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Relatos Ardientes

El aro de otra mujer apareció en el auto de su esposo

Carla y Gustavo llevaban diez años casados, pero los últimos meses habían convertido la casa en un campo minado. Vivían en un departamento amplio del centro, con vista al río, y ni siquiera ese paisaje alcanzaba para disimular la tensión que crecía como una tormenta lenta. Él era arquitecto, cuarenta años, socio de un estudio que lo retenía cada vez más tarde. Ella, treinta y tres, daba clases de historia en una secundaria y amaba su trabajo, pero en casa solo quedaban silencios largos, peleas por pavadas y un sexo que se había vuelto trámite.

Todo estalló un jueves a la noche. Esa mañana Carla había olvidado el celular en el auto, y bajó al garaje a buscarlo cuando él llegó, otra vez después de medianoche. En el asiento del acompañante brillaba un aro de oro que no era suyo. El corazón se le aceleró de golpe.

Subió al departamento y revisó el teléfono de Gustavo. Lo hizo sin dudar, empujada por una corazonada que la venía carcomiendo hacía semanas. Y ahí estaban los mensajes: crudos, explícitos, de una tal Daniela. Fotos en ropa interior, con las tetas al aire y una mano metida en la bombacha. Respuestas de él describiendo cómo le iba a partir el coño, cómo la quería con la boca llena de leche. No dejaban lugar a ninguna duda.

Lo enfrentó esa misma noche. Gustavo lo negó al principio; ante las capturas, se quebró.

—Es solo una aventura, Carla. No significa nada. A vos te amo.

Para ella, en cambio, era el final.

—Diez años a la basura por una aventura que no significa nada —dijo, con una calma que la asustó a ella misma—. Quiero el divorcio.

No iba a suplicar. No esta vez.

***

La familia se enteró en menos de un día. Los padres de Gustavo, católicos de toda la vida, llamaron horrorizados a preguntar qué iba a decir la gente. La madre de Carla, viuda y devota, le rogó por teléfono con la voz quebrada.

—Hija, el matrimonio es para siempre. Perdonalo, como yo perdoné a tu padre.

Hasta los hermanos de los dos armaron una «reunión familiar» que terminó en más llanto y reproches. Gustavo juraba que cortaba con Daniela, pero Carla no le creía ni una palabra. Le pidió que se fuera, y él se mudó a un hotel mientras ella se quedaba sola en el departamento.

Los primeros días fueron un pozo. Lloraba en la cama, comía helado del pote, esquivaba los llamados. Hasta que una noche, mientras se distraía con el teléfono, vio el anuncio de un gimnasio nuevo en el barrio: «Cambiá tu cuerpo, cambiá tu vida». Pensó que, si el matrimonio se le había caído encima, al menos podía recuperar otra cosa. Se anotó al día siguiente.

***

El lugar era moderno, lleno de luz y de gente joven. Ahí conoció a Bruno, el entrenador, treinta años, brazos tatuados y una sonrisa que desarmaba. La vio desde el primer día.

—Sos nueva, ¿no? Vení, te muestro cómo van las pesas.

Las manos de él se rozaron con las suyas al corregirle la postura, y Carla sintió un cosquilleo que no recordaba hacía años. Murmuró un gracias, colorada, y se concentró en la barra para que él no le notara la respiración alterada.

Las clases se volvieron rutina. Bruno la empujaba en cada serie, le festejaba el progreso, le buscaba conversación al final del entrenamiento. Una tarde, después de una sesión dura, la invitó a un jugo en la cafetería del gimnasio. Hablaron de todo: de libros, de viajes, de la vida. Carla se abrió más de lo que pensaba.

—Me estoy separando. Mi marido me engañó con una amante.

Bruno la escuchó sin apuro.

—Qué desperdicio. Vos merecés mucho mejor. —Le sostuvo la mirada un segundo de más—. Y, si me dejás decirlo, sos preciosa. Con ese culo que tenés, tu marido debe ser boludo.

No era el chamuyo gastado de Gustavo. Era deseo directo, sin envoltorio, y a Carla le gustó.

***

Esa noche, sola en casa, se paró frente al espejo del dormitorio. Se sacó la ropa despacio, observándose como si fuera la primera vez en mucho tiempo. El cuerpo seguía firme, a pesar de los años y de todo lo que había llorado. Se acordó de la frase de Bruno y sonrió. Se pasó las manos por las tetas, se pellizcó los pezones hasta que se le pararon duros, y bajó una mano por el vientre. Se abrió los labios del coño con dos dedos y se vio en el espejo, ya mojada, brillante. Se acostó en la cama con las piernas abiertas, se metió el dedo mayor entre los pliegues y empezó a frotarse el clítoris en círculos lentos, imaginando que era la lengua de Bruno la que subía y bajaba. Con la otra mano se metió dos dedos en el coño y los movió hacia adentro y afuera, escuchando el ruido húmedo que hacían. Se acordó de cómo él la había mirado en el gimnasio y aceleró, apretándose contra su propia mano, hasta que se vino sacudiéndose, con los muslos cerrados sobre los dedos y un gemido largo que rebotó en las paredes del cuarto. Cuando terminó, jadeando sobre la cama, entendió algo: el desastre de su matrimonio le estaba abriendo una puerta, no cerrándola.

