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Relatos Ardientes

Los plomeros le destaparon algo más que el fregadero

La puerta se abrió con una impaciencia que no se molestó en disimular. Mariana los miró de arriba abajo, de los borceguíes manchados a las manos curtidas, como quien inspecciona algo que preferiría no tocar. Dos plomeros en su recibidor impecable eran una grieta en el orden perfecto de su mañana.

—El problema está en la cocina —dijo, cortante, sin presentarse ni preguntar sus nombres—. El fregadero. Y cuidado con las paredes, que las acabo de pintar.

El mayor, un hombre ancho de hombros llamado Aníbal, asintió con una calma que a ella le resultó casi insolente.

—Tranquila, señora. Sabemos hacer nuestro trabajo.

El otro, Damián, más joven y de sonrisa fácil, le guiñó un ojo a su compañero apenas ella les dio la espalda.

—Otra que se cree que el sudor mancha la categoría —murmuró por lo bajo mientras avanzaban por el pasillo—. Son todas iguales.

Aníbal sonrió sin levantar la voz.

—No te apures, pibe. A estas, el caño que más se les tapa nunca es el del fregadero. Éstas siempre terminan con la boca llena y el culo levantado.

El desperfecto era mínimo: agua estancada que no terminaba de irse. Mariana se quedó de pie, con los brazos cruzados, vigilándolos como si fueran a robarle los cubiertos. Media hora y los echo, pensó.

—Tienen poco tiempo —les advirtió—. A las tres tengo una reunión importante.

Trabajaron en silencio, con una eficacia que ella se negaba a reconocer en voz alta. A los veinte minutos el agua giró y desapareció por el desagüe con un gorgoteo limpio.

—Listo. Destapado —anunció Aníbal, incorporándose y secándose las manos.

—Perfecto. Ya pueden retirarse —dijo Mariana, señalando la salida con un gesto seco.

—Un momento —intervino Damián, sin moverse—. Para garantizarle el trabajo conviene probarlo con buen caudal. ¿Nos ayuda a lavar esos platos que tiene ahí? Es la forma más segura de confirmar que el flujo quedó bien.

La miró como si le hubieran pedido que destripara la cañería con los dientes.

—¿Lavar platos? ¿Es una broma? Yo no lavo platos. Para eso tengo a alguien.

Aníbal dio un paso adelante, sin tocarla, llenando el espacio solo con su presencia.

—Es una prueba técnica, señora. Si el caño se vuelve a tapar mañana, hay que abrir todo el sistema y le sale el triple. O lavamos estos platos entre los tres, nos quedamos tranquilos y nos vamos. Usted decide.

El orgullo chocó de frente con la cifra de una factura. Soltó el aire por la nariz, vencida.

—Está bien. Pero rápido.

—No tan rápido —dijo Damián, abriendo un cajón con una familiaridad que la desconcertó. Sacó un delantal de lino, blanco, impecable—. No vaya a arruinar esa blusa tan cara. Póngaselo.

Ella lo fulminó con la mirada, pero la amenaza del presupuesto la doblegó. Se ató el delantal con dedos torpes, sintiéndose ridícula y, por algún motivo que no quiso examinar, observada.

—Y los guantes —agregó Aníbal, alcanzándole un par de goma amarilla—. Para que no se le maltraten las manos.

Rígida de humillación, Mariana se los calzó. Cuando empezó a enjabonar el primer plato sintió al hombre acercarse por detrás. Su aliento le rozó la nuca.

—Así sí. En su elemento, señora.

—No sé de qué habla —respondió ella, la vista clavada en el agua.

—Claro que lo sabe —dijo Damián, ubicándose a su costado, acorralándola con suavidad contra el borde del fregadero—. Una mujer tan ordenada, tan dueña de todo… en el fondo lo que necesita es que alguien le diga qué hacer. Que la baje un poco. Que la trate como la putita que tiene adentro.

Aníbal apoyó una mano en su cintura, por encima del delantal, sin apuro, dándole tiempo de apartarse. Mariana no se apartó. El corazón le golpeaba el pecho y el miedo se mezclaba con algo cálido y vergonzoso que crecía más abajo, entre las piernas, humedeciéndole las bragas sin permiso.

