La terapia que me alejó de mi prometido
La noche del viernes se estiró hasta bien entrada la madrugada. Después de la segunda vuelta sobre la mesa del comedor, los dos quedaron deshechos, pegajosos de sudor, con el cuerpo temblando todavía por el esfuerzo. Bruno apagó las luces del salón y la llevó de la mano hasta su cuarto. La cama era ancha, con sábanas oscuras que olían a su colonia y a detergente.
Se tumbaron desnudos, sin molestarse siquiera en buscar ropa interior. Él la abrazó por detrás, el pecho contra la espalda de Camila, el sexo blando descansando entre sus nalgas todavía sensibles. El calor de los dos cuerpos se mezclaba en la oscuridad.
A Camila no dejaba de sorprenderle la naturalidad con que él se tomaba esas confianzas, y Bruno lo notó.
—Camila… —susurró contra su nuca, la voz ronca—. Para que la compenetración sea total, deberíamos dormir así, piel con piel. Como una pareja de verdad. En un noviazgo se nota enseguida cuando dos personas no han compartido intimidad real. Tiene que ser creíble que somos novios.
Ella, con los ojos cerrándose de cansancio, asintió despacio.
—Bueno… qué más da.
Él sonrió en lo oscuro y le dio un beso suave en el hombro.
—Hay otra cosa —siguió, bajando la voz como quien confía un secreto—. Muchas novias despiertan a sus parejas por la mañana con una mamada. Es una forma de demostrar cariño, de empezar el día conectados. Nos haría bien practicarlo. ¿Lo harías por mí?
Camila frunció el ceño un segundo. Nunca lo había oído, pero Bruno lo decía con tanta seguridad que dudó de su propia ignorancia. Él siempre parecía saber más que ella de estas cosas.
—Vale… lo haré. No sé de dónde sacas tantas ideas, pero confieso que me intrigan.
—Eres la mejor. Buenas noches, Marina.
Camila se quedó quieta un instante. ¿Marina? Pero el sueño pudo más que la duda, y se durmió antes de poder preguntar, con el aliento cálido de él en la nuca.
***
A la mañana siguiente, la luz se colaba por las rendijas de la persiana. Camila despertó primero, con el cuerpo dolorido y a la vez extrañamente relajado. Recordó lo que había prometido. Miró a Bruno: dormía boca arriba, la sábana cubriéndole apenas hasta la cintura, el sexo pesado y medio despierto sobre el muslo.
Se incorporó con cuidado y gateó por la cama hasta quedar entre sus piernas abiertas. Empezó con lametones suaves en la base, subiendo despacio hasta la punta. La reacción fue casi inmediata: la carne se engrosó contra su lengua. Camila abrió la boca y se la metió poco a poco, dejando que la saliva lo cubriera todo, apretando los labios en cada subida.
A los pocos minutos él abrió los ojos. Primero confundido, después con una sonrisa lenta al verla arrodillada entre sus piernas.
—Joder… qué manera de despertar —murmuró, todavía ronco de sueño—. No pares.
Ella aceleró, succionando más fuerte, dejando que un hilo de saliva resbalara por el tronco. Bruno gemía bajito, las manos enredadas en su pelo, guiándola sin forzarla. Pero no aguantó mucho. De pronto se incorporó, la sujetó por las caderas y la giró con un movimiento rápido.
—Ya no puedo más —jadeó.
Camila obedeció al instante, de rodillas, los antebrazos hundidos en el colchón. Él se colocó detrás, le separó las nalgas y la preparó con su propia saliva. Sin más preámbulo, empujó con fuerza. El anillo, todavía sensible de la noche anterior, cedió de golpe.
—¡Aaah! ¡Bruno…! ¡Me vas a partir! —gritó ella, las uñas clavándose en las sábanas.
Él no se detuvo. Llegó hasta el fondo de una sola estocada, gruñendo al sentir el calor apretado envolviéndolo entero.
—Sigues estando jodidamente estrecha —jadeó, y empezó a bombear.