Al día siguiente, Bruno la arrinconó en el vestuario vacío.

—No pude dejar de pensar en vos —dijo, y la besó antes de que ella contestara.

Carla respondió con hambre, metiéndole la lengua hasta el fondo de la boca. Le bajó la mano hasta la pija, ya dura bajo el pantalón de entrenamiento, y se la apretó por encima de la tela. La tenía gruesa, la sintió palpitar contra la palma.

—Acá no nos van a molestar —murmuró él contra su cuello.

Le metió una mano por dentro de la calza y le tocó el coño por encima de la bombacha. Encontró la tela empapada y se rio bajito.

—Mirá cómo estás. Chorreando.

La corrió a un costado y le metió dos dedos de un empujón. Carla arqueó la espalda contra los lockers y ahogó un gemido. Bruno la manoseaba con precisión, moviéndole los dedos adentro mientras con el pulgar le rozaba el clítoris. Ella no aguantó y le bajó el pantalón hasta las rodillas. Le salió la pija dura, dando saltos, gruesa y con la cabeza brillante. Carla se agachó sin pensarlo y se la metió entera en la boca. Lo chupó con hambre, con las dos manos en las nalgas de él para forzarlo contra su cara, saboreando la sal, mamándosela hasta el fondo de la garganta hasta que le lloraron los ojos. Bruno le agarró el pelo y empujó.

—Así, así te la comés toda, puta.

La palabra la prendió más. Se separó, con un hilo de saliva colgando, y le lamió los huevos uno por uno. Después se paró, se dio vuelta, apoyó las manos en los lockers y se bajó las calzas hasta los tobillos. Bruno se le pegó por atrás, le pasó la pija entre los cachetes del culo, la rozó contra el coño y la penetró de un solo empuje. Carla tuvo que morderse el hombro de él para no gritar. Le entró todo de una, hasta los huevos, y empezó a cogérsela contra los lockers fríos, con embestidas duras que le hacían saltar las tetas dentro de la remera. El ruido de los golpes retumbaba en el vestuario, tapado apenas por los pasos lejanos del otro lado de la puerta.

—Más fuerte —le pidió ella, apretando los dientes—. Rompeme.

Él le agarró las caderas y aceleró, hundiéndosela hasta el fondo, sacándola casi entera para volver a metérsela de un envión. Carla se llevó una mano al clítoris y se frotó al ritmo de las cogidas. Se vino primero, cerrando el coño alrededor de la pija, mordiéndole el hombro para ahogar el aullido. Bruno la siguió enseguida, hundiéndosela hasta el fondo, y ella sintió los chorros calientes llenándola por dentro. Se quedaron pegados, jadeando, sin salir, y después se rieron los dos como dos adolescentes que acababan de hacer una travesura. Cuando él se retiró, un hilo de semen le cayó por el muslo.

—Esto es apenas el principio —dijo Bruno, acomodándose la ropa.

Y tenía razón.

***

Volvió a su casa con una energía nueva. El divorcio dejó de pesarle como una tragedia y empezó a sentirse como una mudanza necesaria. La familia seguía insistiendo —la suegra con su «vuelvan juntos, por Dios»—, pero ella pasaba de largo. En cambio, salía. Una noche fue con amigas a un bar de la zona y conoció a Nico, el barman, veinticinco años, morocho y de manos rápidas. Charlaron entre tragos, se rieron de nada, y cuando cerró el local él le propuso seguirla en su departamento.

Apenas entraron, Nico la apoyó contra la puerta y se arrodilló.

—Quiero saborearte hasta que me pidas que pare.

Le levantó la pollera, le arrancó la bombacha de un tirón y le enterró la cara entre las piernas. Empezó a lamerle el coño despacio, de abajo hacia arriba, con la lengua ancha y plana. Después se concentró en el clítoris, chupándoselo con los labios, jugando con la punta de la lengua. Carla se agarró del marco de la puerta y separó más las piernas. Nico le metió dos dedos y los curvó hacia arriba, buscando el punto exacto, sin dejar de chuparle el clítoris. La combinación la volvió loca. Sintió que se le venía encima una ola y no la aguantó: se vino contra su boca temblando, con los muslos apretándole la cabeza, mientras él seguía lamiéndola sin parar, tragándose todo lo que le salía.

