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Relatos Ardientes

Creyó que su marido la engañaba y se vengó

Hay engaños que no existen hasta que alguien decide creerlos. Estas son dos mujeres que se inventaron una infidelidad, se vengaron en la cama del hombre que sus maridos más despreciaban y descubrieron tarde el tamaño de su error. Una lo pagó con todo. La otra tuvo más suerte de la que merecía.

Marisol oyó la llave girar en la cerradura. Estaba sentada en el sillón del salón, recién duchada, con una bata que ya no le servía para nada. Se había restregado el cuerpo bajo el agua hasta dejárselo en carne viva, como si la esponja pudiera borrar lo que había hecho una hora antes en el piso de Gustavo. No se borraba.

Cerró los ojos y volvió, sin querer, a aquella habitación. Se había presentado en la puerta con la falda más corta que tenía y sin bragas debajo, y en cuanto Gustavo abrió, ella le puso la mano en la bragueta antes de que el otro pudiera decir hola. «Vengo a follar», soltó, con la voz temblándole de rabia. A Gustavo se le puso el ojo brillante de cerdo con suerte. La metió de un tirón, le arrancó la blusa por los botones y la empujó contra la pared del recibidor. Le agarró las tetas por encima del sujetador, se las sacó, y empezó a mamárselas con esa boca babosa que a ella siempre le había dado repugnancia. Marisol se dejó, incluso le clavó las uñas en la nuca para que aquello quedara claro en el vídeo que ya estaba grabando desde la cómoda.

—Vas a saber lo que es una polla, guapa —le gruñó Gustavo al oído mientras le metía dos dedos entre las piernas y comprobaba, con una sonrisa asquerosa, que estaba mojada—. Mira cómo chorreas, y decías que te daba asco.

Ella no le contestó. Se le echó de rodillas al suelo y le abrió el cinturón como si tuviera prisa por acabar con aquello. Le bajó los pantalones y los calzoncillos de un solo tirón. La polla le saltó a un dedo de la cara, gorda, con las venas marcadas, y Marisol pensó, con un asco que la hizo tragar saliva, que era exactamente esa polla la que iba a destruir a Adrián. La agarró por la base y se la metió en la boca hasta el fondo, sin coger aire, tragando arcadas para que el móvil pillara bien el ángulo, bien la garganta, bien la baba corriéndole por la barbilla. Gustavo le sujetó la nuca y empezó a follarle la boca con embestidas cortas y sucias, chocándole el glande contra la campanilla.

—Así, zorra, así, traga entera —jadeaba él, mirando a la cámara—. Que tu maridito vea cómo me la mamas.

Ella lo miró desde abajo con los ojos llenos de lágrimas, se sacó la polla de la boca, la escupió, la volvió a tragar, se la pasó por la cara, se la restregó por las tetas. Cada gesto era un cuchillo pensado para Adrián. Cuando Gustavo la levantó del pelo y la echó boca abajo sobre la cómoda, justo delante del móvil, Marisol arqueó el culo por su cuenta y se abrió las nalgas con las dos manos para que se le viera todo. El coño hinchado, el ojete, la falda arrugada en la cintura. Gustavo se escupió en la mano, se la untó en la punta y la penetró de una embestida seca, hasta los cojones. Marisol soltó un gemido gutural que salió del odio, no del placer, y aun así el placer también estaba ahí, mezclado, y eso era lo peor de todo.

—Más fuerte —le pidió con los dientes apretados, buscando la cámara—. Más fuerte, cabrón, rómpeme.

Y Gustavo la rompió. La agarró por el pelo como quien coge a una perra por la correa y empezó a metérsela con toda la mala hostia que llevaba dentro. Le pegaba los muslos contra el culo con cada estocada, le sonaban las nalgas, se le movían las tetas colgando por encima del canto de la cómoda. Ella se corrió sin quererlo, con una convulsión sucia y culpable, apretándole el coño en oleadas, mientras seguía mirando fijo al teléfono. Gustavo se la sacó, la volteó, la sentó en el borde y le abrió las piernas hasta arriba. Se la volvió a meter en esa postura, hasta el fondo, sin dejar de mirar la cámara, tirándole de un pezón, dándole de vez en cuando una bofetada floja en la cara para dejar constancia en el vídeo del desprecio con que la trataba.

