Mi marido le regaló mi lencería a su sobrino
La casa entera olía a carne asada y a vino tinto la noche en que Nicolás llegó. Era sobrino lejano de Esteban, un chico de veinte años recién cumplidos que se mudaba a la ciudad para empezar la carrera, y se quedaría con ellos hasta encontrar un cuarto cerca de la facultad. Marisol lo recibió con una sonrisa cortés, le sirvió un plato generoso y se sentó frente a él, en su lado de la mesa de siempre.
Durante toda la cena el muchacho apenas habló. Pero sus ojos no se despegaron de ella.
No era una mirada inocente. Era una mirada que bajaba por el escote de su vestido y se quedaba demasiado tiempo en sus labios cada vez que ella reía. Marisol lo notó enseguida. Sintió las mejillas calientes, una mezcla incómoda de pudor y de algo más difícil de nombrar, ese cosquilleo que una mujer de cuarenta y dos años creía haber dejado atrás.
Cuando terminó el postre, se levantó, recogió un par de platos y se excusó.
—Mañana madrugo —dijo—. Que descansen los dos.
Esteban y Nicolás se quedaron solos en el salón, con una botella de whisky a medio empezar entre ellos.
—Así que la gran ciudad —dijo Esteban, sirviéndole otro trago a su sobrino—. ¿Y qué tal? ¿Muchas chicas en la facultad?
—No sé, tío. Todavía no empecé en serio —Nicolás vació el vaso de un solo trago—. Pero las chicas de mi edad son aburridas. No saben lo que quieren.
—¿Y qué quieres tú, a ver?
El muchacho dudó, se rio bajo, con esa torpeza que da el alcohol cuando uno es joven.
—A mí me gustan las mujeres maduras. Las que ya saben. Mujeres como… —se interrumpió, miró hacia el pasillo por donde ella se había ido—. Como Marisol.
Esteban se quedó con el vaso a medio camino de la boca. El comentario era directo, casi una provocación, la clase de frase por la que cualquier marido se levanta de la silla. Pero el whisky le había aflojado el orgullo y lo había vuelto del revés: en lugar de enojo, sintió una punzada absurda de vanidad.
—Es una mujer atractiva, sí —dijo, con media sonrisa.
—Atractiva no, tío. Es otra cosa. —Nicolás se inclinó sobre el sofá—. Seguro tienes fotos. De vacaciones, de la playa. Muéstrame alguna.
Y Esteban, en un acto de traición que después no sabría explicar, sacó el teléfono.
Pasó las imágenes despacio. Había fotos de Marisol en la arena, dorada bajo el sol, y otras más recientes que él mismo le había tomado en el dormitorio: en ropa interior, recostada, mirando a la cámara con una confianza que solo se le tiene a un marido.
Nicolás las miraba con la boca entreabierta, sin disimular nada.
—Joder, tío. Es una diosa. ¿Esa lencería es de verdad? ¿La negra?
—Es un juego que tiene —dijo Esteban, y sintió, peligrosamente, el poder de ser dueño de lo que el otro deseaba.
El chico tragó saliva.
—Sé que esto es rarísimo —murmuró—, pero ¿me la darías? El conjunto negro. Algo suyo. Solo para… ya sabes. Para imaginármela.
La petición era tan obscena, tan fuera de todo límite, que a Esteban le pareció hasta graciosa. Se levantó, tambaleándose un poco, y caminó hacia el dormitorio.
No es nada, se dijo. Una broma de borrachos. Mañana ni lo recordamos.
Volvió con el conjunto de encaje negro que Marisol había usado la noche anterior y todavía no había lavado. Se lo entregó como quien pasa un trofeo.
Lo que pasó después, Esteban lo miró sin moverse, demasiado borracho y demasiado fascinado para detenerlo. El muchacho se llevó la tela a la cara, respiró hondo el perfume que quedaba en ella, y sin la menor vergüenza se desabrochó el pantalón. Esteban siguió ahí, sentado, presenciando aquello como un ritual ajeno, hasta que Nicolás terminó con un gemido ronco y dejó caer la prenda manchada sobre la alfombra.
—Gracias por la hospitalidad, tío —dijo el chico, y se rio.
Esteban no se rio. De golpe, el whisky ya no le hacía gracia a nada.
***
Marisol no durmió. Al otro lado de la pared había oído las voces, las risas, después el silencio espeso de la casa. No sabía exactamente qué había pasado, pero conocía a su marido y conocía esa clase de silencios.
A la mañana siguiente bajó a la cocina mientras él preparaba café con una resaca que le partía la cabeza. Se cruzó de brazos en el umbral.
—¿Qué pasó anoche, Esteban? Después de que me fui a la cama.
—Nada, mi amor. Charlamos. Un poco de whisky. —Le tembló la taza.
—No me digas «nada». Sé que hablaron de mí. Vi cómo me miraba durante la cena. ¿Qué le contaste de tu esposa?
Esteban dejó la taza. Bajó la cabeza. La fachada se le cayó de a pedazos.
—Dijo que le gustaban las mujeres maduras —admitió—. Como tú. Y me pidió ver una foto. Yo estaba bebido, Marisol. Le mostré un par.
—¿Y qué más? —La voz de ella no subió ni un tono. Eso era lo que asustaba.
—Me pidió… —tragó saliva— me pidió un conjunto tuyo. La lencería negra. Y yo se la di.
