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Relatos Ardientes

El marido me pidió que domara a su mujer esa noche

Volver de las islas me había dejado una calma rara, casi sospechosa. Sabía que las posibilidades de cruzarme otra vez con Iván y su novia eran mínimas, así que evitaba a propósito los barrios donde solían moverse. Con vacaciones de sobra y el cansancio del avión encima, mi plan era simple: gimnasio, un baño en la piscina de la urbanización, relajarme y pedir la cena a domicilio. No imaginaba la noche que me esperaba.

***

Esa noche sonó el móvil. Era Quique, un viejo amigo que vive para salir.

—¿Qué, te animas a otro club de parejas? —me soltó sin preámbulos.

—Paso. Ya hemos ido a varios y siempre acaba siendo un fiasco. No por lo que pueda pasar, sino por los sitios. La gente, el ambiente. Sabes que soy un poco escrupuloso para eso.

Pero Quique es comercial y no está en ese puesto por casualidad. No sé con qué argumentos, consiguió que nos dieran pase libre en un local que los sábados vetaba la entrada a hombres solos salvo que fueran clientes muy selectos. Acabé cediendo, más por curiosidad que por ganas.

Me arreglé con calma y fuimos para allá. Llegamos temprano, antes de la apertura al público, algo que entendería más tarde. En la puerta nos recibió Hugo, que parecía ser el dueño, y me miró de arriba abajo sin disimulo. Detrás apareció Vanesa, que hizo lo mismo, solo que ella no se mordió la lengua.

—Joder, Quique, sí que has sabido elegir al amigo. Alto, fuerte y con esa mirada... Esta noche promete —dijo, y me agarró de la mano—. Ven, que te enseño la casa.

Mientras subíamos me lo fue mostrando todo: las dos barras, la zona reservada para parejas, las habitaciones con jacuzzi, el pasillo de las mamparas, la sala con la cruz de madera. Todo impecablemente limpio. Me indicó dónde podía quedarme y me pidió que no molestara a nadie salvo que me lo pidieran.

—Tú observa —me dijo guiñándome un ojo—. Aquí lo importante es saber esperar.

***

La gente empezó a llegar poco a poco. Eran clientes habituales: las mujeres entraban tapadas y se quitaban el abrigo nada más cruzar la puerta, quedándose con ropa que jamás se pondrían en la calle. Quique no tardó en desaparecer por el pasillo de las mamparas.

Cerca de medianoche entró una pareja que cambió el aire de la sala. La luz tenue no me dejaba verla bien desde mi rincón, pero cuando se acercaron a la barra ya no quedó ninguna duda: era Renata, la ejecutiva del banco donde tengo mis cuentas. La misma que llevaba semanas paralizando mi solicitud de hipoteca con una sonrisa de hielo. La tenía catalogada en mi cabeza como «espectacular e inaccesible».

Alta, melena rubia, ojos verdes muy claros. Cada vez que la veía en su despacho me imaginaba lo que sería bajarle los humos de algún modo. Verla ahí, con una falda imposible y saludando a Vanesa con familiaridad, me reventó algo por dentro.

Su marido era todo lo contrario: delgado, un poco más alto que ella, con un aire de suficiencia de hombre acostumbrado a mandar en su mundo y a obedecer en este. Habló un momento con Hugo, que enseguida hizo una señal a Vanesa. Ella charló con él y después miró directamente hacia donde yo estaba.

***

Vanesa cruzó la sala con el marido detrás.

—Bruno, te presento a Raúl —dijo, y nos dimos la mano.

La mía apretó con fuerza; la suya fue blanda, casi escurridiza. No me dejó ni abrir la boca.

—¿Qué te parece un sitio como este y la gente que venimos? —preguntó de golpe.

—Que todos venimos a lo mismo, de una forma u otra —respondí—. A buscar placer, a saltarnos la moral de turno, a romper con la rutina. A sentirnos vivos un rato.

Se rio, complacido.

—Eres joven, pero tienes las cosas claras. Me has caído bien. Ahora una pregunta personal, y quiero sinceridad: a mi mujer le gustan generosos. Que no sean tímidos. Por eso necesito que me cuentes de ti antes de seguir.

Yo llevaba una toalla anudada a la cintura, como casi todos los hombres del local. Aquello iba a facilitarme las cosas. Por lo que había visto de su mujer y de él, intuía perfectamente el papel que cada uno jugaba, y no tenía nada que perder.

—Pues va a ser que no —dije con toda la seriedad que pude.

Se quedó extrañado.

—¿Y eso por qué?

Deshice el nudo de la toalla y la dejé caer a un lado.

—Porque si tu mujer es esa rubia que está sola en la barra, está para comérsela. Pero no voy a recortarme nada solo para encajar en tus medidas.