—Ábrete —le ordenó al final, jadeando—. Ábrete la boca, que te la voy a llenar.

Marisol se arrodilló otra vez frente a él, con las tetas fuera, la boca abierta, la lengua hacia adelante como una zorra de vídeo porno, exactamente lo que Adrián iba a ver. Gustavo se la meneó dos veces sobre la cara y se corrió a chorros: en la lengua, en la nariz, en las mejillas, en el pelo. Ella tragó lo que le cabía, tragó despacio para que se viera bien, se pasó el dedo por la mejilla, recogió lo que se le había quedado ahí y se lo llevó también a la boca. Miró al objetivo del móvil sin parpadear, con la cara embadurnada, y esa fue la última imagen que grabó antes de detener la cámara. La imagen que unas horas después estaría en el teléfono de su marido.

El teléfono había sonado minutos atrás. Su marido ya había visto el vídeo.

—Así que esta fue tu venganza, ¿eh? —la voz de Adrián salía rota, irreconocible—. Ni una pregunta. Ni un grito. Solo querías herirme donde más doliera. Y con ese, encima.

—Adrián, yo… estaba ciega —balbuceó ella.

—No estabas ciega. Buscaste una excusa. Nadie en su sano juicio hace lo que tú hiciste si todavía quiere salvar algo. Ya querías romperlo. Ni te molestaste en comprobar nada.

—Te juro que pensé que Carla y tú…

—Jamás te engañé. ¿Que te tenía abandonada? Sí. Me mataba a trabajar para juntar la entrada de una casa en las afueras de Sevilla. Esa iba a ser mi sorpresa. —Se le quebró la voz—. Y esta fue la tuya.

Colgó. Cuando Adrián entró por la puerta, no la miró. Fue directo al dormitorio, descolgó dos maletas del altillo del armario y empezó a meter su ropa. Marisol intentó seguirlo; él la frenó en seco con la palma de la mano abierta, sin tocarla, como quien aparta algo sucio.

El móvil de ella empezó a vibrar. Un mensaje. Otro. Otro más. Adrián estaba escribiendo en todos los grupos que compartían, los del trabajo, los de la familia, los de siempre: «Os aviso de que Marisol y yo ya no estamos juntos. ¿El motivo?». Y debajo, en cada grupo, comenzó a cargarse el vídeo. Ella supo exactamente cuál era. Se dobló sobre sí misma en un llanto que no tenía fondo.

—Quería venganza —dijo Adrián a nadie, arrastrando las maletas hacia la puerta—. Ahí la tiene. Le llegarán los papeles del divorcio.

Y se fue. Marisol supo que no había vuelta atrás.

Esa misma noche se presentó en casa de sus padres. La echaron como a un perro. Adrián ya los había llamado, ya les había enseñado los mensajes, ya les había mostrado el vídeo para que no quedara ninguna duda.

—Me das asco —le dijo su padre desde el umbral, sin dejarla pasar—. Ninguna mujer que haga lo que tú hiciste duerme bajo este techo.

Acabó en el sofá de su hermana Rocío, que la acogió a regañadientes y a cambio de un sermón de dos horas. Para entonces el vídeo ya volaba por media ciudad. Su cuerpo desnudo, y sobre todo con quién y cómo, lo habían visto cientos de personas. Perdió el trabajo. Perdió los contactos. Perdió hasta las ganas de salir a la calle.

Tuvo que marcharse. En España no podía ni comprar el pan sin que alguien la señalara. Cruzó el océano y terminó en Asunción, con otro nombre y otro color de pelo. Pero el desarraigo la fue hundiendo: primero el alcohol, después cosas peores, después un hombre tan roto como ella. Tres años en los que dejó de ser una persona.

Fueron su padre y Rocío quienes viajaron a buscarla. La encontraron convertida en un espantapájaros, todavía hermosa por debajo de la ruina, pero con la mirada vacía. La internaron seis meses. Cuando salió había recuperado la cordura. No había recuperado nada más.

