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Relatos Ardientes

La aventura secreta que su marido jamás imaginó

El teléfono vibró sobre la mesita de noche con una insistencia terca, fuera de lugar en aquella habitación. Marga lo ignoró durante los primeros tonos y dejó que el zumbido se mezclara con su propia respiración entrecortada. Sabía perfectamente quién era. Era Quique, con su pánico de siempre al silencio, con esa necesidad de comprobar que ella seguía girando alrededor de su rutina apagada.

—Dime, Quique —contestó al fin, con la voz pastosa, sin dejar de moverse sobre el cuerpo que la sostenía.

—Ya estoy en casa. La partida terminó hace un buen rato y aquí me tienes, esperando a que llegues para comer algo.

Marga miró a Bruno. El chico, veintidós años de piel tensa y cuerpo de gimnasio, estaba tumbado bajo ella, ofreciéndole una dureza que llevaba mucho tiempo sin encontrar en su propia cama.

—Te dije que salía a caminar. Ten paciencia, no me voy a derretir —mintió, disfrutando del contraste entre su piel madura, todavía firme, y la lozanía casi insolente del muchacho.

Colgó sin esperar respuesta y arrojó el móvil hacia la almohada como quien aparta un mal recuerdo. Volvió a concentrarse en lo que tenía delante. Bruno hablaba poco; no le hacía falta. Era puro impulso, un reemplazo vigoroso para un marido que hacía una década había decidido que el dominó y el sillón eran retiro suficiente para sus ganas. Marga, en cambio, sentía el cuerpo como una olla a punto de reventar.

Se acomodó de nuevo sobre él. No buscaba delicadeza, buscaba el golpe, la fricción que le recordara que sus nervios todavía sabían arder. Echó la cabeza atrás y dejó que sus pechos se balancearan con el vaivén. Bruno la sujetó por las caderas, hundiendo los dedos en su carne, y ella gruñó por lo bajo.

Aquello no era una coreografía romántica, era un asalto. Marga buscaba en él el hambre que el tiempo le había arrancado del matrimonio. Se movía con la seguridad de quien conoce cada ángulo de su propio placer, persiguiendo el roce exacto, la presión profunda que le nublaba la vista. Cada vez que Bruno alzaba un poco la pelvis, ella respondía con un descenso más brutal, una entrega que no tenía nada de pudor y todo de necesidad.

El chico le agarró la cintura con más fuerza, obligándola a marcar el ritmo contra él, y Marga se dejó llevar con una sonrisa torcida, sabiendo que lo estaba llevando al límite con ese vaivén lento al principio, cada vez más sucio después. El sonido de piel contra piel se fue llenando de humedad, de respiraciones rotas, de pequeños gemidos que se pegaban a la habitación como vapor.

—Más —murmuró ella, con la boca casi pegada a la suya—. Dame más, no te hagas el bueno ahora.

Bruno respondió con una embestida más dura, más profunda, y Marga soltó un jadeo que se le escapó entre los dientes. No había ternura en ese choque, solo necesidad bruta. Ella arqueó la espalda, ofreciéndole mejor acceso, y el chico le recorrió la cintura con las manos antes de subirle por el torso, apretándole los pechos con una devoción desesperada. Marga bajó la vista y vio los dedos de él hundiéndose en la carne, marcándola, reclamándola, y aquello la encendió todavía más.

El teléfono volvió a sonar. Una, dos, tres veces. Quique era una sombra empeñada en colarse en aquel cuarto de sudor y sábanas revueltas. Marga apretó los dientes, pero no se detuvo. Al contrario: cada tono aumentaba su urgencia. Cada llamada era un recordatorio de la mediocridad que la esperaba en casa, y cada embestida del chico era su rebelión contra ese destino. Se inclinó sobre Bruno y le mordió el cuello con suficiente fuerza para dejarle la marca roja de sus dientes, disfrutando del pequeño estremecimiento que le arrancó.

—No pares —le ordenó, mirándolo a los ojos.

Se inclinó hacia su boca y le robó el aliento mientras sus cuerpos chocaban con un ritmo húmedo, cada vez más torpe y más animal. Bruno le respondió subiendo las manos a sus nalgas, alzándola un poco para ganar ángulo, y Marga se dejó hacer porque quería justo eso: sentir cómo la abría, cómo la llenaba, cómo la llevaba hasta ese filo donde el placer ya no era agradable sino insoportable. El roce se volvió insoportablemente preciso, una presión que le tensó el vientre y le hizo temblar las piernas.

