Creyó que su marido la engañaba y se vengó
Hay engaños que no existen hasta que alguien decide creerlos. Estas son dos mujeres que se inventaron una infidelidad, se vengaron en la cama del hombre que sus maridos más despreciaban y descubrieron tarde el tamaño de su error. Una lo pagó con todo. La otra tuvo más suerte de la que merecía.
Marisol oyó la llave girar en la cerradura. Estaba sentada en el sillón del salón, recién duchada, con una bata que ya no le servía para nada. Se había restregado el cuerpo bajo el agua hasta dejárselo en carne viva, como si la esponja pudiera borrar lo que había hecho una hora antes en el piso de Gustavo. No se borraba.
Cerró los ojos y volvió, sin querer, a aquella habitación: las manos húmedas de aquel hombre al que siempre había encontrado repugnante apretándole la nuca, obligándola a tragar, mientras el móvil grababa todo desde la cómoda. Lo había elegido precisamente por eso, porque sabía cuánto lo odiaba Adrián. Quería que doliera. Vaya si dolió.
El teléfono había sonado minutos atrás. Su marido ya había visto el vídeo.
—Así que esta fue tu venganza, ¿eh? —la voz de Adrián salía rota, irreconocible—. Ni una pregunta. Ni un grito. Solo querías herirme donde más doliera. Y con ese, encima.
—Adrián, yo… estaba ciega —balbuceó ella.
—No estabas ciega. Buscaste una excusa. Nadie en su sano juicio hace lo que tú hiciste si todavía quiere salvar algo. Ya querías romperlo. Ni te molestaste en comprobar nada.
—Te juro que pensé que Carla y tú…
—Jamás te engañé. ¿Que te tenía abandonada? Sí. Me mataba a trabajar para juntar la entrada de una casa en las afueras de Sevilla. Esa iba a ser mi sorpresa. —Se le quebró la voz—. Y esta fue la tuya.
Colgó. Cuando Adrián entró por la puerta, no la miró. Fue directo al dormitorio, descolgó dos maletas del altillo del armario y empezó a meter su ropa. Marisol intentó seguirlo; él la frenó en seco con la palma de la mano abierta, sin tocarla, como quien aparta algo sucio.
El móvil de ella empezó a vibrar. Un mensaje. Otro. Otro más. Adrián estaba escribiendo en todos los grupos que compartían, los del trabajo, los de la familia, los de siempre: «Os aviso de que Marisol y yo ya no estamos juntos. ¿El motivo?». Y debajo, en cada grupo, comenzó a cargarse el vídeo. Ella supo exactamente cuál era. Se dobló sobre sí misma en un llanto que no tenía fondo.
—Quería venganza —dijo Adrián a nadie, arrastrando las maletas hacia la puerta—. Ahí la tiene. Le llegarán los papeles del divorcio.
Y se fue. Marisol supo que no había vuelta atrás.
Esa misma noche se presentó en casa de sus padres. La echaron como a un perro. Adrián ya los había llamado, ya les había enseñado los mensajes, ya les había mostrado el vídeo para que no quedara ninguna duda.
—Me das asco —le dijo su padre desde el umbral, sin dejarla pasar—. Ninguna mujer que haga lo que tú hiciste duerme bajo este techo.
Acabó en el sofá de su hermana Rocío, que la acogió a regañadientes y a cambio de un sermón de dos horas. Para entonces el vídeo ya volaba por media ciudad. Su cuerpo desnudo, y sobre todo con quién y cómo, lo habían visto cientos de personas. Perdió el trabajo. Perdió los contactos. Perdió hasta las ganas de salir a la calle.
Tuvo que marcharse. En España no podía ni comprar el pan sin que alguien la señalara. Cruzó el océano y terminó en Asunción, con otro nombre y otro color de pelo. Pero el desarraigo la fue hundiendo: primero el alcohol, después cosas peores, después un hombre tan roto como ella. Tres años en los que dejó de ser una persona.
Fueron su padre y Rocío quienes viajaron a buscarla. La encontraron convertida en un espantapájaros, todavía hermosa por debajo de la ruina, pero con la mirada vacía. La internaron seis meses. Cuando salió había recuperado la cordura. No había recuperado nada más.