—¿Siente cómo destapamos bien el caño? —murmuró él contra su oído, mientras la mano bajaba a apretarle el culo por encima del vestido—. ¿Siente cómo todo empieza a fluir como debe?

—Déjenme —susurró ella. Pero la palabra salió sin convicción, casi como una pregunta.

—¿Dejarla? —rió Damián—. Si recién estamos probando el servicio completo. Siga lavando.

La mano de Aníbal le levantó despacio el ruedo del vestido y le acarició el muslo desnudo. Los dedos ásperos, callosos, subieron centímetro a centímetro hasta rozarle la tela empapada del calzón. Mariana se mordió el labio para no gemir. Damián, del otro lado, le pasó la mano por delante y le apretó una teta por encima del delantal, buscándole el pezón hasta encontrarlo duro, delator.

—Miralo, Aníbal —murmuró Damián—. Está más dura que un caño. La señora se hace la fina y tiene el corpiño mojado.

—Cállense —jadeó Mariana, con las manos todavía metidas en la espuma.

—Callarnos no, señora —le contestó Aníbal, apartándole el calzón a un lado con dos dedos y hundiéndoselos en el coño de un solo empujón—. Usted es la que se calla y trabaja. Nosotros hacemos el resto.

Ella soltó un gemido largo, roto, y el plato se le resbaló de las manos enguantadas. Los dedos gruesos de Aníbal la abrían por dentro, entraban y salían con un chapoteo húmedo que se mezclaba con el del agua de la pileta. Damián le bajó la parte de arriba del vestido de un tirón, le sacó el corpiño hasta la cintura y se agachó para chuparle una teta, mordisqueándole el pezón hasta hacerla arquearse.

—Lavá —le ordenó, sin sacarse el pezón de la boca—. Seguí lavando, sirvienta.

Mariana obedeció, temblando, agarrando otro plato con manos que apenas respondían. Aníbal le siguió metiendo los dedos, ahora tres, torciéndoselos adentro hasta encontrarle un punto que la hizo gritar contra la esponja.

—Escuchá cómo chorrea —dijo él, mostrándole la mano brillante a Damián por encima del hombro de ella—. Está hecha una fuente. Los caños de esta señora estaban todos tapados hace rato.

Damián se enderezó, se abrió el cierre del pantalón y sacó una verga gruesa, ya dura, con la punta brillante. Se la puso a Mariana delante de la boca.

—Abrí, señora. Probá el sabor de un obrero.

Ella lo miró, con los ojos vidriosos, la boca entreabierta. Iba a protestar, pero Aníbal le curvó los dedos adentro y le arrancó otro gemido, y en ese gemido la punta de la polla de Damián se le metió entre los labios. La sostuvo del pelo con una mano y empezó a moverse despacio, empujándole la verga hasta el fondo de la garganta, sacándola cuando ella hacía arcadas, volviendo a meterla.

—Así, señora. Chupá bien. Mostrame que sabés hacer algo más que dar órdenes.

Mariana chupaba con los ojos cerrados, saliva colgándole de la barbilla, mientras Aníbal seguía dedeándola por detrás. Escuchó el ruido del cinturón del otro plomero abriéndose atrás suyo, y después el roce de una tela pesada cayendo al piso.

***

Aníbal le levantó la falda del vestido con una mano y la deslizó a un lado, arrancándole el calzón por la costura de un tirón seco. Mariana dejó escapar un gemido y un plato se hundió en el agua con un chapoteo. Damián le tomó las manos enguantadas y la obligó a seguir frotando, como si el ritual de la sumisión dependiera de que no se detuviera.

—No pares. Seguí trabajando —ordenó Aníbal, mientras se pasaba el glande por la raja empapada, de arriba abajo, buscándole la entrada.

Cuando la penetró, lo hizo de una sola embestida, hasta el fondo, con un movimiento lento y profundo que la dejó sin respiración. Mariana abrió la boca en un grito mudo, la garganta llena todavía de la verga de Damián.

—Uh, mirá cómo aprieta la señora —gruñó Aníbal, agarrándola de las caderas con las dos manos—. Está caliente adentro. Y bien mojada. Se ve que hacía rato que nadie le abría el caño principal.

