Recibí sola al técnico de la lavadora esa mañana
Yo casi no uso la lavadora. Alguna prenda suelta, las zapatillas del gimnasio y poco más. Quien la castigaba era Damián, mi marido, que tenía la manía de lavar cada dos días. Tanto la exigió que un martes cualquiera empezó a hacer un ruido seco, como de metal contra metal, y a la mañana siguiente ya olía a quemado. No hubo discusión: tocaba cambiarla.
La buscamos juntos. Él rastreó modelos en internet durante toda una tarde y el sábado fuimos a verlas en persona. Elegimos una que entraba justa en el hueco del lavadero y, sobre todo, que prometían entregar pronto, porque a Damián se le acumulaba la ropa de trabajo. Quedó pactado para el miércoles.
El lunes me avisó que ese día le era imposible quedarse en casa. Me pidió que yo recibiera la entrega. Tuve que pedir el miércoles libre en la oficina, cosa que no me costó demasiado: arrastraba semanas sin tomarme un respiro.
El martes por la tarde confirmaron que venían entre las diez y media y el mediodía. Y el miércoles amaneció como casi todos: con Damián de buen humor y con ganas. Lo dejé hacer, lento y rico, antes de que se metiera a la ducha. Yo me quedé tirada en la cama, desnuda, con las sábanas revueltas y el cuerpo flojo. Él se vistió, me dio un beso en la frente y se fue.
Me volví a dormir. Sabía que esa gente nunca llega puntual, así que ni puse alarma.
Me despertó el interfón, un timbrazo largo que me sacó de golpe del sueño. Corrí descalza al telefonillo.
—¿Sí? —dije, todavía ronca.
—Buenos días, ¿la señora Renata? Venimos a entregarle la lavadora. ¿Podemos subir a revisar dónde se instala antes de bajarla del camión?
—Sí, claro, le abro. Quinto piso.
Colgué y entré en pánico de los buenos. Abrí el armario y agarré lo primero que vi: un short corto que apenas me tapaba medio trasero y un top sin tirantes. Estaba terminando de subírmelo cuando sonó el timbre de la puerta. Ni tiempo de buscar ropa interior. Me revolví el pelo con los dedos para disimular la marca de la almohada y abrí.
—Buen día, pase.
—Buenos días, señora Renata. Soy el técnico, vengo a instalarle el equipo. Si me indica dónde va, le echo un vistazo.
—El lavadero está pegado a la cocina. Sígame.
Caminé delante. Sentí su mirada clavada en mi espalda, bajando. Murmuraba algo que no entendí.
—Perdón, no le escuché —dije girándome a medias.
—Digo que tiene muy lindos… cuadros. Y el departamento es muy acogedor.
Sonreí sin contestar. Al llegar al lavadero me di cuenta del desastre: no había guardado los cestos de ropa sucia. El grande, donde Damián tiraba lo suyo, con una camisa y un jean revueltos. Y el chico, el mío, con un short y dos tangas a la vista. Por la cara que puso, las vio antes de que yo pudiera reaccionar.
Hizo como que medía el hueco, miraba el enchufe, volvía a mirar el cesto y después a mí. Disimulaba mal.
—Si le estorban los cestos los corro —ofrecí.
—No se preocupe.
—En serio, deje. —El pasillo del lavadero era estrecho y él no se movió un centímetro, así que para llegar al cesto tuve que rozarme entera contra su cuerpo. Metí el cesto chico dentro del grande—. Así tiene más espacio. —Y al salir volví a rozarle, esta vez con la cadera.
—Bueno, vamos a subir la lavadora.
Salió al pasillo y lo escuché hablar por radio con alguien.
—Subila ya, y no sabés lo bien que está la señora del quinto.
Me quedé fría y, a la vez, no del todo molesta. Recién entonces caí en que no había terminado de acomodarme la ropa. El top, torcido, dejaba ver el nacimiento de mis pechos por debajo. El short se me había enrollado en la cadera, de modo que no solo asomaban mis nalgas por el corte, sino que más arriba se me marcaba todo. No me lo arreglé. Algo en mí decidió que estaba bien así.
***
A los pocos minutos volvieron dos. El técnico y un compañero más joven, cargando la lavadora nueva entre los dos. El otro no me sacaba los ojos de encima.
—Tenías razón —le dijo por lo bajo, y los dos se rieron.
Desempacaron en la sala, dejaron el cartón tirado y sacaron la vieja para poner la nueva en su lugar. Yo vigilaba que no golpearan nada.
—La que no sirve, ¿se la llevan? —pregunté.
—Uf, señora, eso no viene incluido —dijo el joven.