Las embestidas eran duras, rítmicas. El cabecero golpeaba contra la pared. El choque seco de piel contra piel se mezclaba con el sonido húmedo de cada retirada y cada vuelta.
—¡Ah! ¡Más despacio… por favor…! —suplicaba Camila, aunque el cuerpo la traicionaba y empujaba hacia atrás para recibirlo más hondo.
—No. Te voy a follar hasta que te corras gritando mi nombre —gruñó él, sujetándola con tanta fuerza que le dejaba marcas en las caderas.
Ella bajó una mano y se frotó el clítoris con desesperación, los dedos resbalando de pura excitación. El dolor se transformaba en una presión abrasadora que le llenaba el vientre.
—¡Me corro…! ¡Otra vez por el culo…! —chilló, la voz quebrándose.
Las contracciones llegaron de golpe, ordeñándolo en espasmos violentos. Bruno embistió un par de veces más y se vació: primero dentro, después se salió y dirigió el resto sobre sus nalgas y su espalda, líneas blancas y calientes que treparon casi hasta los omóplatos.
Se derrumbó a su lado, respirando como si hubiera corrido una maratón. Camila quedó allí, jadeando, temblando, con la piel marcada.
—Esto… esto es por mi bien —dijo con voz débil, casi asimilando una realidad nueva.
Bruno le acarició la espalda, esparciendo su propio semen con los dedos.
—Claro. Todo por tu futuro. Pero admitámoslo… lo estamos pasando demasiado bien.
Ella no contestó. Solo cerró los ojos, con el dolor sordo y placentero entre las piernas y una entrega que no sabía si era actuación o algo mucho más real.
***
Pasadas un par de horas, el hambre los sacó de la cama. Improvisaron un desayuno tardío en la cocina: café, tostadas, algo de fruta. Comieron en la misma mesa donde la noche anterior él la había tomado, pero esta vez sin prisa, riendo de tonterías. Luego se dejaron caer en el sofá, todavía desnudos, con una serie vieja de fondo. Camila se acurrucó contra su pecho, una pierna sobre la suya.
Rompió el silencio con voz suave pero firme.
—Bruno… te pido una tregua, ¿vale? Lo tengo todo dolorido por dentro, me arde cada vez que me muevo. Hasta la noche, por favor… solo boca y nada más. Necesito recuperarme.
Él frunció el ceño, decepcionado, pero asintió a regañadientes.
—Está bien, te doy tregua. Pero esta noche te lo voy a dar mucho más duro. Quiero que tiembles.
Camila sintió un escalofrío. La crudeza con que lo dijo le produjo una mezcla de nervios y un calor traidor entre los muslos. No respondió; se acurrucó más para disimular.
La mano de Bruno, sin embargo, no se quedaba quieta. Bajó por su espalda, acarició la curva de sus nalgas, primero suave y después con intención.
—Ven… ponte aquí, a mi lado —murmuró, palmeando el sofá.
Ella se tumbó boca abajo, la cabeza apoyada en su muslo, el sexo de él a la altura de su cara.
—Ábrela —pidió con voz ronca.
Camila se lo metió despacio, sin prisa, dejando que la saliva lo cubriera. Mientras subía y bajaba, él deslizó una mano entre sus muslos y la encontró húmeda, resbaladiza. Metió dos dedos de golpe, curvándolos hacia arriba, buscando el punto que la hacía temblar.
—Mmm… —gimió ella alrededor de él, el sonido vibrante y amortiguado.
El salón se llenó de ruidos húmedos: los dedos entrando, la succión rítmica de su boca, los gemidos bajos de ambos. Camila empujó la cadera contra su mano sin darse cuenta, buscando más.
—Así… córrete para mí —susurró Bruno, sumando un tercer dedo y frotando el clítoris con el pulgar.
No tardó. El placer subió en oleadas rápidas. Soltó el sexo un segundo para jadear.
—¡Me corro…! —gritó, la voz entrecortada.
El orgasmo la atravesó. Tembló entera, la cara hundida en el muslo de él, gimiendo contra su piel mientras la mano de Bruno quedaba empapada.