Rocío le dio trabajo en su mercería para que se reconstruyera poco a poco. Y, cuando el escándalo por fin se apagó y nadie la miraba raro por la calle, Marisol cometió su último error: empezó a buscar a Adrián. Removió cielo y tierra. Él había renunciado, se había mudado, se lo había tragado la tierra. Lo único que sacó en limpio, tras humillarse de nuevo ante sus suegros, fue que seguía vivo.
Una tarde entró en la mercería una mujer de su edad, morena, con el pecho hinchado y un sujetador de lactancia asomando bajo la blusa. Preguntó por ella por su nombre.
—Soy Noelia —dijo—. Vengo a darte las gracias y a pedirte dos favores.
—No entiendo nada.
—Vamos por partes. Conocí a mi pareja en una consultora hace años. Estaba casado y locamente enamorado de su mujer. Yo me moría por él y jamás me miró. Solo tenía ojos para ella. Hasta que ella le hizo una salvajada. —Marisol empezó a temblar—. ¿Hace falta que te diga el nombre?
—Adrián —susurró.
—El mismo. El que destrozaste pensando que se acostaba con Carla. ¿Sabías que tenía la casa de Sevilla casi señada? Por eso no te tocaba. No porque no te quisiera, sino porque estaba reventado de trabajar. Y tú, en vez de preguntar, te metiste en la boca a aquel cerdo y lo grabaste para que el mundo entero lo viera.
Marisol lloraba sin poder defenderse.
—Todavía lo amo —fue lo único que consiguió decir.
—Tarde. Gracias a tu estupidez, Adrián es mío. Me costó un año entero engancharlo, ¿sabes? Un año detrás de un hombre que te seguía amando como un perro fiel. Renunció, lo seguí, monté una empresa con él. Sangre, sudor y lágrimas. Y todo te lo debo a ti.
—¿Y vienes a restregármelo?
—Vengo por los dos favores. El primero. —Le tiró un sobre sobre el mostrador—. Firma los papeles del divorcio. El segundo: déjalo en paz. Ya tenemos un hijo. Lo perdiste tú solita.
Noelia se dio la vuelta y salió. Marisol la siguió hasta la puerta como una sonámbula. En la acera esperaba un hombre con un bebé en brazos. Era Adrián. Su Adrián. Los vio alejarse abrazados, los tres, y por fin comprendió que aquella tarde, frente al piso de Gustavo, no se había vengado de nadie: se había ejecutado a sí misma.
***
La puerta del ascensor se cerraba y Damián estaba dentro, pálido, mirando la pantalla del móvil. Yo me quedé clavada en el rellano, incapaz de entrar con él.
—¿Le pasa algo, señora? —me preguntó el de seguridad.
—No… no, ya me voy.
No quería esperar a Damián. No habría sabido qué decirle. Esa mañana me había vengado en el sofá del despacho de Hugo, su jefe, el hombre al que mi marido más detestaba en el mundo, y alguien se había encargado de que las fotos le llegaran al móvil mientras estaba en la oficina. Yo creía tener pruebas de que Damián me engañaba. Una tarjeta de hotel, un par de mensajes ambiguos. Bastó para que mi orgullo decidiera por mí. Más estúpida no puedo ser.
Cuando llegué a casa me metí en la ducha. Me sentía sucia, manchada, como si Hugo me hubiera usado y tirado. Bajo el agua me volvió su imagen encima de mí, embistiendo con esa sonrisa de dueño que yo había buscado a propósito para herir a Damián donde más le ardiera. En el momento me había parecido una venganza perfecta. Ahora solo me daban ganas de arrancarme la piel.
Si lo de la tarjeta hubiera sido verdad, quizá me habría tocado allí mismo, recordando la tarde, saboreando mi revancha. Pero no había revancha. Me senté en el plato de la ducha con la mente en blanco. No lloré. Nunca lloraba. Siempre fui la dura, la de carácter, la que tenía la última palabra en casa.
Damián llegó antes de las siete, cuando yo salía del baño. Lo encontré en el dormitorio metiendo su ropa en una bolsa, deshecho, sin una palabra para mí.
