Mi compañero de oficina me encontró desnuda en la playa
Los aficionados al naturismo tienen una frase de cabecera: «Septiembre es el mejor mes del año». Una novata como yo debería creérsela sin más, porque mis experiencias con estas cosas se cuentan con los dedos de una mano y aún sobran tres. Aun así, cada vez que el azar me daba en la cara con una prueba a favor de esa teoría, me costaba más discutirla. Pero no adelantemos acontecimientos.
Me llamo Vera y tengo treinta y cuatro años. Me mudé a la costa hace casi una década, por amor, y por entonces no entraba en mis cálculos estar casada y con dos críos a estas alturas. Soy algo rellenita pero proporcionada, con un trasero del que mi marido presume y un pecho que, pese a dos lactancias, aguantó mejor de lo que cualquiera habría apostado. Tengo la cara redonda, los ojos color miel y un lunar junto al labio que ha sido fantasía de más de uno. Soy introvertida, pero cálida con las pocas amistades que consigo asentar. Mi marido se llama Hugo, tiene treinta y ocho años, una barriguita de vida feliz y unos hombros anchos que lo perdonan todo.
Aquel verano fue especialmente caluroso y aburrido. En la costa las playas son muchas y gratuitas, así que no hace falta ni quemar calorías para entretenerse, pero la repetición del mismo plan termina por convertirlo en algo tan soso que casi prefieres pasar calor en casa. Un par de meses atrás, Hugo y yo habíamos hecho una locura impensable en nosotros: pasar el día en una playa nudista. Lo que empezó como una conversación de risas se volvió tan real que esa misma noche dejamos el coche cargado para salir temprano.
Allí, más que la valentía, es la presión social la que te empuja a dar el paso. Pones tu mejor cara de póker, finges que aquello es lo más normal del mundo y te desnudas a toda prisa para sentarte en la toalla cuanto antes. Lo curioso es que, una vez superado el primer pánico, entiendes que tú no eres el centro de atención de nadie, y entonces empiezas a disfrutar de lo absurdo que es tener complejos. El sol calentando cada centímetro de piel, la brisa enfriando las gotas saladas. El paraíso en la tierra. Volvimos a casa con la sensación de haber vivido una jornada digna de repetir.
La ocasión se presentó casi sin buscarla a comienzos del mes siguiente. El primer sábado de septiembre, Hugo tuvo que cubrir un turno maratoniano de trece horas y me dejó sola hasta la noche. No era la primera vez que un día libre se arruinaba así, pero en los tiempos que corren cuesta decir que no a las horas extra.
Hacía un día espectacular y no tenía nada mejor que hacer, de modo que se me puso cuerpo de playa. Desayuné con calma, me preparé un bocadillo y cargué el coche con la sombrilla, una toalla y la mochila. Mi idea era ir a la cala donde Hugo veraneaba de niño, pero según los kilómetros pasaban bajo las ruedas me vinieron a la cabeza las recomendaciones de Bruno, un compañero de la oficina, en uno de esos almuerzos en los que se habla de todo y solo escuchas a quien mejor te cae. Así que me dije: «¿Por qué no?».
La primera prueba de la máxima no tardó en aparecer. La explanada donde se aparca, normalmente a rebosar, estaba desolada. Ni un coche, ni un turista, ni un perro perdido. Nada. Mejor para mí. Saqué las cosas del maletero, eché el seguro y bajé el sendero hacia el mar. La arena confirmó lo que el parking anunciaba: un único par de sombrillas a lo lejos, exagerando el tamaño de la cala. Podías ponerte donde quisieras sin acercarte a nadie. Segunda prueba.
Cerca de la orilla encontré mi sitio. Extendí la toalla, dejé encima un libro, los auriculares y el bronceador, y abrí la sombrilla. Sin motivos para el pudor, me desnudé, guardé la ropa en la mochila y, vestida solo con las gafas de sol, me tumbé y cerré los ojos. El silencio lo rompía únicamente el rugir de las olas. Una brisa suave me recorría el cuerpo y mi mente se rindió al relax más absoluto. Tercer motivo. Suficientes para hacer mía la ley.
—Bienvenida a mi playa.