Ella se aferró al acero frío del fregadero. El mundo se redujo a cuatro cosas: el metal contra sus caderas, la polla que se le hundía hasta el fondo por detrás, la otra que le entraba y salía de la boca por delante, y el agua tibia y jabonosa que le subía hasta las muñecas. Cada embestida de Aníbal la empujaba hacia adelante, hundiéndole las manos en la pileta y clavándole la garganta en la verga de Damián.

—¿Le gusta? —gruñó Aníbal en su oreja, cogiéndola cada vez más fuerte, con un ritmo brutal que le sacudía las tetas debajo del delantal—. ¿Le gusta sentirse así de bajada? ¿Rellena por los dos lados?

Damián le sacó la polla de la boca para dejarla contestar. Un hilo de saliva le colgó del labio hasta el glande.

—Sí… —se le escapó, mitad protesta, mitad rendición.

—Sí, ¿qué? —le exigió Damián, dándole una cachetada suave con la verga en la mejilla—. Diga lo que es. Diga lo que siente.

—Que me gusta —jadeó ella, perdida en una marea que no quería frenar—. Que me siento… usada. Que me siento una puta. Y me gusta. Me gusta que me cojan así, como a una sirvienta cualquiera.

—Esa es la palabra —rió Aníbal, agarrándole el pelo desde atrás y arqueándola hacia él, para meterse hasta la raíz—. Puta. Puta de servicio. Dígalo otra vez.

—Soy una puta —repitió ella, la voz destrozada—. Soy la puta de ustedes. Cójanme. Cójanme más fuerte.

Damián la agarró de la mandíbula y le volvió a meter la polla hasta la garganta, más profundo esta vez, hasta hacerla lagrimear. La cocina se llenó del ruido pegajoso de la doble penetración: el chapoteo del coño de Mariana empalado en la verga de Aníbal, el gorgoteo de su boca ahogada por la de Damián, y de fondo el agua del fregadero rebalsando por los bordes.

—Vení, damos vuelta a la señora —dijo Aníbal, saliéndose de golpe y dejándola vacía por un segundo.

Entre los dos la giraron y la sentaron sobre la mesada, con el culo en el borde y las piernas abiertas. El delantal blanco, mojado, se le pegaba a las tetas desnudas. Damián le levantó las piernas hasta los hombros y se le metió de frente, hundiéndose en un solo empujón.

—Aaah, hijo de puta —gimió ella, echando la cabeza para atrás.

—Callate y chupá —dijo Aníbal, subiéndose al costado y poniéndole la verga en la boca, la misma que acababa de estar adentro de ella. Mariana la lamió sin pensarlo, saboreándose a ella misma, la mezcla de su flujo con el sudor del hombre, mientras Damián la cogía de frente con embestidas cada vez más rápidas.

—Miralo, este culo —dijo Damián, agarrándole las nalgas—. Cómo lo mueve. Ni tan señora ni tan nada. Es una yegua.

Le mordió una teta, dejándole la marca de los dientes en la piel blanca, y ella gritó, gritó de verdad, con un orgasmo que le llegó desde los pies y le sacudió todo el cuerpo. Se retorcía en la mesada, apretándole la verga a Damián por dentro con espasmos, mientras seguía chupándole la punta a Aníbal, tragando lo que se le venía a la boca.

—Se vino la señora —rió Aníbal—. Se acabó re fácil. Vieras cómo mueve el coño.

—Ahora nos toca —contestó Damián, agarrándola de la cintura y cogiéndola con más fuerza, hasta hacer temblar la mesada. La corrida se le vino desde adentro, en chorros gruesos, calientes, que le llenaron el coño y le rebalsaron por los muslos.

Cuando Damián terminó dentro de ella con un ronquido grave, Mariana sintió el calor invadirla y se quedó doblada sobre la mesada, temblando. Pero no era el final. Aníbal la bajó de un tirón, la giró y la volvió a poner de espaldas contra el fregadero. Se acomodó detrás y le apoyó la punta en el ojete.

—Ese caño todavía no lo probamos, señora.

—No, ahí no… —jadeó ella, pero él ya empujaba, y la verga bien lubricada por el coño se le abrió paso hasta el fondo del culo. Mariana gritó, mordiéndose la mano enguantada, mientras Damián le juntaba la corrida que le chorreaba por los muslos con dos dedos y se los daba a chupar.

—Trague, señora. Trague todo.

