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Relatos Ardientes

El camionero que se quedó con mi novia en la autovía

Noelia y Rubén llevaban casi dos horas con el pulgar levantado al borde de la autovía, las mochilas tiradas en la grava ardiente. Era un mediodía de agosto que no perdonaba: el sol golpeaba como un mazo y el asfalto temblaba a lo lejos, como si el aire mismo se estuviera derritiendo. Habían salido de Murcia rumbo a Zaragoza para ver a unos amigos, pero el dinero apretaba y decidieron probar suerte sin pagar tren ni autobús.

Ella tenía veintitrés años y una de esas presencias que hacían girar cabezas sin proponérselo. Piel morena, melena negra y ondulada hasta media espalda, ojos color avellana con un brillo travieso que rara vez se apagaba. Esa mañana se había puesto unos pantalones cortos vaqueros y una camiseta blanca de tirantes que el sudor le iba pegando al cuerpo, marcándole una silueta que ningún conductor pasaba por alto.

Rubén, dos años mayor, era guapo de gimnasio: alto, hombros anchos, barba de tres días. La quería con una mezcla de orgullo y miedo que no sabía nombrar. Cada vez que un coche pasaba despacio y alguien la devoraba con la mirada, él sentía un nudo en el estómago.

—Como no pare nadie pronto, nos cocinamos vivos —murmuró ella, abanicándose con una revista vieja.

Entonces lo oyeron. Un rugido grave que se acercaba, y un camión articulado viejo, de pintura descolorida y remolque cubierto de polvo, redujo la marcha y se echó al arcén con un chirrido de frenos.

***

La ventanilla del copiloto bajó con un zumbido defectuoso. Dentro, apoyado en la puerta con un brazo grueso, había un hombre que rondaba los cincuenta y muchos. Calvo en la coronilla, con el pelo de los lados pegado por el sudor, barba descuidada y una sonrisa torcida de dientes amarillos. Olía a tabaco negro y a gasolina, un olor que entró en la cabina antes que su voz.

—¿Adónde vais, parejita? —gruñó, ronco.

—A Zaragoza —respondió Rubén deprisa, poniéndose por instinto delante de Noelia.

El camionero —Genaro, dijo llamarse— soltó una risa grasienta sin apartar los ojos del escote de ella.

—Os llevo hasta donde queráis. Pero la chica va delante, conmigo. No quiero al niñato distrayéndome mientras conduzco.

Noelia miró a Rubén un segundo, dudando. El calor era insoportable y no había pasado otro coche en media hora.

—Venga, amor… solo un tramo —susurró ella, apretándole la mano—. No pasa nada.

Rubén tragó saliva y asintió. Subieron. Él se acomodó como pudo en el hueco de atrás, entre cajas y botellas vacías; ella ocupó el asiento del copiloto, rozando sin querer la barriga de Genaro al pasar. El hombre inhaló hondo, como si se la estuviera bebiendo.

El camión arrancó con un bramido.

***

El aire acondicionado estaba roto y la cabina era un horno. Genaro conducía con una mano en el volante y la otra descansando en la palanca de cambios, peligrosamente cerca del muslo desnudo de Noelia. Cada vez que metía una marcha, los nudillos le rozaban la piel, justo bajo el borde de los pantalones cortos.

Ella miraba por la ventanilla como si el paisaje árido fuera lo más fascinante del mundo. Pero notaba la mirada del hombre clavada en su escote cada pocos segundos. La camiseta empapada se había vuelto casi transparente.

—Hueles bien, nena —dijo Genaro de pronto, olfateando el aire como un animal—. ¿Perfume?

—Desodorante, creo —se rio ella, nerviosa, cruzando las piernas.

—Mentira. Eso es olor a hembra. —Se rascó la panza con la mano libre—. Tú eres de las que se mojan solo con que las mire un viejo como yo, ¿a que sí?

