Acepté esa cita sabiendo que traicionaría a Daniel
El mensaje llegó a media tarde, mientras doblaba la ropa de Daniel sobre la cama que compartíamos desde hacía nueve años. Era de un número que no tenía guardado, pero supe enseguida de quién se trataba. «Reservé la suite del último piso. Si no quieres venir, no vengas. Pero creo que los dos sabemos que vas a venir.» Lo firmaba con una sola inicial: A.
Lo había conocido tres semanas antes, en la inauguración de la galería donde trabajaba mi hermana. Andrés tenía esa forma de mirar que no pedía permiso y, al mismo tiempo, no exigía nada. Hablamos veinte minutos junto a la mesa del champán, sobre cuadros que ninguno de los dos entendía, y cuando me preguntó por mi anillo le dije la verdad: que estaba casada y que era feliz. Él sonrió como si eso no cambiara nada.
No estaba mintiendo. Era feliz. Ese era el problema.
Daniel y yo nos queríamos con esa calma de pareja antigua, de domingos largos y silencios cómodos. No me faltaba nada. Y precisamente por eso aquel mensaje me quemaba en la mano: porque no había excusa, ni venganza, ni descuido del que culparlo. Solo estaba yo, de pie en mi propio dormitorio, deseando algo que no tenía derecho a desear.
Borré el mensaje. Después lo recuperé. Después miré la hora durante una eternidad.
—¿Pasa algo? —preguntó Daniel desde el sofá, sin levantar la vista del partido.
—Voy a salir un rato con Carla —mentí, y la facilidad con que me salió la mentira me asustó más que la mentira misma.
***
El hotel estaba en el centro, uno de esos edificios de cristal donde el conserje no te mira a la cara. Subí en el ascensor con el corazón golpeándome en el cuello y el reflejo de una mujer que no reconocía del todo en las puertas espejadas. Llevaba el vestido negro que Daniel decía que le gustaba. Me pregunté si eso me hacía peor persona o solo más cobarde.
Andrés abrió antes de que terminara de llamar. Iba sin zapatos, con la camisa abierta en el cuello, y olía a algo cálido y limpio que no era el perfume de mi marido. Me quedé en el umbral.
—Pensé que no vendrías —dijo.
—Yo también lo pensé.
Entró sin tocarme, dejando la puerta abierta a mi espalda, como una pregunta. La habitación tenía un ventanal enorme con la ciudad encendida abajo, una cama amplia y dos copas servidas sobre la mesa baja. Todo medido, todo esperándome. Di un paso adentro y cerré la puerta yo misma. Ese gesto, el clic seco del pestillo, fue mi primera decisión real de la noche.
—Si te arrepientes, te vas —dijo él, tendiéndome una copa—. No tengo nada que demostrar.
—No me trates como si fuera de cristal.
Él se rio, bajo, sorprendido. Y entonces fui yo quien acortó la distancia.
***
El primer beso no tuvo nada de tímido. Llevaba tres semanas imaginándolo y cuando por fin pasó fue casi un alivio, como soltar un peso que había cargado en secreto. Andrés me sostuvo la nuca con una mano y me dejó marcar el ritmo, y yo lo besé con una urgencia que no sabía que guardaba dentro. Me sorprendió mi propia hambre. Me sorprendió no sentir culpa todavía, solo una claridad afilada y nueva.
Sus dedos encontraron el cierre del vestido y lo bajaron despacio, sin prisa, mientras su boca recorría mi cuello. Sentí el aire fresco de la habitación sobre la piel desnuda de la espalda y un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Cuando el vestido cayó al suelo, no me cubrí. Me quedé frente a él, mirándolo mirarme, y descubrí que me gustaba ser mirada así, con esa atención total que en casa había olvidado que existía.
—No tienes idea —murmuró él contra mi hombro— de cuánto pensé en esto.
—Cállate —dije, y lo empujé hacia la cama.
Cayó sentado en el borde y yo me coloqué sobre él, a horcajadas, sintiendo bajo el muslo lo mucho que me deseaba. Le abrí la camisa botón a botón, sin apuro, disfrutando del poder pequeño de hacerlo esperar. Era extraño y embriagante: en mi matrimonio yo era la que esperaba, la que se acomodaba al deseo del otro. Aquí, sobre aquel hombre que apenas conocía, descubrí que también sabía tomar.
Sus manos subieron por mis muslos, por mi cintura, y se detuvieron justo donde yo quería que siguieran. Lo besé para que entendiera. Cuando por fin sus dedos se deslizaron entre mis piernas, encontró una humedad que me hizo enrojecer y que a él le arrancó un gemido ronco contra mi boca.
—Así —dije, y guié su mano con la mía—. Así, más despacio.