Ella empezó a moverse con pequeños golpes secos, atrapando el cuerpo del chico entre sus muslos y empujándose contra él con una avidez que no perdonaba nada. Bruno respiraba pesado, con la mandíbula apretada, mirándola como si estuviera viendo algo que no comprendía del todo pero tampoco quería soltar. Marga alargó una mano, le tomó la nuca y lo obligó a besarla otra vez, con lengua, con dientes, con saliva y el desorden de dos bocas hambrientas. El cuarto se llenó de ese ruido obsceno de cuerpos mojados, de colchón golpeado, de respiraciones cada vez más rotas.

—Así, coño —jadeó ella, ya sin filtro—. Así me gusta. No me dejes ni un segundo tranquila.

Bruno la levantó un poco más y la hizo caer de nuevo sobre él con un golpe que le arrancó un grito abierto, de esos que no se pueden contener ni aunque uno quisiera. Marga sintió el orgasmo venirle como una descarga rabiosa, primero en el pubis, luego trepándole por el vientre y reventándole en la espalda baja. Se tensó, clavó los dedos en los hombros de él y se quedó unos segundos presa de esa convulsión que la dejó sin aire. El temblor no la hizo detenerse; al contrario, la volvió más voraz, más desacompasada, más salvaje. Bruno, empujado por el espasmo de ella y por la fricción que no dejaba de crecer, se quedó rígido bajo su peso y soltó un gemido profundo antes de vaciarse con un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo.

Marga se quedó encima, respirando a bocanadas, con la piel perlada de sudor y los labios hinchados de tanto apretarlos contra los de él. El teléfono había dejado de sonar. Quique, al otro lado de la vida, ya se habría rendido por ahora.

***

Los viernes tenían para Marga un aroma clandestino a libertad. Mientras Quique se calzaba los zapatos cómodos y agarraba la cajita de cuero con las fichas de dominó —su único contacto con la emoción—, ella ya sentía un cosquilleo eléctrico en la base de la columna. El ritual era preciso: un beso distraído en la frente del marido y la promesa de «un paseo largo, que tengo las piernas entumecidas».

El piso de Bruno era un santuario de desorden joven. Apuntes apilados, una caja de pizza de la noche anterior y el silencio bendito de unos compañeros que a esa hora fingían atender en clase. Pero la única materia que de verdad importaba allí se estudiaba en su habitación.

Nada más cruzar el umbral, Marga no esperaba cortesías. Se quitó la gabardina con tanta prisa que saltó un botón, revelando que bajo la ropa de «señora respetable» no llevaba más que encaje negro y una piel que pedía a gritos ser encendida. Bruno la esperaba sentado en la cama, observándola con esa mezcla de adoración y deseo que solo un chico de veintidós años puede sentir frente a una mujer que le dobla la edad y le multiplica la experiencia.

—Has tardado cinco minutos más —dijo él, con la voz ya cargada.

—Quique no encontraba su pañuelo de la suerte. Si supiera que mi suerte está aquí… —respondió ella, arrodillándose entre sus piernas sin más palabras.

Marga liberó su sexo del pantalón de chándal con la avidez de quien encuentra agua en el desierto. No era solo sexo; era una transfusión de vida. Empezó a recorrerlo con la lengua de abajo arriba, despacio, saboreando la primera gota que ya asomaba. Bruno se echó hacia atrás, apoyó los codos en el colchón deshecho y la dejó gobernar.

Ella sabía hacerlo. Lo envolvió con la mano y creó un vacío con los labios mientras lo recorría con un ritmo hipnótico. Sus ojos entornados no se despegaban de los de él, gozando de cómo el chico perdía la compostura, de cómo se le tensaba el abdomen y la respiración se le volvía un silbido roto. Marga alternó la lengua y la succión con una precisión casi cruel, apretando con los dedos en la base para contener la presión y soltando después, dejándolo resbalar dentro de su boca un poco más hondo cada vez.

—Entero… —le pidió él en un hilo de voz.