—¿Cómo que no? Por favor, ayúdenme. ¿Quién me la va a sacar después?
—Llamá a ver qué te dicen —le ordenó el técnico al otro, y le guiñó un ojo.
El joven marcó, explicó la situación y colgó.
—Nada, señora. Como esa no la vendimos nosotros, no nos la podemos llevar.
Me los quedé mirando, mordiéndome el labio, encogiendo los hombros.
—No sean así. Pídanme lo que quieran, pero bájenmela, por favor.
Se miraron entre ellos. Lo comentaron en voz baja.
—Bueno —cedió el joven—. La apoyamos. Pero no vaya a decir nada, ¿eh?
—Son un amor. Yo bajo con ustedes y me llevo el cartón.
Los tres nos metimos en el ascensor. Ellos detrás, murmurando, yo sintiendo cómo me recorrían con la vista y sin poder, o sin querer, decir nada. Dejé el cartón en el contenedor, les indiqué dónde poner la lavadora vieja y subí de nuevo.
Cuando volvieron, les ofrecí algo de tomar. En eso le sonó el teléfono al joven: lo reclamaban en el almacén por un error de carga. El técnico le dijo que se fuera tranquilo, que él terminaba de instalar.
***
—Bueno, señora, voy a conectar y programar el equipo para probarlo.
—¿Seguro no quiere nada? Pongo café.
—No quiero distraerla.
—Para nada. Ya bastante hicieron bajando la otra, me salvaron de dejar la sala hecha un desastre.
Fui a la alacena, saqué el café y lo preparé sin prestar mucha atención a lo que él hacía. Aunque lo sentía. Sentía cómo me miraba, con un detenimiento que rozaba el morbo. Lo raro fue que no me incomodaba. Al contrario: me ponía coqueta sin proponérmelo, sin pensar que aquello fuera a llegar a ningún lado.
—Aquí tiene. El azúcar está al lado. —Quedamos uno frente al otro. Yo sonreí; él me recorrió de arriba abajo sin disimulo—. Espero que esté bueno.
—Está buenísima… —Se frenó—. El café, digo. Voy a seguir.
Justo entonces me llamaron de la oficina. Necesitaban unos archivos y solo yo sabía dónde estaban. Fui a buscar mis apuntes y volví a la cocina, dando vueltas, nerviosa, hablando de papeles que nadie encontraba, como si el técnico no existiera. Lo sentía mirándome todo el tiempo. Corté la llamada y, al levantar la vista, lo vi con mi ropa en la mano: el short, el top y las dos tangas.
—Señora, ¿hay problema si hago una prueba rápida con esta ropa? Poquita, para que sea corto.
—Ya la tiene en la mano. Qué más da. Adelante.
—Venga para acá, yo le voy indicando los botones y usted los aprieta.
Me puso entre la lavadora y su cuerpo. Me iba diciendo qué tocar, cuántos minutos esperar, cuándo echar el detergente y el suavizante. Cada tanto se arrimaba, y yo lo achacaba al espacio reducido.
—¿Qué tal? ¿Está a gusto con lo que siente?
—Sí, tranquila de tener lavadora otra vez —contesté, haciéndome la tonta.
—¿Y le gusta sentir esto? —Y me apretó la dureza de su entrepierna contra el trasero.
—¡Oiga! ¿Qué le pasa?
—No te hagas. Desde que llegué que querés esto. —Se restregó con más ganas, las manos subiéndome por la cintura hasta los pechos—. Mirá lo rica que estás y cómo te vestiste.
—No, déjeme, suélteme. —Lo sentía cada vez más duro contra mí. La respiración se me empezó a acelerar. Intenté zafar y no pude—. Por favor, no siga.
—Lo estás disfrutando, no lo niegues. —Me besó el cuello, deslizó las manos bajo el top y me dejó los pechos al aire—. Qué suaves.
Me tomó una mano y se la llevó por encima del pantalón, para que sintiera lo que escondía.
—Sentí lo que te espera.
Yo respiraba entrecortado, los pezones duros, notando cómo me humedecía sin querer.
—No siga, déjeme… —jadeé, pero sin soltarlo—. Mmm.
***
—Vení para acá. —Me arrastró hasta la barra de la cocina, con los pechos al aire. Me apoyó contra el mármol, me tomó de las nalgas y bajó la boca—. Qué buena estás.
Mis jadeos se volvieron gemidos. Él lo notó y siguió bajando: el abdomen, el vientre, hasta deslizarme el short por las piernas. Ya no me resistía. Me arrodillé contra el filo de la barra cuando su lengua encontró el centro de mí, y le hundí los dedos en el pelo para empujarlo más adentro.