Aníbal la cogió en el culo con embestidas cortas, apretadas, mientras le tironeaba de los pezones con las dos manos. Ella se venía otra vez, doblada sobre la pileta, entre gemidos que ya no intentaba disimular. Cuando él terminó, lo hizo adentro, hasta el último chorro, y después salió despacio, dejándole todo el semen adentro.

Mariana se quedó vacía y entera a la vez. Damián le acomodó el delantal manchado con una palmada en la cadera. Un hilo blanco le bajaba por la pierna.

—Buen trabajo, señora. Los caños quedaron perfectos. Los dos.

Se arreglaron la ropa como si nada hubiera ocurrido. Antes de salir, Damián dejó el delantal sobre la mesada.

—Gracias por la ayuda. La factura se la mandamos por la semana.

La puerta se cerró. Mariana se quedó sola en su cocina perfecta, con el fregadero lleno de platos limpios, el culo y el coño chorreando, y el cuerpo lleno de la prueba de que los caños que de verdad se le habían destapado esa tarde no eran los de la cañería.

***

La puerta principal volvió a abrirse cerca del mediodía, antes de lo previsto. Era Esteban, su marido, de regreso del trabajo.

—Mari, ¿estás? Te llamé al celular y no me atendías.

Ella apareció en el umbral del living y él se detuvo en seco. Su mujer, siempre impecable, estaba despeinada, con el vestido arrugado y una mirada que jamás le había visto: cansancio, vergüenza y un brillo salvaje, todo al mismo tiempo.

—¿Qué pasó? ¿Estás bien? —preguntó Esteban, acercándose.

Ella no contestó enseguida. Lo tomó de la mano y lo guió hasta la cocina, como quien conduce a alguien por un sitio prohibido. El aire olía a sexo, a semen y a desinfectante cítrico. Sobre la mesada, el delantal de lino que había sido blanco mostraba unas vetas pegajosas que brillaban bajo la luz.

—¿Qué es esto, Mariana? —preguntó él, la confusión derivando en algo más oscuro.

Ella se le acercó, la voz convertida en un susurro ronco.

—Vinieron los plomeros, amor. A destapar un caño. —Señaló el fregadero—. Y lo destaparon. Muy bien. Pero no fue el único.

Se paró frente a él, muy cerca.

—Al principio los traté como lo que eran para mí: dos obreros sucios. Y ellos me trataron como lo que creyeron que yo era: una señora soberbia. No les gustó.

Esteban tragó saliva. Un calor extraño le subía por el pecho, mezcla de espanto y otra cosa que no se atrevía a nombrar.

—Me hicieron poner esto —dijo ella, tocando el delantal con la punta del dedo—. Y los guantes. Me ordenaron lavar los platos. Yo me negué, Esteban. Te juro que dije «yo no lavo platos». Pero insistieron.

La respiración se le aceleró al recordarlo.

—Uno me sujetó por detrás, contra el fregadero. Me metió los dedos en el coño mientras me empujaba contra el acero, y me obligaba a seguir frotando. Y me decía al oído: «¿Siente cómo se destapa bien el caño, señora?». Yo tenía las manos en la espuma, Esteban, y el tipo me abría por dentro con tres dedos. Y el otro, el más joven, me sacó las tetas por arriba del delantal y me las chupaba mientras el primero me dedeaba.

Los ojos de Esteban no se despegaban del delantal manchado. Su mujer, su perfecta Mariana, le estaba describiendo con detalle cómo otros la habían tenido. Y lo peor, o lo mejor, era lo que eso despertaba en él.

—Después me la metió, amor —siguió ella, sin piedad, buscándole los ojos—. Me la metió en el coño de una sola embestida, hasta el fondo, mientras el otro me ponía la polla en la boca. Me cogieron los dos a la vez, uno por atrás y otro por adelante. Y yo chupaba, Esteban. Chupaba como si me fuera la vida.

Le acarició la cara con la mano que todavía olía a otros.

—Me sentaron sobre la mesada. Acá, donde desayunamos. Y me abrieron de piernas y me cogieron entre los dos. Me hicieron acabar dos veces. Y después el grandote me dio vuelta y me metió la verga en el culo, amor. En el culo. Y yo dije que sí. Dije más. Dije por favor.

—Mariana… —murmuró Esteban, con la voz ahogada.