***
La tarde pasó entre siestas cortas, algún capítulo más de la serie y charlas ligeras que evitaban nombrar lo que vendría por la noche. Camila se había puesto una camiseta vieja de él que le tapaba medio muslo, sin nada debajo. Había una calma extraña entre los dos, casi de pareja descansando un sábado cualquiera.
Ella giró la cabeza, con el pelo revuelto cayéndole sobre un ojo.
—Oye… ¿puedo preguntarte algo?
—Claro. Lo que quieras.
—¿Cómo terminaste en esto? Siempre pareces tan seguro cuando estamos solos, pero cuando hablas delante de Daniel te pones rojo y apenas levantas la vista. No encaja.
Bruno soltó una risa baja, casi amarga.
—No soy tan seguro como parezco. De hecho, soy un desastre con las mujeres. De pequeño era el gordito al que nadie elegía. Crecí, engordé más, y las chicas no me miraban, o si lo hacían era para reírse. Tuve un par de novias en la universidad, pero siempre me dejaban porque «les faltaba emoción» o «necesitaban a alguien más activo». Me quedó la idea de que no valgo lo suficiente. Bueno para hablar, para escuchar, para ser el amigo… pero no para un futuro.
Camila lo miró con los ojos muy abiertos.
—No me lo creo. A mí me haces sentir cosas que nadie me había hecho sentir.
—Porque tú eres distinta. Eres dulce, no juzgas. Y cuando te toco siento que por primera vez alguien me desea de verdad. No sé si es porque estás «experimentando», pero me gusta. Mucho.
Ella se incorporó apoyándose en los codos.
—No es solo por experimentar —murmuró, aunque la voz le tembló—. Me gustas. Me haces sentir viva.
Hubo un silencio cómodo. Bruno le apartó un mechón de la cara.
—¿Y tú? Cuéntame. ¿Cómo llegaste aquí? De un pueblo, prometida… y ahora estás conmigo.
Camila soltó una risa nerviosa y se abrazó las rodillas.
—Mi pueblo era pequeño, todos se conocían. Mi madre me repetía que tenía que ser «buena chica», que el sexo era para después de casarse, que los hombres solo quieren una cosa. Cuando conocí a Mateo en la ciudad me pareció perfecto: serio, trabajador, con planes. Me pidió matrimonio y le dije que sí porque me sentía segura. Pero el sexo con él era rápido, siempre igual. Nunca me preguntaba qué me gustaba, y yo no sabía pedir nada, porque ni siquiera sabía que podía. A veces hasta siento que él me oculta algo, como un presentimiento.
Hizo una pausa, mirando las sábanas arrugadas.
—Cuando empecé a notar que faltaba algo, me asusté. ¿Iba a pasarme la vida insatisfecha? ¿Iba a engañarlo algún día porque no aguantaba más? Por eso busqué la terapia. Pensé que me ayudaría a entender. Y bueno… aquí estabas tú.
—¿Y ahora qué sientes?
Ella suspiró, con una sonrisa pequeña y triste.
—Por un lado siento que estoy traicionando a Mateo, porque al final es lo que es. Pero también que por primera vez estoy conociendo mi cuerpo. Y eso me da miedo, porque no sé si podré volver atrás cuando todo esto termine.
Bruno le acarició la mejilla con el pulgar.
—No tiene que terminar todavía. Podemos seguir practicando. Por tu matrimonio… o por ti.
Camila lo miró un momento largo. Luego se inclinó y lo besó despacio.
—Creo que ya no sé distinguir entre las dos cosas —susurró contra sus labios.
De pronto él soltó una risita y le dio un pellizco suave en la nalga.
—Oye… hablando de mi vida amorosa, ¿te cuento algo?
—Cuéntame.
—A mí las mujeres me decían feo… hasta que veían mi cartera.
Camila frunció el ceño y miró la habitación: muebles sencillos, ropa tirada, un portátil viejo. Nada que gritara dinero.
