La hija del pastor volvió a buscarme en aquel hotel
Pasaron casi tres años sin que supiera nada de Rebeca. Había vuelto a la capital en un par de ocasiones, pero en ninguna logré encontrarla. Llegué a pensar que su familia se había mudado de ciudad, y poco a poco dejé de buscarla. La di por perdida, como se da por perdido un buen recuerdo que uno guarda sin esperanza de repetirlo.
Aquella mañana había viajado a la capital para resolver unos trámites que me había encargado un pariente. Como me sobraba tiempo, me ofrecí a ayudarle. No pensaba en ella, se lo aseguro. Esa parte de mi memoria llevaba meses cerrada.
Pasé el día entero yendo de oficina en oficina. Por la tarde me retiré al mismo hotel de siempre, descansé un rato y luego salí a estirar las piernas y tomar una copa. Cerca de una plaza vi a unos niños jugando. Me senté en un banco a mirarlos correr, treparse al tobogán, caerse y levantarse, y dejé que el rato pasara sin prisa.
Entonces vi acercarse a una mujer vestida de negro. Me llamó la atención: el vestido le llegaba casi a los tobillos y le cerraba hasta el mismo cuello, y un sombrero de ala ancha le tapaba media cara. La tomé por una madre más, alguien que traía a su hija a la plaza. Iba de la mano de una niña de unos dos años que enseguida se soltó y corrió hacia los demás.
La mujer se sentó, apartada del resto. La observé con más atención y algo en mí se tensó.
Esa mujer se parece a Rebeca.
Concentré la mirada. Bajo el sombrero llevaba un pañuelo ceñido a la cabeza; por eso no la había reconocido de entrada. Pero no había duda. Era ella. Estaba a pocos metros de mi banco y no parecía haber cambiado nada en estos años.
No quise dejar pasar la ocasión y me acerqué. Al verme llegar me reconoció. Se estremeció, aunque también vi un brillo de alegría en sus ojos.
—Hola, Rebeca. No esperaba verte por aquí. Cuánto tiempo.
Se ruborizó y miró a un lado y a otro, como si temiera que alguien la viera conmigo.
—Don Aurelio… ¿usted por aquí? No sabía que estaba en la capital.
—Vine a arreglar unos papeles. Y al salir a caminar terminé en esta plaza. Como si fuera cosa del destino, te vi llegar.
Miró a la niña, que en ese momento se lanzaba por el tobogán. No pude evitar preguntar.
—¿Es tu hija?
Tardó en contestar, nerviosa.
—Sí, es mi hija, Celeste. La traigo a que se distraiga un rato.
—Por fin pudiste ser madre. Me alegro mucho por ti.
Aun así la notaba intranquila, incapaz de quedarse quieta.
—Sé que te pone nerviosa hablar con un hombre que no es tu marido —le dije—. Pero me encantó verte y no podía irme sin saludarte. —La miré fijo—. ¿Dónde podemos vernos con calma?
Me miró asustada.
—¿Vernos? Don Aurelio, sabe que soy una mujer casada, madre de una niña. Si mi esposo se entera…
—Necesito verte. Y sé que tú también lo quieres.
Intuyó por mi cara que no iba a rendirme. Quedó dubitativa, bajó la vista.
—Sabe que no podemos. No está bien. Aquello no puede repetirse. Si él descubre que estuve con otro hombre, no sé qué haría.
No me conformé. Después de tres años no iba a soltarla sin más.
—Voy a quedarme unos días. Me hospedo en el mismo hotel de la otra vez. Habitación 412.
—Don Aurelio… no me pedirá que vuelva a subir, ¿verdad? Eso no puede volver a pasar.
—Te buscaré los días que hagan falta hasta encontrarte.
Se levantó, tomó a la niña de la mano y se alejó deprisa. La seguí a distancia hasta verla entrar en el portal de un edificio cercano. Revisé los buzones, localicé su apartamento y me marché.
***
Al día siguiente volví por la tarde y me senté en una cafetería de enfrente. Cuando ya perdía la esperanza, la vi salir, otra vez con la niña, y dirigirse a una plaza más alejada. La seguí. Se sentó lejos de las demás madres, vestida casi igual que la víspera. Me senté a su lado.
