Lo que pasó en la cala con mi compañero de oficina
Condujimos casi una hora por una pista de tierra para alejarnos del hotel donde la empresa nos tenía encerrados todo el fin de semana. Adrián juraba conocer una cala a la que no bajaba nadie, y por una vez decidí creerle. No éramos más que dos compañeros que habían bebido demasiado vino la noche anterior y se habían dicho cosas que, a la mañana siguiente, ninguno se atrevió a repetir.
Antes de meterme en el agua me quité el anillo y lo guardé en el bolsillo interior del bolso. No quería que ninguna foto del recuerdo me delatara, ni que él empezara a hacerse ideas que no le correspondían. En casa, a doscientos kilómetros, mi marido pensaba que yo estaba en un seminario de ventas. Y, en cierto modo, lo estaba.
El mar tenía esa quietud de mediodía en la que el agua parece aceite. Nadé un buen rato sola, dejándome flotar de espaldas con los pensamientos, hasta que el silencio empezó a pesarme más que el calor. Entonces le hice una señal con el dedo para que se acercara.
El sol le brillaba sobre la piel mientras caminaba hacia la orilla. Llevaba consigo una semierección que el agua salada se ocupó de disimular en cuanto se sumergió hasta el cuello.
—Bienvenido a mi playa —dije, socarrona, mientras él tiritaba un poco al entrar.
—¿Crees que alguien nos ha visto? —preguntó, mirando hacia las dos sombrillas que se adivinaban a lo lejos.
—¿Quién? Dudo que entre las cosas de playa de esa gente haya unos prismáticos —me reí.
—Ya, bueno. —El gruñido se le escapó de la boca justo cuando se dio cuenta de que lo estaba tratando como a un crío.
—¿Y qué más da? —resolví, cruzando los brazos alrededor de su cuello y aplastando el pecho contra su espalda—. Aquí no nos conoce nadie.
Se giró sin romper el cerco de mis brazos y apoyó las manos en mis caderas. La timidez con la que me sostenía no se parecía en nada al hombre que en la oficina firmaba decisiones de seis cifras sin pestañear.
—¿A qué sabe tu lengua? —preguntó con una curiosidad casi inocente.
—¿Tú a qué crees? —respondí con sarcasmo, fingiendo molestarme por la pregunta después de lo que acababa de hacerle a unos metros de allí.
—Perdona —replicó, ruborizándose como un colegial.
—Sabes a mí. Pruébalo, si quieres —le propuse, dejando asomar la punta de la lengua entre los labios para que la atrapara con los suyos.
Aproveché su cercanía para devorarlo. Nuestras lenguas se mezclaron en una pelea por ver quién llegaba más lejos. Me agarró del pelo con las dos manos sin dejar de besarme, y yo di un pequeño salto para abrazarlo con las piernas y apoyar la pelvis contra su abdomen. Me mordió el labio, quizá con más fuerza de la cuenta, a juzgar por el calor que enseguida me subió a la cara.
Así me gusta más, cuando se atreve.
Aprovechando la postura, me dejé caer hacia atrás, estirando los brazos en cruz y cerrando los ojos. El pecho y la cara eran lo único que me asomaba sobre la superficie. Él me acarició el vientre, el ombligo y el pubis, caminando con los dedos por un sendero invisible.
—¿Sabes que tienes el pecho casi igual que como lo había imaginado? —dijo, rompiendo el silencio.
—¿Y se puede saber cuándo lo habías imaginado? —contesté, sonriendo sin abrir los ojos.
—¡Venga ya! ¿A qué crees que nos dedicamos en los corrillos de la oficina? ¿A comentar informes?
—Ya, claro —dije, pensando que quizá la pregunta debería haber sido retórica—. Al fin y al cabo, es en lo único en lo que pensáis desde que aprendéis a andar hasta que os entierran. No me sorprende.
—Míralo por el lado bueno. Seguro que has sido la inspiración de más de uno en sus tardes de aburrimiento. O, al menos, la mía.
—¿Me lo dices en serio? —respondí, esta vez con verdadera sorpresa.
—Si tú supieras la de veces que me he imaginado que nos quedábamos encerrados en el archivo toda la noche... Y todo sin salir de mi casa.
—Me halaga haberte servido de musa. Lástima que hayas tenido tanto acierto; me has echado a perder el factor sorpresa.
—Bueno, no del todo —contestó, deslizando las manos por mi abdomen hasta cerrarlas con suavidad sobre mis pechos y robarme un gemido que disimulé con una sonrisa—. En la cabeza es imposible acertar con nada que tenga que ver con el tacto.
El momento pesó más que la temperatura del agua. Entre sus piernas volvió a crecerle una erección que no pudo evitar rozar contra el final de mi espalda.
—Ya noto que al tacto también te gusta lo que ves —dije, presumida.
