Mi marido me dejó entrar sola a la sala oscura
Tenemos los dos cerca de cuarenta años y nos cuidamos bastante. En casa, casi siempre es Andrés quien escribe estas historias: unas reales, otras inventadas, otras a medio camino entre lo que pasó y lo que le habría gustado que pasara. Esta vez quiero contarla yo, porque me sucedió a mí y todavía me cuesta creer hasta dónde llegué.
No era nuestra primera vez en un club de intercambio. Habíamos ido unas cuantas veces y nos llevamos buenos recuerdos, aunque la mayoría de las noches nos volvíamos a casa con la sensación de haber dejado algo a medias. Siempre intentábamos cuidar al otro, no separarnos demasiado, y por proteger a la pareja desaprovechábamos oportunidades que pintaban bien.
Esa noche fue distinta. Lo habíamos hablado en el coche, de camino. Si a uno de los dos le atraía algo, lo aprovecharía sin estar pendiente de lo que hiciera el otro mientras tanto. Sin culpa, sin vigilancia.
Entramos decididos. Andrés llevaba un vaquero oscuro y una camisa negra, discreto y elegante, con ese cuerpo atlético que todavía me gusta mirar de lejos. Yo me había puesto una falda corta, una tanga debajo y una camisa blanca ajustada sin sujetador. Se me marcaban los pezones bajo la tela, y lo sabía. También me conservo bien, y esa noche quería que se notara.
Pedimos algo en la barra. El local estaba medio vacío, pero se fue llenando poco a poco de parejas y de algunos chicos solos. Nos separamos varias veces, a ver si alguien se acercaba, pero no logramos enganchar con nadie que nos interesara de verdad.
Decidimos entrar juntos a la sala oscura.
Empezamos a besarnos y a tocarnos en la penumbra. Nos arrimamos a otra pareja, pero estaban a lo suyo y no nos hicieron caso. Entonces sentí una mano que venía desde atrás y se posaba en mi cintura. Giré la cabeza: era una mano que salía de entre las rejas del fondo, esa zona donde solo entran los chicos sueltos para tocar a quien se deje en la oscuridad.
Andrés también se dio cuenta. Me hizo dar un paso atrás, hasta pegarme contra los barrotes. La mano me llegó al vientre y empezó a acariciarme por encima de la camisa, con los dedos colándose entre los botones. Al principio me puse tensa, con un desconocido tocándome así, pero él era paciente. No subía, no bajaba, solo el vientre. Y yo me fui soltando, cogiéndole el gusto.
A mi marido tampoco le molestaba. Es más, me soltó un botón de la camisa para abrirle camino a aquella mano intrusa. Estuvimos un rato largo así, los tres, en silencio. Hasta que apareció otra mano distinta, de otro hombre, que subía directa por mi muslo sin ninguna delicadeza. Eso me cortó. Le pedí a Andrés que saliéramos.
***
Fuera, con la luz tenue del pasillo, me preguntó si me había gustado.
—Sí —le dije—. Mucho. La primera mano me encantó. La segunda me cortó el rollo.
—Pues entra tú sola —me propuso, mirándome a los ojos—. Quédate tranquila, disfruta. Yo me las arreglo.
Dudé un momento. Pero aquella primera mano, suave y sin prisa, me había dejado hechizada. Así que volví a entrar, esta vez sola.
Me acerqué con cautela a las rejas. Al principio no veía nada, solo intuía unas manos asomando entre los barrotes. Toqué una y enseguida me agarró fuerte, tirando de mí hacia ella. No era él. Lo solté y fui paseando por la esquina, dejando que distintas manos rozaran mis muslos mientras yo las palpaba una a una, buscando.
Y la reconocí. La misma mano suave de antes.
Le acaricié los dedos, le di la espalda y me puse su palma en el vientre, justo donde la había dejado. Volvió a acariciarme igual, despacio. Ahora estaba segura de que era él. Me apoyé en los barrotes, levanté los brazos por encima de la cabeza y me agarré a una barra, ofreciéndome.
Acercó la boca a mi oído.
—Te estaba esperando —susurró—. Tenía la esperanza de que volvierais. Pero verte entrar sola ha sido aún mejor.
Me quedé así, con la nuca y el culo apoyados en las rejas, los brazos en alto. Una mano me recorría el vientre por encima de la camisa, sin prisas, y la otra descansaba en mi cadera. Esa calma me ponía. Pasé de estar tranquila a estar caliente, y lo lento que iba me calentaba todavía más.
Empecé a frotarle el culo, buscándole el bulto. Aquello lo animó. La mano de mi cadera bajó al muslo y subió por debajo de la falda hasta la goma de la tanga, jugando con el borde sin terminar de colarse. Yo notaba su bulto firme contra mi trasero, y su otra mano se decidió a soltarme los botones que quedaban camino de mis pechos.
Estaba cada vez más caliente. Movía el culo, abría las piernas para invitarlo, y él respondía. Sus manos se volvieron juguetonas: una jugando con mis tetas desnudas, la otra buscando la humedad bajo la tanga.