—Ay, sí, así —dije sin reconocer mi propia voz—. No pares.
Cuando empecé a escurrirme se levantó y me besó en la boca, haciéndome saborear todo, lo que me prendió todavía más. Después fui yo la que bajó. Le solté el pantalón, lo tomé entero y me dediqué a él con la lengua, los labios, despacio y después con ganas, hasta hacerlo gemir.
—Pinche señora, qué bien lo hacés —murmuró—. Ya quiero metértela.
Me llevó de vuelta al lavadero.
—La vamos a estrenar. —Me inclinó sobre la tapa de la lavadora, me dio una palmada y abrió mis piernas con la rodilla—. Abrite.
—Sí, metémela ya, no aguanto más. —Apoyé los pechos contra el metal frío. Entre sus embestidas y el roce del filo, llegué a mi primer orgasmo casi enseguida, y él no aflojó—. Ahí, sí, me vengo.
Lo sentí temblar y vaciarse dentro de mí, gimiendo contra mi nuca. Se fue ablandando de a poco hasta salir, todo mojado.
—Límpiela, ¿eh? —dijo.
Pasé la lengua y me lo metí entero en la boca. Cuanto más lo lamía, más volvía a endurecerse.
***
—Vení. —Me llevó al sillón, me sentó con las piernas abiertas y volvió a hundir la cara entre ellas—. Te voy a comer hasta que te empapes.
—Mmm, sí, más. —Me retorcía entera. Los gemidos me salían cada vez más fuertes, hasta que algo se rompió por dentro—. Ya me vengo, no… —Y le mojé la cara entera de golpe, un temblor que no controlé—. Perdón, no imaginé que iba a venirme así.
—Me acabás de confirmar lo caliente que sos —dijo, subiendo a besarme los pechos y la boca—. Y no creo que quieras parar.
—No, no quiero. —Lo agarré de la mano y lo llevé a la habitación. Todavía olía a sexo, las sábanas revueltas por la mañana con Damián—. Disculpe el desorden de la cama.
Lo tumbé y le recorrí los muslos con la lengua hasta llegar arriba. Lo besé, lo lamí, me lo metí entero hasta el fondo mientras él me empujaba la cabeza con las dos manos. Después me trepé en sentido contrario para quedar uno sobre la boca del otro. Sentí su lengua subir, abrirme, buscar más atrás de la cuenta.
—Ahí no —dije, agitada—. Ahí no.
—Decime que no te gusta y paro.
—No es eso… pero no, ahí no. —Respiraba con dificultad—. Mejor metémela de nuevo.
Me le monté y fui bajando despacio, a sentones, los pechos rebotando en cada movimiento.
—Qué rico, más, no pares. —Aceleré hasta el borde de otro orgasmo, con él abriéndome las nalgas y besándome los pechos—. Me vengo, me vengo.
Me quedé quieta, temblando, pero él seguía empujando.
—Ya no aguanto —dije, todavía jadeando—. Quiero que me la metas atrás. Rompémela.
—Claro. ¿Pensabas que te iba a perdonar ese culo? —Me acomodó en la entrada y me dejé caer sobre él—. Qué rica estás.
—Mmm, sí.
—Y mirá que te hacías la difícil, diciendo que no.
—No quería. Pero la culpa es de mi marido, por no hacerlo esta mañana.
—Pinche señora… Casada y poniéndole los cuernos. Entonces la leche de las sábanas es del cornudo.
—No le digas así. Mejor seguí, que la siento riquísima.
Me puso en cuatro.
—Quiero ver cómo lo goza ese culo tuyo. —Me dio otra palmada y entró de golpe. Mis gritos no pararon.
—Toda, la quiero toda, hasta que me rompas.
Las embestidas se aceleraron, él gimiendo cada vez más fuerte, hasta que lo sentí terminar dentro mientras yo me venía una vez más.
***
Quedamos un rato tirados, sin fuerzas. Él se limpió contra mi cuerpo, se levantó y se vistió. Antes de irse me besó.
—La veo en una semana, señora. Hay que terminar de calibrar el equipo. —Y sonrió de una manera que no dejaba dudas.
Salió de la habitación. Justo entonces sonó mi teléfono: era Damián, preguntando cómo había ido todo.
—Ya terminaron de instalarla, mi amor. Hasta me ayudaron a bajar la vieja. Eso sí, el técnico dice que tiene que volver en una semana a terminar de configurarla, así que voy a tener que pedir otro día libre… Sí, yo también te amo. Lindo día.
Mientras colgaba, escuché la puerta del departamento cerrarse despacio.