Y él obedeció. Esa fue otra cosa que aprendí esa noche: cuánto me gustaba que un hombre escuchara.
***
Lo tumbé de espaldas y me tomé mi tiempo. Recorrí su pecho con la boca, bajé por su vientre, sintiendo cómo contenía la respiración cada vez que me detenía un segundo de más. Cuando lo tomé con la mano y luego con los labios, Andrés enredó los dedos en mi pelo y dejó escapar mi nombre como si fuera una palabra prohibida. Mariela. Lo dijo dos veces. Nadie lo pronunciaba así, con esa especie de asombro.
Pero no quería que terminara de ese modo, ni él tampoco. Me incorporó, me hizo subir de nuevo sobre él, y esta vez no hubo más juego. Me sostuvo las caderas y yo me dejé caer despacio, sintiéndolo abrirse paso, llenándome de una manera que me cortó la respiración. Me quedé quieta un instante, con la frente apoyada en la suya, asimilando lo que estaba haciendo, lo lejos que había llegado, lo imposible que sería volver atrás.
Y luego empecé a moverme.
Marqué yo el ritmo, lento al principio, profundo, observando cómo se le tensaba la mandíbula cuando lo apretaba contra mí. Él intentó acelerar y yo lo frené con una mano en el pecho. Quería sentirlo todo, cada centímetro, cada segundo robado a mi otra vida. La ciudad brillaba al otro lado del cristal y nadie en el mundo sabía dónde estaba yo ni lo que mi cuerpo estaba descubriendo de sí mismo.
—No voy a aguantar mucho si sigues así —jadeó él.
—Entonces no aguantes.
Lo dejé tomar el control. Me giró con un movimiento firme y se colocó sobre mí, y yo le rodeé la cintura con las piernas, atrayéndolo, exigiéndole. Cada embestida me arrancaba un sonido que ni siquiera reconocía como mío. Le clavé las uñas en la espalda, no por dolor, sino por aferrarme a algo mientras todo lo demás —mi nombre de casada, mi cocina ordenada, mis nueve años de promesas— se volvía irreal y distante.
El placer me alcanzó como una ola que llevaba demasiado tiempo conteniendo. No fue suave ni discreto. Me arqueé entera, temblando, y oí mi propia voz romperse en un gemido largo mientras me sacudía contra él. Andrés me siguió segundos después, con un gruñido ahogado contra mi cuello, su cuerpo entero rígido sobre el mío.
Después nos quedamos quietos, enredados, respirando el mismo aire húmedo y pesado. Sentía el corazón de él golpeando contra mi pecho, igual de desbocado que el mío.
***
No me dormí. Me quedé mirando el techo mientras él me acariciaba el brazo con la punta de los dedos, distraído, satisfecho. Esperaba la culpa. La esperé de verdad, como quien espera una factura que sabe que va a llegar. Pero no llegó, o no como yo creía que llegaría.
Lo que sentí, en cambio, fue algo más incómodo: una libertad enorme y aterradora. Durante años había creído que yo era una sola cosa, ordenada y predecible, la mujer de Daniel, la que doblaba camisas y decía la verdad. Y resulta que dentro de mí había otra, una que sabía desear sin pedir disculpas, que sabía mandar, que se gustaba a sí misma en el espejo de un hombre desconocido.
—¿En qué piensas? —preguntó Andrés.
—En que mañana voy a volver a mi casa —dije— y voy a fingir que esto no existió.
—¿Y vas a poder?
No le contesté. Me levanté, recogí el vestido negro del suelo y me vestí con calma frente al ventanal, dándole la espalda. No por pudor. Ya no me quedaba pudor esa noche. Sino porque no quería que viera en mi cara que la respuesta era no, que no iba a poder, que algo se había abierto dentro de mí y no sabía cómo volver a cerrarlo.
Bajé en el mismo ascensor de espejos. La mujer del reflejo seguía sin parecerse del todo a la que había subido, pero esta vez no aparté la mirada. La sostuve. Casi le sonreí.
Cuando llegué a casa, Daniel dormía con la lámpara encendida y un libro abierto sobre el pecho. Lo miré desde la puerta y lo quise, lo quise de verdad, con una ternura que dolía. Eso era lo más confuso de todo: que quererlo y haberlo traicionado podían vivir, sin contradecirse, en el mismo cuerpo.
Me acosté a su lado con cuidado de no despertarlo. Apagué la luz. Y en la oscuridad, con los ojos abiertos, supe que la verdadera infidelidad no había sido el cuerpo de otro hombre. Había sido descubrir que la mujer que yo creía ser era apenas la mitad de la que en realidad era. Y que esa otra mitad, ahora que la conocía, no pensaba volver a dormirse.