Rocío le dio trabajo en su mercería para que se reconstruyera poco a poco. Y, cuando el escándalo por fin se apagó y nadie la miraba raro por la calle, Marisol cometió su último error: empezó a buscar a Adrián. Removió cielo y tierra. Él había renunciado, se había mudado, se lo había tragado la tierra. Lo único que sacó en limpio, tras humillarse de nuevo ante sus suegros, fue que seguía vivo.

Una tarde entró en la mercería una mujer de su edad, morena, con el pecho hinchado y un sujetador de lactancia asomando bajo la blusa. Preguntó por ella por su nombre.

—Soy Noelia —dijo—. Vengo a darte las gracias y a pedirte dos favores.

—No entiendo nada.

—Vamos por partes. Conocí a mi pareja en una consultora hace años. Estaba casado y locamente enamorado de su mujer. Yo me moría por él y jamás me miró. Solo tenía ojos para ella. Hasta que ella le hizo una salvajada. —Marisol empezó a temblar—. ¿Hace falta que te diga el nombre?

—Adrián —susurró.

—El mismo. El que destrozaste pensando que se acostaba con Carla. ¿Sabías que tenía la casa de Sevilla casi señada? Por eso no te tocaba. No porque no te quisiera, sino porque estaba reventado de trabajar. Y tú, en vez de preguntar, te metiste en la boca a aquel cerdo y lo grabaste para que el mundo entero lo viera.

Marisol lloraba sin poder defenderse.

—Todavía lo amo —fue lo único que consiguió decir.

—Tarde. Gracias a tu estupidez, Adrián es mío. Me costó un año entero engancharlo, ¿sabes? Un año detrás de un hombre que te seguía amando como un perro fiel. Renunció, lo seguí, monté una empresa con él. Sangre, sudor y lágrimas. Y todo te lo debo a ti.

—¿Y vienes a restregármelo?

—Vengo por los dos favores. El primero. —Le tiró un sobre sobre el mostrador—. Firma los papeles del divorcio. El segundo: déjalo en paz. Ya tenemos un hijo. Lo perdiste tú solita.

Noelia se dio la vuelta y salió. Marisol la siguió hasta la puerta como una sonámbula. En la acera esperaba un hombre con un bebé en brazos. Era Adrián. Su Adrián. Los vio alejarse abrazados, los tres, y por fin comprendió que aquella tarde, frente al piso de Gustavo, no se había vengado de nadie: se había ejecutado a sí misma.

***

La puerta del ascensor se cerraba y Damián estaba dentro, pálido, mirando la pantalla del móvil. Yo me quedé clavada en el rellano, incapaz de entrar con él.

—¿Le pasa algo, señora? —me preguntó el de seguridad.

—No… no, ya me voy.

No quería esperar a Damián. No habría sabido qué decirle. Esa mañana me había vengado en el sofá del despacho de Hugo, su jefe, el hombre al que mi marido más detestaba en el mundo, y alguien se había encargado de que las fotos le llegaran al móvil mientras estaba en la oficina. Yo creía tener pruebas de que Damián me engañaba. Una tarjeta de hotel, un par de mensajes ambiguos. Bastó para que mi orgullo decidiera por mí. Más estúpida no puedo ser.

Cuando llegué a casa me metí en la ducha. Me sentía sucia, manchada, como si Hugo me hubiera usado y tirado. Bajo el agua me volvió su imagen encima de mí, en aquel sofá de cuero negro que olía a colonia cara. Yo había entrado en el despacho con un vestido rojo, sin bragas, decidida a llevarme por delante quince años de matrimonio en una sola tarde. Hugo se levantó de la mesa con esa sonrisa de dueño que a Damián le sacaba de quicio, cerró la puerta con llave y me dijo, sin más preámbulo:

—Ponte contra el cristal. Que se te vea desde la calle.

Y obedecí, imbécil de mí. Me subí el vestido hasta la cintura, pegué las tetas contra el ventanal de la planta veintitantos y le enseñé el culo desnudo. Hugo se me arrimó por detrás, me abrió las piernas de una patada, me metió la mano por delante y comprobó, con dos dedos, que estaba mojada. «Menuda putita me ha salido la mujer de Damián», me dijo al oído, y yo, en vez de darle una bofetada, le eché el culo hacia atrás y le rocé la bragueta. Ya se le notaba dura por debajo del pantalón de traje.