—Damián, para. Tenemos que hablar.
Nada. Era como si no me oyera. Entonces entró Tomás, nuestro hijo, y entendió en un segundo que su padre se marchaba.
—No, papá, no te vayas…
Aquello me partió en dos. Le arranqué la bolsa de las manos y la apreté contra mi pecho.
—Tomás, ve a tu cuarto. Papá y yo tenemos que hablar.
Cuando se cerró la puerta, lo miré a los ojos.
—La que lo arruinó todo fui yo. Si alguien tiene que irse de esta casa, soy yo. Pero antes vas a escucharme. Tienes que saber por qué lo hice.
—Dame la bolsa. No quiero oírte. Lo hecho, hecho está.
Hubiera preferido que me insultara, que me gritara, hasta que me cruzara la cara. Me lo merecía. Pero Damián no era así: tan sensible, tan callado, tan incapaz de hacer daño. Eligió la peor manera de castigarme. El silencio.
No se fue de casa. Se mudó al altillo, a un colchón sin sábanas, y desde esa noche dejamos de existir el uno para el otro salvo por Tomás.
Necesitaba saber qué había pasado en la oficina. Llamé a la secretaria de Hugo haciéndome la tonta. Me contó que Damián había bajado del ascensor, le había dejado la chaqueta, le había pedido que avisara al jefe de que renunciaba y se había marchado sin una escena. Ni un grito, ni un golpe. Me quedé más tranquila por un lado y más rota por otro: ni siquiera se había permitido la rabia.
Pasaron dos meses así. Damián volvió a sentarse a la mesa por Tomás, pero comía con la vista en el plato y subía al altillo en cuanto terminaba. Yo probé todas mis armas, las de siempre: la mujer fuerte, la autoritaria, la que imponía su voluntad sobre todos. No servían de nada. Solo hacían más hondo el pozo.
Una noche subí a llevarle unas sábanas y me eché a llorar en la escalera. Fue ahí, llorando por primera vez en mi vida, cuando entendí dos cosas. La primera, que no me había vengado por amor herido, sino por el carácter de mierda que arrastraba desde niña, ese que confundía orgullo con razón. La segunda, que amaba a Damián. No por costumbre ni por Tomás. Lo amaba de verdad, y lo había descubierto justo cuando lo estaba perdiendo.
Llegó mi cumpleaños. Tomás entró corriendo a la cama con un regalo: un abrigo de una diseñadora que yo seguía desde hacía años y que jamás habríamos podido permitirnos. «Fue papá», dijo el niño, encantado. Más tarde, espiando el historial del ordenador, descubrí que Damián lo había encargado tres semanas atrás. Después de lo que le hice. Esa fue la prueba de que, por debajo del rencor, todavía quedaba algo vivo.
—Veo que te queda bien —fue todo lo que me dijo, seco, sin acercarse.
—Damián, ¿cuándo vas a dejar que te explique?
—Ya me lo explicaste con las fotos.
No me rendí. Dejé de imponer y empecé a pedir. Le preparaba lo que le gustaba, le devolvía su espacio, dejaba que fuera él quien marcara los tiempos con Tomás. Tardó meses, pero una noche, después de acostar al niño, lo encontré sentado en la escalera del altillo con dos copas de vino. No dijo «te perdono». Dijo algo más difícil.
—Lo que más me duele no es lo que hiciste. Es que lo hiciste sin preguntarme. Como si quince años no valieran una sola pregunta.
—Lo sé —respondí, y por una vez no había orgullo en mi voz—. No te pido que olvides. Te pido que me dejes volver a empezar.
Me miró largo rato. Después me tendió una de las copas. Esa noche bajó del altillo. No hubo sexo ni grandes frases; solo se durmió abrazado a mí, como hacía siglos que no dormíamos. A la mañana siguiente me dijo que había reservado un crucero, un mes entero, los tres. Un nuevo comienzo.
Aprendí la lección por las malas: la justicia que una se toma a ciegas casi nunca cae sobre quien creemos. A veces solo cae sobre nosotras mismas. Tuve mucha más suerte de la que merecía, y no pienso desperdiciar esta segunda oportunidad.