La terapia que la empujó a engañar a su novio
Mariana Bustos había llegado a la capital hacía apenas diez meses. Venía de un pueblo del interior, donde la vida transcurría lenta y sin sorpresas. A los veintitrés años seguía siendo una chica de campo: piel clara, ojos grandes, cabello castaño y ondulado, un cuerpo firme de tanto ayudar en la huerta familiar. Cuando decidió mudarse a estudiar diseño, todo le resultaba enorme y abrumador.
En la ciudad conoció a Damián, su novio. Él era unos años mayor, trabajaba en la empresa de su familia y tenía un carácter amable pero reservado. Mariana, que era virgen cuando llegó, le entregó su virginidad en el tercer mes de relación. Fue tierno, rápido y poco memorable. Desde entonces su vida sexual había sido siempre igual: la misma postura, las luces apagadas, casi nada de juego previo y todo terminado en menos de diez minutos.
No la pasaba mal, pero sentía que faltaba algo y no sabía ponerle nombre. Nunca había estado con nadie más. ¿Cómo iba a saber qué era «bueno»?
Lo que de verdad la angustiaba había pasado hacía tres semanas. En un restaurante, sin demasiado preámbulo, Damián le había dicho que se llevaban bien y que sería buen momento para comprometerse. Mariana, entre nerviosa y emocionada, contestó que sí. Pero por dentro entró en pánico. ¿Casarse así, sin saber si la intimidad podía ser distinta, mejor, más intensa? Cada vez que intentaba hablar del tema con él, Damián cambiaba de conversación, y ella no insistía por vergüenza.
Por eso, cuando vio el anuncio en un grupo de redes sociales —«Terapia grupal para mejorar la confianza emocional y sexual, enfoque práctico»—, organizado por una asociación de procedencia más bien dudosa, decidió inscribirse. Quizás aquí me ayuden a entender qué me pasa, pensó.
El primer día llegó nerviosa. El grupo era pequeño: ocho personas en una sala rectangular, con los sillones dispuestos en círculo. Al frente estaba el coordinador, Gustavo, un hombre de unos cincuenta años, de canas en las sienes, barba descuidada y una voz grave que tranquilizaba sin esfuerzo.
Después de las presentaciones, Gustavo explicó la idea del grupo.
—Aquí no venimos solo a hablar de teorías —dijo—. Venimos a poner en práctica lo que sentimos. La confianza se construye haciendo, no únicamente conversando.
Mariana estaba sentada al lado de un chico grande, de unos veintiséis años, ancho de espaldas, con gafas y un aire tímido. Se llamaba Tobías. Cuando le tocó hablar, se puso colorado y apenas levantó la vista del suelo.
—Yo… me cuesta mucho relacionarme con las chicas. Me pongo demasiado nervioso. Tengo inseguridades con mi cuerpo y con… mi rendimiento. Lo intento, pero me paralizo.
A Mariana le dio ternura. Le pareció un chico amable, inseguro como ella, aunque por motivos distintos.
Con el correr de las sesiones, Gustavo fue conociendo al grupo. Sus ojos se detuvieron especialmente en Mariana. Notó su ingenuidad, lo fácil que se sonrojaba, cómo bajaba la mirada cuando se mencionaba el sexo, las preguntas casi infantiles que hacía a veces. No tenía ganas de dedicarse a todos por igual, así que ideó algo bastante torcido para aliviarse la tarea, confiado en que se lo creerían. Al terminar la sesión, pidió a Mariana y a Tobías que se quedaran unos minutos.
—He estado pensando en ustedes dos —dijo, acomodándose en la silla—. Mariana, tú tienes poca experiencia y muchas dudas sobre la intimidad. Tobías, tú cargas con inseguridades y miedo al rechazo. Creo que les serviría fingir ser novios durante las próximas semanas. Saldrían juntos, practicarían el contacto, cosas de pareja. Así tú, Mariana, resolverías tus dudas antes de casarte, y tú, Tobías, ganarías confianza en un entorno seguro.
Mariana abrió mucho los ojos.
—¿Fingir ser novios? ¿Qué clase de cosas?
—Nada que no quieran hacer. Pero algo realista. Si no son convincentes, no les servirá. Es terapia experimental.
Tobías se puso más rojo que nunca y no dijo nada. La miraba de reojo.
Ella dudó. Era una locura. Tenía novio, estaba casi prometida. Pero la idea de casarse sin saber si podía disfrutar la aterraba.
—No sé… —murmuró—. Tengo novio y…
—Por eso mismo —la interrumpió Gustavo con calma—. Estás a punto de dar un paso muy serio. ¿No prefieres llegar al matrimonio sabiendo qué quieres y qué necesitas? Es solo práctica. Piénsalo como una inversión en tu futuro.
Mariana tragó saliva. Tras un largo silencio, terminó aceptando con el estómago revuelto.
