Lo que callé cuando su novia vino a buscarlo
Raquel se encontró de bruces con Daniela cuando abrió la puerta. Había acudido sin muchas ganas, arrastrando los pies, cuando el timbre sonó por segunda vez. Esperaba cualquier cosa menos esa cara.
—Dani, qué sorpresa. Pensaba que era Adrián, que se había olvidado las llaves otra vez. —Su sonrisa cordial parecía más una máscara que una expresión genuina.
—Había quedado con él aquí, en tu casa. ¿No está?
—¿No estaba contigo? Salió hace un buen rato.
La hizo pasar al salón mientras la chica consultaba sus mensajes en el móvil, con el ceño fruncido.
—Vaya, al parecer se le ha hecho tarde en el gimnasio y viene ahora desde allí. No sé dónde tiene la cabeza ese hombre —rezongó Daniela—. A veces pienso que se preocupa más de sí mismo que de mí.
Raquel la hizo sentarse en el sofá y notó cómo le temblaban ligeramente las manos. Las escondió cruzando los brazos.
—Te preparo un té mientras llega. ¿O prefieres café?
—No hace falta, de verdad.
Pero su anfitriona no le hizo caso y volvió de la cocina con una tetera humeante, una jarra de café caliente, otra de leche y un montón de pastas. Para ella se preparó un café bien cargado, como si la cafeína pudiera quemar lo que sentía revolviéndose en el estómago.
—Sírvete lo que quieras —le dijo a la muchacha.
—Eres… eres muy amable. No me extraña que Adrián hable tanto de ti.
—¿Ah, sí? ¿Te habla de mí?
—Sin parar. Parece que, para él, solo existe una mujer en el mundo. Cualquier día voy a empezar a ponerme celosa.
—Ay, calla, boba. No será para tanto. —Sintió una descarga de remordimiento subirle por las tripas y, de manera instintiva, se frotó el dorso de la mano como si todavía notara allí la humedad tibia de su semen—. ¿Y qué dice?
—Pues que eres una tía estupenda y que lo cuidas como a un crío. Que siempre estás pendiente de él, que cocinas justo lo que le gusta, que nunca tienes un mal día cuando está delante. —Hizo una pausa, dudando—. Y que estás un poco hundida por la ausencia de Esteban. Que se te está haciendo cuesta arriba estar sin él. Cada vez que quedamos llega preocupado por dejarte sola en esta casa tan grande.
Raquel agachó la cabeza, apesadumbrada. No sabía que su estado de ánimo fuera de dominio público. Le abrumaba que hasta Daniela sintiera lástima por ella. De repente, las bragas que había escondido en el fondo de un cajón y aquella tarde a solas con Adrián empezaron a escocer más de la cuenta, y ya no solo por la ausencia de su pareja.
—Ya me ha contado que habéis discutido por su culpa —continuó la joven—. No se lo tengas muy en cuenta. A veces Adrián es un poco idiota, pero en el fondo tiene buen corazón.
A Raquel casi se le cae la taza. Apenas pudo mirarla de soslayo. Dio un sorbo intentando disimular lo nerviosa que acababa de ponerse y clavó la vista en el fondo oscuro de su café.
—¿Qué te dijo?
—Poca cosa. Que la había liado contigo, pero no me explicó mucho más.
Raquel asintió despacio, sin dejar de mirar la taza.
—¿Qué pasó? —preguntó Daniela.
Nueva sacudida en el estómago. Los dedos se le crisparon alrededor de la porcelana caliente.
—Tonterías mías —dijo, saliendo al paso—. Últimamente estoy más aprensiva de la cuenta, supongo.
—Puedes contármelo. En serio, me interesa.
Raquel negó con la cabeza y movió una mano en el aire, restando importancia, pero Daniela la siguió observando con la misma expresión de curiosidad, esperando que la duda sobre su novio quedara resuelta. Pasaban los segundos en un silencio que empezaba a volverse demasiado incómodo. La muchacha no parecía dispuesta a ceder en su empeño por recibir una respuesta tranquilizadora.
Raquel acarició el borde de la taza con el pulgar.
—Se puso a hacer el tonto con unos vasos y terminaron todos en el suelo, hechos añicos.
Daniela ladeó la cabeza y entrecerró los ojos.
—Qué curioso. Adrián me dijo que fue por tener el cuarto como una leonera.
Raquel intentó que no se le abriera la boca de golpe. Puede que la novia de su hijastro fuera muy joven, pero no tenía un pelo de tonta. Fijó la vista en el café, rezando para que la cosa quedara ahí.
—Veo que hice bien en no creerle cuando me lo contó —añadió Daniela—. Y tampoco te creo a ti. —El tono no era hostil, sino de intriga.