Soltó una carcajada franca, miró hacia abajo y murmuró algo entre dientes. Yo subí la apuesta.

—Y viéndola un rato, creo que antes de nada habría que meterla en cintura. Tiene toda la pinta de mandar, de darte órdenes. Y a mí me gustan dóciles cuando las tengo delante.

La risa se le congeló en la cara.

—Has acertado en todo —dijo por fin—. Va a ser una noche memorable. Dos cosas: siempre con preservativo. Y otra, a ella le gusta muy duro.

—¿Y por detrás? —pregunté sin rodeos.

—Ahí es especial. Es muy difícil que se deje. Pero me pondría enfermo que lo intentaras.

Ya tenía toda la información. Era mi turno de poner condiciones.

—Llévala a la sala de la cruz. Tápale los ojos y átala. Yo voy en un minuto. Y dile a Hugo o a Vanesa que me dejen pasar.

—Hecho —asintió, con un brillo de desafío en la mirada.

***

Cuando me dirigía hacia allá, Vanesa me interceptó con un puñado de preservativos y los ojos como platos cuando le pedí los más grandes. La escena, al entrar, era perfecta. Renata estaba de espaldas, atada con muñequeras de cuero a la cruz de madera. Una venda negra le cubría los ojos y su cuerpo entero vibraba de anticipación: se notaba en la respiración entrecortada, en cómo se mordía el labio. Me acerqué despacio, sin hacer ruido, hasta quedar frente a ella. Le pasé la yema de los dedos por el brazo, de la muñeca al hombro. Un escalofrío la recorrió.

—¿Quién... quién está ahí? —preguntó, con la voz ronca.

No respondí. Me agaché y le tracé una línea con la lengua desde el ombligo hasta el nacimiento de los pechos. Ella arqueó la espalda y un gemido se le escapó.

—Por favor...

La agarré por la nuca y la besé. Fue un beso brutal, hambriento; le mordí el labio casi hasta hacerle daño y ella respondió con la misma urgencia, como si llevara años esperando algo así. La solté, dejándola jadeando.

—Esta noche yo mando —le susurré al oído—. Y a partir de ahora no te llamas Renata. Eres mi sumisa. ¿Lo entiendes?

Asintió con la cabeza, un gesto torpe y frenético.

—No. Con palabras.

—S-sí... soy tu sumisa —balbuceó.

—Bien. Solo hablarás cuando yo te lo permita. Y solo para suplicar.

***

Me arrodillé frente a ella y, sin aviso, le aparté el encaje con los dientes y clavé la lengua en la piel sensible del interior del muslo. Gritó, un sonido agudo que se transformó en un gemido largo. Mantuve ahí la boca, lamiéndola despacio, saboreando el rastro de su excitación, que ya empapaba el tejido.

—Te lo ruego... —suplicó, rompiendo mi primera regla.

Me levanté de golpe y le di una palmada en una nalga, no muy fuerte, pero suficiente para dejar una marca y arrancarle un chillido de sorpresa.

—¿Te he dado permiso para hablar? —pregunté con un susurro helado—. Parece que necesitas una lección.

Descolgué de la pared un látigo de tiras de cuero y dejé que rozaran su espalda, bajando hasta las nalgas. Contuvo la respiración.

El primer golpe cayó limpio y ella se estremeció, mordiéndose el labio para no gritar. El segundo, simétrico, dejó una línea rosada en su piel clara. Los siguientes fueron rápidos, más abajo, donde el muslo se une con el glúteo. Sus piernas cedieron un instante, sostenida solo por las muñecas, y un sollozo se le escapó: mezcla de dolor y de un placer insoportable.

—Ahora pide perdón por haber hablado sin permiso.

—Lo siento... lo siento, amo... perdóname —sollozó, completamente rendida.

La recompensa fue inmediata. Deslicé la mano entre sus piernas, aparté el encaje húmedo y encontré su clítoris, duro y latiendo. Se sobresaltó como si la atravesara una corriente.

—Esto es lo que se gana una buena sumisa —le dije, frotando despacio, en círculos precisos—. Esto te espera si obedeces.

La llevé al borde una y otra vez, frenando justo cuando estaba a punto de saltar, hasta que sus gemidos se volvieron un ronroneo continuo.

—Por favor... déjame... —suplicó, las lágrimas de pura frustración mojando la venda.

—Todavía no —dije, retirando la mano.

***

Me coloqué el preservativo con una lentitud que ella no podía ver pero sí intuir en el silencio. Me puse detrás, agarré mi sexo y lo paseé por su entrada, mojándolo con sus propios fluidos. Ella se movió, intentando atraparme.

—Paciencia —murmuré, apartándome.