—Don Aurelio, otra vez usted.
—Te dije que necesitaba verte.
No paraba de mirar alrededor. La sola idea de que alguien la reconociera conmigo la descomponía. Pasaron unos minutos y, al ver que yo no me movía, cedió.
—Mañana Celeste tiene un cumpleaños por la tarde, sobre las cuatro. La dejo y la recojo más tarde.
—De acuerdo. Te espero a esa hora en el hotel.
Me retiré para no ponerla más nerviosa, conociendo el pánico que le daba que la vieran hablando con un hombre ajeno a su marido.
Mientras volvía pensé en las casualidades de la vida. No esperaba reencontrarla, y sin embargo ahí estaba. Aún dudaba de que se atreviera a subir. Pese a mis sesenta y seis años, conservaba bastante vitalidad, aunque alguna vez recurría a una pastilla que me había recetado el urólogo. Las veces que la había tomado, el resultado fue inmejorable. No lo pensé dos veces y me tomé una a la mañana siguiente, aun sin saber si la ocasión se daría.
***
A las tres subí a la habitación a esperarla. A medida que se acercaba la hora, los nervios me ganaron. Dieron las cuatro, luego las cuatro y media, y nada. Me convencí de que se había arrepentido. Me di cinco minutos más antes de salir a la calle y olvidarme.
Entonces tocaron a la puerta. Abrí y allí estaba, cubierta hasta el cuello, con otro sombrero que le ocultaba la cabeza. Miró a los lados y entró deprisa sin esperar a que dijera nada.
Adentro reconoció la habitación, parecida a la de la otra vez, y se sonrojó al ver los espejos.
—Ay, Don Aurelio. No debí venir. Esto es una locura. Tenemos que terminar con esto.
—Tranquila. Aquí nadie te ve. Estamos solos. Déjame mirarte. Llevo demasiado tiempo sin poder hacerlo.
Le quité el sombrero. Su cara seguía igual de dulce. La hice girar despacio.
—No cambiaste nada. Estás igual de hermosa. Aunque esa ropa no deja ver tu cuerpo.
Se sonrojó, halagada.
—He engordado algunos kilos después del embarazo.
Le acaricié la cara con las dos manos, bajé por el cuello, pasé las yemas por sus labios. Ella, instintivamente, abrió la boca y rozó mis dedos con la lengua. La atraje hacia mí y la besé con ganas. Sentí su estremecimiento y, pese al nerviosismo inicial, me devolvió el beso mientras yo le recorría los brazos y subía hasta su pecho. Bajo la tela los senos se notaban más llenos que antes.
—Don Aurelio… no debemos…
Sin perder tiempo bajé la cremallera de la espalda y, pese a sus intentos por impedirlo, le saqué el vestido hasta la cintura. Llevaba un sostén blanco, sencillo, del que asomaban unos pechos mucho más grandes de los que yo recordaba. Le solté el broche y quedaron al descubierto. Quiso taparse, pero la detuve.
—Déjame verte. Son preciosos. Te han crecido, pero siguen firmes.
—Me crecieron bastante con el embarazo —murmuró, avergonzada de mostrarse otra vez ante un hombre que no era su marido.
Los tomé en mis manos y los masajeé despacio. Apenas podía abarcarlos. Rebeca gimió entrecortada; era evidente que llevaba mucho tiempo sin que nadie la tocara así.
—¿Tu marido nunca te acaricia estos pechos?
—Él es muy estricto. Jamás me ha visto desnuda.
—¿Y nunca te los ha besado? Con lo hermosos que son.
Acerqué la boca, los besé, chupé sus pezones uno tras otro. Ella se contorsionaba con cada caricia. Me quité la camisa y, mientras seguía con sus pechos, me desabroché el pantalón, que cayó al suelo. Quedé en ropa interior, con la erección ya marcada. La pastilla hacía su efecto, y la visión de su cuerpo terminó de endurecerme.
