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Relatos Ardientes

El café del desconocido no era solo un café

Quince días antes me había acostado por segunda vez con un hombre que no era mi marido, y todavía no sabía cómo cargar con eso. Lo arrastraba en silencio, sin contárselo a nadie, ni siquiera del todo a mí misma. Cuando él volvió de viaje aquel fin de semana, le hice el amor como si quisiera tapar algo. Lo abracé con una intensidad que no me reconocía, le dije al oído cosas que normalmente me daban vergüenza, y al final me quedé pensando que la culpa también podía disfrazarse de pasión.

El lunes lo llevé al aeropuerto otra vez. Otro viaje, otra semana sola en casa, otra rutina de tareas, llamadas y silencio. Yo me convencía de que no iba a pasar nada. Que aquellos dos desvíos habían sido eso, dos desvíos, y que con esa cuenta estaba cerrada. Que ya estaba curada.

El viernes salí a pagar el seguro del auto. La sucursal quedaba en pleno centro y, como todos los viernes, la fila llegaba hasta la puerta. Me acomodé al final con resignación, mirando la pantalla del celular para no cruzar miradas con nadie.

—Disculpa, ¿es esta la fila para pagos? —dijo una voz a mis espaldas.

Me di vuelta sin pensarlo. Detrás de mí había un hombre de unos cuarenta, alto, con el cabello entrecano cortado al ras y unas líneas suaves alrededor de los ojos. Vestía una camisa azul con el cuello abierto y un pantalón de vestir oscuro. Olía bien. Olía a algo limpio, recién duchado, sin perfume agresivo.

—Sí, esta es —respondí.

Sonrió como si le hubiera dado una buena noticia y se acomodó detrás de mí. La fila avanzaba a su ritmo lento y él aprovechó cada paso para hacer comentarios pequeños: el calor, lo poco eficiente que era el sistema, la suerte de que al menos hubiera aire acondicionado. Yo le respondía corto, prudente, pero algo en su tono me iba aflojando. No era invasivo. Era atento.

—Me llamo Adrián —dijo cuando ya faltaban tres personas para la caja—. Tengo una distribuidora de repuestos agrícolas. Vengo a la ciudad un viernes al mes y siempre encuentro esta cola.

—Mucho gusto, Adrián. Yo soy Mariana.

—Mariana —repitió, como si lo probara. Y después, mirándome con una franqueza que me incomodó y me halagó al mismo tiempo—: tienes una sonrisa muy linda. Discúlpame si soy inoportuno.

Sí quieres ser inoportuno, pensé. Y lo estás logrando.

Le sonreí sin contestar. Llegué a la caja, pagué, guardé el comprobante y salí a la calle con el corazón un poco más rápido de lo habitual. Crucé hasta el estacionamiento, abrí mi auto, me senté y respiré. Estaba por encender el motor cuando alguien golpeó con los nudillos en la ventanilla.

Era él.

Bajé el vidrio apenas unos centímetros, fingiendo sorpresa.

—Perdóname la insistencia —dijo, apoyando una mano en el techo del auto—. ¿Aceptarías un café conmigo? Solo eso. Te prometo que no muerdo.

—¿Y si yo sí muerdo? —se me escapó.

Se rió. Una risa franca, de hombre que no se ofende fácil.

—Mejor todavía.

Tenía que decir que no. Sabía perfectamente que tenía que decir que no. Pero hacía dos semanas que cargaba con una culpa que no se iba a aliviar diciendo que no a un café. Y este hombre me estaba mirando como hacía años no me miraba nadie en la calle, mucho menos mi marido cuando llegaba reventado de los viajes.

—Deja mi auto aquí —dije, sin mirarlo, abriendo la puerta—. Vamos en el tuyo.

***

La camioneta era nueva, de las altas, con el tablero todavía con olor a fábrica. Adrián manejaba con una mano y con la otra tanteaba la radio buscando algo bajo. Eligió bossa nova. Me hizo gracia: parecía un detalle calculado para no parecer calculado.

—¿A qué te dedicas tú? —preguntó.

—Llevo la administración de un par de consultorios médicos. Aburrido.