Ella lo miró un largo rato sin decir nada. No había rabia en sus ojos, y eso era lo extraño. Había algo más frío y más decidido: un cálculo. Se dio media vuelta y caminó hasta el lavadero, donde el cesto de ropa esperaba en un rincón.
Esteban la siguió como un perro que sabe que hizo algo malo.
Marisol metió la mano en el cesto y sacó la tanga de encaje. Estaba tiesa, marcada, con un olor agrio que no dejaba lugar a dudas. La sostuvo a la altura de los ojos. Después, sin apartar la mirada de su marido, se la acercó a la cara y respiró hondo.
—Vaya —dijo, con una voz baja, cargada—. Se ve que el chico terminó contento.
—Marisol…
—Calla. —Volvió a guardar la prenda en el cesto, despacio, como si decidiera algo—. ¿Te gusta esto, Esteban? ¿Te gusta haberme entregado en bandeja a un pibe de veinte años sin preguntarme?
—Perdóname. Fue una estupidez, yo no…
—Fuiste un idiota. —Se acercó hasta quedar a un palmo de él—. Un idiota. Y ahora vas a ver lo que hace una mujer cuando su propio marido la regala. Vas a verlo entero, Esteban. Esa va a ser tu parte del trato.
***
Ese mediodía Esteban tuvo que salir a la oficina a apagar un incendio de trabajo, o eso dijo. La verdad es que Marisol lo mandó. Le dio una instrucción precisa, en voz baja, junto a la puerta, y él, pálido, asintió sin discutir. Volvería a las cinco. Entraría sin hacer ruido. Y se quedaría en el pasillo, mirando, sin tocar nada.
Nicolás se quedó solo en la casa, esperando en el salón, sin saber bien qué hacer con las manos. Marisol lo dejó esperar una hora entera. Lo hizo a propósito. Quería que el muchacho hirviera a fuego lento, que cada minuto le pesara, que llegara a dudar de si había soñado todo.
Cuando por fin apareció en la sala, el chico se quedó sin aire.
Llevaba un vestido negro, brillante, tan ceñido que parecía dibujado sobre la piel. Sin nada debajo que disimulara la forma de los pechos. Medias de red, tacones finos, el pelo suelto cayéndole sobre un hombro. Caminaba despacio, midiendo cada paso, como quien sabe exactamente el efecto que causa.
—Hola, sobrino —dijo, y la palabra sonó a otra cosa en su boca—. ¿Dormiste bien?
—S-sí, tía. Bien…
—Mentiroso. —Se sentó en el brazo del sillón, cruzando las piernas—. Sé que no pegaste un ojo. Sé lo que hablaste con mi marido. Sé que le pediste mi ropa. Sé lo que hiciste con ella.
El chico se puso blanco. Abrió la boca y no le salió nada.
Marisol se levantó, fue hacia él y se sentó a horcajadas sobre sus rodillas. Le pasó los brazos por el cuello, sin prisa.
—¿Y sabes lo más raro de todo, Nicolás? —le habló casi al oído—. No me dio rabia. Me calentó. Me gustó saber que un chico joven me mira así. Me gustó saber que mi marido es capaz de ofrecerme y quedarse mirando. Así que vamos a darle algo para mirar.
Y lo besó. Un beso profundo, lento, húmedo, de los que no dejan dudas. Cuando se separó, el muchacho temblaba.
Lo tomó de la mano y lo guió hacia la cocina, al mismo lugar donde la noche anterior había lavado los platos como una esposa cualquiera.
—Aquí es donde paso media vida —dijo, soltándole la mano y apoyándose en la mesada—. Hoy va a servir para otra cosa.
Se subió el vestido sin apuro, confirmando lo que el chico ya intuía: no llevaba nada debajo. Se inclinó sobre la mesada, ofreciéndose, y lo miró por encima del hombro.
—Ven —dijo—. Demuéstrame que tienes algo más que pedirle ropa prestada a tu tío.
Justo en ese momento, en el reflejo de la ventana sobre el fregadero, vio aparecer una sombra en el pasillo. Esteban había vuelto. Estaba ahí, quieto, como ella le había ordenado, mirando.
Marisol sonrió, sin apartar los ojos de ese reflejo.
Nicolás la tomó de la cintura y se hundió en ella con una urgencia de veinte años, sin técnica, todo fuerza y hambre, y a Marisol se le escapó un gemido que no fingió. El chico la embistió contra la mesada una y otra vez, sosteniéndola de las caderas, mientras los platos del escurridor temblaban con cada golpe. Ella se aferró al borde frío del acero y dejó que el placer la recorriera entero, deliberado, exhibido.
—Más fuerte —le exigió, mirando siempre la sombra del pasillo—. Que te oiga bien. Que vea lo que regaló.
Y el muchacho, liberado de toda vergüenza, obedeció.
Esteban no entró. No dijo una palabra. Se quedó en el umbral, con la garganta seca y el corazón a los golpes, entendiendo demasiado tarde que ofrecer a su mujer tenía un precio, y que ese precio era exactamente ese: mirar, en silencio, cómo otro le daba lo que él, por orgullo y por whisky, había puesto en bandeja.
Cuando todo terminó, Marisol se bajó el vestido con calma, se acomodó el pelo frente al reflejo de la ventana y, recién entonces, giró la cabeza hacia el pasillo.
—Buenas tardes, mi amor —dijo—. Llegaste justo a tiempo.