Le tomé la mano y la guié hacia abajo, por encima de la tela. Al notar el bulto dio un respingo y la retiró, pero volví a llevarla, esta vez por dentro. Cuando me rodeó con los dedos lo apretó con cuidado, recobrando poco a poco la confianza, recorriéndome de la punta a la base.
—La sigue teniendo bien grande —susurró, entre sonrojada y encendida.
La tomé del mentón.
—Como a ti te gusta. ¿Verdad que la necesitas?
—Don Aurelio, qué cosas dice… —rió, agitada.
La besé otra vez y sentí cómo, sin que se lo pidiera, bajaba la mano hasta mis testículos y los sopesaba con una mezcla de pudor y curiosidad.
—Los tengo llenos, Rebeca. Llevo varios días sin descargar. Y sé que te gusta que estén así.
Se removió inquieta.
—Pero… ¿otra vez quiere terminar dentro? No puede volver a pasar. ¿Pretende dejarme embarazada de nuevo?
Sus palabras me confirmaron lo que sospechaba desde el primer momento en la plaza: Celeste era hija mía. Aquello, lejos de detenerme, me satisfizo.
Mientras le besaba el cuello, ella misma me bajó la ropa interior y se apartó para mirarme. La excitación le brillaba en la cara cuando me tomó el sexo con la mano y empezó a moverla, fascinada.
—Tiene la cabeza muy hinchada —dijo con voz temblorosa.
Le bajé el vestido del todo y luego la braga blanca hasta el suelo. Quedamos los dos desnudos. Deslicé la mano entre sus piernas y la encontré húmeda.
—Don Aurelio… ahí no… —jadeó, aunque ya no apartaba las caderas.
La senté al borde de la cama, frente a uno de los espejos verticales, y la recosté un poco con una almohada bajo la cabeza para que pudiera ver todo. Me arrodillé entre sus piernas, las abrí con suavidad.
—¿Qué me va a hacer?
—Algo que tu marido nunca te hizo. Voy a comerte hasta que te corras en mi boca.
—Pero debo estar muy mojada… déjeme lavarme primero.
No le hice caso. Bajé la lengua y la recorrí entera, de abajo arriba, una y otra vez, deteniéndome en el clítoris. Rebeca empezó a jadear sin contenerse, retorciéndose en la cama, sorprendentemente abierta para alguien tan recatada de puertas afuera.
—Oh, sí, Don Aurelio… qué bueno… cómo me lo hace…
De a ratos me miraba; otras veces clavaba los ojos en el espejo lateral, encendida de ver la escena reflejada. No tardó en llegar al orgasmo, atrapándome la cabeza entre las manos y apretándome contra ella hasta el último temblor. Seguí lamiéndola mientras se descomponía de placer.
—Me corrí muchísimo… —dijo después, mirando mi boca.
—Era lo que buscaba. Tienes un sabor delicioso.
—¿De verdad le gusta? Mi esposo jamás lo haría.
—Me encanta. Y más me gusta verte disfrutar.
***
Me incorporé y le mostré la erección, dura, apuntando hacia arriba. Me senté en el borde de la cama y la invité a montarme de espaldas, frente al espejo, porque sabía que eso era lo que más la excitaba. Se acercó dudando, pasándose la mano por el sexo para comprobar si entraría.
—La tiene tan grande… no sé si me va a entrar. La de mi marido es bastante pequeña.
—Claro que sí. Ve bajando despacio.
Se dio vuelta, me ofreció su trasero y guió la punta hasta su entrada. Fue dejándose caer poco a poco, y la sentí estrecha pese a haber sido madre.
—Está más gorda que antes… me va a abrir mucho.
Se miró en el espejo, vio cómo la penetraba centímetro a centímetro y terminó de sentarse hasta el fondo.
—Me va a romper… —gimió, aunque no se detuvo.
La tomé de los muslos y se los abrí para que se viera bien.
—Mira cómo te entró toda.
—Esta vez me va a dejar más abierta que nunca.
Empezó a moverse, primero en círculos, luego subiendo y bajando con más decisión. Sus pechos rebotaban con cada embate. Estaba tan excitada que llegó a un nuevo orgasmo recostada contra mi pecho, sacudiéndose entera.