Ahora sí cerró los ojos con un gesto de derrota y exhaló el aire de los pulmones en un suspiro lento. Por primera vez cruzó la mirada con la de la chica. Se preguntó cuánto sabría de la verdad de su aventura con Adrián. Daniela no parecía enfadada, pero percibía en su rostro la determinación de quien acecha buscando algo que, en el fondo, prefiere no encontrar.
—Raquel, si es algo grave, quiero saberlo.
Debía de intuir que la causa de aquella mala relación era mucho peor que esa patraña de excusa. Raquel volvió a tomar aire y a soltarlo en otro suspiro.
—Entró en mi baño mientras me estaba duchando —dijo, impertérrita, mientras vigilaba la reacción de Daniela—. Ya sabes cómo es él, entrando y saliendo como si la casa fuera solo suya. No llamó a la puerta y me pilló.
Daniela asintió una sola vez, como si validara la información, sin dejar de cavilar.
—No fue eso lo que me enfadó —continuó Raquel—. Sino que se pusiera a hacer sus dichosas gracietas y a burlarse mientras yo no tenía manos suficientes para taparme con la toalla.
El siguiente asentimiento de la joven fue más firme.
—Sí —susurró para sí—, típico de él.
—No voy a hacer un mundo de que pudiera verme desnuda —dijo con voz más gélida de lo que pretendía—, pero no le consiento que me trate como a una marioneta, por muy hijo de su padre que sea.
Daniela seguía sin apartar de ella sus grandes ojos, como si en la superficie pulida de su expresión pudiera adivinar cuánto de cierto había en todo aquello. El calor del café se mezclaba con el rubor que subía por las mejillas de Raquel, que terminó apartando la mirada.
—Grité como una loca, perdí los nervios —dijo, apuntalando el embuste—. Pero sigo esperando una disculpa.
—Y te la va a dar, seguro —respondió la chica, acercándose para abrazarla—. Sé que le duele llevarse mal contigo.
La tomó de la misma mano con la que, dos días atrás, lo había masturbado en el sofá, y la besó en el dorso. Raquel tuvo que cerrar los ojos para no odiarse todavía más.
***
Lo recordaba con una nitidez que la avergonzaba. La tarde de tormenta, la casa en penumbra, Adrián tumbado a su lado con esa sonrisa que sabía exactamente lo que provocaba. «Solo una vez», había pensado ella, «solo esto y nunca más». Su mano había bajado sin permiso, guiada por algo más fuerte que la culpa, y él la había dejado hacer, conteniendo la respiración, mordiéndose el labio igual que su novia hacía ahora cuando dudaba. El calor de su piel, el modo en que se tensó hasta terminar contra su muñeca, el silencio espeso que vino después. Cada detalle estaba grabado a fuego.
Y ahora su novia me besa la mano. La misma mano.
***
—A mí también me duele, no creas —dijo Raquel, y eso sí era verdad—. Pero tampoco le viene mal un poco de distancia para que aprenda a no perderme el respeto.
—Ya. —Daniela inspiró hondo y exhaló en un ademán exagerado—. Aunque, mientras tanto, soy yo la que paga su frustración.
—Vaya, lo siento. Algo me ha contado de vuestro problema.
—¿Cómo?
—Bueno, no quería decir problema, sino más bien… su obsesión, ya sabes.
Daniela puso cara de extrañeza. No parecía muy convencida de «saber», aunque un presentimiento empezaba a germinar en su interior. Raquel intentó ser más específica y, de inmediato, se arrepintió.
—Me refiero… —señaló su propia entrepierna, pero solo consiguió que la chica abriera los ojos, sobresaltada. El presentimiento se transformó en duda.
—¿El qué? Raquel, por favor, sé más concreta.
Se pasó los dedos entre el pelo, desde la sien hasta la nuca, lamentando estar metiéndose otra vez en un jardín.
—Pues eso… que últimamente está obsesionado con… —Volvió a señalarse la entrepierna, pero esta vez hizo un gesto inequívoco con ambas manos.
Daniela palideció, atando unos cabos que no eran.
—¿¡No lo dirás por lo de las bragas!?
Ahora fue Raquel la que estuvo a punto de desmayarse, parpadeando atónita, sin estar segura de lo que acababa de oír. La joven, que no había perdido de vista su expresión, volvió a deducir lo que no debía.
—Mierda, joder. —Se llevó las manos a la cabeza y se masajeó las sienes—. Le dije que, si se enteraba alguien, me moría. ¡Se lo dije! Con la vergüenza que me da ponerme la ropa interior de otra.
—¿C… cómo dices?
—Pues eso, lo del otro día, la fantasía esa de que me las pusiera mientras… ya sabes. Lo decías por eso, ¿no?