—Me dejaron marcada, amor —continuó ella, la voz cargada de un morbo que lo paralizaba—. Por dentro y por fuera. Los dos se corrieron adentro. Uno en el coño y el otro en el culo. Todavía lo tengo adentro, Esteban. Todavía me chorrea. Y mientras lo hacían, me reían en la cara y me llamaban su sirvienta. Su putita de servicio.

Se inclinó hacia su oído.

—¿Sabés qué fue lo más fuerte? Que mientras pasaba, no pensaba en vos. Pensaba en ellos. En cómo me usaban. En lo completa que me sentía. Con dos vergas adentro, amor. Dos. Y vos con una nunca me llenaste así.

Levantó el delantal de la mesada con una lentitud deliberada y se lo acercó a la cara.

—Olé, Esteban —le ordenó, la voz de pronto firme—. Olé lo que hicieron en tu cocina, en tu casa. Olé el semen de otros hombres en el delantal de tu mujer.

Él obedeció. Inhaló el perfume de ella mezclado con el de otros hombres, el olor inconfundible de la corrida ajena secándose en el lino, y sintió cómo su propio cuerpo lo traicionaba, endureciéndose contra la tela del pantalón con una urgencia que lo avergonzó y lo encendió a partes iguales. Era un cornudo. Y nunca en su vida había estado tan excitado.

Mariana sonrió al notar el bulto en su pantalón.

—No te asustes. Todavía hay más.

Se levantó apenas el vestido, se abrió las piernas y se metió dos dedos en el coño hasta el fondo. Los sacó chorreando semen espeso, blanco, que le colgaba entre los dedos en hilos gruesos. Se los acercó a los labios de él.

—Probá. Probá lo que me dejaron, en la mujer que es tuya. Probá la corrida de los que te la cogieron.

Esteban, con la respiración entrecortada y los ojos clavados en ella, abrió la boca y le lamió los dedos. Chupó despacio, saboreando el gusto salado y ácido del semen ajeno mezclado con el flujo de su mujer. Le estalló en la lengua. Era real. Era humillante. Era lo más erótico que había hecho en su vida.

Ella le metió los dedos más al fondo de la boca, obligándolo a chupar hasta el nudillo.

—Así, mi amor. Tragá. Tragá lo que otros dejaron adentro de tu mujer.

Esteban tragó, con lágrimas en los ojos y la verga a punto de romperle el pantalón.

Ella rió, un sonido bajo y triunfal.

—Así que te gusta, ¿no, mi amor? Te gusta saber que tu mujer fue tratada como una sirvienta, y que ahora vuelve a vos marcada por otros. Marcada por dentro. Llena de la corrida de dos plomeros.

***

Esteban se arrodilló frente a ella sobre las baldosas frías. No había rabia en su cara, solo una entrega absoluta y un deseo voraz que ya no intentaba esconder.

—Tenés razón —murmuró, la voz quebrada—. Te abrieron bien el caño. Demasiado bien para que yo solo pueda repararlo.

Alzó la vista hacia ella, que lo observaba desde arriba con una sonrisa de poder recién descubierto. Ella se subió el vestido y le mostró el coño enrojecido, hinchado, todavía chorreando restos blancos por el muslo.

—Mirá cómo me dejaron, Esteban. Mirá bien.

Él miró. Y sin que ella se lo pidiera, adelantó la cara y le pasó la lengua por el muslo, recogiendo el hilo de semen que le bajaba. Después subió, despacio, hasta hundirle la boca en el coño, chupándole la corrida de otros hombres directo desde adentro. Mariana le agarró la cabeza con las dos manos y se lo apretó contra el sexo, moviendo las caderas.

—Así, sirviente. Limpiame bien. Limpiame lo que otros me dejaron.

Esteban lamió, sorbió, tragó, con una devoción que jamás le había mostrado en la cama. Ella se corrió otra vez, en su boca, un orgasmo corto y ácido que la hizo temblar contra la mesada.

Cuando lo apartó, él tenía la cara empapada y los ojos brillantes.

—Ya no soy del todo tu marido, ¿verdad? —dijo él, aceptando el papel—. Soy el marido de la sirvienta. El que se queda en su rincón mientras los hombres de verdad la usan. El que le limpia el coño después.

Mariana le pasó los dedos por el pelo, una caricia que era más una orden que un cariño.

