El desconocido del tren que me tocó camino a la cena
Esa tarde había llovido como si alguien hubiera vaciado el cielo de golpe. Las avenidas eran un solo embotellamiento de bocinas, los taxis no aparecían y las aplicaciones marcaban veinte minutos de espera que nunca bajaban. Yo tenía que llegar a la cena de la empresa de Rodrigo, una de esas reuniones donde las esposas nos medimos de reojo para ver quién llega mejor puesta.
Quería que sus colegas lo vieran claro: a los treinta y dos años, su mujer todavía hacía girar cabezas. Por eso me había puesto la falda negra que me quedaba por encima de la rodilla, cortita de verdad, de esas que se trepan solas con cada paso. La blusa de seda blanca tenía un escote que rozaba lo escandaloso, y encima llevaba un blazer ajustado para taparlo hasta el momento justo. El pelo suelto cayéndome por la espalda, los labios pintados de rojo intenso. Me sentía hermosa, elegante y, lo admito, un poco descarada.
Vivir a dos cuadras de la estación me pareció la solución obvia. Bajo, tomo el tren, le escribo a Rodrigo que me recoja en la salida y listo. Ese fue mi error de cálculo.
Cuando llegué al andén, el calor era una pared húmeda. La gente se apretaba como ganado, hombros contra hombros, paraguas goteando, olor a tierra mojada y a cuerpos cansados después de un día largo. Intenté retroceder hacia la escalera, pero ya estaba rodeada por todos lados. El blazer empezó a asfixiarme, así que me lo quité y lo doblé sobre el brazo. Mis pechos quedaron más expuestos de lo que había planeado, los pezones marcándose apenas contra la seda fina por la corriente de aire frío.
Fue entonces cuando lo noté. Alto, moreno, de unos cuarenta, con el cuerpo macizo de quien trabaja con las manos. Los antebrazos tatuados, las palmas anchas y curtidas. Me sonrió desde su altura como si me conociera de toda la vida.
—Tranquila —me dijo, inclinándose hacia mi oído para que lo oyera entre el bullicio—. En el próximo entramos. Yo te ayudo.
Le devolví una sonrisa nerviosa. Había algo en su calma que, en medio de aquel caos, me reconfortó más de lo que debía.
Cuando el tren frenó y las puertas se abrieron, la masa empujó hacia adelante sin piedad. Él me rodeó la cintura con un brazo y casi me alzó dentro del vagón, como si yo no pesara nada. Quedé atrapada contra él, mi espalda pegada a su pecho, sin un centímetro de aire entre los dos. Era tan alto que desde arriba tenía vista directa a mi escote, y yo lo sabía, y respiraba más hondo de lo necesario.
—Gracias —murmuré, sin girar la cabeza.
—El gusto es mío —respondió, la voz grave rozándome la nuca—. Y ahora te tengo cerquita, así que te cuido mejor.
Sus manos se afirmaron en mi cintura y me atrajeron un poco más. Sentí el bulto de su entrepierna, ya firme, presionando contra mi trasero. Un suspiro se me escapó antes de que pudiera contenerlo, y eso le bastó. Lo tomó como un permiso que ninguno de los dos llegó a pronunciar.
El tren arrancó con una sacudida. A nuestro alrededor, la gente miraba las pantallas de sus teléfonos o se perdía en la nada, balanceándose con el vaivén. Nadie nos prestaba la menor atención.
Su mano derecha empezó a deslizarse, lenta, por la curva de mi cadera. Encontró la redondez de mi trasero y la apretó con firmeza, sin prisa, midiéndome.
—Qué bien repartida estás —me gruñó al oído, el aliento caliente contra mi cuello—. Firme donde tiene que ser.
No me aparté. No dije una palabra. Y mi silencio lo envalentonó.
Sus dedos gruesos buscaron el borde de la falda y se colaron por debajo. Apartó la tela mínima de mi ropa interior hacia un lado y rozó la piel que ya estaba húmeda, resbaladiza, traicionera.
—Mírate —susurró con una risa baja—. Si estás empapada.
Separó un poco mis piernas con la presión de su rodilla y, sin aviso, hundió dos dedos. Apreté los dientes para no gemir en voz alta. Eran más anchos que cualquier cosa a la que estuviera acostumbrada, me abrían de una forma que dolía justo lo suficiente para ser deliciosa. Empezó a moverlos con un ritmo paciente, entrando y saliendo, mientras el pulgar dibujaba círculos lentos y firmes sobre el punto exacto. Ese hombre sabía leer un cuerpo. La corriente que me recorría no se parecía en nada al sexo de domingo por la tarde, el de siempre, el de costumbre.
El vagón se mecía, los pasajeros se inclinaban a la par con cada curva, y nadie sospechaba que el desconocido a mi espalda me estaba teniendo en su mano en plena hora pico. A pocos centímetros, una mujer mayor revisaba su lista del mercado; un estudiante con audífonos asentía a una canción que solo él oía. Y entre toda esa gente, yo me deshacía en silencio, fingiendo mirar el mapa de estaciones de la pared como si me importara dónde estaba. Mordí el interior de mi mejilla. Sentí que el suelo se me iba.
