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Relatos Ardientes

La esposa devota que confesó su aventura en directo

Lucía llevaba trece años casada con Marcos y, para cualquiera que la conociera, era la imagen exacta de la entrega. Hablaba de él como quien recita un credo: «Marcos dice», «Marcos prefiere», «Marcos me cuida tanto que». Le planchaba las camisas oliendo el cuello antes de doblarlas, le preparaba el café a las siete menos cuarto sin un minuto de retraso, se agachaba a atarle los cordones cuando lo veía llegar agotado del trabajo. En la intimidad era igual de devota: lo recibía con la ropa ya abierta, se lo tomaba en la boca con una concentración casi litúrgica, y después le besaba las manos como si le agradeciera el privilegio.

Marcos era su pequeño dios doméstico y ella su feligresa más fiel. Nunca, en trece años, había mirado a otro hombre durante más de un segundo. No por miedo, sino por una especie de fe.

Aquel viernes, sin embargo, sus amigas la arrastraron a un bar de copas de los que todavía conservan luces de neón y olor a perfume barato mezclado con sudor.

—Solo una, Lucía, por favor —insistió Bea—. Llevas meses diciendo que no.

Aceptó porque negarse le pareció una grosería, y decepcionar a alguien que no fuera Marcos le pesaba menos que decepcionar a sus amigas. Era, se dijo, un pecado pequeño.

A las once y media ya llevaba tres copas y la cuarta le temblaba en la mano. Un tipo alto, con barba de tres días y una camiseta que se le ajustaba a los hombros, se acercó a la barra justo a su lado. Pidió un whisky sin mirarla. Pero ella sí lo miró. Miró el antebrazo tensándose al sostener el vaso, el modo en que llenaba la tela, el calor que desprendía. Y algo se le rompió por dentro, un dique que llevaba años conteniendo un agua oscura.

No pasaron quince minutos antes de que estuvieran en el baño del fondo. Él la tenía contra los azulejos fríos, la falda subida hasta la cintura, la ropa interior guardada en su bolsillo como un trofeo. Lucía jadeaba con la boca abierta, los ojos vidriosos, mientras él la penetraba de una sola embestida. Era distinto a Marcos, más grueso, y llegaba a lugares que ella ni sabía nombrar. Cada golpe le arrancaba un gemido culpable que intentaba ahogar mordiéndose el labio.

—¿Tu marido no te atiende lo suficiente? —le gruñó él al oído mientras le apretaba un pecho por encima del vestido.

Ella solo pudo negar con la cabeza. Lágrimas de vergüenza y de placer le resbalaban por las mejillas a la vez. Se corrió dos veces en menos de siete minutos: la primera diciendo el nombre de Marcos sin querer, la segunda mordiendo el hombro del desconocido para no repetirlo.

Cuando terminaron, él le dio una palmada en la cadera y salió silbando, como si acabara de ganar una apuesta. Lucía se quedó sola en el cubículo, respirando agitada, con el sabor metálico del arrepentimiento en la boca y una idea creciéndole dentro, enferma y nítida.

Tenía que contárselo a Marcos. No con palabras. Con imágenes. Para que él entendiera cuánto lo seguía queriendo, incluso así.

***

Se encerró en uno de los baños de mujeres, se quedó en ropa interior y tacones, apoyó el teléfono en el borde del lavabo y pulsó la videollamada. Marcos contestó al tercer tono.

—¿Cariño? ¿Va todo bien? —su voz sonaba adormilada, dulce, confiada.

Lucía se mordió el labio hasta casi hacerse daño.

—Marcos… te he sido infiel. Hace veinte minutos. En el baño de un bar. Me acosté con un desconocido. Lo siento. Lo siento muchísimo.

Hubo un silencio largo. Luego la respiración de él se hizo más densa.

—Enséñamelo —dijo, sin más.

Ella giró la cámara y se bajó la prenda despacio. Después volvió a enfocarse la cara, con la voz rota.

—Mira cómo me ha dejado… pero sigo siendo tuya, Marcos. Siempre voy a ser tuya. Perdóname, por favor.

Empezó a tocarse delante de la pantalla. Primero con círculos lentos, todavía sensible; después con dos dedos, mientras gemía bajito, entrecortada.