Todavía temblando, lo arrastró al sillón. Le desabrochó el pantalón y le sacó la pija afuera. La tenía larga y morocha, con las venas marcadas. Se agachó y se la mamó de arriba abajo, con la mano en la base, hasta dejársela dura como una piedra y toda mojada de saliva. Después se subió encima, se acomodó la punta contra el coño y bajó de a poco, sintiendo cómo la iba abriendo centímetro a centímetro. Cuando la tuvo entera adentro, empezó a moverse, primero despacio, ondulando las caderas, después cabalgándolo a su ritmo, con las manos en el pecho de él para tomar impulso. Nico le levantó la remera, le desabrochó el corpiño y le agarró las tetas, mamándoselas mientras ella lo montaba. Se lo cogió mirándolo a los ojos, dueña por fin de lo que pasaba con su cuerpo. Se vino dos veces así, apretando las rodillas contra el sillón. Cuando lo sintió a él a punto, se bajó, se arrodilló entre sus piernas y le terminó de sacudir la pija con la mano, la boca abierta, la lengua afuera, hasta que Nico se corrió a chorros sobre su cara y sus tetas.

***

Una compañera del colegio la invitó a una fiesta privada en una casa de las afueras. «Es un poco liberal», le advirtió, y Carla fue de curiosa. Música, tragos, gente sin prejuicios. Ahí conoció a Romina, treinta y dos años, bisexual y sin una sola inhibición. Bailaron pegadas, rozándose, hasta que Romina la besó en mitad de la pista.

—Me gustás desde que entraste —le dijo al oído.

Sorprendida y excitada a la vez, Carla la siguió a un cuarto en penumbra. Nunca había estado con una mujer. Romina la desnudó con paciencia, le besó los pechos y le chupó los pezones hasta dejárselos duros y colorados. Le fue bajando por el vientre, mordisqueándole la piel, y le abrió las piernas sobre la cama. Cuando la boca de ella llegó entre sus piernas, Carla descubrió que el placer no entendía de guiones aprendidos. Romina le lamía el coño con una paciencia que ningún tipo había tenido nunca: se tomaba su tiempo con cada pliegue, la abría con los dedos, le chupaba el clítoris hasta hacerla gemir fuerte. Le metió la lengua adentro, se la movió en círculos, y después subió otra vez a jugar con el clítoris.

—Vení para acá —le dijo, tirándola hacia sí.

Romina se acostó de espaldas y separó las piernas. Carla se agachó, dudó un segundo y se largó. Le pasó la lengua por el coño, tímida al principio, imitando lo que le habían hecho a ella. Le gustó el sabor, le gustó el olor, le gustó cómo Romina gemía y se retorcía debajo. La chupó cada vez con más ganas, le metió los dedos, aprendió sobre la marcha. Después Romina la giró y se acomodó encima suyo en sesenta y nueve. Se comieron los coños al mismo tiempo, con los dedos, con la lengua, hasta que se pusieron a temblar las dos casi al mismo tiempo. Terminaron abrazadas, riéndose en la oscuridad, con la cara mojada del coño de la otra.

—Sos peligrosa —jadeó Carla.

—Vos también, recién te estás dando cuenta.

***

Gustavo, mientras tanto, intentaba reconquistarla. Llamados, flores en la puerta, promesas largas.

—Terminé con Daniela. Volvamos a empezar.

Carla lo rechazaba cada vez con menos culpa.

—Ya no, Gustavo. Encontré mi camino, y no pasa por vos.

La familia entera estaba horrorizada. «¿Qué te pasó? ¡Estás irreconocible!», le decían. Lo curioso era que nunca se había reconocido tan bien.

Una semana después, Bruno le propuso algo nuevo: un trío con Iván, otro entrenador del gimnasio. Carla lo pensó apenas un segundo antes de aceptar. En el departamento de Bruno, los tres se desvistieron entre risas y miradas. Iván tenía la pija más corta pero más gruesa que la de Bruno, y las dos empezaron a hacérselas duras entre las cuatro manos y las dos bocas de Carla. La acariciaban a cuatro manos, le manoseaban las tetas y el culo, se turnaban para besarla. La acostaron en la cama y se pusieron uno a cada lado. Bruno le abrió las piernas y se puso a chuparle el coño mientras Iván le acercaba la pija a la boca. Carla se la metió entera, la mamó con hambre, y al mismo tiempo se vino contra la lengua de Bruno.

