Lo que hice en el baño del bar con mi marido cerca
El sexo con mi esposo es una coreografía que me sé de memoria. No recuerdo cuándo fue la última vez que terminé de verdad con él. Lo habitual es que finja, que suspire en el momento justo y que él se duerma convencido de que me dejó satisfecha. Y está bien. Es lo que hay. Hace tiempo que dejé de esperar otra cosa de esa cama.
Con Mateo tenemos relaciones los martes y los sábados. Los martes, cuando los chicos por fin se duermen, nos metemos bajo las sábanas. Me toca con desgana, nos besamos, yo me bajo la ropa interior. Si tengo suerte, me lame y mordisquea los pezones un rato, que es lo único que de verdad me enciende, aunque sea él quien lo haga. Después me pongo en cuatro, me humedece un poco con los dedos, entra y tiene sus dos minutos de gloria. Si el martes es generoso, llega a tres. Si es un martes bendecido por el cielo, a cuatro, y por ahí, con algo de fe, hasta yo alcanzo a sentir algo.
Los sábados son otra historia, un poco mejores. Salimos a cenar a algún sitio bonito. Después pasamos a tomar un par de tragos en alguno de los bares que a él le gustan y que, con los años, terminaron gustándome a mí también. Llegamos a casa medio entonados, con los chicos ya dormidos. En la cama el guion es el mismo de siempre, pero el alcohol lo vuelve un poco más tolerable.
Anoche, sábado, fue casi igual que cualquier otro. Casi. Porque fue distinto y, a su manera, perfecto. Fuimos a un bar al que nunca habíamos entrado, un local de luz tenue y barra larga, de esos que parecen pensados para conversaciones que uno no debería tener.
Desde que nos sentamos, un hombre mayor que yo, de unos cincuenta, no me quitó los ojos de encima. Mateo es distraído por naturaleza; podría haberse desnudado alguien a su lado y él habría seguido revisando el menú de cócteles.
Me sentí bien. Creo que a casi todas nos pasa: nos hace felices sabernos miradas, deseadas, interesantes para alguien. Hace mucho que mi marido había dejado de mirarme así, como si yo fuera algo que vale la pena descubrir.
Cuando terminé mi primera copa, me levanté al baño. El hombre me interceptó en el pasillo, cerca de la puerta. Olía a una colonia cara y tenía esa seguridad tranquila de quien está acostumbrado a conseguir lo que quiere.
—Eres una mujer muy atractiva —me dijo, sin rodeos—. Y muy interesante.
—Vine con mi esposo —respondí, señalando con la barbilla hacia la mesa.
—Eso es lo más excitante de todo —contestó, y se le dibujó media sonrisa.
No supe qué decir. Entré al baño con el corazón golpeándome las costillas. Cuando salí, él seguía ahí, apoyado en la pared con un trago en la mano.
—Si vuelves a entrar —me dijo, bajando la voz—, entiendo que quieres coger al paso.
Le sostuve la mirada un segundo de más, sonreí y volví a la mesa con Mateo. El hombre regresó a la barra.
Sus palabras me dejaron ardiendo. La situación me resultaba endemoniadamente morbosa. Ahí estaba yo, como cada sábado, tomando algo con mi marido, y al mismo tiempo tenía una propuesta sexual esperándome a diez metros. Sentía ese vacío en el bajo vientre, ese cosquilleo insistente de querer aprovechar la oportunidad y, por una vez después de tanto tiempo, tener un sábado sexualmente pleno.
—¿Pido otra ronda? —preguntó Mateo, ajeno a todo.
—Pídeme un martini —dije.
Levantó una ceja. El martini es un trago que me parece fortísimo y que casi nunca elijo, pero esa noche necesitaba algo que me empujara. Él pidió, como siempre, su segundo trago de la noche, sin darle importancia a nada. Bebí despacio, sintiendo cómo el alcohol y la adrenalina se mezclaban en una misma corriente caliente.
A los pocos minutos, las ganas de volver al baño eran insoportables, y no tenían nada que ver con la vejiga. Miré hacia la barra. El hombre seguía allí, solo, dándole vueltas al hielo de su vaso. Me pareció una escena de película, y mi cabeza voló sin permiso. Cruzamos miradas. Me levanté.
—Ya vuelvo —murmuré.
Caminé hacia el fondo del local. No miré atrás, pero escuché el roce de su silla contra el suelo. Sabía que me estaba siguiendo.
Junto al baño de mujeres había otro, unipersonal, de hombres. Empujé la puerta y entré. Él entró detrás de mí y echó el pestillo. No hubo preámbulos, ni besos, ni palabras dulces. No las necesitaba. Habíamos dicho todo lo que había que decir en ese pasillo.
—Sabes que tenemos poco tiempo —dijo, mirándome a los ojos.