—Aguanta —me ordenó, casi sin voz—. Déjate ir despacio.
Y me dejé ir. Llegué con una sacudida que me dobló las rodillas, mordiéndome el labio hasta el dolor para no soltar un sonido, el cuerpo entero apretándose alrededor de sus dedos. Las piernas me temblaron tanto que de no ser por su brazo en mi cintura me habría caído allí mismo.
Retiró la mano despacio. Cuando giré apenas la cabeza, lo vi llevarse los dedos a la boca, sin apuro, sosteniéndome la mirada.
—¿En qué estación bajas? —preguntó, como si nada de lo anterior hubiera ocurrido.
Yo flotaba, todavía sin recuperar el aire.
—En la octava —alcancé a balbucear.
—Te pasaste —dijo, y había algo en su tono que no admitía discusión—. Nos bajamos en la próxima.
***
Me tomó de la mano y me arrastró fuera del vagón en cuanto las puertas se abrieron. Ni siquiera miré atrás para ver si alguien se había dado cuenta. El río de gente entraba y salía, indiferente, como si lo que acababa de pasar perteneciera a otro mundo.
Al fondo del andén había un baño público. Me empujó dentro, cerró el pestillo con un giro seco y me apoyó contra la pared fría de azulejos. Me subió la falda hasta la cintura de un solo movimiento y se bajó el pantalón. Lo que apareció era grueso, oscuro, marcado de venas, la punta ya brillando.
—¿Estás segura? —preguntó por primera vez, y la pregunta me sorprendió más que todo lo demás.
Asentí. No me salía la voz, pero asentí.
Me penetró de un solo empujón profundo. El grito se me formó en la garganta y él me lo tapó con la palma, ancha y tibia, antes de que escapara.
—Shhh —murmuró contra mi oído—. No queremos que nadie venga a tocar la puerta. Si necesitas, muerde mi hombro.
Le clavé los dientes en el hombro a través de la camiseta mientras él me embestía con un ritmo que no daba tregua: hondo, rápido, constante. Liberó mis pechos del escote y los sostuvo en sus manos como si quisiera memorizarlos.
—Una lástima no tener tiempo —jadeó—. Me haría falta una noche entera contigo.
Llegué de nuevo, apretándolo dentro de mí, las piernas resbalándome por la humedad. Él aguantó un poco más, los músculos tensos, hasta que ya no pudo.
—Voy a terminar —avisó entre dientes—. ¿Dónde?
—Adentro —dije, sorprendida de mi propia voz—. No te salgas.
Se hundió hasta el fondo y se quedó allí, temblando, vaciándose con un gemido ahogado que sentí vibrar en su pecho. Permaneció dentro unos segundos más, respirando pesado contra mi cuello, antes de retirarse despacio.
Nunca me besó. Nunca me dijo su nombre, ni me preguntó el mío. Se acomodó el pantalón, me dio una palmada en el trasero, casi cariñosa, y salió del baño como quien retoma su camino a casa.
***
Yo quedé hecha un desastre frente al espejo manchado: el maquillaje corrido, el pelo revuelto, la blusa de seda arruinada y, en algún rincón del tren, mi blazer perdido para siempre. Me lavé como pude bajo el chorro tibio del lavabo, me acomodé la falda, me sequé con papel áspero y respiré hondo tres veces seguidas. Por un instante pensé en Rodrigo, en la mesa que me esperaba, en las sonrisas de cortesía que tendría que repartir durante las próximas horas. Y, sin embargo, mirándome a los ojos en aquel reflejo turbio, no encontré ni rastro de culpa. Solo a una mujer que se sentía más viva que en años.
Al salir vi una pequeña boutique junto a la estación. Entré, compré la primera blusa que combinaba con mi falda y pagué sin mirar el precio. En el taxi me cambié sin disimulo, el conductor robándome miradas por el retrovisor que yo decidí ignorar con una sonrisa de reina. Me peiné con los dedos, me retoqué el rojo de los labios y, cuarenta minutos tarde, crucé la puerta del restaurante como si nada en el mundo pudiera tocarme.
Rodrigo me recorrió de arriba abajo con esa mirada que conozco demasiado bien.
—Podrías haberte esmerado un poco más —soltó, en voz baja para que sus colegas no lo oyeran—. Y mira la hora. De verdad, nunca puedes hacer nada del todo bien.
Le sonreí. Una sonrisa amplia, tranquila, perfecta para la foto de grupo.
No me importó. Ni una pizca.
Porque mientras él seguía hablando de cifras y ascensos con sus jefes, yo todavía sentía el calor del desconocido escurriéndose lento por mis muslos bajo la mesa. Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, esa era la única verdad que me pertenecía.