El gomero revisó más que las gomas de mi auto
—Mierda, otra vez no —murmuré entre dientes, apretando el volante mientras el auto vibraba como si tuviera vida propia. El temblor me subía por los brazos y se me metía en los dientes. Alcancé a desviar hacia el primer taller que vi en esa avenida fea de las afueras: un galpón destartalado con un cartel de neón que parpadeaba el nombre «Gomería El Tano».
El olor a caucho caliente y aceite me golpeó la cara apenas bajé del Audi. Llegaba tarde a una reunión, llevaba puestos mis mejores tacones y una blusa de seda que me había costado más de lo que debería admitir, y lo último que quería era pisar ese piso lleno de grasa.
Un hombre salió del fondo secándose las manos en un trapo negro. Alto, flaco, con la piel curtida por años de sol y una remera gastada con el nombre «Damián» bordado en el bolsillo. Sus ojos me recorrieron el cuerpo sin disimulo, demorándose un segundo de más a la altura del escote.
—¿Qué le pasa, señora? —preguntó. La voz le salía ronca, arenosa, como si arrastrara las palabras.
—No sé, empezó a temblar de la nada —dije, cruzando los brazos, irritada—. Revísele las gomas, pero rápido. Tengo prisa.
Damián se agachó junto a la rueda delantera y pasó la mano abierta sobre el dibujo del neumático, despacio, casi con cariño. Frunció los labios.
—Acá está el problema. Las tiene blandas. Demasiado blandas.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que así no sirven, señora —dijo, presionando el caucho con el pulgar—. Una goma sin la presión justa rebota mal, se gasta de cualquier forma y no da placer al manejar. Se siente cada bache.
Fruncí el ceño. ¿Placer? ¿Qué clase de respuesta era esa?
—De manejar, digo —aclaró él, como si me hubiera leído la cara, con media sonrisa—. De sentir que el auto vuela. Pero quédese tranquila. Yo tengo gomas que sí valen la pena. Venga, le muestro.
Lo seguí hasta un sector techado del fondo, donde las cubiertas se apilaban como rosquillas negras gigantes. Golpeó una con el nudillo.
—Esta sí está dura. Aguanta lo que le pongas y no se ablanda. —Señaló otra pila—. Y estas son de alta gama. Traen un forro interior especial que las protege, las hace durar y las deja suaves al tacto. ¿Quiere tocar?
Antes de que pudiera negarme, me tomó la muñeca y guio mis dedos hacia el interior de una cubierta. La tela era sedosa, mucho más suave de lo que esperaba. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del galpón.
—A veces el problema no es la goma —siguió, bajando la voz—, sino lo que lleva adentro. ¿Sabe qué le ponen para que dure?
Sacó un frasco de un estante. Adentro había un líquido lechoso y espeso que se movía pesado cuando lo hizo girar.
—Esto. Llena los poros, sella las fisuras y las deja como nuevas. Firmes y llenas.
No podía dejar de mirar el frasco. Toda la conversación tenía un doble sentido que yo no quería entender, pero que mi cuerpo entendía perfectamente. Se me había secado la garganta.
—¿Y cómo sé si funcionan? —pregunté, y la voz me salió más suave de lo que hubiera querido.
—Hay que probarlas, señora —dijo, dando un paso hacia mí—. Pero antes hay que revisar que todo el conjunto esté en orden. El auto es un todo. —Sus ojos volvieron a bajar—. Usted, por ejemplo. Lindos neumáticos los suyos. Pero ¿tendrán la presión justa? ¿O estarán un poco blandos también?
Y entonces, sin que yo alcanzara a reaccionar, levantó la mano y la apoyó sobre mi pecho, justo en el borde del corpiño. Me quedé congelada. La palma le ardía a través de la seda.
—Mmm —murmuró, masajeando despacio—. Blanditos. Necesitan presión. Que alguien se los trabaje bien para que se pongan firmes.
***
Tendría que haberlo abofeteado. Tendría que haber agarrado mi cartera y salido corriendo a denunciarlo. En cambio me quedé ahí, con la espalda contra una pila de cubiertas y el olor a goma envolviéndome, mientras su otra mano subía a buscar mi otro pecho.
—¿Siente? —dijo—. Con un poco de presión se notan más. Rebotan mejor.
Se me escapó un gemido, una mezcla de pánico y de una excitación que me daba vergüenza.
—No deberíamos… —alcancé a decir.
—Claro que sí. Es una revisión de seguridad —susurró contra mi oído, mientras sus pulgares encontraban mis pezones por encima de la tela—. Hay que probar todas las gomas. Las del auto y las de la señora.
Me desabrochó la blusa con una destreza que me asustó. El corpiño cedió y mis pechos quedaron al aire en la penumbra del taller. Los miró con un hambre que nunca había visto en mi marido.
—Qué buen par, señora —dijo, antes de inclinarse y atrapar un pezón con la boca.
Arqueé la espalda y me mordí la mano para no gritar. Su boca caliente y áspera sobre mi piel era pura electricidad. Mientras me chupaba, su otra mano bajó por mi vientre y se coló bajo la falda.
—Y ahora la prueba final —murmuró—. A ver si está bien lubricada por dentro.
Sus dedos encontraron mi clítoris, hinchado y empapado, y un sonido ridículo se me escapó de la garganta.
—Mire nomás. Mojada como las gomas buenas. Lista para rodar.