Desde atrás, Rubén sintió que la voz no le salía. Quería decir algo, cortar aquello, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Y, para su propia vergüenza, notó que se le endurecía la entrepierna. Era una erección traicionera, ridícula, porque al lado de la presencia bruta del camionero se sentía pequeño en todos los sentidos.

Genaro giró la cabeza hacia Noelia con una sonrisa cruel.

—Me estás poniendo cachondo, guapa, con esas tetas rebotando en cada bache. ¿Te importa si me acomodo? Llevo horas conduciendo y me aprieta.

Sin esperar respuesta, se llevó la mano a la bragueta. La cremallera estaba medio rota; le bastó con bajar el botón y abrirse el pantalón. Metió la mano dentro y se sacó el sexo sin el menor pudor.

Noelia abrió los ojos como platos. Rubén se inclinó un poco hacia delante para ver, y lo que vio le heló la sangre. Era enorme, gruesa, venosa, oscura. Comparada con la suya, parecía pertenecer a otra especie.

—Mírala bien, parejita —dijo Genaro, dándose un par de meneos lentos—. Esto sí que es de un hombre de verdad. No como los juguetitos que llevan los niñatos de ahora.

Noelia no podía apartar la vista. Su respiración se había acelerado. Intentó disimular cruzando los brazos sobre el pecho, pero solo consiguió apretarse las tetas y marcar más los pezones bajo la tela mojada.

—¿Qué pasa, chico? —dijo Genaro mirando a Rubén por el retrovisor—. ¿Te da envidia que tu novia no le pueda quitar los ojos de encima a una polla de verdad?

—Genaro… por favor… —tartamudeó Noelia—. Solo queremos que nos lleves a Zaragoza.

—Tranquila, guapa, que os llevo. Pero antes, ¿por qué no me ayudas un poco? Solo un toquecito. Mira cómo late por ti.

***

Extendió la mano libre, cogió la de ella y la guió despacio hacia su entrepierna. Noelia no se resistió del todo. Los dedos le temblaban cuando rozaron la piel caliente y tensa. Esto no debería estar pasando, pensó, esto no debería gustarme. Pero su cuerpo no la escuchaba.

Rubén soltó un sonido ahogado desde atrás, sin saber él mismo si era rabia, vergüenza o algo más turbio que prefería no nombrar.

Genaro la dejó hacer un momento, observándola con esos ojos pequeños y satisfechos. Luego, sin pedir permiso, le pasó la mano por encima de la camiseta y le apretó un pecho, amasándolo con torpeza, pellizcándole el pezón entre el pulgar y el índice.

—Joder, qué duras las tienes… —gruñó—. ¿El niñato de atrás te las chupa bien? Porque yo te las dejaría rojas.

Noelia dejó escapar un gemido involuntario, mitad protesta, mitad otra cosa. Intentó apartarle la mano, pero él apretó más.

—No… por favor… —susurró, aunque la voz le salió débil, temblorosa, sin la firmeza de un no de verdad.

—¿Por favor que pare o por favor más fuerte? —se rio él, y le bajó el tirante de un tirón. La camiseta cedió y un pecho quedó al aire. Genaro se inclinó, sin soltar del todo el volante, y lo atrapó con la boca, chupando con ruido.

Rubén, atrás, estaba paralizado. Lo veía todo: la boca del camionero devorando a su novia, la espalda de ella arqueándose sin querer, sus caderas moviéndose apenas, buscando un roce que la cabina entera parecía negarle. Di algo. Haz algo. Lo que sea. Pero no se movió.

Genaro levantó la cabeza, con un hilo de saliva colgándole del labio.

—Mira, cornudito —dijo dirigiéndose a Rubén por el retrovisor—. Mira cómo se derrite tu novia con un hombre de verdad. ¿La has hecho gemir así alguna vez? Yo creo que no. Yo creo que cuando se la metes, ella finge.

—Eso no… —empezó Noelia, intentando defenderlo.

Pero salió una risita nerviosa, traidora, que dijo más que cualquier palabra.