Solté un brazo y bajé hasta su bulto. Tenía el pantalón ya abierto. Me colé bajo el calzoncillo y le agarré la polla, medio dura y de buen tamaño. Se la saqué y se la acaricié un rato, mientras él me trabajaba los pechos y la entrada del sexo a la vez.
Me levantó la falda. Su polla desnuda rozó la raja de mi culo. Eso me hizo despegarme un poco de las rejas. Giré la cabeza.
—Vamos a una habitación —le dije.
Pensé en avisar a Andrés por el camino. Pero el desconocido me esperó en la entrada y me llevó por un pasillo lateral, sin pasar por la barra. Ni vi a mi marido ni pude decirle nada.
***
Llegamos a la habitación, cerramos la puerta y nos lanzamos a la cama. Le saqué la polla otra vez y me la metí en la boca. La sentí endurecerse del todo entre mis labios. Era grande, bastante más que la de Andrés, que mide unos catorce centímetros. Este andaría por los dieciocho, calculo.
Se terminó de desvestir y me desnudó a mí. Se tumbó boca arriba y yo seguí comiéndosela como le gusta a mi marido: a cuatro patas, la cabeza apoyada en su vientre, acariciándole los huevos con una mano mientras le hacía una mamada larga y húmeda. Él me acariciaba la cabeza y el culo.
Lo quería dentro. Saqué la polla de la boca, abrí un preservativo y se lo puse. Me senté encima y, sin decir nada, me la metí y empecé a cabalgar. Estaba tan caliente que me corrí en muy poco tiempo, dejándome caer sobre su pecho.
—¿Ya? —me preguntó, casi divertido.
—Sí —reconocí.
Me quité de encima y me puse a cuatro patas a su lado.
—Fóllame si quieres —le dije.
Se colocó detrás, me la metió y empezó a embestir. Yo lo dejaba hacer, esperando que acabara, porque casi nunca vuelvo a calentarme una vez que me he corrido. Pero él no acababa, seguía bombeando con un ritmo constante. Y, sin saber muy bien cómo, volví a encenderme.
Lo notó. Subió el ritmo y yo cada vez estaba más al límite. Iba a correrme otra vez. Entonces la sacó y me la apoyó en la entrada del ano. No hice nada por impedirlo. No era la primera vez, pero por ahí me lo habían hecho muy pocas veces, solo Andrés. Estaba tan caliente que lo dejé entrar.
Poco a poco me la metió entera. Empezó a moverse y yo estaba a punto, eufórica, mientras él aprovechaba para darme unos azotes en las nalgas y agarrarme del pelo. Él también estaba cerca, pero yo me corrí antes y me dejé caer de bruces en la cama, soltándolo.
Abrí las piernas para que terminara dentro. Se lo había ganado. Pero no notaba que me penetrara. Giré la cabeza justo a tiempo de ver el primer chorro de semen saliendo de su polla hacia mí. Se había quitado el condón y se corría encima de mi cuerpo. El primer chorro me llegó a la cara. Volví a girar y sentí otro en el cuello, otro en la espalda, y cómo se limpiaba las últimas gotas con mis nalgas.
No me suele gustar que me echen semen encima. Esa vez no me importó nada. Después de semejante polvo, me daba igual.
Se tumbó a mi lado.
—Uno de los mejores polvos —dijo—. ¿Tú qué tal?
—Lo mismo —contesté—. Uno de los mejores de mi vida.
—¿Me haces un favor? —pidió—. Vete a la barra y, si ves a mi… a tu marido, dile que lo esperas aquí. ¿Sabes quién es?
—Creo que sí —dijo él mientras se vestía—. Uno de camisa negra.
Se agachó, recogió mi tanga del suelo y se la metió en el bolsillo.
—Esto me lo quedo.
Y se fue, dejando la puerta abierta de par en par. Menuda estampa dejaba: la ropa por el suelo, un condón usado sobre la cama y yo boca abajo, con la espalda y el culo cubiertos de semen. Una pareja se asomó por el pasillo y me preguntó si estaba bien. Les dije que sí sin mirarlos.
***
Al poco entró Andrés. Cerró la puerta y se tumbó a mi lado.
—¿Qué tal? —me preguntó.
—Muy bien. He disfrutado un montón. ¿Y tú? ¿Se te ha hecho largo?
—Un poco. He estado tomando algo, tranquilo. Ahora me lo cuentas todo, ¿no?
—En el camino a casa —le dije—. Anda, límpiame el semen y vámonos.
Me limpió el culo, la espalda, el cuello. Me avisó de que tenía el pelo también pegajoso. Me reí. Le conté que le había regalado mi tanga al desconocido. Me vestí con lo que quedaba y salimos del local.
En el coche se lo conté todo con pelos y señales. Me confesó que había estado mirando desde la sala oscura, que le encantó verme sobada entre las rejas, y que cuando me vio salir con el otro intentó seguirnos, pero no le dejaron pasar a la zona de habitaciones a un hombre solo.
Se calentó tanto con la historia que, al llegar a casa, le hice una buena mamada. Se la había ganado, por haberme regalado semejante noche con un desconocido.