—Te quiero tanto… por eso necesito que me castigues. ¿Quieres castigarme más fuerte, amor?

Marcos no decía nada. Solo respiraba fuerte al otro lado de la línea. Solo miraba.

Entonces se abrió la puerta del baño. El mismo tipo de antes asomó la cabeza, la vio desnuda y hablando con la cámara, y sonrió como si le hubieran regalado la noche dos veces.

—¿Otra ronda, guapa?

Lucía miró la pantalla. Marcos no colgó. Solo dijo, con voz ronca:

—No pares.

Ella cerró los ojos un instante, temblando. Después se giró, apoyó las manos en el lavabo y separó los pies.

—Hazlo —susurró, sin dejar de mirar la cámara—. Mientras él me ve. Quiero que entienda cuánto lo quiero, incluso cuando me porto mal.

El hombre no se hizo de rogar. La penetró de un empujón, agarrándola por las caderas, con un ritmo brutal que convirtió sus gemidos en gritos cortados.

—Díselo —jadeó él—. Dile a tu marido lo que estás haciendo.

Lucía, con las lágrimas corriéndole, miró a la cámara entre embestida y embestida.

—Marcos… me estoy corriendo otra vez… pero solo tú puedes perdonarme. Solo tú.

Se corrió diciendo el nombre de su marido. Cuando el desconocido salió, ella se dejó caer de rodillas, el teléfono todavía enfocando su cara descompuesta de placer y de culpa.

—Perdóname, amor —susurró.

Marcos tardó varios segundos en responder.

—Vuelve a casa —dijo al fin, con voz grave—. Y no te duches. Quiero olerlo todo cuando llegues.

Ella asintió despacio, todavía temblando.

—Sí, mi amor. Lo que tú quieras.

***

Lucía se puso el vestido sin ropa interior —la había perdido en algún momento de la noche—, recogió el teléfono y salió a la calle tambaleándose sobre los tacones. El aire frío le golpeó la piel bajo la falda corta y soltó un gemido involuntario.

Entró en el coche, un utilitario gris aparcado a dos calles. Dejó el móvil en el soporte del salpicadero, orientado hacia ella, y mantuvo la llamada abierta en manos libres. Arrancó el motor, pero no se movió.

—Marcos… estoy demasiado caliente… no puedo conducir así.

Sin esperar respuesta se subió la falda, apoyó un pie en el salpicadero y empezó a tocarse de nuevo, mirando la cámara.

—Me estoy tocando pensando en ti… en cómo me vas a castigar. Dime que me perdonas. Dime que cuando llegue me vas a hacer tuya hasta que no pueda caminar.

Marcos respiraba cada vez más fuerte.

—Sigue. Quiero verte llegar antes de que conduzcas.

Justo entonces alguien golpeó el cristal del lado del copiloto. Lucía dio un respingo, pero no se detuvo. Era un chico joven, de veintitantos, gorra hacia atrás, con una cara de sorpresa que se transformó enseguida en una sonrisa.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó abriendo la puerta sin esperar.

Ella miró la pantalla. Marcos no dijo nada, solo seguía mirando.

—Marcos… hay alguien —susurró ella, entrecortada.

—Déjalo entrar —respondió él, con voz ronca—. Quiero verlo.

El chico se metió en el asiento del copiloto y cerró la puerta. Lucía se giró hacia él sin dejar de enfocar la cámara.

—Perdóname otra vez, amor —dijo, casi sollozando, y se subió a horcajadas sobre el desconocido.

Lo recibió de un movimiento brusco, gimiendo alto. Empezó a moverse rápido, las manos del chico aferrándole las caderas, marcándole el ritmo.

—¿Es tu novio el que mira? —gruñó él.

—Mi marido —jadeó ella—. Le estoy enseñando cómo me porto mal. Pero sigo siendo suya.

El chico se rio y le dio una palmada.

—Pues díselo.

Lucía miró la cámara, con las lágrimas cayéndole.

—Marcos… me va a llenar otra vez… ¿me dejas? ¿me dejas correrme con él?

Marcos solo gruñó:

—Córrete.