El corazón me dio un vuelco, más por oír algo que no fuera la marea que por reconocer la voz. Me incorporé de golpe, me cubrí con los brazos y giré la cabeza para localizar el origen de aquel saludo. Y allí estaba él, como si alguien lo hubiera guiado hasta mí solo para complicarme la tarde. Crucé las piernas y noté el rubor quemándome las mejillas. La garganta seca no me dejó articular ni un hola, y la nula intención de levantarme a saludar como es debido me hizo sentir todavía más ridícula. Así que terminó agachándose él para darme dos besos.
—Veo que al final te animaste a conocer mi pequeño jardín del edén —dijo con una calma que parecía querer contagiarme.
—Sí... —balbuceé por fin, recolocándome las gafas sobre el caballete de la nariz.
¿Qué probabilidades había de que coincidiéramos? Bruno es de los pocos compañeros a los que considero un amigo de verdad. Lo nuestro va más allá de lo laboral: compartimos aficiones y gustos parecidos. Es un tipo bonachón, algo más joven que yo, más alto, sin estar en forma pero sin llegar a estar gordo. Lleva el pelo corto del mismo color castaño que la barba y los ojos. Es bastante guapo, pero sobre todo alegre. El prototipo de chico con el que siempre me he relacionado. Y, sin embargo, aquello era completamente distinto a cualquier cosa para la que pudiera estar preparada. Me sentí más desnuda y vulnerable que nunca en mi vida.
—¿Me dejas sentarme contigo? —preguntó mientras ya extendía su toalla junto a la mía.
—Sí... Hola... Joder. —«Algo es algo», pensé.
—Qué frase más bien construida —se burló.
Reí, nerviosa, manteniendo las piernas cruzadas en una postura realmente incómoda que no tenía la menor intención de abandonar. Él, sentado en su toalla, cumplía con el ritual de vaciar la bolsa de playa. Se quitó la camiseta de tirantes cruzando los brazos y tirando hacia arriba, y la dejó hecha un gurruño a su lado.
—Cuéntame, ¿cómo es que te has dejado caer por aquí, y sola? —dijo mientras se acomodaba.
Como mi única alternativa era echar a correr sin mirar atrás, decidí relajarme y conversar como una persona adulta en sus cabales.
—Hace un par de meses estuve con Hugo en otra playa nudista y nos gustó tanto que quedamos en repetir. Hoy ha sido un poco a traición, porque él se ha ido esta mañana temprano a echar una jornada interminable y me he venido de ermitaña.
—Ya veo que le has cogido enseguida el truco a estos sitios —sonrió.
—Sí... Bueno. —Volví a sonrojarme.
—Si te incomodo, dímelo y me pongo allí al fondo, que es donde suelo estar. Me ha hecho ilusión verte, pero igual he invadido demasiado tu intimidad.
—No te preocupes. Es que no soy muy amiga de estas emociones, pero ya se me pasa.
—¿De verdad? —preguntó llevándose las manos al nudo de las bermudas.
—Palabrita —dije riéndome.
En ese momento deshizo la atadura del pantalón y lo dejó caer como caen los edificios con dinamita. No sabía si mirar o no, si debía hacerlo. No quería parecer descarada, pero me resultaba imposible no fijarme, así que aproveché la protección de las gafas de sol para hacerlo con cierto disimulo.
No supe valorar si la tenía grande o pequeña, porque estaba completamente relajada. Llevaba el vello cuidado, señal de su afición, aunque no del todo depilado. Me llamó la atención el glande, semidescubierto y de un color cobrizo por el sol. Sin una base de datos amplia con la que comparar, no habría dicho que estuviera nada mal. No pude reprimir una pizca de culpa y un cosquilleo de excitación que me nacía en la columna y me recorría entera. Para entender lo disparatado de la situación basta decir que no era costumbre acudir en pelotas a la oficina.
Tomó el bronceador y empezó a embadurnarse, primero la cara, luego los brazos y el pecho. No sabría explicar por qué seguí mirando, si por inercia, por hipnosis o por puro morbo. La realidad es que no dejé de hacerlo.
—Deberías prestarte un poco de atención a ti misma —dijo, alternando la mirada entre mis ojos y la crema.
—Lo siento —respondí casi tartamudeando, sujetando torpemente el bote.