Con una mano la sujeté por la cadera. Con la otra guié la punta hasta su entrada empapada y me quedé ahí, sintiendo el calor que desprendía.

—Ahora vas a pedirme que te haga mía.

Y sin más, me hundí en ella de una sola embestida, hasta el fondo. El grito que soltó no fue de dolor, sino de rendición absoluta. Su cuerpo se convirtió en un arco perfecto y sus pies casi se levantaron del suelo, colgada de las muñecas.

No le di tiempo a adaptarse. Empecé a embestirla con la dureza que su marido me había anunciado y que su cuerpo me pedía a gritos. Cada golpe era seco y profundo, y mis manos se hundían en su carne para tirar de ella hacia mí.

—¡Sí! ¡Así! ¡Más duro! —gritaba, rompiendo todas las reglas que le había impuesto, pero en ese momento su desobediencia era el mayor de los halagos.

La sala se llenó del sonido de nuestros cuerpos chocando y de sus gemidos incontrolables. La directora del banco, la mujer inaccesible, reducida a piel y nervios que solo pedían más.

—¿Te gusta cómo te la meto? —gruñí, inclinándome para morderle el hombro.

—¡Sí! ¡Soy tuya! —gritó, la voz desgarrada.

Sentí cómo sus piernas empezaban a temblar sin control. Su respiración se cortó y todo su cuerpo se contrajo a mi alrededor con una fuerza increíble. El orgasmo la recorrió como una ola, una convulsión que la sacudió contra las ataduras.

***

Pero yo no había terminado. Ni de lejos.

La desaté de la cruz y sus piernas no la sostuvieron: se desplomó al suelo, un montón de piel sudada y jadeante.

—Acabamos de empezar —dije, ayudándola a ponerse a cuatro patas—. Ahora aquí, así.

Obedeció sin resistencia, con el cuerpo ofrecido y la venda todavía húmeda. Me arrodillé detrás y volví a entrar de golpe. El grito esta vez fue de sorpresa y de placer renovado. La agarré de las caderas y la embestí sin tregua.

Fue entonces cuando vi a Raúl. Estaba de pie en el umbral, observándonos, tocándose despacio, con una sonrisa de pura felicidad. Cruzamos la mirada y me hizo un gesto con la cabeza: aprobación, permiso. La señal que esperaba.

Sin dejar de moverme, humedecí el pulgar con los fluidos que corrían por sus muslos y lo paseé por su otra entrada, rozándola con suavidad, una pregunta tácita. Ella se tensó un instante, un gemido de duda mezclado con curiosidad. Pero no se apartó. Al contrario: empujó ligeramente hacia atrás.

—¿Lo has hecho alguna vez? —le susurré.

—Solo un poco... nunca con algo tan grande —admitió, la cara pegada al suelo.

—Pues hoy aprendes.

***

Mientras la preparaba con calma, ella movió la cabeza, intentando frotarse contra el suelo para quitarse la venda, desesperada por ver al hombre que la estaba desmontando.

—No —ordené, sujetándola del pelo—. A ti no te toca ver. A ti te toca sentir.

Aquel acto de sumisión total fue demasiado para Raúl. Se acercó, caminando despacio, y se arrodilló junto a su cara.

—¿Lo ves cómo te comportas? —le siseó, con un desprecio que se mezclaba con la lujuria—. Nunca te había visto así, Renata. Nunca.

Ella se estremeció, pero no por mis manos: fue por sus palabras. Y entonces algo se rompió. Levantó la cabeza con la venda todavía puesta.

—¡Cállate tú, mequetrefe! —le escupió, la voz ya no de una sumisa, sino de una reina ofendida.

Raúl se rio, excitado, y le rozó la mejilla con la mano abierta, más como gesto de poder que de violencia.

—¡Te he dicho que te calles! Ahora no eres la directora del banco. Ahora eres mía y de él.

Pero la sumisión había encontrado su límite, y ese límite era él. Se irguió sobre los brazos, conmigo todavía dentro, y giró la cabeza hacia su voz.

—¿Yo? —rugió—. ¿Quién es el que me pedía que le contara cómo me miraba mi jefe? ¿Quién lloriqueaba debajo de mí mientras le inventaba que el del coche de al lado me había metido mano en la convención de Valencia? ¡Tú! ¡Siempre tú!

Raúl se quedó mudo, la boca abierta, los ojos llenos de un asombro que no sabía si era terror o deseo. Nunca la había oído hablar así.

Entonces Renata giró la cabeza ciega hacia mí, y su tono cambió por completo. La furia se transformó en pura devoción.

—Y a ti, amo... a ti te doy las gracias —murmuró—. Gracias por hacerme lo que él nunca pudo. Gracias por entender mi cuerpo.