***

—Venga, dilo —insistió Genaro, mirándola fijo—. Dile a tu novio la verdad. Dile cuál de las dos prefieres.

Noelia respiraba agitada. Buscó los ojos de Rubén en el espejo. Había vergüenza en su mirada, sí, pero también algo más oscuro, casi juguetón, una grieta que ella no se había atrevido a mirar en dos años de relación.

—Es… es verdad, amor —dijo al fin, entre risas contenidas, casi maliciosas—. La tuya es pequeñita. Y esta… joder, esta es otra cosa. Lo siento.

Rubén sintió que el mundo se le venía encima. La cara le ardió de humillación. Y, sin embargo, su propio sexo dio un salto dentro del pantalón, delatándolo por completo.

Genaro soltó una carcajada que hizo temblar la cabina entera.

—¡Ja! ¿Lo has oído, niñato? Tu novia se ríe de ti. Y tiene razón. —Agarró a Noelia por la nuca con su mano grande y la atrajo hacia su regazo—. Ven aquí, guapa. Demuéstrame que lo dices en serio.

Ella se dejó llevar, casi sin pensarlo, la cara a centímetros de él. Cerró los ojos un instante, como si necesitara reunir el último resto de cordura que le quedaba. Y luego abrió la boca y dejó que la tomara, despacio, primero apenas, después con ganas, con una entrega que jamás le había mostrado a Rubén en toda su relación.

Genaro la sujetaba por el pelo, marcándole el ritmo, mientras el camión seguía devorando kilómetros de autovía recta y vacía. Cada cierto tiempo levantaba la vista al retrovisor para asegurarse de que el otro lo estaba viendo todo.

—Eso es —jadeaba—. Aprende, cornudo. Así se trata a una mujer.

Rubén no apartó la mirada ni un segundo. No habría podido aunque hubiera querido. Tenía el corazón golpeándole en las costillas, las manos cerradas en dos puños inútiles sobre las rodillas y una erección dolorosa que lo avergonzaba más que cualquier palabra de Genaro. Soy patético, pensó. Y no puedo dejar de mirar.

***

El kilómetro siguiente se hizo eterno. Noelia se incorporó por fin, jadeante, los labios hinchados, el pelo revuelto donde el camionero la había agarrado. Tenía las mejillas encendidas y una expresión que Rubén no le conocía: una mezcla de vergüenza y de hambre, como quien acaba de descubrir una puerta que llevaba años fingiendo no ver.

—Hay una área de servicio dentro de diez minutos —dijo Genaro, subiéndose el pantalón a medias, todavía sonriendo—. Pararemos a estirar las piernas. Y vosotros dos vais a aprender unas cuantas cosas más.

Noelia no contestó. Se acomodó el tirante de la camiseta sin demasiado convencimiento y volvió a mirar a Rubén por el retrovisor. Esta vez no había risa nerviosa. Solo una pregunta muda, directa, que lo dejó sin aire.

—¿Te ha gustado mirar? —dijo en voz baja, para que el rugido del motor casi se la tragara.

Rubén abrió la boca. La cerró. Y al final, derrotado, asintió con la cabeza una sola vez.

Ella sonrió, lenta, como si acabara de ganar algo que llevaba mucho tiempo buscando. Fuera, el cartel azul del área de servicio empezaba a recortarse contra el cielo blanco de agosto, y el camión, con su carga de polvo y de secretos nuevos, puso el intermitente y empezó a frenar.

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Comentarios (5)

Pirata_Sur

tremendo relato!!! me tuvo al borde todo el tiempo

MikeBA_99

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber que paso despues de eso...

SofiaK_91

excelente, de los mejores que lei en mucho tiempo

RodriViajero

Me recuerda a un viaje que hice hace años por ruta. Nunca supe bien que pensar de esa situacion jaja pero el relato esta muy bueno.

Luciana_BA

Eso paso de verdad? porque se siente muy real la forma en que lo contas. Buen relato!

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