—Exacto. Sos mi marido sirviente. Y un sirviente obedece.

—Sí, señora —respondió él, la voz cobrando una firmeza extraña—. Por eso te pido algo.

—Pedí, cornudo. Pero sabé bien lo que pedís.

—Llamalos —suplicó, el rostro pegado a su muslo, todavía sintiendo el gusto ajeno en la boca—. Llamá a los plomeros. Ahora. Quiero verlo. Quiero estar sentado en esa esquina y mirar cómo te destapan el caño de nuevo, delante de mí. Quiero verte servirles. Verte chuparles la verga. Verlos meterte los dos a la vez. Oírlos llamarte como te llamaron.

La petición quedó suspendida en el aire, una declaración de su propia rendición. Mariana soltó una carcajada baja, victoriosa. Era el poder que había anhelado sin saber que lo deseaba.

—¿De verdad querés volver a verme ensuciar? ¿Sentarte ahí, con todo duro, mientras ellos me clavan hasta el fondo por el coño y por el culo y me dejan lista para que vos me limpies después con la lengua?

—Sí, por favor —rogó Esteban—. Quiero ser testigo. Quiero ver cómo mi mujer se vuelve su sirvienta otra vez. Quiero verlos correrse adentro tuyo y después limpiarte yo, con la boca, hasta la última gota.

Ella se incorporó con una gracia nueva y fue a buscar el teléfono. Mientras revisaba las últimas llamadas, le habló sin dejar de mirarlo, todavía de rodillas.

—Muy bien, mi cornudo. Vas a tener la mejor butaca. Pero hay una regla: no te tocás. Solo mirás. Aprendés. Y te preparás para cuando se vayan, porque vas a ser vos el que recoja los platos rotos de mi orgullo. Y el que me chupe el coño lleno de corrida.

Encontró el número y marcó, en altavoz. Esteban escuchó cada tono con el corazón en la garganta.

—¿Hola? —dijo una voz ronca del otro lado. Era Aníbal.

—Aníbal, soy Mariana. La señora del fregadero.

Hubo una pausa y una risa.

—Señora Mariana. ¿Se le tapó algo de nuevo?

—No, no. Los caños funcionan perfecto —dijo ella, paseando por la cocina mientras su marido la seguía con la mirada—. Los dos. De hecho, funcionan tan bien que mi esposo quiere ver el trabajo. Quiere una demostración. En vivo.

Otra risa, esta vez de dos voces.

—¿En serio? ¿El patrón quiere mirar cómo le cogemos a la mujer?

—Así es. Quiere ver cómo tratan a una sirvienta. Cómo me ponen el delantal y los guantes. Cómo me cogen entre los dos, por adelante y por atrás. Y cómo me dejan, otra vez, chorreando, lista para que él me limpie.

Esteban gimió, sin poder contenerse.

—¿Escuchaste eso, Damián? —dijo Aníbal—. Parece que tenemos función. El maridito quiere ver cómo su señora se traga la corrida ajena. ¿Para cuándo la quiere, señora?

—Para ahora —respondió Mariana, antes de cortar—. Vengan ya. El escenario está listo y la sirvienta también. Y traigan hambre, porque hay mucho caño para destapar.

Colgó y se quedó mirando a su marido, arrodillado y tembloroso.

—Ya vienen. Preparate, Esteban. Preparate para ver a tu mujer convertida en la obra de otros hombres. Y acordate: vos sos el primero que la limpia cuando se van.

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Comentarios(8)

Roby_norte

jajaja el titulo ya me vendio solo, y el relato no defraudo para nada. muy bueno

CarlosGDL

tremendo. tiene ritmo y tension desde el principio, enganchado hasta el final

JuanCba

me encanto, se siente real sin ser burdo. sigue así!!

NocturnoBCN

necesito una segunda parte, no puede quedar ahi!! deja muchas ganas de mas

Caro_2803

el titulo me parecio gracioso y termine enganchada sin darme cuenta jajaja. buenisimo

PatriciaOnline

me recordo a una vecina que siempre trataba mal a los que venian a hacer arreglos... las ironias de la vida jaja. muy entretenido el relato

ElMiron23

la dinamica esta muy bien lograda. de lo mejor que lei ultimamente en esta categoria

Fernanda_ok

genial!!!

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