Me arrastró al sofá, me arrancó el vestido por arriba, me dejó solo con los tacones y me tiró boca arriba. Se abrió la bragueta sin bajarse los pantalones del todo, se sacó la polla —gorda, gruesa, con la punta ya brillante—, y se me acercó a la cara. «Chúpala, guapa. Chúpasela a tu marido en boca ajena.» Yo abrí la boca y me la tragué entera. Me la metió hasta la garganta, se la saqué, se la volví a tragar, le pasé la lengua por los huevos, le miré desde abajo mientras él sacaba el móvil. Ahí fue cuando hizo la primera foto. La escuché, el clic seco del obturador, y en vez de asustarme me creció por dentro una excitación negra: sí, hazla, hazlas todas, que las vea Damián, que sepa lo que le hago. Fue el peor pensamiento de mi vida.

Me tumbó boca arriba en el sofá y me abrió las piernas con las dos manos. No hubo preliminares. Me metió la polla de golpe, sin condón, sin permiso, y empezó a follarme como si llevara años esperando ese momento. El sofá crujía debajo de mí, yo le clavaba los tacones en la espalda del traje, y él, con el móvil en una mano, me iba haciendo fotos de la cara, de las tetas rebotando, del coño abierto encajándole la polla hasta el fondo. «Mira a la cámara, mírala bien», me ordenaba, y yo miraba, porque también era eso lo que había ido a buscar. Me hizo ponerme a cuatro patas en el sofá, con el culo alzado. Me la metió otra vez, tirándome del pelo, y con la mano libre me apretaba el ojete con el pulgar. «Este de aquí también me lo llevo otro día», me susurró, riéndose, y yo me corrí de rabia y de asco al oírlo, apretándole la polla en espasmos.

Terminó como sabía que iba a terminar. Me sacó, me obligó a girarme, se la meneó encima de la cara y se corrió a chorros en la boca, en el mentón, en las tetas, dejándome un reguero blanco desde el cuello hasta los pezones. Hizo la última foto en ese instante: yo con los ojos cerrados, la lengua fuera, cubierta de semen ajeno. Esa fue la que le llegó a Damián en el despacho, en su ordenador, delante de todos sus compañeros. Esa fue la puñalada. Y la había firmado yo con mi propia cara.

Bajo el agua de la ducha me volvía cada detalle, cada foto, cada palabra sucia. En el momento me había parecido una venganza perfecta. Ahora solo me daban ganas de arrancarme la piel.

Si lo de la tarjeta hubiera sido verdad, quizá me habría tocado allí mismo, recordando la tarde, saboreando mi revancha. Pero no había revancha. Me senté en el plato de la ducha con la mente en blanco. No lloré. Nunca lloraba. Siempre fui la dura, la de carácter, la que tenía la última palabra en casa.

Damián llegó antes de las siete, cuando yo salía del baño. Lo encontré en el dormitorio metiendo su ropa en una bolsa, deshecho, sin una palabra para mí.

—Damián, para. Tenemos que hablar.

Nada. Era como si no me oyera. Entonces entró Tomás, nuestro hijo, y entendió en un segundo que su padre se marchaba.

—No, papá, no te vayas…

Aquello me partió en dos. Le arranqué la bolsa de las manos y la apreté contra mi pecho.

—Tomás, ve a tu cuarto. Papá y yo tenemos que hablar.

Cuando se cerró la puerta, lo miré a los ojos.

—La que lo arruinó todo fui yo. Si alguien tiene que irse de esta casa, soy yo. Pero antes vas a escucharme. Tienes que saber por qué lo hice.

—Dame la bolsa. No quiero oírte. Lo hecho, hecho está.

Hubiera preferido que me insultara, que me gritara, hasta que me cruzara la cara. Me lo merecía. Pero Damián no era así: tan sensible, tan callado, tan incapaz de hacer daño. Eligió la peor manera de castigarme. El silencio.