—No suena aburrido. Suena ordenado.

—¿Estás casado?

Soltó el aire por la nariz, como aceptando que la pregunta era justa.

—Sí. Voy a serte sincero porque me pareces una mujer inteligente y no quiero arrancar mintiendo. Estoy casado, vivo en otra ciudad y vine hoy con la intención de invitar a la primera mujer que me sostuviera la mirada más de tres segundos. Resultó que esa mujer eres tú.

—Qué directo.

—Si te molesta, te llevo de vuelta al auto y no pasó nada.

—Yo también estoy casada —le dije—. Mi marido viaja por trabajo. Está fuera esta semana.

—Entonces ya no hace falta que sigamos con el cuento del café.

No tomó por el centro. Salió por la avenida sur y, a los diez minutos, vi por la ventanilla el cartel iluminado de un motel a la vera de la ruta. La entrada estaba semicubierta por unos arbustos. Tragué saliva.

—Eres un atrevido.

—Si quieres, sigo de largo.

—Sigue derecho a la habitación.

***

Se bajó primero. Rodeó la camioneta, abrió la puerta y, cuando yo estaba a punto de bajar, me detuvo con la mano.

—Espera.

Entró a la habitación, encendió una luz baja, volvió y me alzó en brazos como si fuera una novia. No lo esperaba y se me escapó la risa, una risa nerviosa y a la vez encantada. Hacía mucho que nadie me cargaba para ningún lado. Mi marido me había levantado en la luna de miel, hacía casi diez años, y no mucho más.

Me sentó al borde de la cama y fue a cerrar la puerta. Después levantó el interfono y pidió dos copas de vino tinto y preservativos. Habló con la naturalidad de quien lo había hecho seguido. No me ofendió. Me pareció honesto.

Aproveché para meterme al baño y mirarme en el espejo. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Me retoqué el peinado, me pasé la lengua por los dientes y me dije en voz baja: esta es la última vez. Sabía que mentía mientras lo decía.

Cuando salí, él ya había servido las copas en una mesita baja frente a un sillón de dos cuerpos. Me llamó con un gesto. Me senté a su lado, dejé la cartera en el suelo y acepté la copa que me ofrecía.

—Por el viernes que no esperábamos —dijo.

Brindamos. Apenas alcanzamos a darle dos sorbos antes de que su mano se posara, primero con prudencia, después con decisión, sobre mi muslo. Recorrió la tela del vestido despacio, hacia arriba, hasta que sus dedos quedaron a medio camino entre la rodilla y la cadera. Yo no dije nada. Apoyé la copa en la mesa y giré hacia él.

Lo besé yo primero.

Fue un beso lento, sin pelea, como cuando ya sabes que tienes la noche entera. Sus manos subieron por mi espalda y encontraron el cierre del vestido. Lo bajó con una sola pasada. Yo le desabotoné la camisa botón por botón, mirándolo a los ojos, disfrutando esa sensación de tener el control que en casa había perdido hacía tiempo.

Nos pusimos de pie. El vestido cayó al piso. La tanga y el corpiño los dejé yo sobre el sillón. Él se quitó el pantalón, los zapatos y la ropa interior con la prisa elegante del que ya conoce la coreografía. Su cuerpo no era el de un chico: era un cuerpo de hombre, con algo de panza, brazos firmes, hombros anchos. Su sexo no era largo, pero era grueso y estaba duro contra su vientre.

—Qué hermosa estás —dijo, sin teatro.

Me llevó hasta la cama, me acostó con cuidado y se acomodó a mi lado. Me besó el cuello, bajó por la clavícula, me lamió el pezón izquierdo mientras con la otra mano me recorría el vientre. Sus dedos llegaron entre mis piernas y comprobaron lo que ya sabíamos los dos. Estaba lista hacía rato.

Cuando se subió sobre mí, le puse la mano en el pecho.

—Ponte el preservativo.

