Mi prometido cree que voy a terapia para el estrés
Mariana apenas durmió esa noche. Se quedó mirando el techo de su habitación de alquiler, con un sabor todavía pegado a la garganta y la piel de la cara tirante, donde el agua fría no había alcanzado a limpiarlo todo. Cada vez que cerraba los ojos volvía la misma imagen: la boca llena, los dedos de él en su nuca, el calor súbito que le había salpicado el pelo y los pechos.
Y lo peor no era eso. Lo peor era recordar cómo su propio cuerpo había respondido. Cómo había tragado sin pensarlo. Cómo, en algún rincón vergonzoso, una parte de ella había disfrutado la suciedad, la sorpresa, la entrega absoluta.
A la mañana siguiente se miró al espejo y se asustó. Ojeras, los labios hinchados, una marca rojiza en el cuello que no recordaba haberse hecho. Se sentía sucia, y no solo por fuera. Se sentía traicionada por sí misma.
Cuando Damián le escribió por la tarde —«¿Nos vemos hoy?»—, ella respondió con tres palabras secas: «No puedo. Necesito pensar».
El teléfono sonó al instante. Mariana dudó, miró la pantalla un buen rato, y al final contestó.
—Mariana, ¿qué pasa? —La voz de Damián era preocupada, pero demasiado tranquila para ser sincera.
Ella se rompió. Las palabras salieron atropelladas, entre hipidos.
—Esto es demasiado. Me siento fatal. He hecho cosas que jamás pensé que haría. Tengo prometido, Damián. Voy a casarme. Esto está mal y quiero parar. Quiero dejar la terapia.
Hubo un silencio largo al otro lado.
—Escúchame —dijo él por fin, suave pero firme—. Es normal que estés asustada. Todo esto es nuevo para ti. Pero parar ahora sería tirar por la borda lo que has avanzado. ¿De verdad quieres volver al altar con esa duda comiéndote viva, sin saber si eres capaz de disfrutar de verdad?
—No lo sé… no sé qué hacer.
—Antes de decidir nada, hablemos con Néstor. Solo con él. Le cuentas lo que sientes, sin detalles. Le dices que avanzamos en la intimidad y que te está costando. Es el terapeuta. Confía en él.
Mariana cerró los ojos. La idea de contárselo al profesor la aterrorizaba. Pero Damián insistió con esa paciencia calculada que ella aún no sabía leer, y al final cedió. Quedaron para el día siguiente, una sesión individual.
***
Llegó al despacho pálida, con las manos frías. Damián se sentó a su lado con una vergüenza fingida que no terminaba de tapar una chispa de picardía. Néstor lo notó enseguida.
El terapeuta escuchó sin interrumpir. Mariana habló con la voz entrecortada.
—Profesor, hemos estado… haciendo cosas de pareja. Besos, caricias… y algo más. Y yo me siento muy mal. Tengo prometido. Voy a casarme. Creo que esto está mal. Quiero parar.
Néstor la miró con calma, luego desvió los ojos hacia Damián, que bajaba la vista sin poder borrar del todo la sonrisa. Intuyó que habían ido mucho más lejos que «caricias». No dijo nada de eso.
—Mariana, lo que sientes es completamente normal —empezó, con voz de quien recita algo aprendido—. La culpa es el primer muro que aparece cuando alguien explora su sexualidad de verdad. Sobre todo viniendo de una relación donde el sexo siempre fue lo mismo: rápido, pequeño, sin curiosidad. Tú me lo contaste. Y ahora descubres que tu cuerpo responde de maneras que no conocías. Eso da miedo. También es una señal de que estás creciendo.
Ella bajó la mirada, las lágrimas cayéndole por las mejillas.
—¿Y si esto me convierte en mala persona? ¿Y si después no puedo ni mirar a Andrés a los ojos?
Néstor se inclinó hacia delante, con la voz envuelta en falsa ternura.
—Escucha bien esto. Casarte sin haber resuelto tus dudas sería mucho más peligroso para tu matrimonio que cualquier cosa que hagas ahora. Imagina que llegas al primer año y descubres que no disfrutas, que te sientes vacía, que empiezas a fantasear con otros. Eso sí destruye una pareja. Lo que haces ahora es prepararte. Es invertir en tu futuro, en un entorno seguro, controlado. Nadie se está enamorando. Nadie va a salir herido. Y el día que te cases, sabrás exactamente qué necesitas. Es un regalo que te das a ti misma… y a tu futuro marido.
Mariana lo miró con los ojos vidriosos.