Marga obedeció, hundiendo la cara hasta que su nariz rozó la piel del muchacho, acomodando toda su longitud en la garganta con una soltura que ninguna de las chicas de su edad podría imitar siquiera. No tenía remilgos. No le importaba el esfuerzo ni el desorden. Solo le importaba ese poder, el de tenerlo a su merced. Se tragaba el aire por la nariz, humedeciéndolo todo con una calma obscena, y luego subía despacio para volver a empezar, provocándolo con esa mezcla de control y entrega que le volvía loco. Bruno le sujetó el cabello, primero con cuidado, después con ansiedad, y ella se dejó llevar lo justo, disfrutando del tirón en el cuero cabelludo como si fuera otra forma de obediencia.

Cuando se apartó, lo hizo apenas un segundo, lo necesario para mirarlo y sonreírle con una insolencia que casi parecía ternura.

—No te me desinfles ahora, que todavía no he empezado de verdad.

Bruno soltó una risa breve, ronca, y la volvió a atraer con una mano en la nuca. Marga respondió abriéndose aún más a su voluntad, tomando lo que él le ofrecía con avidez, dejándose llenar la boca por el sabor denso y salado de su piel. El chico gemía a ratos, ya completamente desarmado, y ella seguía, metódica y obscena, sin perder el ritmo hasta que sintió que el cuerpo de Bruno se tensaba como un arco a punto de romperse.

Entonces ella se apartó lo justo para ponerse de pie y empezar a desnudarse del todo, lenta esta vez, como si quisiera castigarlo con la espera. Se quitó el resto de la ropa y quedó delante de él con el vientre aún agitado, las tetas pesadas, los pezones duros, el sexo húmedo y abierto, brillando bajo la luz amarillenta de la habitación. Bruno se la quedó mirando con una hambre casi reverencial.

—Ven —dijo ella, girándose para mostrarle la espalda—. Hoy quiero que me dejes la marca del cansancio.

***

Cuando se sintió suficientemente encendida, Marga se incorporó y se dio la vuelta, ofreciéndole la espalda. Se inclinó sobre la mesa de estudio y apartó de un manotazo unos planos a medio dibujar. Sus nalgas, amplias y firmes, quedaron a la altura perfecta.

Bruno no se hizo de rogar. Se pegó a ella, notando el calor que desprendía su cuerpo, y la buscó sin preámbulos, hundiéndose de una sola embestida que hizo crujir la madera. Marga soltó un gemido gutural, un sonido que venía de muy adentro, mientras sus manos buscaban apoyo entre los papeles.

—Como si quisieras hacerme daño —le pidió ella, arqueando la espalda para facilitarle el camino.

Él la tomó por la cintura, marcándole la piel con los dedos, y arrancó un ritmo salvaje. La penetración era profunda, total, hueso contra hueso. Marga sentía cada terminación nerviosa vibrar, las paredes de su sexo cerrándose alrededor de él en una pelea por retenerlo. El placer era tan intenso que el filo de cada golpe se convertía en combustible. El roce repetido le sacaba pequeños gemidos que se le escapaban sin vergüenza, y Bruno respondía con respiraciones cada vez más pesadas, clavando el ritmo como quien se empeña en demostrar algo.

La mesa de estudio, testigo mudo de exámenes y entregas, se volvió el altar de aquel sacrilegio. Con el pecho aplastado contra la madera fría y la cara hundida entre los apuntes, Marga sentía el sudor barnizarle la espalda. La voracidad le exigía siempre un peldaño más. Bruno le abrió más las piernas con una mano y la otra se deslizó por delante para buscarle el centro del placer, frotándole con una insistencia directa, sin contemplaciones, mientras seguía golpeándole desde atrás.

—Ahí no, Bruno… búscame el otro camino —jadeó, moviendo las caderas con un balanceo que era pura provocación.

Él entendió la orden. Salió de ella con un sonido húmedo y buscó, con cuidado, el otro acceso, el que Marga reservaba para sus mañanas de mayor desenfreno. Ella se tensó, agarrándose al borde de la mesa hasta que los nudillos se le quedaron blancos. No hubo prisas innecesarias; su propio deseo bastaba. Bruno lubricó con su saliva y con los dedos, tanteando la entrada, haciendo presión, dejándola respirarle encima del cuello para que no perdiera el pulso. Marga soltó un suspiro áspero cuando sintió la primera presión insistente, después un ardor más hondo, y luego el empuje firme que la abrió despacio antes de llenarla por completo.