—Lo sé —respondí.
El baño era diminuto, apenas un lavabo, un inodoro y un espejo manchado bajo una luz amarillenta. Él bajó la tapa del inodoro y se sentó. Se desabrochó el pantalón con calma, se bajó el bóxer y dejó al aire una erección gruesa, no demasiado larga, pero ancha de un modo que me hizo morderme el labio. Hacía años que algo no me provocaba esa reacción inmediata, ese hambre física que no se piensa.
Me desabroché los jeans con dedos torpes por la prisa. Los bajé junto con la tanga hasta los muslos, lo justo. Me acerqué, le di la espalda un instante para mirarnos a los dos en el espejo, y luego me senté sobre él, a horcajadas, de frente. Con la mano acomodé su sexo entre mis piernas y me dejé caer despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro. Solté el aire de golpe. Estaba tan mojada que entró entero sin resistencia.
Me incliné apenas hacia adelante, apoyando las manos en sus hombros, y empecé a moverme. Él me sujetó las caderas con firmeza, marcando el ritmo, hundiéndose en mí con una intención que mi marido había olvidado hacía mucho. No hablábamos. Solo se oía mi respiración entrecortada y el crujido leve del inodoro cada vez que bajaba sobre él.
Una de sus manos me subió por la espalda hasta la nuca y me sostuvo del pelo, no con violencia, pero sí con autoridad, obligándome a mirarlo. La otra se coló bajo mi blusa y encontró un pezón ya duro, lo apretó entre dos dedos justo en el límite entre el placer y el dolor. Se me escapó un gemido que ahogué contra su cuello. Olía a sudor limpio y a esa colonia cara, y yo me movía sobre él pensando en lo absurdo de todo: el ruido amortiguado de la música del bar al otro lado de la puerta, la gente bebiendo a unos metros, mi esposo revolviendo el hielo de su trago sin sospechar nada. Cada detalle de la situación me empujaba más al borde.
A los dos o tres minutos, alguien golpeó la puerta. Me quedé congelada, con él dentro.
—Ocupado —dijo el hombre, con una voz tan firme que parecía aburrida.
Los pasos se alejaron. Y esa interrupción, en lugar de asustarme, me prendió fuego. La idea de que estábamos a un pestillo de ser descubiertos, de que mi esposo seguía en la mesa esperándome con su trago, me empujó al borde más rápido de lo que jamás creí posible. Aceleré. Me clavé sobre él una y otra vez, buscando ese punto exacto, persiguiéndolo con una desesperación que no sentía desde hacía años.
El orgasmo me golpeó desde adentro, largo y profundo, de esos que no se fingen porque no se pueden fingir. Tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar. Temblé entera sobre él, derramándome, sintiendo cómo cada músculo se contraía y se soltaba en oleadas.
Cuando recuperé un poco el aliento, él me sujetó por la cintura.
—Levántate —dijo.
Lo obedecí sin pensarlo. Me puse de pie con las piernas todavía flojas, y él se incorporó del inodoro.
—Vístete y vuelve con tu esposo —dijo, subiéndose el pantalón.
—Él todavía no terminó —respondí, casi sin entender por qué le daba esa información.
—No te preocupes —contestó, y por primera vez sonrió de verdad—. La noche es larga.
Me subí la tanga y los jeans, me acomodé la blusa frente al espejo y traté de borrar de mi cara cualquier rastro de lo que acababa de pasar. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Esperaba que Mateo, fiel a su costumbre, no notara nada.
El hombre buscó algo en el bolsillo interior de su saco y me extendió una tarjeta personal. La tomé sin leerla y la guardé en la cartera.
Entreabrió la puerta, comprobó que no hubiera nadie cerca en el pasillo y me hizo un gesto con la cabeza. Salí primero. Caminé de vuelta a la mesa con una calma que no sentía por dentro, sintiendo todavía el latido entre las piernas.
—Te tardaste —dijo Mateo, sin levantar mucho la vista de su vaso.
—Había cola —mentí, y le sonreí.
Terminamos la copa, pagamos y nos fuimos a casa. Esa noche, en la cama, no me tocó, y se lo agradecí en silencio. Me quedé despierta un buen rato, mirando el techo, con la tarjeta todavía guardada en la cartera del otro lado de la habitación.
No sé cómo habrá terminado él su noche, si se fue solo o acompañado, si volvió a mirar a otra mujer en aquella barra. Pero el lunes, cuando los chicos estén en el colegio y la casa quede en silencio, voy a sacar esa tarjeta y voy a escribirle. Lo tengo decidido.
Después de todo, una siempre obtiene, por fuera, el placer que cree que merece. Y yo, anoche, recordé exactamente cuánto merezco. Estoy en deuda conmigo misma, y pienso cobrármela.