—¿De verdad cree que esto no está mal?
—Creo que parar ahora sería el verdadero error.
Ella se quedó callada mucho rato. Después asintió despacio.
—Está bien. Voy a continuar. Por mi matrimonio.
Damián exhaló, aliviado. Néstor sonrió apenas. ¿Cómo puede tragarse todo esto?, pensó, sin que el gesto lo delatara.
Al salir del despacho, la duda de Mariana se había transformado en una excusa renovada. Ahora tenía permiso «oficial» para seguir.
***
Los encuentros se intensificaron. Damián era paciente y a la vez implacable, y cada cita se convirtió en una «lección».
Un día le pidió que se desnudara entera. Mariana dudó, pero la culpa ya estaba más diluida. Se quitó la ropa despacio, y cuando quedó desnuda él la miró con un hambre que le erizó la piel.
—Eres preciosa —susurró.
La sentó encima de él, a horcajadas. Se besaron largo, con lengua y jadeos, hasta que el glande de él quedó apoyado justo en la entrada, resbaladizo contra los labios hinchados.
—Espera… no podemos —murmuró ella.
Pero las caderas se le movieron solas, bajando apenas un centímetro. Él entró, y a Mariana se le escapó un gemido largo. Damián la agarró de la cintura y la fue empujando hacia abajo, abriéndola poco a poco. Dolía —él era mucho más grande que Andrés—, pero detrás del dolor crecía algo enorme.
Cuando lo tuvo entero dentro, los dos jadearon a la vez. Empezaron lento, profundo, y luego cada vez más rápido. Ella rebotaba sobre él con las manos apoyadas en su pecho.
—Me voy a correr —gritó, convulsionándose, apretándolo en espasmos.
Él no aguantó. La levantó por la cintura y se vació en chorros calientes y profundos, hasta que el calor empezó a resbalar por los muslos de ella. Mariana se derrumbó encima, sudorosa, temblando.
Y la culpa volvió, puntual.
—Ya no sé qué es esto —susurró.
—Es por tu matrimonio. Lo haces por tu futuro.
Ella asintió. Pero en el fondo, una vocecita cada vez más fuerte le decía que ya no era solo por eso. Y esa vocecita le gustaba demasiado.
***
Esa misma semana, Andrés apareció en su habitación sin avisar, como solía hacer últimamente. Entró con la chaqueta del trabajo todavía puesta y esa expresión neutra de cuando llegaba cansado.
—Hola —dijo, colgando la chaqueta—. No te esperaba tan pronto.
—Estaba cerca. Pensé que podíamos hablar un rato.
Se sentó a su lado. El olor de su colonia se mezcló con el de la piel de ella, que aún guardaba rastros del día. Mariana se abrazó las rodillas con fuerza.
—¿Cómo estás? —preguntó él, casi profesional.
—Cansada. Sigo yendo a la terapia, por el estrés del cambio de ciudad.
—¿Te sirve de algo?
—Un poco. Me ayuda a aclarar la mente.
Andrés miró hacia la ventana. Luego cambió de postura, apoyando los codos en las rodillas.
—Estaba pensando en lo del compromiso. Quiero hacerlo oficial ya. ¿Qué te parece una cena con mi familia para anunciarlo?
A Mariana se le encogió el estómago.
—¿Tan pronto? Me pone nerviosa. No sé si les caigo bien.
—No te preocupes por eso. Yo te elegí porque eres sencilla, sin complicaciones. No como otras que preguntan demasiado o quieren cambiarlo todo. Tú me dejas tranquilo. Eso es lo que necesito.
Ella bajó la vista. No supo si tomarlo como un cumplido o como otra cosa.
—Está bien. Lo haremos. Pero prométeme que no me dejarás sola con ellos.
—Claro. Te aviso cuando lo tenga todo listo.
Le dio un beso corto, recogió la chaqueta y se la puso de nuevo, ya de camino a la puerta.
—¿No quieres quedarte un rato más? Podemos hacer algo —dijo ella, más por deber que por deseo.
Andrés la miró unos segundos, como si lo meditara.
—Descansa. Hablamos mañana.
—Te amo —dijo ella, casi en un susurro.
Él se detuvo un instante en el umbral, la mano en el picaporte.
—Sí, yo también. Descansa.
La puerta se cerró con un clic suave. Mariana se quedó sola en el sofá, con el eco de esas palabras frías rebotando en la cabeza. No entendía nada, y tampoco sabía qué esperar.
***
La terapia, mientras tanto, no podía parar.