Cuando se recuperó se desmontó y volvió a sentarse a horcajadas, ahora de frente. Esa posición me dejó admirarla por completo: la cara enrojecida, los ojos abiertos de placer, los senos saltando con cada movimiento. Subía y bajaba con fuerza. Me incliné a besárselos mientras me cabalgaba.
—Don Aurelio… me voy a correr otra vez…
—Hazlo, para eso viniste.
Terminó rendida sobre mi pecho, agotada. Se había corrido tres veces esa tarde, como si quisiera recuperar los tres años perdidos. Pero yo seguía duro, con el semen acumulado de varios días.
—Todavía la tiene dura dentro de mí… —dijo, y luego, en voz baja—: ¿De verdad quiere terminar adentro?
—Ya viste cómo los tengo. Y sé que tú también quieres sentirlo.
—Pero no me cuido. Mi marido me lo tiene prohibido. Si termina dentro puede volver a dejarme embarazada.
—¿Estás en tus días fértiles?
Se ruborizó como si hubiera acertado.
—No llevo bien la cuenta… pero hoy amanecí muy caliente, y eso suele pasarme antes de la regla. Y lo estamos haciendo sin protección…
La besé de nuevo, con ella aún sentada sobre mí.
—Tengo demasiadas ganas de llenarte. No creo que pueda contenerme.
—A mí también me gustaría… pero es peligroso.
No esperé respuesta. La puse a cuatro patas sobre la cama, con el trasero hacia mí, más redondo y lleno de lo que lo recordaba. Me coloqué detrás. Ella miró de reojo el espejo lateral, encendida de verse así.
—Mira cómo te tengo. Te la voy a meter hasta el fondo.
—Oh, Don Aurelio…
Lubricada como estaba, entré de un solo empujón hasta el final. Empecé a embestir con todas mis fuerzas, sacándola casi del todo para volver a clavarla una y otra vez.
—Me está llegando muy adentro… la tiene dura y gorda…
—¿Te gusta tenerla dentro?
—Me va a reventar…
Aceleré, sabiendo que el clímax se acercaba. Rebeca jadeaba sin parar y yo bufaba como un toro, queriendo que aquel encuentro se le grabara para siempre. Pese a la diferencia de edad, encajaba conmigo a la perfección. Mi mujer apenas me buscaba ya, y poseer a esta belleza era un manjar a mi edad.
No pude desengancharme. Llegó el momento y descargué dentro de ella en varias oleadas, gimiendo, vaciando los días acumulados en su interior desprotegido.
—Lo está haciendo dentro otra vez… lo siento… me está llenando…
Se aferró a las sábanas para soportar las últimas embestidas. Cuando acabé me quedé un momento dentro de ella, acariciándola.
—Rebeca, eres única.
Al salir, la vi abierta, enrojecida, y enseguida asomó un hilo blanco que delataba lo copioso de la descarga. La recosté entre mis brazos.
—Si viviera cerca de ti, te tendría así todos los días.
Sonrió, sonrojada, y volvió a tocarme los testículos, sorprendida de notarlos aún con carga. Miré la hora.
—Si no tuvieras que ir a buscar a Celeste, descansaríamos un poco y volvería a empezar.
—Tiene razón, se me hace tarde. Me tengo que ir corriendo.
Mientras la ayudaba a vestirse, insistí.
—Me quedo dos días más. Quiero verte otra vez.
—Don Aurelio… no se cansa nunca.
—Sabes que lo necesitas. Y yo te deseo.
No me contestó, pero antes de abrir la puerta se acercó y bajó la voz.
—Mañana es imposible. Pero pasado mañana mi esposo tiene un retiro espiritual en Cuenca, lo invitaron unos feligreses. Estará varios días fuera. Es una locura… no deberíamos…
—Te espero pasado mañana.
—Tendría que ser por la mañana. Celeste está en la guardería y sale a las dos.
—¿A las diez te parece bien?
Por toda respuesta, se acercó y me besó en los labios antes de salir. Esa noche dormí como un bendito: tenía todo el día siguiente para recuperarme.