—No pasa nada. Pero como te quemes, vas a desear haber invertido el tiempo de otra manera —apostilló divertido.
Había sido muy poco discreta, era de esperar. En una situación así cuesta controlar hasta el latido del corazón, que retumba en los oídos. Me eché crema en los hombros y el pecho y la extendí con las manos. De reojo lo vi acariciarse los genitales, que reaccionaban al contraste del frío de la loción igual que mis pezones. El abdomen y las piernas fueron mi siguiente objetivo. Empecé a sentir mucho calor y un cosquilleo entre los muslos que ya no podía achacar solo al sol.
Por fin pareció terminar, y aproveché que se tumbaba boca abajo para hacer lo mismo, acomodando la cabeza entre los brazos y agradeciendo al cielo la pausa que me regalaba la nueva postura. O no.
—¿Qué pasa, que no piensas ponerme crema en la espalda?
Tragué saliva, intentando alargar un estado ficticio de sordera en el que no había oído nada. Tras tres segundos comprobé que su mirada apuntaba al extremo opuesto de la playa, justo en dirección contraria a la mía.
—Ya veo que no te importa que el lunes me duela hasta el roce del aire acondicionado —dijo, fingiéndose apenado.
—Vale —contesté, simulando fastidio. Llegados a ese punto, qué más daba.
Volví a asegurarme de que seguía mirando hacia el otro lado antes de incorporarme. Me senté de lado en el filo de su toalla, casi apoyada en la cadera, ayudándome de la mano izquierda para mantener el equilibrio. Lo bueno de aquello era que me concedía una excusa para recrearme sin disimulos. Lo malo, que no sabía cuánto tiempo más debía quedarme allí. Pero allí estaba.
Un fino reguero de crema desde un hombro hasta el otro hizo las veces de límite moral. Y deformarlo con la punta de los dedos fue la confirmación de que había decidido cruzarlo con todas sus consecuencias. Su piel era suave y cálida, y el aceite facilitaba el avance por el recorrido sinuoso que mi mano había iniciado a los lados de la columna. Extendí el ungüento por toda la espalda, de la nuca a los riñones. El culo, redondo y firme, tenía ese tono dorado del naturismo, y la ausencia total de marcas le daba un punto más de sensualidad.
—¿Seguro que no sería más fácil que usaras las dos manos? —propuso con tono preocupado.
Se me notaba que aquella postura empezaba a dolerme y no era la más práctica. No contesté, para variar, pero acepté el consejo y me incorporé para arrodillarme sobre los talones. Apoyé el peso del cuerpo en ambas manos y me dejé caer sobre sus hombros. Aquello se parecía más a un masaje que a untar loción contra una quemadura. Su boca soltó una respiración profunda y yo me animé a apretar un poco más.
Eché más crema y la yema de mis diez dedos empezó una coreografía sobre su piel. Hice y deshice el camino varias veces, del cuello al final de la espalda, pasando por las clavículas y los brazos. Ante la falta de cualquier señal de incomodidad, me aventuré más allá. Bajé por su costado hasta tocar la toalla, masajeé la cintura y el inicio de las caderas, y volví a apretar el bote, esta vez sobre el nacimiento de los glúteos. Mis manos se adaptaron a su curva y se demoraron en los hoyuelos de Venus antes de posarse por completo sobre su culo.
—No se te da nada mal. Para lo que te quejas de redactar informes, igual tu futuro laboral está más cerca de lo que crees —dijo, lo que le valió un pellizco.
Su respiración, ya completamente audible, seguía tranquila y profunda. Nada me indicaba que estuviera pisando terreno prohibido, así que con más decisión que valentía incluí aquel territorio en mi itinerario. Volví a recorrerlo entero, de la nuca al nacimiento de los muslos. Era evidente que la escena hacía rato que era más placentera que necesaria, pero no parecía importarnos a ninguno de los dos.
Eché crema de nuevo, ahora sobre mis manos, y bajé a sus piernas. Sujeté la corva izquierda como punto de partida y subí y bajé con un movimiento lo bastante firme como para agitarle todo el cuerpo. Cambié de pierna y aproveché para reubicarme: me situé frente a él desde abajo, arrodillada al final de la toalla, donde podía recrearme en toda su verticalidad. Fue entonces cuando reparé en una pequeña brújula tatuada en su costado derecho, y en sus testículos asomando tímidamente entre las piernas.