—¿Tu cartera? Pero si no pareces de los que van tirando billetes…
—Exacto —contestó él, conteniendo la risa—. Y entonces, después de verla… me decían feo y pobre.
Ella se quedó en blanco un segundo. Parpadeó una vez. Dos. Y de golpe lo captó. La carcajada le subió desde el estómago; se dobló sobre él, temblando, con lágrimas asomándole a los ojos.
—¡Eres un idiota! —logró decir entre risas, dándole golpecitos en el pecho.
—¿Ves? —dijo él, riendo también—. Al final me quedo con las que se ríen de mis chistes malos.
Camila levantó la cara, roja, y le dio un beso rápido.
—Eres terrible… pero me haces reír como nadie.
***
Antes de la cena, con el sol bajando y la luz volviéndose anaranjada, Bruno se estiró en el sofá y la miró con esa sonrisa lenta que ella ya empezaba a reconocer.
—Camila… ven aquí —dijo, palmeándose el muslo y bajándose el pantalón hasta los tobillos—. Quiero que me la chupes otra vez. Me tienes loco todo el día.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Otra vez? Joder, ¿cómo tienes tanto aguante? Mi prometido rara vez repite en todo un fin de semana, y tú llevas… ¿cuántas ya? ¿Tres? ¿Cuatro?
Bruno se encogió de hombros, acariciándose despacio.
—Contigo es distinto. Me miras con esa cara de buena chica que quiere hacerlo todo bien y se me pone dura otra vez.
Camila se mordió el labio, entre divertida e impresionada por lo rápido que él pasaba de lo dulce a lo descarado. Se arrodilló sin discutir. Empezó despacio, lamiendo de la base a la punta, y luego succionó con fuerza, moviendo la lengua en círculos. Él le apartó el pelo para verla mejor.
—Así… entera —jadeó.
Ella bajó hasta rozar la base con los labios, controlando la respiración. Repitió el movimiento cada vez más rápido, dejando un hilo grueso de saliva, hasta que él la apartó.
—Suficiente… sube aquí.
La ayudó a sentarse a horcajadas. Camila apoyó las rodillas a ambos lados de sus caderas, se alineó con una mano y se dejó caer despacio. El grosor la abrió de golpe; soltó un gemido largo y ronco.
—Mmm… qué llena me dejas.
Bruno le agarró las nalgas con las dos manos, amasándolas mientras ella empezaba a moverse. Subió la camiseta y se lanzó a chuparle los pechos, primero un pezón y después el otro. Camila echó la cabeza hacia atrás.
—¡Ah! ¡Sí…! —jadeó, acelerando.
Cada vez que bajaba, el choque era seco y rítmico. De vez en cuando se inclinaba y lo besaba con lengua, besos profundos y húmedos, mientras seguía rebotando. El primer orgasmo llegó sin aviso.
—¡Me corro…! —gritó contra su boca, la vagina contrayéndose en espasmos.
Él no paró de empujar desde abajo. Apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento cuando el segundo la alcanzó, más intenso aún.
—¡Otra vez…! ¡Joder…! —chilló, clavándole las uñas en los hombros.
Bruno gruñó, sintiendo las contracciones apretarlo. Le rodeó la cintura con los brazos y la pegó a su pecho.
—Ahora yo… dentro, todo dentro —jadeó contra su cuello.
Empujó hacia arriba una última vez, enterrándose hasta la raíz, y se vació. Camila sintió cada pulsación profunda. Cuando terminó, se quedaron así un rato: ella encima, todavía empalada, los dos respirando agitados y pegados.
Apoyó la frente en el hombro de él, temblando.
—Joder… me has dejado temblando.
—Y esto no es nada —murmuró Bruno, con una sonrisa satisfecha—. Espera a la noche.
Camila sintió de nuevo ese nudo de nervios y anticipación en el estómago, pero esta vez no dijo nada. Solo cerró los ojos, con el calor de él dentro y una entrega que ya no estaba segura de si era solo por sexo… o si había empezado a gustarle el paquete entero.