Me masturbó ahí, de pie entre las cubiertas, mientras me amasaba los pechos con rudeza y me hablaba al oído con esa misma cadencia de mecánico explicando una reparación. Cuando me bajó la falda y me empujó contra el caucho frío, ya no me quedaba ni una palabra de protesta.
—A ver si aguanta el trote, señora —gruñó, hundiéndose en mí de una sola estocada.
Cada empujón me clavaba contra el caucho áspero y oloroso. Me hablaba sucio, me trataba como a una herramienta más de su taller, y yo me odiaba por lo mucho que eso me gustaba. Terminó dentro de mí con un rugido, y sentí el calor inundándome como una rendición definitiva.
Se acomodó la ropa como si nada y me alcanzó un trapo limpio.
—Límpiese. Sus gomas ya están listas. —Montó una cubierta nueva en el Audi y, cuando me acerqué todavía temblando, agregó en voz baja—: Las del auto quedaron duras. Las suyas, en cambio, ya están gastadas. Y ahora son mías. Vuelva cuando quiera otra revisión.
***
Manejé las cuadras siguientes en un silencio ensordecedor. Pasé tres días sin poder pensar en otra cosa que el olor a goma, la voz ronca de Damián y la humillación deliciosa de todo lo que había pasado en ese galpón. Andrés, mi marido, notó que andaba en las nubes.
—¿Qué te pasa, Mariana? Estás rarísima desde el lunes —me dijo una mañana en el desayuno.
El pánico me cerró el estómago. No podía decirle la verdad. Pero la excusa me salió sola, tejida con la misma calentura que me venía consumiendo.
—Es el auto, amor. Cuando lo llevé a la gomería, el tipo me habló de unos forros especiales para que las cubiertas duren más. Dijo que eran de primera calidad.
Andrés levantó la vista, interesado, siempre tan práctico.
—¿Ah, sí? ¿Y valen la pena? Si son buenos, que te los ponga. Prefiero gastar en eso antes que quedarme tirado en la ruta.
La respuesta de mi marido era exactamente el permiso que yo estaba buscando sin animarme a buscarlo. La justificación perfecta para mi propia bajeza.
—No le pregunté mucho —mentí, con el corazón golpeándome el pecho—. Me dio vergüenza. Pero si vos decís…
—Andá, preguntale bien. Volvé y me contás. Si convencen, que se los ponga a las cuatro ruedas.
***
Así fue como me encontré de nuevo frente al cartel de neón de «Gomería El Tano». Damián me vio llegar y una sonrisa lenta, de quien ya sabe todo, se le dibujó en la cara.
—Señora Mariana. ¿Le volvió a temblar el auto, o se le aflojó otra cosa?
Me ardieron las mejillas, pero me mantuve firme.
—Mi marido quiere saber más de esos forros. Los que hacen durar las gomas.
Damián soltó una risa baja y sucia.
—¿El marido quiere saber? Mire usted. Los hombres siempre quieren proteger lo que es suyo. Venga, que los forros no se le muestran a cualquiera.
Me llevó a una oficina diminuta en el fondo, atiborrada de catálogos, con un olor a caucho todavía más espeso. De un cajón metálico sacó dos objetos que me cortaron la respiración: dos fundas de látex oscuro, largas, pero no estaban vacías. Estaban llenas, hinchadas con una sustancia lechosa que se movía pesada en su interior.
—Estos son los forros —dijo, sosteniéndolos como trofeos—. Se ponen, se trabajan bien firmes y se llenan para proteger la goma de adentro. Cuando uno termina, quedan así. Prueba de un trabajo bien hecho.
Me los acercó. El látex estaba tibio, y a través de él se veía el líquido denso desplazarse.
—¿Y qué se hace con ellos después? —pregunté, fascinada y asqueada al mismo tiempo.
—Se prueban, por supuesto. Hay que verificar la calidad. Y la mejor forma es directo de la fuente. —Hizo una pausa cargada de algo oscuro—. Pero antes le voy a poner un forro nuevo a esa goma suya. De rodillas, señora.
Obedecí. Mi cuerpo se movió por pura sumisión, antes que mi cabeza alcanzara a discutirlo. Damián se abrió el pantalón y se liberó, ya duro y palpitante.
—Tome el forro con la boca. Póngamelo usted misma.
Lo tomé con los labios y deslicé el látex sobre él con una torpeza que pareció excitarlo todavía más. Después me dobló sobre el escritorio de metal, me levantó la falda y se hundió de un golpe.
—Así se prueba un forro, señora —gruñía contra mi oreja—. ¿Siente cómo la protege por dentro mientras se la meto bien duro?
Me embistió sin piedad, usando el preservativo como una barrera y un recordatorio de quién mandaba ahí. Me hablaba al oído con frases que me humillaban y, al mismo tiempo, me empujaban al borde.
—Tu marido quería que te pusieran forros, ¿no? Bueno, acá se los estoy poniendo. El mejor de todos.
Terminó dentro del látex con un último estremecimiento, y yo sentí cómo se expandía, caliente y pesado, en lo más profundo de mí. Me quedé doblada sobre el escritorio, jadeando, mientras él se retiraba despacio y tiraba el preservativo a la basura.
—Listo. Forro nuevo puesto —dijo, acomodándose la ropa—. Dígale a su marido que las gomas del auto quedaron seguras. Las suyas, señora… las suyas ya no van a volver a ser las mismas.