Después volvió hacia su marido, con una frialdad de dominante absoluta.

—¿Lo oyes? Él manda aquí. Tú solo miras y aprendes. Ahora cállate.

***

La dinámica se había invertido del todo. La sumisa se había vuelto el ama, y el marido, un espectador humillado y excitado. Yo era solo el instrumento que ella había elegido para demostrarlo.

La agarré con las dos manos de las caderas y reanudé la embestida, con una fuerza nueva, decidido a darle a Raúl un espectáculo que no olvidaría. Cada golpe la sacudía hasta los cimientos. Ya no la follaba: la marcaba.

—¡Sí! ¡Así! —gritaba ella sin importarle quién la oyera, mientras Raúl, arrodillado a su lado, parecía incapaz de moverse, hipnotizado, sin atreverse siquiera a respirar fuerte por miedo a romper el hechizo.

Su cuerpo se contrajo otra vez a mi alrededor, un espasmo violento que me obligó a parar un segundo para no terminar de golpe.

—Por favor... —suplicó, la voz rota—. Necesito tu número. Necesito que vuelvas a hacerme esto. Cada día. Por favor.

La idea era tan perversa que me hizo latir con fuerza dentro de ella. Le di otra palmada en la nalga, arrancándole un chillido.

—Ya lo pensaré —dije, y reanudé el ritmo con más fuerza si cabe.

Sentí que mi propio control empezaba a flaquear. La respiración se me hizo profunda, las embestidas más erráticas.

—Voy a terminar —gruñí, agarrándola de las caderas.

—¡Sí! ¡Dentro no! ¡Que lo vea mi marido! ¡Que aprenda de una vez!

Con una última embestida me hundí hasta el fondo y me quedé inmóvil, vaciándome en oleadas que parecían no tener fin. Sentí cómo sus piernas fallaban del todo, cómo su cuerpo se rendía al éxtasis final, temblando sobre el suelo. Raúl, a su lado, terminó también sin tocarse apenas, solo por la perversidad de lo que acababa de presenciar.

***

Me retiré despacio. Renata se desplomó por completo, un montón de carne satisfecha y vencida. Raúl se acercó a ella, se arrodilló y le besó los pies, en un gesto de devoción absurda hacia la mujer que otro acababa de dominar delante de sus ojos.

Ella, con la venda todavía puesta, levantó la cabeza y sonrió, cansada y triunfal a la vez.

—Por fin... —susurró para sí misma.

Antes de que pudiera mover una mano para quitarse la venda, yo ya no estaba. Me quité el preservativo, lo tiré a la papelera metálica de la esquina, y el sonido del látex golpeando el fondo fue lo último que dejé en esa sala. Cuando ella recuperara los sentidos y se descubriera los ojos para encontrar el cuarto vacío, yo ya estaría en la barra bebiendo un vaso de agua como si nada.

Me quedé en los alrededores, observando el local desde la distancia con una calma extraña. No tardó en aparecer Quique, despeinado y con una sonrisa tonta de oreja a oreja.

—¡Joder, tío! ¿Dónde te has metido? —me dijo abrazándome—. Vanesa está alucinando. Dice que Raúl y su mujer no paran de preguntar por ti. Que eres un animal. Y lo mejor: le han pedido a Vanesa tu número.

—¿No se lo diste, verdad? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Ni de coña. Eso es tuyo. Tú te encargas de tus asuntos —dijo guiñándome un ojo—. Pero te lo aviso: esa mujer está enganchada. Y el marido también. Van a querer repetir.

***

Dos días después entré en el banco con la excusa de un trámite. Y allí estaba ella, al otro lado del cristal de su despacho. Renata. El traje impecable, el pelo recogido en un moño severo, las gafas en la punta de la nariz. La misma mujer inaccesible de siempre. Pero yo conocía el secreto que escondía bajo esa armadura: el sabor de su piel, el sonido de sus gemidos, la forma exacta en que su cuerpo se rendía.

Una idea perversa y brillante se me encendió en la cabeza.

Entré, saqué un número de los de sin cita y me senté a esperar. En cuanto la recepcionista se distrajo con un matrimonio mayor, me levanté y caminé directo hacia su despacho. Ella me miró por encima de las gafas, con el mismo desdén de siempre.

Todavía no sabía que yo había decidido que mi solicitud de hipoteca iba a aprobarse esa misma mañana.

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Comentarios (4)

Beto_Pampa

excelente!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

FlorBsAs

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas jaja

Roberto_cba

Me recordó a una situación que viví hace años, ese tipo de encuentros tienen un morbo especial que es difícil de explicar. Muy bien narrado.

marioR77

que situacion tan caliente, bien escrito

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