Con un empuje firme, Bruno la invadió. Marga ahogó un alarido contra el papel, un grito que mezclaba el ardor del primer instante con una descarga que le subió por la columna entera. El chico se detuvo un segundo, dejándola dilatarse, disfrutando de la presión feroz que lo apretaba.

—Dios, así me vas a hacer terminar antes de tiempo —susurró él al oído, mordiéndole el lóbulo mientras su mano descendía por delante para buscarle el centro del placer.

Cuando el cuerpo de ella aceptó la intrusión, el ritmo se volvió frenético. Cada embestida la empujaba contra la mesa y hacía caer los libros al suelo con un estrépito que a ninguno importaba. Marga, lejos de echarse atrás, devolvía cada golpe de cadera con una fuerza casi animal. El choque de los cuerpos llenaba la habitación con un eco rítmico, acompañado por el chapoteo obsceno de la humedad y por los jadeos de ambos, cada vez menos humanos.

La doble caricia —la presión por detrás y el masaje certero de sus propios dedos— la llevó a un estado de trance. La vista se le nubló. Ya no era la mujer de Quique, ni la vecina que saludaba en el portal; era pura hembra en plenitud, devorando la energía de un hombre que apenas empezaba a vivir. Bruno la sostuvo por la cintura y siguió clavándose en ella con la paciencia brutal de quien sabe que el desastre está cerca y aun así aprieta más fuerte.

—Más hondo, no pares —pedía, perdiendo todo rastro de compostura.

El clímax llegó en una serie de espasmos que la doblaron sobre la mesa. Él, incapaz de aguantar aquel abrazo que lo apretaba sin tregua, la sujetó por los hombros y se vació con un gruñido sordo. Marga sintió el calor de la descarga y se desplomó sobre la madera, temblando, con el corazón martilleándole las costillas. Aún le quedaba un resto de movimiento en las caderas, un pequeño vaivén involuntario, como si el cuerpo se negara a soltar del todo la inercia del placer.

***

Se incorporó con la lentitud de quien emerge de un naufragio. El sudor le pegaba los mechones a las sienes y le ardían las mejillas. No se concedió ni un segundo de descanso. Sus ojos buscaron de nuevo a Bruno, que aunque agotado seguía dispuesto, dura todavía la prueba de su juventud.

Se giró sobre la mesa, apartó de un golpe un manual que ya no tenía nada que enseñarle y se sentó en el borde, con las piernas colgando y abiertas. Tiró del chico hacia ella por la cintura. Quería el postre, y lo quería con la prisa de quien sabe que el reloj de Quique se acerca.

—Ven aquí, todavía te queda fuego para mí —murmuró, con una mirada cargada de algo entre lo maternal y lo depredador.

Volvió a envolverlo con la boca, pero esta vez sin sutilezas. Usó la lengua con destreza, recorriéndolo entero, provocando un sonido que resonaba en el cuarto vacío. El chico, exhausto pero espoleado por la insaciabilidad de aquella mujer, sintió cómo la tensión se acumulaba otra vez. Marga lo sabía: lo notaba en la dureza que golpeaba contra su paladar. Le sujetó las caderas para impedirle escapar y marcó el ritmo a golpes breves, alternando succiones largas con pausas crueles que lo hacían temblar de anticipación.

Cuando percibió que el cuerpo de Bruno empezaba a temblar de nuevo, se apartó lo justo. Se quedó de rodillas frente a él, con el rostro levantado, desafiante, las manos en sus propios pechos.

—Dámelo todo. Márcame bien antes de irme —ordenó con un susurro quebrado.

Bruno no pudo más. Con un gemido que descargó toda la tensión de la mañana, terminó sobre ella, y Marga cerró los ojos, recibiendo el calor del chico sobre la piel encendida. Se pasó los dedos por la cara, lentamente, saboreando el triunfo de su deseo sobre el tiempo. Estaba lista para volver a enfrentarse a la monotonía de su casa.

Se limpió con una toallita, miró al muchacho —rendido y vacío sobre el colchón— y le guiñó un ojo.

—Hasta el próximo viernes. Repasa bien la lección.