Le sujeté el glúteo con ambas manos, con más intensidad que hasta entonces. Rocé con el meñique la separación y, poco a poco, casi sin que pareciera intencionado, fui abriéndole las piernas para que mis dedos se deslizaran con más soltura. Respiré hondo. La cara interna de sus muslos reclamaba ahora toda mi atención, así que me subí a horcajadas sobre su cintura, dejando que nuestro calor y nuestra humedad se entrelazaran. Apoyé las manos en su espalda y trepé hasta los hombros, estirándome hacia delante con la excusa de rozarle la piel con el pecho. Tenía los pezones tan duros que me dolían mientras resbalaban sobre el aceite. Él empezó a mover la cadera de forma casi imperceptible, pero suficiente para enterrar su excitación en la toalla.
—¿Te apetece darte la vuelta? —le susurré al oído.
Y, anticipándome a su respuesta, me incorporé un poco para darle libertad de movimientos.
Se giró y ajustó la mochila bajo la cabeza. Yo, frente a él, esperé a que terminara la maniobra para sentarme sobre sus muslos. Sus ojos se perdieron en mis pechos, tanto que no reparó en la humedad de su propio vientre. Recorrí con la vista toda la longitud de su tronco hasta la hinchazón del glande. Le lancé una mirada traviesa, como una niña mala que espera la reprimenda, me mordí el labio inferior y, sin apartar los ojos de los suyos, abracé su erección con ambas manos.
Se le escapó un resoplido y una descarga le arqueó la columna. La moví despacio, aprendiendo su ritmo, atenta a cada gesto de su cara para saber cuándo apretar y cuándo aflojar. Bajé sin prisa, le besé el vientre todavía salado, y cuando lo tomé en la boca lo oí maldecir entre dientes y agarrar la toalla con las dos manos. No quería que terminara así de pronto, de modo que me detuve cuando lo noté demasiado cerca y volví a subir a horcajadas sobre él.
—Vera —dijo, en un tono que ya no era de broma—. Si seguimos, no hay vuelta atrás.
Pensé en Hugo durante un segundo entero. Pensé en el lunes, en la oficina, en mirarlo a la cara junto a la máquina del café. Y aun así me dejé caer despacio, sintiéndolo entrar mientras un suspiro se me escapaba contra su cuello. Me moví sobre él con el sol pegándome en la espalda y la arena ardiendo bajo las rodillas, sin importarme ya quién pudiera aparecer por el sendero. Sus manos me sujetaban las caderas marcando el compás, y yo apoyé las mías en su pecho para llevarlo a mi ritmo. El placer me subió lento desde los muslos hasta convertirse en algo que no pude contener; me mordí el labio para no gritar y él terminó poco después, hundiéndome contra él con un gemido ronco que el viento se llevó hacia el mar.
Nos quedamos quietos un rato largo, mi mejilla sobre su pecho agitado, sin decir nada. La culpa, que durante toda la mañana había sido un cosquilleo lejano, llegó por fin, aunque mucho más tibia de lo que merecía. Me aparté con cuidado y me dejé caer a su lado en la toalla, mirando el cielo sin una sola nube.
—Septiembre es el mejor mes del año —dijo él, con una sonrisa, repitiendo el mantra de los naturistas.
Solté una carcajada a mi pesar. Nos bañamos juntos, dejamos que el agua borrara la sal y el aceite, y al salir recogimos las cosas casi en silencio, cada uno consciente de que aquello acababa de abrir una puerta que iba a costar volver a cerrar.
De camino al coche, ya vestida, comprobé el móvil. Un mensaje de Hugo: «Qué largo se hace esto, te echo de menos». Lo leí dos veces antes de contestar que yo también, que había pasado el día tranquila en la playa. No era del todo mentira. Conduje hacia casa con la ventanilla baja y el pelo aún húmedo, repasando cada minuto de la tarde y sabiendo, sin necesidad de admitirlo en voz alta, que el lunes buscaría a Bruno en la sala común mucho antes de la hora del almuerzo.