron a recorrerla. Gustavo le acariciaba un muslo, subiendo despacio por la cara interna; Hugo hacía lo mismo por el otro lado. Daniela sintió el calor de las dos palmas filtrarse a través de la tela del pantalón, extenderse, encontrarse en el centro de su cuerpo. La estaban encendiendo a fuego lento, y ella ya no quería apagarse.

—Mira cómo tiembla —dijo Gustavo—. Le está gustando tener dos hombres pendientes de ella.

—Vamos a ver qué tal se porta con los dos —dijo Hugo, y se desabrochó el pantalón.

Daniela contuvo el aliento. El miembro de Hugo era más largo y más grueso que el del otro, oscuro y de venas marcadas. Se irguió desafiante a pocos centímetros de su cara, y ella sintió la boca seca y el pulso acelerado.

La hicieron girar con manos firmes pero sin brusquedad. Gustavo se tendió de espaldas y la atrajo hacia él, guiándola para que lo montara. Daniela se deslizó sobre su miembro, ya duro otra vez, y lo sintió entrar con un gemido que no pudo callar. Antes de adaptarse, notó a Hugo detrás, las manos abriéndose paso por su cintura.

—Ahora te damos el servicio completo, preciosa —gruñó Hugo, frotándola con saliva y paciencia—. Despacio, que no haya prisa.

La penetró por detrás con una lentitud que la dejó sin aire. Daniela gritó, un grito que empezó en el dolor y se deshizo en un placer que la abrumó. Estaba llena por completo, atrapada entre los dos, abierta a un punto que jamás había explorado.

Empezaron a moverse en una sincronía salvaje, un vaivén que la levantaba y la hundía sin descanso. Uno la llenaba por delante, el otro por detrás, en un ritmo que la convirtió en puro temblor. No debería gustarme tanto, pensó, y la idea solo la encendió más.

—Así, muchacha, así —jadeaba Gustavo contra su cuello, mordiéndoselo apenas.

—Aguanta, que esto es ruta larga —gruñía Hugo, marcándole el compás con las caderas.

Daniela se rindió a su propio cuerpo. Dejó de luchar contra el placer y lo dejó subir, ola tras ola, hasta que un orgasmo brutal la sacudió de la cabeza a los pies y la hizo gritar atrapada entre ambos, las piernas convertidas en agua.

Poco después los dos se vencieron casi al mismo tiempo, llenándola por dentro, dejándola marcada como quien firma un pacto que nadie pondrá por escrito.

Cuando se retiraron, Daniela se desplomó entre los dos cuerpos, sudada, temblorosa, exhausta. La cabina olía a sexo, a aguardiente y a noche cerrada. Sobreviví, pensó, y supo que esa palabra ya no significaba lo mismo que al apagarse el motor.

***

A la mañana siguiente, el mecánico apareció con el sol y arregló el coche en media hora. Marcos no preguntó nada. Daniela tampoco contó nada. Pero durante meses, cada vez que un tractocamión los adelantaba en la carretera, ella sentía aquel calor antiguo subirle por el cuerpo y se mordía el labio, mirando por la ventanilla, guardándose un secreto que nunca pensaba confesar.

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Comentarios (4)

MiguelViajero

Tremendo relato!!! Me tuvo enganchado de principio a fin, muy bien narrado y con mucha tension. Me encanto.

Lorena_BA

jajaja no me imaginaba el giro que iba a tener, quede sin palabras. Buenisimo!

FedericoM

excelente!!!!!

Noctambulo84

Cada vez que viaje por ruta voy a acordarme de esto jajaja. De los mejores que lei en el sitio, te lo juro.

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