A Raquel le subió otra oleada de calor a la cara y tuvo que secarse el sudor de la frente.
—Pero… te las da… ¿para que te las pongas? Y… ¿las llevas puestas ahora?
—No, ¿qué? No, por supuesto que no. Solo cuando estábamos en plena fantasía, pero, joder, flipo con que te lo haya contado. Tú no deberías saberlo.
—O a lo mejor sí, ¿no, guapa? —Se había puesto tiesa como un palo—. Mira qué gracia me hace.
—¿Y a ti qué más te da? —contestó la chica, dolida.
—¿Cómo que qué más me da? Oye, guapita, que te estás poniendo unas bragas que no son tuyas.
—Ni tuyas, mira la otra. ¿Qué te importa que usemos la ropa de tu amiga para nuestros juegos?
—Ni de mi amiga ni de nadie —empezó Raquel, y entonces parpadeó varias veces, dándose cuenta del entuerto: la chica creía que las bragas robadas eran de una tercera, no suyas. El alivio y el bochorno le subieron juntos a la garganta—. Porque… porque no está bien usar cosas de otra gente. Y porque soy la pareja de su padre, que es casi como… como si fuera su madre pegada.
—¿Y eso qué tiene que ver? Ya somos mayorcitos y tú no mandas en nosotros —bufó Daniela, airada—. Y me da mucho corte que sepas eso de nuestra vida privada. Que lo sepas.
Raquel apartó la cara e intentó serenarse. La conversación se estaba yendo de las manos y, por muy poco, no había quedado al descubierto todo el pastel de sus propias bragas en el cajón de Adrián.
—Vale, perdona, tienes razón. Es que… con el tema de Esteban estoy muy sensible y últimamente me irrito por cualquier cosa. —Se hizo un pequeño silencio entre las dos—. Lo siento, nena, no me lo tengas en cuenta.
Daniela pareció ablandarse en línea con la disculpa y bajó un poco la guardia. Raquel aprovechó para acercarse y extender los brazos.
—Anda, ven aquí, dame un abrazo.
El gesto deshizo casi toda la tensión del ambiente. Raquel la apretó contra sí, enternecida por una chica que se dejaba arrastrar por las perversiones de un novio al que idolatraba y del que ella misma había sido víctima.
Cuando se separaron, se quedó mirándola a la cara.
—Oye, Dani, no tienes por qué hacer todo lo que Adrián te pida.
—No, si lo hago porque me gusta —dijo, encogiéndose de hombros—. Solo es parte de un juego picante.
Raquel levantó una ceja, suspicaz.
—En serio —insistió la joven—. Aunque te parezca un poco masoca, me gusta hacer lo que propone. Me excitan sus juegos. —Lo concluyó con una picardía mal disimulada—. Supongo que a todas nos va un poco ese rollo, ¿no?
No supo qué responder a eso. En lugar de palabras, juntó su frente con la de la chica. Aquel chico era un imán para las mujeres, y empezaba a temer el uso que le daba a semejante don.
—¿Crees que Adrián es buen novio?
—No lo sé, ¿tú qué opinas? —Se había separado un poco y la miraba expectante.
El desconcierto volvió a apoderarse de Raquel, que de nuevo sospechó que esa chica sabía más de lo que aparentaba, peloteando una respuesta que conocía de antemano.
—¿Yo? Pues no sé… ¿Por qué lo preguntas?
—Tú lo has dicho, eres casi como una madre pegada y vivís bajo el mismo techo. Seguro que lo conoces mejor que yo.
—Ah, era por eso —balbuceó—. No, bueno, tampoco compartimos tanto. No sabría decirte. Lo importante es lo que sientas tú.
Daniela llenó los pulmones pensando la respuesta. Cuando soltó el aire, con el semblante sentido, tenía los ojos llenos de algo que Raquel solo pudo definir como amor.
—Me quiere, aunque no siempre lo demuestre, y hasta ahora es el mejor novio que he tenido. Además, mi padrastro lo respeta y mi madre lo adora. Así que, si les gusta a ellos, debe de ser bueno para mí.
Raquel sonrió con ternura y besó en la mejilla a esa muchacha que mostraba una candidez demasiado genuina. Un abrazo terminó de fundirlas en una sola.
—Hueles a lavanda —dijo Daniela, inspirando con los ojos cerrados—, igual que él. Será por usar el mismo suavizante para todo.
—Sí, será por eso. —Sonrisa de ternura y comprensión.
—Me encanta. A veces me recuerda a… no sé, a ropa interior de mujer. ¿A ti no?
Se le congeló la sonrisa en la cara y, esta vez, no respondió. Escondió el rostro tras el abrazo, sintiendo que Daniela no se lo devolvía con la misma fuerza.