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Relatos Ardientes

Mariana me escribió mientras mi novia estaba de viaje

Por aquellos días me había acostumbrado a repasar sus fotos varias veces a lo largo de la jornada. Lucía llevaba ya una semana fuera de la ciudad, en un viaje de trabajo que no parecía tener final, y la calentura se me había instalado en el cuerpo como una fiebre baja que no terminaba de irse. No había hora del día en que no pensara en ello. Por eso, una tarde de tedio, terminé haciendo lo que llevaba días evitando: le escribí a Mariana.

Mariana era de estatura media, de pecho pálido y pezones grandes, y tenía una desfachatez para mostrarse que siempre me había desarmado. No había en ella ni rastro de pudor. Cuando se desnudaba lo hacía mirándote a los ojos, como si fuera ella quien te estuviera haciendo un favor a ti.

—¿Qué andas haciendo, preciosa? —escribí.

—Aquí en casa, aburrida, sin hacer gran cosa —contestó casi al instante, como si hubiera estado esperando el mensaje.

—Tengo ganas de jugar un rato. ¿Te animas a verme en el café de siempre?

Tardó apenas unos segundos en responder que sí.

Eran las cinco de la tarde. El café quedaba en la esquina de una calle poco transitada, un sitio nuevo al que apenas iba gente a esa hora. Yo ya conocía el lugar mejor de lo que debería: el baño del fondo lo había estrenado semanas atrás con Lucía, una tarde en que llegamos antes de que abrieran del todo. Aquel detalle, ahora, me parecía una ironía que prefería no mirar de frente.

Hacía semanas que con Mariana habíamos empezado a mandarnos mensajes subidos de tono. Todavía tenía caliente el recuerdo de la última vez: un vídeo en el que aparecía con los pechos brillantes de saliva mientras se metía un consolador mirando a la cámara. Aquello había sido, según me confesó después, su forma de calentarse antes de salir a verse con su novio. Esa misma noche, ya tarde, me había llegado otra foto suya desde el baño de algún bar, con el sexo enrojecido y empapado. La idea de que se preparara conmigo para irse con otro tendría que haberme molestado. No lo hacía. Al contrario.

***

Llegué primero y pedí un café que no pensaba terminarme. La vi entrar a los pocos minutos, con un vestido azul claro y el pelo recogido en una coleta floja. Caminaba como si nada, saludó a la chica de la barra con una sonrisa de buena vecina, y se sentó frente a mí cruzando las piernas. Nadie que la viera así, recién llegada y compuesta, podría imaginar la clase de mujer que era en privado. Esa contradicción siempre fue parte de lo que me volvía loco.

—¿Qué vas a pedir? —dije por decir algo—. La bollería de aquí dicen que es buenísima.

—Antes de que llegaras me hice unas fotos en el baño —respondió ella, ignorando mi comentario—. No iba a desaprovechar ese espejo.

Sacó el móvil y giró la pantalla hacia mí, tapándola con la otra mano para que solo yo pudiera ver. En la primera aparecía con el vestido bajado hasta la cintura, los pechos al aire y la lengua fuera, esa pose suya de quien espera que le metan algo en la boca. En la segunda estaba de espaldas, apoyada contra la pared de azulejos, con el vestido subido y el culo en pompa dejando ver una tanga blanca.

Parece que me lees la mente.

—Cualquiera diría que me leíste el pensamiento —murmuré, devolviéndole el teléfono—. Esas fotos son una barbaridad.

Ella se mordió el labio y sonrió, satisfecha del efecto. Yo no podía seguir sentado.

—¿Has visto el callejón que hay aquí al lado? —dije bajando la voz—. Termina ese café y vamos. No aguanto más.

Mariana ni siquiera fingió dudar. Dejó la taza, recogió el bolso y se levantó como si el plan hubiera sido suyo desde el principio.

***

La había conocido años atrás, en un bar, a través de una amiga que teníamos en común. Por entonces ella debía rondar los veinticinco y estudiaba algo relacionado con el campo, una ingeniería de esas largas que nunca le interesaron demasiado. La primera vez que coincidimos no pasó nada; fue después, una de esas noches de borrachera de las que uno apenas recuerda el principio y el final, cuando todo se torció en la dirección que ninguno de los dos esperaba.

Esa noche la invité a una cerveza y, sin saber muy bien por qué, terminé confesándole las cosas que me gustaban, las que nunca había dicho en voz alta. En lugar de incomodarse, ella me contó las suyas, que no se quedaban atrás. No recuerdo cómo pasamos de hablar a actuar. Solo recuerdo que aquella misma madrugada me dejó usar su boca dos veces: la primera contra la pared del baño del bar, la segunda apoyada en un coche, en plena calle, camino a mi casa. Desde entonces me volví adicto a ese descaro suyo, a la forma en que se entregaba sin pedir nada a cambio salvo seguir jugando.