No se fue de casa. Se mudó al altillo, a un colchón sin sábanas, y desde esa noche dejamos de existir el uno para el otro salvo por Tomás.

Necesitaba saber qué había pasado en la oficina. Llamé a la secretaria de Hugo haciéndome la tonta. Me contó que Damián había bajado del ascensor, le había dejado la chaqueta, le había pedido que avisara al jefe de que renunciaba y se había marchado sin una escena. Ni un grito, ni un golpe. Me quedé más tranquila por un lado y más rota por otro: ni siquiera se había permitido la rabia.

Pasaron dos meses así. Damián volvió a sentarse a la mesa por Tomás, pero comía con la vista en el plato y subía al altillo en cuanto terminaba. Yo probé todas mis armas, las de siempre: la mujer fuerte, la autoritaria, la que imponía su voluntad sobre todos. No servían de nada. Solo hacían más hondo el pozo.

Una noche subí a llevarle unas sábanas y me eché a llorar en la escalera. Fue ahí, llorando por primera vez en mi vida, cuando entendí dos cosas. La primera, que no me había vengado por amor herido, sino por el carácter de mierda que arrastraba desde niña, ese que confundía orgullo con razón. La segunda, que amaba a Damián. No por costumbre ni por Tomás. Lo amaba de verdad, y lo había descubierto justo cuando lo estaba perdiendo.

Llegó mi cumpleaños. Tomás entró corriendo a la cama con un regalo: un abrigo de una diseñadora que yo seguía desde hacía años y que jamás habríamos podido permitirnos. «Fue papá», dijo el niño, encantado. Más tarde, espiando el historial del ordenador, descubrí que Damián lo había encargado tres semanas atrás. Después de lo que le hice. Esa fue la prueba de que, por debajo del rencor, todavía quedaba algo vivo.

—Veo que te queda bien —fue todo lo que me dijo, seco, sin acercarse.

—Damián, ¿cuándo vas a dejar que te explique?

—Ya me lo explicaste con las fotos.

No me rendí. Dejé de imponer y empecé a pedir. Le preparaba lo que le gustaba, le devolvía su espacio, dejaba que fuera él quien marcara los tiempos con Tomás. Tardó meses, pero una noche, después de acostar al niño, lo encontré sentado en la escalera del altillo con dos copas de vino. No dijo «te perdono». Dijo algo más difícil.

—Lo que más me duele no es lo que hiciste. Es que lo hiciste sin preguntarme. Como si quince años no valieran una sola pregunta.

—Lo sé —respondí, y por una vez no había orgullo en mi voz—. No te pido que olvides. Te pido que me dejes volver a empezar.

Me miró largo rato. Después me tendió una de las copas. Esa noche bajó del altillo. No hubo sexo ni grandes frases; solo se durmió abrazado a mí, como hacía siglos que no dormíamos. A la mañana siguiente me dijo que había reservado un crucero, un mes entero, los tres. Un nuevo comienzo.

Aprendí la lección por las malas: la justicia que una se toma a ciegas casi nunca cae sobre quien creemos. A veces solo cae sobre nosotras mismas. Tuve mucha más suerte de la que merecía, y no pienso desperdiciar esta segunda oportunidad.

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Comentarios(8)

NadiaSol88

que final!!! me dejo sin palabras, que relatazo

Rodrigo_ba

tremenda la protagonista, tiene mas agallas que muchos hombres jajaja. me encantó

Maru_Cba

Me enganché desde el primer párrafo. Se siente real y eso es lo más dificil de lograr, felicitaciones

SoledadR22

me recordó algo que yo sospechaba hace años... aunque yo no hice nada tan drástico jajaj. Muy bien narrado

ManuelRba

Lo que más me gustó es la tensión que fuiste construyendo antes del desenlace. Seguí así!

CuriosaLectora

cortisimo!!! quiero saber qué pasó despues de esa escena, necesito continuación

RobertoM_46

Excelente relato, tiene ese morbo justo que no cae en lo burdo. La protagonista es muy creíble, no la típica... me gustó mucho. Espero mas historias así.

Tano_Mdz

alguien mas quedo pensando en lo que pasó al final? tremendo giro

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