***

El contraste entre el asfalto frío que pisaba y el calor que aún le palpitaba entre los muslos era la única prueba de que seguía viva. Caminaba hacia casa con paso firme, sintiendo un leve escozor como una medalla invisible y la piel de la cara todavía tirante.

Mientras tanto, en una de las aulas grandes de la facultad, Bruno intentaba concentrarse en una clase de estructuras que le parecía una broma pesada. Sus amigos tomaban apuntes con diligencia monótona, susurrando sobre exámenes y sobre chicas de su edad que se hacían las difíciles por un simple beso.

Estos están preocupados por si la rubia de la tercera fila les contesta al móvil, y a mí acaban de dejarme seco. Marga no es una mujer, es un incendio con tacones. Ninguna de estas niñas sabría qué pedir, ni cómo. Me da un poco de miedo y a la vez no puedo dejarlo.

Bruno se removió en el asiento de madera dura, notando el roce de su propia ropa, todavía impregnada del olor de ella. Miró a sus amigos y sintió una superioridad callada.

***

Marga abrió la puerta de su piso. El olor a sopa de sobre la golpeó en la cara. Quique estaba en el pasillo, guardando las fichas de dominó con una lentitud exasperante. Parecía más pequeño, más gris, como si el aire de la casa se lo estuviera tragando poco a poco.

—Ya era hora. El grupo terminó hace veinte minutos. ¿Dónde te has metido? —preguntó él sin levantar la vista, con ese tono de reproche flojo que era su única forma de hablar.

—Ya lo sabes. Dando mi paseo largo —respondió ella, quitándose la chaqueta.

Se acercó para dejar las llaves y, por un instante, quedó a escasos centímetros de su cara. Quique la miró con sus ojos cansados, desenfocados por la edad.

Mírate, Quique. Quejándote por diez minutos de retraso mientras yo traigo el sabor de otro hombre todavía encima. Si supieras que hace una hora estaba abierta sobre una mesa de estudio recibiendo lo que tú olvidaste darme hace veinte años. Me pides explicaciones y ni siquiera notas nada. Eres un mueble más en esta casa. Mientras tú colocas tus fichas, yo me aseguro de que la sangre me siga hirviendo.

—Tienes la cara colorada, mujer. ¿Te ha dado mucho el aire? —dijo Quique, estirando una mano temblorosa para tocarle la mejilla.

Marga se apartó con una suavidad gélida, fingiendo buscar algo en el bolso.

—Sí, el aire —respondió con sorna—. Hacía un viento de mil demonios.

***

En la facultad, el profesor cerró su carpeta y los compañeros de Bruno se levantaron entre risas. Uno le dio una palmada en el hombro.

—¿Qué te pasa hoy? Estás en las nubes. ¿Te has dormido o qué?

Bruno esbozó una sonrisa torcida y guardó el cuaderno en blanco.

Estudiando, sí. He repasado cada curva de una mujer que podría ser la madre de cualquiera de vosotros y que sabe más que todas vuestras fantasías juntas. El viernes volverá a por lo suyo. No sé cuánto aguantaré este ritmo, pero bendito sea el incendio.

En la cocina, Marga empezó a preparar la comida de espaldas a su marido. Sintió una punzada de placer residual en el vientre y sonrió para sus adentros. Quique seguía hablando de una jugada redonda que había hecho en el club, pero ella ya no escuchaba. Solo contaba los días para que volviera a ser viernes.

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Comentarios(8)

Mari_lectora

Que relato mas rico!! me lo lei de un tirón y se me hizo corto. Por favor seguí con esto

CarlosDelV

Muy bueno, de lo mejor que lei ultimamente en esta categoria. Felicitaciones

VeroCordoba

jajaja el detalle del dominó me pareció genial, esas cositas hacen que se sienta tan real. Me recordó a algo parecido que viví hace años

RoccoLector

Esperando ansioso la continuacion!! quedé con demasiadas ganas de saber como termina todo esto

Terri_24

increible!!! se me fue volando

DiegoMar_22

Bien escrito y con mucha tension desde el principio. Se nota que saben como enganchar al lector

NatiRosario

Me encanto como esta narrado, se siente autentico sin ser burdo. Ojalá haya segunda parte porque esto promete mucho

Lector_Mendoza

El inicio con el club y las fichas esta muy logrado, le da un toque cotidiano que lo hace mas morboso todavia. Buen trabajo

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