Después cambiaron: Iván se acostó de espaldas y ella se subió encima, montándole la pija gruesa que la abría distinto. Bruno se acomodó atrás, le escupió en el culo y empezó a metérsela de a poco. Nunca la habían cogido por los dos lados a la vez. Se quedó quieta un segundo, sintiendo cómo la llenaban, y después empezó a moverse entre los dos, con las dos pijas adentro, sintiéndose partida. Iván le agarraba las tetas por delante, Bruno le mordía el cuello por atrás, y ella se dejaba coger sin pensar en nada más. Pasó de la boca de uno a las caderas del otro, cambió de posición, perdió la cuenta de los orgasmos. Terminó con Iván corriéndose adentro del coño y Bruno sobre el culo, dejándole la espalda mojada. Los tres quedaron tirados sobre la cama, sudados y sin aire, y Carla pensó que jamás se había sentido tan poderosa.

***

Nico la llevó una noche a un club de intercambio de parejas. En la penumbra del salón había gente disfrutando sin pudor a la vista de todos: parejas cogiendo en sillones, mujeres arrodilladas mamando pijas, grupos que se pasaban a las mismas chicas de mano en mano. Carla dudó solo un instante. Después se sumó: un desconocido, alto y canoso, se le acercó por atrás y le pasó la mano por el culo. Ella no se corrió. Él le levantó el vestido, le bajó la bombacha, la inclinó contra la barra y le metió la pija de un empujón. Carla se agarró del borde y dejó que la cogiera ahí, delante de todos. El tipo la agarró del pelo, le tiró la cabeza para atrás y se la metió hasta el fondo, con embestidas que le hacían golpear los muslos contra la madera. Nico, apoyado en la pared, la miraba con una sonrisa cómplice, con la mano dentro del pantalón. Saber que la observaban le encendía algo nuevo, un placer que nunca había sospechado en sí misma. Se vino ahí mismo, con la boca abierta, mirando a Nico a los ojos, mientras el desconocido le vaciaba adentro una corrida caliente.

—Mirá lo que te perdiste todos estos años —le dijo a Nico cuando volvió a su lado, todavía agitada, con el semen escurriéndosele por la pierna.

Él se rio, la besó y le metió los dedos entre las piernas para probarla, mezclada con la corrida del otro.

***

Lo demás vino solo, casi en cascada. En el trabajo la ascendieron a coordinadora del departamento; la nueva seguridad con la que entraba a cada reunión no pasaba inadvertida. Empezó a escribir, de noche, relatos inspirados en sus propias aventuras, y uno de ellos ganó un concurso literario regional. Llegó plata extra, llegaron viajes, llegaron amantes que iban y venían sin dejar heridas.

La familia montó una última intervención en el living de su departamento: padres, hermanos, todos en ronda con cara de funeral.

—Esto tiene que terminar. Volvé con Gustavo, recompongan las cosas.

Carla los miró uno por uno, sin levantar la voz.

—No. Estoy viviendo, por primera vez en años. Si no les gusta, la puerta es esa.

Se fueron murmurando, escandalizados. A ella le duró el mal humor lo que tarda en hervir el agua para un café.

***

Pasó el tiempo. El divorcio quedó firme, los reproches familiares se fueron apagando solos y hasta su madre, a regañadientes, dejó de insistir. Gustavo terminó armando una vida nueva con Daniela, y Carla, cada tanto, hablaba con él sin rencor. La traición que había sentido como el fin del mundo había resultado ser, en realidad, el principio de su mundo propio.

La última vez que se cruzaron, él le contó que se casaba.

—¿Querés ser madrina? —le preguntó, medio en broma.

Carla se rio, sincera.

—Cómo no voy a serlo. Gracias a ese desliz tuyo encontré mi vida.

Y lo decía en serio. Aquel aro de oro olvidado en el auto le había costado un matrimonio y le había devuelto, intacta, a ella misma.

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Comentarios(8)

SilviaCordo

increible!!! me engacho desde el titulo

CamilaLect

que final tan abierto, necesito saber que pasa despues!! por favor una segunda parte

Roxana_BA

me llegó mucho este relato. Diez años son diez años, y un detalle asi te cambia la vida entera. Muy real, muy bien contado

LoboGris33

buenisimo, lo lei de un tiron. Sigan subiendo asi

MirnaRosario

la actitud de Carla es lo que mas me gusto. No se queda llorando, toma las riendas. Ojala mas relatos con protagonistas asi de fuertes

LectorDespierto

me recordo a algo que me paso hace tiempo... esas situaciones te remueven todo por dentro. Buen relato, muy bien escrito

Juanki92

el marido no sabe lo que le viene encima jajaja. Muy bueno

CristinaLZ

quiero saber que hace con ese aro!!! la continuacion ya!!!

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