Lo nuestro nunca tuvo nombre ni reglas. Cada uno tenía su vida; ella su novio, yo a Lucía. Quizá por eso funcionaba: porque no había nada que cuidar, nada que romper, solo el filo de hacer algo que no debíamos.

***

El callejón era estrecho y daba a la parte trasera de un edificio en obras. A esa hora no pasaba nadie, pero el rumor de la calle seguía ahí, a unos pasos, lo bastante cerca para recordarnos lo que arriesgábamos. Eso lo hacía mejor.

En cuanto llegamos al rincón del fondo, Mariana se subió el vestido sin que yo se lo pidiera y me enseñó el culo. La tanga blanca apenas tapaba nada. Le pasé la mano y noté que ya estaba húmeda, lista desde antes de salir del café. Hundí los dedos un instante y luego se los acerqué a la boca; ella los chupó mirándome, sin apartar los ojos de los míos.

—Hoy te vas a casa con un buen recuerdo —le dije al oído.

Me bajé los pantalones lo justo y me apreté contra ella. Su sexo se veía hinchado, los labios enrojecidos, todo en ella pidiendo que la tocara. Empecé despacio, frotándome entre sus nalgas mientras ella arqueaba la espalda y empujaba hacia atrás, impaciente.

—No te quedes ahí —jadeó—. Hazlo de una vez.

Aparté la tanga a un lado y empecé a entrar de a poco, abriéndome paso con cuidado mientras le tapaba la boca con la mano para callar los quejidos. Ella respiraba fuerte por la nariz, tensa al principio, y poco a poco fue cediendo hasta que entré del todo. La sentí cerrarse a mi alrededor, y cuando empecé a moverme lo hice despacio, midiendo cada embestida para no hacerle daño y para que durara.

Le solté la boca cuando comprobé que sabía contenerse. Apoyó las dos manos en la pared y dejó caer la cabeza, y desde ahí me dejó hacer. La tarde iba cayendo y la luz se volvía anaranjada entre los edificios. Yo le sujetaba las caderas, marcaba el ritmo y de vez en cuando colaba una mano por debajo del vestido para apretarle un pecho. Ella respondía con un gemido ahogado cada vez que la embestía hasta el fondo.

—Más fuerte —pidió en un hilo de voz—. No vas a romper nada.

Le hice caso. La sujeté con las dos manos y la embestí sin contemplaciones, y el sonido de nuestros cuerpos me pareció demasiado alto para aquel sitio. Por un momento pensé en quien pudiera asomarse, y en lugar de frenarme aquello me empujó al límite. Terminé dentro de ella, con la frente pegada a su nuca, jadeándole al oído cosas que no recuerdo.

***

Nos quedamos un instante quietos, recuperando el aliento, antes de que la calle volviera a existir. Mariana se incorporó con esa calma suya, se acomodó la tanga y se bajó el vestido como quien se arregla la ropa después de un tropezón. Luego, sin que yo lo esperara, se arrodilló y me limpió con la boca, despacio, sin prisa.

—Hoy quería terminar con la cara llena —dijo levantando la vista, casi con reproche.

—Todavía puedes pedírselo a tu novio —contesté subiéndome los pantalones—. Ve a verlo así como estás, sin limpiarte. A ver qué cara pone.

Mariana se rió, una risa baja y traviesa, y negó con la cabeza como si la idea no le pareciera tan descabellada. Se atusó el pelo, comprobó en el reflejo de una ventana que el vestido estaba en su sitio y salió del callejón delante de mí, otra vez con su andar de buena chica, como si acabáramos de tomar un café y nada más.

La vi alejarse calle abajo hasta que dobló la esquina. Yo me quedé un momento más, encendiendo un cigarro que no necesitaba, dejando que el corazón volviera a su sitio.

Horas después, ya en casa, el teléfono vibró sobre la mesa. Era ella. No abrí el mensaje enseguida; me quedé mirando la pantalla iluminada en la penumbra, sabiendo de sobra lo que iba a encontrar y sabiendo, también, que volvería a escribirle en cuanto Lucía siguiera de viaje.

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Comentarios (4)

TomasPBA

jajaja el principio me mato, tremendo. Seguí así!!

Flor_Entre

Por favor una segunda parte, con eso no alcanza jeje. Quede con ganas de mas

ViejoLector22

Me recordó una situación parecida que viví hace tiempo. La tensión de esos mensajes esperando respuesta es lo mejor, muy real.

Caro_BA23

Buenisimo!!! de los mejores que leí acá en mucho tiempo

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