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Relatos Ardientes

La noche que el amigo de mi marido me llevó a casa

Soy Noelia, rubia, treinta y un años, piernas largas y delgadas, caderas anchas y un cuerpo que sé usar cuando quiero. Esto que voy a contar pasó de verdad, un viernes de finales de agosto, y no se lo conté a nadie hasta hoy. Empezó en el gimnasio, como empiezan tantas cosas que después no sabes cómo detener.

Llevaba mis mallas de siempre, esas que se ajustan tanto que dejan poco a la imaginación. Estaba terminando la rutina de piernas cuando se me acercó un chico. Delgado, fibrado, fuerte sin ser uno de esos armarios del fondo de la sala. Me miró con una seguridad que me incomodó y me gustó a la vez.

—¿Tú eres Noelia? —preguntó—. Soy Rubén, amigo de Diego.

Diego es mi marido. Me quedé un poco descolocada, secándome el cuello con la toalla.

—Justo acabo de llamarlo —siguió él—. Os invito a cenar esta noche. Es mi cumpleaños y no me apetece celebrarlo solo.

Genial. Adiós a mi noche tranquila en el sofá.

Algo de eso se me debió notar en la cara, porque sonrió y bajó la voz.

—Tranquila, que tú también estás invitada. Llevo un mes viéndote por aquí y no te decía nada para que no pensaras mal.

Me dio dos besos, demasiado cerca de la comisura de los labios, y se despidió.

—A las nueve paso a recogeros.

Lo vi alejarse hacia las máquinas y me quedé pensando que un mes es mucho tiempo mirando a alguien sin decirle nada. Terminé mi serie sin concentración, levantando la vista cada poco hacia el espejo del fondo, donde él entrenaba de espaldas. En un par de ocasiones nuestros ojos se cruzaron en el reflejo. Ninguno de los dos disimuló.

Me fui a las duchas con una sensación rara en el estómago, esa mezcla de fastidio por la noche arruinada y de curiosidad por un hombre que llevaba un mes observándome sin que yo lo notara. Bajo el agua me sorprendí imaginando cosas que una mujer casada no debería imaginar. Cerré el grifo de golpe, como si así pudiera cerrar también el pensamiento.

***

Cuando llegué a casa se lo conté a Diego. Me confesó que Rubén ya lo había llamado, pero que él no me había dicho nada porque sabía que yo inventaría cualquier excusa para no ir.

—Cenamos gratis y nos tomamos unas copas —le dije—. ¿Qué más quieres?

—Visto así, tienes razón —se rió.

Me arreglé como me gusta arreglarme cuando salgo. Una falda de vuelo de licra, un tanga finísimo debajo y una blusa sin sujetador. Me miré en el espejo del recibidor y supe que iba a ser una de esas noches en las que una nota cómo la miran.

Rubén nos recogió puntual y nos llevó a un mexicano. Todo picante, todo fuerte. Diego pidió cerveza tras cerveza y entre lo picante y el alcohol no paraba de beber agua, con la boca ardiéndole. Yo apenas probé bocado. Rubén me observaba por encima de la mesa cada vez que Diego se distraía, y yo le sostenía la mirada un segundo de más antes de apartarla.

En un momento de la cena, Diego se levantó para ir al baño y nos quedamos solos. Rubén dejó el tenedor, se inclinó un poco sobre la mesa y me preguntó si me lo estaba pasando bien. Le dije que sí, que la comida estaba buena. Él sonrió, como si supiera que no le hablaba de la comida, y volvió a recostarse justo antes de que mi marido regresara. Esa pequeña complicidad, ese secreto de tres segundos, me caldeó más que todo el alcohol de la noche.

Cuando terminamos de cenar nos llevó a una discoteca. No paraba de pedir copas. Yo le decía que ya no quería más, pero él seguía trayéndolas, y al final acabé tirando media en cualquier rincón cuando nadie miraba. Diego, en cambio, se las bebía todas. En la pista, Rubén bailó un par de canciones cerca de mí, sin tocarme, manteniendo una distancia que era peor que cualquier roce. Yo notaba el calor que venía de su cuerpo y me obligaba a mirar hacia otro lado.

***

Eran más de las cuatro y media de la madrugada cuando mi marido ya casi no se tenía en pie. Le pedí a Rubén que nos llevara a casa, pero ponía excusas, decía que la noche era joven, que su cumpleaños solo era una vez al año. Entonces se me ocurrió una idea: me hice la borracha yo también. Me colgué de su brazo, arrastré las palabras, cerré los ojos. Funcionó. Recogió las chaquetas y nos sacó de allí.

Vivimos en un dúplex, en una urbanización tranquila a las afueras. Rubén aparcó frente a la puerta y lo primero que hizo fue sacarme a mí del coche. Me cogió en brazos, y al levantarme sentí cómo deslizaba la mano por debajo de la falda hasta agarrarme el culo con descaro.

—Joder, qué culo —murmuró, como si yo no pudiera oírlo.