Ella aceleró hasta arquearse hacia atrás, gritando el nombre de su marido. El chico terminó casi al mismo tiempo y salió del coche sin decir nada más, dejándola temblando sobre el asiento.

—Amor… ya arranco. Voy para casa. No aguanto más.

Puso primera con las manos temblorosas y empezó a conducir. La cámara seguía enfocándola: la falda subida, una mano en el volante y la otra entre las piernas, tocándose despacio mientras avanzaba por calles casi vacías.

—Marcos… cada bache me recorre entera —susurraba—. Cuando llegue, quiero que me hagas todo lo que tú quieras.

***

Llegó al portal de su edificio veinte minutos después. Aparcó torcido, apagó el motor pero no cortó la llamada. Bajó del coche con las piernas flojas, el teléfono en la mano, la cámara todavía sobre su cara.

El ascensor estaba averiado, así que empezó a subir por la escalera. Apenas había subido medio tramo cuando se detuvo, apoyó la espalda en la pared y se levantó la falda otra vez.

—No puedo, Marcos… necesito una vez más antes de subir.

Entonces se abrió la puerta del primero. Era el vecino del 1.º B, un hombre de unos cuarenta y cinco años, en pijama y zapatillas. La vio y se quedó paralizado un instante. Después sonrió de lado.

—¿Lucía? ¿Qué…?

Ella no paró. Siguió mirando la cámara.

—Marcos… es el vecino. Me está viendo.

Marcos respondió con voz muy grave.

—Que sea él, entonces. Quiero verlo todo antes de que subas.

Lucía miró al hombre, todavía con la respiración entrecortada.

—Señor Vega… por favor… rápido… mi marido está mirando.

El vecino no lo dudó. Bajó los dos escalones que los separaban, la giró de cara a la pared y la tomó por detrás de un empujón firme.

—Siempre tan correcta —gruñó mientras se movía—. Y mira dónde estás ahora.

Ella gemía alto, con la mano libre sostenía el móvil para que Marcos lo viera bien.

—Marcos… tu vecino me está follando en la escalera —sollozaba de puro placer—. Dime que me quieres igual. Dime que cuando suba me vas a castigar.

—Te quiero más que nunca —respondió él—. Córrete para mí.

Ella aceleró las caderas, chocando contra él, hasta correrse otra vez gritando su nombre. El vecino terminó casi al instante y, cuando se apartó, se subió el pantalón sin una palabra y volvió a meterse en su piso.

Lucía se giró, todavía temblando, y miró la cámara con los ojos vidriosos.

—Subo ya, amor. Espérame. No te duermas.

Subió los escalones que quedaban a trompicones, el vestido pegado al cuerpo, el teléfono en alto para que Marcos viera cada paso. Cuando llegó a la puerta de su casa, se detuvo un segundo, respiró hondo y susurró mirando la pantalla:

—Estoy aquí, Marcos. Abre, por favor. Tu mujer ha vuelto.

La puerta se abrió desde dentro. La videollamada siguió encendida unos segundos más, hasta que Marcos alargó la mano, la sujetó por la nuca y la metió dentro de un tirón suave. La pantalla se volvió negra.

Pero se oyó perfectamente el primer gemido ahogado de Lucía cuando él la apoyó contra la pared del recibidor.

Porque, aunque aquella noche la había compartido con media ciudad, al final siempre volvía al mismo lugar. Y él siempre la recibía con la puerta abierta, como quien recoge una ofrenda que solo a él le pertenece.

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Comentarios (6)

PilarMx

Dios mio que relato... me quede sin palabras al final. Felicitaciones!

ElSenderoBA

El titulo me atrapó desde el primer momento. Espero que haya segunda parte!!

CristinaCba

Me recordó algo que me pasó hace años en una reunion de amigas jaja. Esas noches que salen mal... o bien, depende como se mire.

Noel_22

Que fuerte lo del arranque, uno no se imagina lo que viene. Muy bueno

MateoDelSur

Buenisimo, no se hizo largo en ningun momento. Sigue asi!

Beti_Cordoba

Lo lei dos veces para asegurarme que habia leido bien jajaja. Tremendo el final.

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