Lo hizo sin protestar. Volvió a acomodarse encima, me abrió las piernas con suavidad y entró despacio, mirándome a la cara para leer mi reacción. Su grosor me ensanchó de a poco, hasta que lo sentí pegado contra el fondo. No se movió enseguida. Se quedó así, mientras me besaba la boca y las orejas y me murmuraba cosas a media voz que no entendí del todo y que tampoco necesitaba entender.

Después empezó a moverse. Despacio al principio, después con un ritmo más firme. Yo le enredé las piernas en la cintura y me agarré de sus brazos. Sentía cada centímetro suyo arrastrándose contra mí. El orgasmo me vino antes de lo que esperaba. Apreté todo lo que pude alrededor de él, ahogué un quejido contra su hombro y sentí cómo me recorría una ola larga, espesa, que me dejó tonta unos segundos.

Él no se vino. Aprovechó para cambiar de postura.

—Súbete —pidió, recostándose de espaldas.

Me monté encima. Le apoyé las manos en el pecho y le dije al oído que no se moviera, que me dejara a mí. Empecé despacio, subiendo y bajando, después en círculos, después apretándolo desde adentro cada vez que llegaba abajo. Adrián cerraba los ojos y me dejaba hacer. Murmuraba cosas. Que era su reina, que no me detuviera, que así estaba perfecto.

Cuando lo sentí endurecerse aún más y supe que estaba por terminar, me bajé. No quería que se viniera todavía. Me arrodillé en la cama, a cuatro patas, y miré hacia atrás por encima del hombro. No hizo falta que dijera nada. Se acomodó detrás de mí, me tomó de la cintura y entró de golpe. Esa primera embestida me hizo morder la almohada.

Me agarró las nalgas con las dos manos, después la cintura, después el pelo, sin tironear, solo sosteniéndolo como una rienda. Cada empujón me llegaba más adentro. Sentí sus testículos chocar contra mis muslos. Cerré los ojos y me dejé llevar.

—Me vengo —avisó, en voz baja, sin teatro.

Apreté de nuevo, todo lo que pude, y casi al mismo tiempo lo sentí terminar dentro del preservativo con un temblor que le recorrió todo el cuerpo. Yo me vine otra vez, más corto, más nervioso, pero igual de bueno. Me dejé caer hacia adelante, con la cara contra las sábanas, respirando como si hubiera corrido.

***

Quedamos abrazados un rato. Él en silencio, yo también. La luz baja del velador y el rumor lejano de la avenida hacían que todo pareciera menos real de lo que era. Cuando giré la cabeza para mirar el reloj de la pared, di un respingo.

—Tengo que irme. Le dije a mi suegra que pasaría por la tarde.

—Quédate un rato más —pidió, sin demasiada esperanza.

—No puedo.

Nos duchamos rápido, él primero, yo después. Salimos del motel cuando ya empezaba a caer el sol. Adrián manejó hasta el estacionamiento donde había quedado mi auto. Antes de bajar, intercambiamos números. Los dos sabíamos que probablemente íbamos a usarlos. Los dos fingimos no saberlo.

—Cuídate, Mariana.

—Tú también.

Manejé hasta la casa de mis suegros con el pelo todavía húmedo y el cuerpo tirando hacia el sueño. Cuando me abrió mi suegra, sentí —o me pareció sentir— que sus ojos se quedaban un segundo de más en los míos. Que mi cuñada me miraba con una sonrisa rara desde el sillón. Que mi suegro, al darme un beso, se demoraba un poco.

No me dijeron nada. Nadie tenía cómo saber.

Y sin embargo, esa tarde fue una de las más largas de mi vida.

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Comentarios (6)

NocheDeViernes

tremendo este relato!!! me enganchó de entrada

Romi_GBA

Por favor seguí con esto, quedé completamente enganchada. Quiero saber que pasó despues de esa sonrisa

Claudio_Lec

Muy bien escrito, se nota que tenes mano para esto. Saludos!

marioR77

Jajaja esas sonrisas de desconocidos que lo dicen todo sin decir nada... me recordó algo que viví hace años. Buenisimo.

Lupe_fdez

¿y que pasa despues? necesito saber como sigue jaja

DiegoNK_lector

Lo leí dos veces y la segunda fue todavia mejor. Muy adictivo.

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