—Está bien… lo haré. Solo por mi matrimonio.
***
Las primeras «citas» fueron inocentes. En la primera semana salieron tres veces: una cena barata, una tarde de cine y un paseo por el parque. Hablaban mucho. Tobías leía bastante y tenía un humor seco que la hacía reír. Mariana se sentía cómoda con él, sin presión.
La segunda semana, él empezó a subir el nivel. Estaban en el cine, viendo una película romántica, cuando se inclinó hacia su oído.
—Mariana… como somos «novios», ¿no crees que deberíamos besarnos? Sería más creíble para la terapia.
Ella se puso rígida.
—¿Besarnos? No sé… es raro.
—Solo uno pequeño. Gustavo dijo que teníamos que practicar. Si no, no avanzamos.
Mariana, siempre obediente y con miedo a fallar, aceptó con la cara ardiendo. El primer beso fue tímido: apenas dos segundos de labios. Tobías se apartó con una sonrisa nerviosa.
En la cita siguiente, en un café, pidió otro. Esta vez más largo. Y al tercero deslizó la lengua, despacio primero, luego más adentro. Ella se sobresaltó, pero no se apartó. Nunca la habían besado así. Sintió un calor desconocido instalándose en el vientre.
—Tobías… eso ya es mucho —protestó después, roja como un tomate.
—Tranquila. Es normal entre novios. Si no lo hacemos, Gustavo se dará cuenta de que no nos lo tomamos en serio.
Y, una vez más, Mariana terminó cediendo.
***
La tercera semana, Tobías se atrevió a más. Estaban en el sofá de su apartamento, con sus padres fuera, después de una película. Tras un beso largo, él deslizó una mano bajo la blusa y le rozó un pecho por encima del sujetador.
Mariana se apartó de golpe.
—¡Tobías! ¿Qué haces? ¡Eso no es un beso!
Él bajó la mirada, fingiendo vergüenza, aunque por dentro ardía.
—Lo siento… es que los novios de verdad se tocan. Gustavo dijo que practicáramos todo tipo de contacto. Si solo nos besamos, no estamos siendo honestos con la terapia.
Ella se mordió el labio. Recordó el miedo a casarse sin saber nada. Con voz temblorosa, cedió otra vez.
—Está bien… pero solo por encima. Y poco.
A partir de ahí los manoseos se volvieron costumbre. Le tocaba los pechos, le apretaba las caderas, le besaba el cuello. Al principio se quejaba; cada vez menos. Tobías, al ver lo fácil que era convencerla, decidió ir más lejos.
Una tarde, tras un beso largo, le tomó la mano y la llevó despacio hasta su entrepierna. Mariana sintió algo duro y grueso bajo la tela del pantalón.
—Los novios también se tocan ahí —susurró—. Tócame. Solo para practicar.
La curiosidad y la presión pudieron más. Apoyó la palma encima de la tela y palpó. Se quedó helada. Era mucho más grande que lo que conocía de Damián. Mucho más. Apenas habría podido rodearlo con los dedos.
—Dios mío… —se le escapó—. Es… es bastante más grande que el de mi novio.
Tobías sintió una oleada de poder. Sonrió con falsa modestia.
—¿Te sorprende? Siempre fue un problema para mí. Por eso estoy en terapia.
Ella seguía con la mano ahí, fascinada y asustada a la vez. Por primera vez en su vida sentía una curiosidad de verdad. Y él, por primera vez en la suya, se sentía dueño de la situación. Sabía que acababa de abrir una puerta que Mariana ya no podría cerrar.
***
Las sesiones de «terapia» se volvieron más frecuentes y más intensas. Mariana se repetía que todo era por su futuro matrimonio, que necesitaba entender su cuerpo antes de comprometerse para siempre. Pero cada vez que se quedaba a solas con Tobías, la línea entre la práctica y el deseo puro se difuminaba un poco más.
Un jueves por la tarde terminaron de nuevo en su apartamento, en penumbra, con una lámpara tibia iluminando los libros apilados. Se sentaron a hablar, como siempre, pero él no tardó en acercarse.
—Ven aquí —dijo en voz baja, palmeándose los muslos.
Ella dudó, pero se acercó. Tobías la tomó de la cintura y, con un movimiento suave y decidido, la sentó a horcajadas sobre él. Mariana notó al instante la dureza presionando justo contra su entrepierna. Pese a la ropa, la tela fina de su falda no ocultaba nada. Se quedó quieta, las manos en sus hombros, el corazón en la garganta.
Él la besó, profundo desde el principio. Ella respondió casi sin querer. Al mover apenas las caderas, el roce se concentró en el lugar exacto y se le escapó un jadeo contra su boca.
Sintió cómo se humedecía. Imposible no notarlo. La curiosidad ardiente, la culpa apretándole el pecho y la confusión se mezclaban sin orden. ¿Por qué su cuerpo reaccionaba así? ¿Por qué no podía simplemente bajarse?