Me dejó tumbada en el sofá del salón. Volvió al coche, cargó con Diego, que ya iba completamente ido, y lo subió a la planta de arriba, a nuestra habitación. Lo oí dejarlo caer sobre la cama. Yo seguía con los ojos cerrados, fingiendo, sintiendo el corazón a mil.

Bajó las escaleras despacio. Pensé que se iría. No se fue.

Sentí cómo se arrodillaba junto al sofá y empezaba a acariciarme los muslos. Subía con la yema de los dedos, lento, midiendo si reaccionaba. Yo estaba húmeda desde hacía rato y me costó un mundo no moverme. Me separó las piernas con suavidad, me levantó la falda y me rozó por encima del tanga.

—Mmm —susurró—. Como me lo imaginaba. Bien depiladita.

Apartó la tela fina hacia un lado y noté su lengua. Caliente, exacta, recorriéndome entera. Apreté los labios para no gemir. Él se incorporó un momento.

—Deja de fingir —dijo en voz baja, casi divertido—. Sé que estás despierta.

Aguanté un par de segundos más, terca. Luego abrí los ojos.

Estaba ahí, entre mis piernas, mirándome con una sonrisa que lo decía todo. No había nada que negar.

—Eso está mejor —dijo.

Se desabrochó el pantalón y se acercó a mi boca. Lo recibí sin pensarlo demasiado, porque a esas alturas ya había decidido que no iba a parar. Lo chupé despacio primero, después con ganas, mirándolo hacia arriba.

—Desde que te vi en el gimnasio supe que esta boca valía oro —jadeó—. Y ahora te voy a follar como Diego no te folla.

No le contesté. No hacía falta. Me levanté de un salto, lo empujé contra el respaldo del sofá y me senté encima de él. Bajé despacio, sintiéndolo entrar, y empecé a moverme. Me agarraba las tetas, me apretaba el culo, me mordía el cuello. Arriba, en la habitación, dormía mi marido, y esa idea me ponía más de lo que me atrevía a admitir.

Me di la vuelta y me puse a cuatro patas sobre los cojines. Él se colocó detrás y me penetró de un golpe firme.

—No te corras dentro —le advertí entre dientes.

—Tranquila —respondió, agarrándome de las caderas—. No es ahí donde quiero acabar.

Me embestía duro, sin tregua, y de vez en cuando se salía para volver a entrar más hondo. Yo hundía la cara en el sofá para que no se me escapara ningún ruido. Cuando me tuvo al límite, noté cómo cambiaba el rumbo, despacio al principio, abriéndose paso poco a poco hasta llenarme entera por detrás. Me follaba alternando, una embestida por un lado, otra por el otro, hasta que sentí que se tensaba.

—Ahí voy —gruñó, y se vació dentro de mí.

***

Nos quedamos un momento quietos, los dos sin aire. Después se vistió en silencio. Yo le dije que se fuera, que no quería líos, que aquello quedaba entre nosotros. No discutió. Anotó su número en un papel y lo dejó sobre la mesa del salón antes de salir.

—Por si algún día te aburres otra vez —dijo desde la puerta.

Subí las escaleras con el tanga en la mano y el cuerpo todavía caliente. Diego seguía exactamente donde Rubén lo había dejado, boca arriba, con la boca abierta, durmiendo como un tronco, ajeno a todo. Me quedé mirándolo unos segundos.

Entonces noté cómo algo empezaba a resbalarme entre las piernas. Me bajé los dedos, recogí lo que Rubén había dejado dentro de mí y sentí un morbo absurdo, peligroso, imposible de explicar. Me acerqué a la cara de mi marido dormido y, durante un segundo, jugué con esa idea sucia que cruzó mi cabeza. Al final no lo hice del todo. Me reí sola, en silencio, de lo retorcida que puede volverse una a las cinco de la mañana.

Me metí en el baño y abrí el grifo de la ducha. Dejé que el agua caliente me cayera por la espalda un buen rato, repasando cada minuto de la noche. No sentía culpa. Sentía otra cosa, algo más parecido a la euforia.

Cuando salí, en lugar de irme directa a la cama, cogí mi consolador del cajón y me senté en el borde de la bañera. Me toqué pensando en todo lo que había pasado, en cómo me había mirado en el gimnasio durante un mes entero, en cómo me había levantado la falda en mi propio sofá. Me corrí otra vez, sola, mordiéndome el labio para no despertar a nadie.

Guardé el papel con su número en el bolsillo de un abrigo que casi no uso. No he vuelto a llamarlo. Pero tampoco lo he tirado.

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Comentarios (6)

Roro_777

buenisimo!!! me dejó con ganas de mas

MatiasCordoba

Muy bien narrado, se siente como si lo estuvieras viviendo. De lo mejor de la categoría

VeronicaR77

Por favor que haya segunda parte!!! quedé enganchada, quiero saber como siguió todo

LoboNocturno

me recordó a una noche que yo viví hace unos años... estas cosas pasan mas de lo que la gente admite jaja. Muy real

Sol_Nocturna

Que bueno!! la premisa sola ya engancha antes de leer la primera línea

PatoMagallanes

jajaja la estrategia de hacerse la borracha para que la lleve... demasiado piola para ser inventado. Tremendo relato

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