Un día, mientras la tenía a cuatro patas y la embestía con fuerza, Damián bajó la cabeza y le pasó la lengua por un lugar nuevo. Primero un roce, luego círculos lentos.
Mariana se tensó de golpe.
—¿Qué haces? ¡Para! Eso es asqueroso.
—No lo es —respondió él, levantando la cabeza con una sonrisa tranquila—. Es una zona erógena. ¿No notaste un cosquilleo distinto cuando te toqué ahí? Algo que te gustó aunque te diera vergüenza.
Ella se quedó callada. Era cierto: había sentido un calor que le subía hasta la nuca. Pero la vergüenza pesaba más.
—Si los dos estamos limpios y lo disfrutamos, no tiene nada de sucio —insistió él—. Déjame probar. Si no te gusta, paro.
La curiosidad ganó. Mariana asintió apenas, y él volvió, esta vez con dedicación. La lengua entraba, salía, giraba, hasta que a ella se le escapó un gemido involuntario. Luego introdujo un dedo, lubricado con saliva, y ella se estremeció, mitad asustada, mitad excitada.
—Relájate —susurró—. Mira cómo te gusta.
Y le gustaba. Le quemaban las mejillas de pudor, pero el placer era real.
Unos días después, Damián llegó con una bolsa pequeña. Sacó un juguete de silicona negra y un bote de lubricante.
—Es para que te acostumbres a la sensación. Te lo pones y lo llevas mientras estamos juntos.
—No. Eso ya es demasiado.
—Es pequeño. Solo para practicar. Confía en mí.
Después de mucha insistencia y muchos besos, ella cedió. Cuando empezaron, la doble presión la volvió loca: se corrió más fuerte que nunca, gritando, las piernas temblando.
—¿Qué es esto? ¡Me estoy volviendo loca!
Damián sonrió.
—Te dije que te iba a gustar.
***
Y llegó el día que él había estado esperando.
La preparó con calma: lubricante, lengua, dos dedos, luego tres. Mariana gemía bajito, ya entregada por completo.
—Creo que ya estás lista —dijo él, sacando los dedos.
—¿Lista para qué?
Se lubricó, se colocó detrás y apoyó el glande contra ella.
—Para esto.
Mariana se asustó de verdad.
—¡No! ¡Es demasiado grande! ¡Me vas a partir!
—Tranquila —dijo él, sin moverse—. Tu cuerpo ya sabe cómo abrirse. Vamos despacio. Si duele mucho, paro.
Ella temblaba. El miedo y la vergüenza eran enormes, pero también la curiosidad, y esa confianza ciega en que «todo era por su matrimonio».
—Despacio. Por favor.
Él empujó. El glande entró con dificultad y Mariana soltó un grito agudo. Centímetro a centímetro fue cediendo. Le rodaron lágrimas por las mejillas, pero bajo el dolor latía una presión profunda y extraña que empezaba a volverse placer.
—¿Estás bien? —preguntó él cuando estuvo del todo dentro.
—Duele… pero también… no sé… es raro.
Damián empezó a moverse despacio. Salía, entraba, cada vez más fluido. El dolor se disolvía. El placer crecía hasta que ella empezó a gemir de otra forma, empujando hacia atrás sin darse cuenta.
El orgasmo llegó de golpe, brutal, contrayéndola en oleadas. Él rugió y se vació dentro, en chorros espesos que la llenaron hasta desbordar.
Cuando se apartó, Mariana se quedó temblando boca abajo. Se giró despacio y lo miró con los ojos muy abiertos.
—No puedo creer lo que acabamos de hacer.
Él la abrazó.
—Te dije que tu cuerpo era capaz de mucho más de lo que pensabas.
Ella cerró los ojos, todavía jadeando.
—Todo esto es por mi matrimonio… ¿verdad?
—Todo esto es por ti, Mariana. Para que llegues sabiendo qué quieres.
Ella asintió despacio. Pero en el fondo, la vocecita le susurraba algo distinto, algo que ya no podía silenciar: ¿y si ya no quiero volver atrás?
Se incorporó, se apartó el pelo de la cara y lo miró fijo.
—Tenemos que hablar otra vez con Néstor.
Damián dejó de sonreír. Por primera vez fue él quien pareció inquieto.
—¿Esta vez para qué?
Mariana sostuvo la mirada, y por primera vez no había culpa en sus ojos. Solo una certeza nueva, peligrosa, que le pertenecía entera.
—Para saber si la terapia ya terminó… o si esto que descubrí ya no necesita ninguna excusa.