Me tomó de los pies, deshizo el nudo con el que lo tenía preso y, levantándomelos, consiguió pasarme las piernas por encima de los hombros. Sus manos bucearon por debajo de mi cuerpo y me sostuvieron la espalda para incorporarme, sacándome a medias del agua. Apoyó las piernas contra mis glúteos y se inclinó a besarme el cuello. Buscó con la lengua la hendidura de la clavícula y me dejó un mordisco cuidando de no marcarme; lo último que necesitaba era llegar a casa con explicaciones pendientes.
Recorrió mi esternón con la nariz y la boca rodó por el canalillo hasta encontrar lo que buscaba. Sus labios apretaron uno de mis pezones, erizado por el contraste del frío y el calor. Jugó con él un rato, atrapándolo entre los dientes y dibujando con saliva la circunferencia de la areola.
—Al gusto tampoco están nada mal. Deberías probarlos —afirmó contra mi piel, acercándome uno a la cara para que mi propia lengua se entrelazara con la suya sobre él.
—Prefiero tu sabor —respondí, apretándole la cabeza contra mí, deseando que terminara de devorarme.
Me sumergí del todo para ponerme de pie y, sujetándolo por la excitación, tiré de él para obligarlo a salir del agua conmigo. Lo guié de la mano como quien lleva a un perro obediente, y a él pareció gustarle más de lo que estaba dispuesto a admitir.
***
Bajo nuestras sombrillas, la arena ardía. Le ordené que se tumbara boca arriba sobre su toalla y se quedó quieto, esperando, con esa mezcla de impaciencia y respeto que tanto me gusta provocar. Me senté a horcajadas sobre sus muslos sin dejar que llegara a tocarme. Quería que entendiera, de una vez, quién decidía allí el ritmo de las cosas.
—Las manos quietas —le advertí cuando intentó subirlas por mis costados—. Hoy no se toca hasta que yo lo diga.
Tragó saliva y dejó caer los brazos a los lados. Verlo obedecer, a él, que en la sala de juntas no aguantaba un silencio sin llenarlo, me encendió más que cualquier caricia. Me incliné despacio y le recorrí el pecho con la punta de la lengua, evitando a propósito el sitio donde más lo necesitaba. Cada vez que su cadera buscaba la mía, yo retrocedía un centímetro, dejándolo a medio camino entre el placer y la súplica.
—Por favor —dijo al fin, con la voz ronca.
—¿Por favor qué? —pregunté, deteniéndome justo donde su respiración se entrecortaba—. Aprende a pedir las cosas.
Y entonces, cuando ya no le quedaba orgullo que defender, me dejé caer sobre él. Lo recibí entera, despacio, marcando yo cada centímetro, observando cómo apretaba la mandíbula para no terminar antes de tiempo. Apoyé las manos en su pecho y empecé a moverme con la lentitud deliberada de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo y todo el poder de la situación.
El sol nos golpeaba la espalda, el rumor de las olas tapaba mis jadeos y la sal se mezclaba con el sudor en cada pliegue de la piel. Le clavé las uñas cuando aceleré, y él gimió mi nombre como si fuera lo único que recordaba decir. Lo sostuve al borde cuanto quise, parando, volviendo a empezar, hasta que la frustración acumulada se le notó en cada músculo del cuello.
—No te muevas —susurré—. Termino yo.
Y lo hice. Me dejé llevar contra él hasta que el placer me recorrió entera y se me escapó en un temblor que disimulé mordiéndome el labio. Solo cuando estuve segura de mi propio final le permití al suyo encontrarlo, sujetándole las caderas para que no se moviera ni un milímetro de donde yo lo quería.
***
Después nos quedamos un rato en silencio, recuperando el aliento bajo la sombra. Él tenía esa sonrisa boba de quien cree que algo acaba de empezar. Yo me incorporé, recogí el bolso y, antes de nada, volví a ponerme el anillo. Lo hice despacio, a propósito, para que me viera hacerlo.
—El lunes, cuando me cruces por el pasillo —dije, sacudiéndome la arena de las piernas—, vas a saludarme como si esto no hubiera ocurrido. Y vas a hacerlo bien.
—¿Y si no quiero fingir? —preguntó, todavía tumbado, mirándome desde abajo.
—Entonces te va a doler mucho más que a mí. —Me colgué el bolso al hombro y le sostuve la mirada—. Esto ha sido mío, no tuyo. Tú solo has tenido la suerte de que te eligiera.
Lo dejé allí, tumbado sobre la toalla, con la mirada perdida en el mar y la certeza incómoda de que jamás volvería a tomar las riendas de nada conmigo. Subí sola por la pista de tierra, me sequé el pelo con la ventanilla bajada y, mientras conducía de vuelta al hotel, me sorprendí a mí misma silbando.
El lunes, en efecto, me saludó en el pasillo con un «buenos días» impecable y la voz un poco temblorosa. Le sonreí como a cualquier otro compañero. Nadie en aquella oficina supo nunca que, en una cala sin nombre, había aprendido lo que era suplicar.