Tobías le puso las manos en las caderas y la guió en un balanceo lento, suficiente para volver el roce insoportable.
—¿Te gusta sentirme así? —murmuró contra sus labios.
Ella cerró los ojos, roja de vergüenza.
—No sé… no debería…
Pero no se bajó. Siguió moviéndose, casi sin darse cuenta.
—Quiero verte —dijo él—. Solo para ganar confianza con tu cuerpo. Es importante.
Ella negó, pero la voz le salió débil.
—No… eso ya es demasiado…
—Piensa en tu matrimonio. Si no te atreves ni a mostrarte ni a sentir, ¿cómo vas a estar cómoda con Damián el resto de tu vida? Nadie va a enterarse.
Con manos temblorosas, Mariana se levantó la blusa y el sujetador. Sus pechos quedaron al aire, firmes, con los pezones ya endurecidos. Tobías soltó un suspiro largo y los acarició, primero rozando con las yemas, después con más decisión. Bajó la cabeza y tomó uno en la boca, lo lamió despacio, lo succionó. Ella echó la cabeza hacia atrás, las manos enredadas en su pelo.
—No… para… —susurró, sin empujarlo.
Sentía descargas directas entre las piernas. Estaba empapada.
***
Días después, en el mismo sofá, él se desabrochó el pantalón y se liberó. Mariana se quedó mirando, fascinada y asustada.
—Tócame sin ropa —dijo—. Para que te acostumbres al tacto de verdad.
Ella negó con la cabeza, pero su mano ya se acercaba. Lo rodeó con los dedos, apenas pudo cerrarlos. Empezó a moverla despacio, arriba y abajo. Tobías jadeaba.
—Así… más rápido…
La cara le ardía mientras aceleraba. La humedad le empapaba la ropa interior. Quería parar y no podía. Esa mezcla de poder y culpa la mareaba.
Otro día, él la recostó y le subió la falda.
—Ahora te toca a ti. Déjame acariciarte. Es justo.
—No… eso es demasiado íntimo…
—Mariana, por favor. Si no avanzamos, la terapia no sirve. Necesitas saber cómo se siente que te toquen bien. Damián no te ha enseñado nada. Déjame ayudarte.
Cerró los ojos, mordiéndose el labio. Él la rozó primero por encima de la tela; estaba empapada. Luego apartó la ropa interior y la tocó directamente. Mariana soltó un gemido largo. Tobías dibujó círculos lentos con el pulgar y deslizó un dedo dentro. Entró sin resistencia. Ella intentó cerrar las piernas por instinto, pero él las abrió con suavidad.
—Relájate… déjame.
Sumó un segundo dedo, curvándolos hacia arriba, frotando al mismo tiempo. Las caderas de Mariana se movían solas. El orgasmo la alcanzó de golpe: el primero de verdad en su vida. El cuerpo entero le tembló, los ojos se le llenaron de lágrimas.
Cuando recuperó el aliento, se quedó confundida, con el placer y la culpa peleándose dentro de ella. Nunca había sentido nada igual.
Él se reclinó y le pidió que lo terminara con la mano. Todavía con la mente revuelta, ella obedeció. Lo agarró con las dos manos y subió y bajó mientras él la guiaba, hasta que se tensó y terminó sobre la mano de Mariana, en su muñeca, en la falda. Ella miró la escena, sorprendida.
***
Y llegó el día que lo cambió todo.
Estaban otra vez en el sofá. Tobías la acariciaba despacio, besando cada centímetro de piel. Cuando llegó a su sexo, apartó la ropa y la recorrió con la lengua, con dedos al mismo tiempo, hasta que ella se retorció y se corrió con las piernas temblando alrededor de su cabeza.
Cuando recuperó el aire, él se incorporó.
—Ahora tú.
Mariana abrió mucho los ojos.
—Pero… no puedo. No sé hacer eso.
—No hace falta ir a la escuela para aprender. Acércate.
Dudó, pero la culpa de haber recibido tanto la empujó. Se inclinó. Al principio tímida, después más decidida, mientras él gemía con la mano en su pelo.
—Así… qué bien…
Cuando él avisó que estaba por terminar, ella no se apartó. Después se quedó quieta, la respiración agitada, sintiendo a la vez vergüenza, placer, miedo y una curiosidad que ya no podía negar.
Tobías la miró, jadeando, con una sonrisa satisfecha.
—Eres increíble —susurró.
Mariana no contestó. Se limpió despacio con el dorso de la mano, todavía temblando. La confusión era total. Algo dentro de ella se había roto, y supo, con una claridad que la asustó, que ya no había vuelta atrás. Pensó en Damián, en el anillo, en la boda. Y por primera vez no sintió pánico por el futuro, sino por todo lo que acababa de descubrir de sí misma.