El amante que destrozaba su lencería cada mañana
Carla llevaba semanas notando cómo la tela del sujetador le rozaba los pezones cada vez que respiraba hondo. Era como si su propio cuerpo se hubiera puesto de su lado en una conspiración silenciosa. Aquella mañana se había puesto uno de los nuevos: rojo intenso, de encaje semitransparente, con aros que le empujaban los pechos hacia arriba hasta formar un escote tan profundo que apenas podía inclinarse sin que la carne se desbordara.
Se miró al espejo del baño. Pellizcó despacio uno de sus pezones hasta sentirlo endurecerse contra el encaje y le sonrió a su reflejo con una complicidad que no compartía con nadie más. Abajo, en algún lugar de la casa, el reloj del pasillo marcaba las once menos cuarto.
Diego llegaría a las once y media. Andrés ya estaba metido en su reunión de toda la mañana, encerrado en el despacho del centro con el móvil en silencio. Tenía casi tres horas. Tres horas eran más que suficientes.
Lo recibió descalza, con la bata de seda negra cerrada apenas por un nudo flojo que ella misma sabía que no aguantaría mucho. Cuando él entró al salón, oliendo a sudor limpio y a metal de herramienta, Carla dejó que la seda se abriera sola con cada paso hacia él.
—Ayer no terminé de enseñarte el conducto del ático —dijo Diego, con esa media sonrisa que ya sabía perfectamente lo que provocaba.
—No hace falta que subamos —respondió ella en voz baja, casi un ronroneo—. Aquí abajo está bien.
Lo empujó contra el respaldo del sofá grande de cuero claro. Diego se dejó caer sentado y ella se subió a horcajadas sobre él sin un solo preliminar, como si llevara toda la mañana esperando ese momento. Sus muslos se abrieron alrededor de las caderas de él mientras la bata terminaba de caer hacia los lados. El sujetador rojo quedó a la vista, tenso, las copas a punto de reventar bajo la presión.
Diego levantó las manos y las metió directamente por debajo del encaje, agarrando los pechos con las palmas abiertas. Los dedos se hundieron en la carne suave; los pulgares encontraron los pezones ya duros. Carla soltó un gemido largo cuando él los apretó al mismo tiempo, tirando hacia afuera hasta que ella arqueó la espalda y le empujó el pecho contra la cara.
—Quítamelo —susurró, mordiéndose el labio inferior—. Rómpelo.
No tuvo que repetirlo. Diego enganchó los pulgares en el centro del sujetador y tiró hacia los lados con fuerza. El cierre trasero saltó con un chasquido seco, el encaje se desgarró por las costuras y los pechos de Carla quedaron libres, balanceándose pesados delante de su cara. Él los atrapó uno detrás de otro, chupando con ganas, mordiendo lo justo para hacerla jadear. La piel le brillaba húmeda mientras ella se frotaba sin pudor contra el bulto que ya tensaba sus vaqueros.
Carla bajó las manos, le desabrochó el cinturón con dedos impacientes y lo liberó. Lo rodeó con la palma y lo sintió palpitar, duro y caliente. Se inclinó hacia adelante, dejando que sus pechos se aplastaran contra el torso tatuado de él mientras lo acariciaba despacio, arriba y abajo, marcando un ritmo lento que los volvía locos a los dos.
—Te quiero dentro ya —dijo ella, casi gruñendo las palabras.
Se levantó lo justo para apartar la braguita de encaje hacia un lado. No se la quitó; le gustaba la sensación de la tela húmeda rozándola mientras se dejaba caer despacio sobre él. Descendió de golpe hasta que sus caderas chocaron contra las de él, y los dos soltaron un gemido al mismo tiempo, el de ella más agudo, el de él ahogado contra su cuello.
Empezó a moverse con violencia, subiendo y bajando, haciendo que sus pechos rebotaran delante de la cara de Diego. Él los atrapaba con las manos, los apretaba, los lamía, dejaba marcas rojas con los dientes en la piel blanquísima alrededor de las areolas. Cada vez que ella bajaba con fuerza, el sonido húmedo de los dos cuerpos chocando llenaba el salón. El sofá crujía bajo ellos como si protestara.
Carla aceleró el ritmo, apoyando las manos en los hombros de él para tener más impulso. Lo sentía llenarla por completo, rozar ese punto interno que la hacía temblar de la cabeza a los pies. Diego deslizó una mano entre los dos cuerpos, encontró el clítoris hinchado y empezó a frotarlo en círculos rápidos con el pulgar mientras seguía con la boca pegada a uno de sus pezones.
—Me voy a correr —jadeó ella—. No pares… por favor… no pares.
Él aumentó la presión con el pulgar y empujó las caderas hacia arriba justo cuando ella bajaba. Carla se tensó entera, echó la cabeza hacia atrás y gritó sin control mientras el orgasmo la atravesaba como una descarga. Sus paredes se contrajeron alrededor de él con tanta fuerza que Diego aguantó apenas unos segundos más; gruñó contra su pecho, le clavó los dedos en las caderas y se vació dentro de ella con espasmos profundos.
Se quedaron así varios minutos, jadeando, sudados, con los restos del sujetador rojo hechos jirones colgando todavía de los brazos de ella como trofeos de una batalla privada. Carla se inclinó y lo besó despacio, saboreando la sal de su propia piel en la lengua de él.
***
Los días siguientes repitieron la escena varias veces más. Cada mañana ella elegía una prenda distinta, como si fuera un ritual: negro de cuero la primera vez, blanco de satén la segunda, morado con transparencias después. Y todas acababan igual, destrozadas en el suelo del salón, del dormitorio, una vez incluso en la cocina, contra la encimera de granito frío.
Había algo en la destrucción de la tela que la encendía más que el propio sexo. El chasquido del cierre al saltar, el sonido del encaje al rasgarse, la prueba física de que algo se había roto y ya no había forma de devolverlo a su sitio. Quizá por eso seguía haciéndolo. Quizá por eso, sin admitirlo del todo, empezó a estirar las mañanas, a citar a Diego cada vez más tarde, casi rozando la hora a la que Andrés solía volver.
Como si una parte de mí quisiera que pasara.
***
Y pasó la tarde en que Andrés abrió la puerta antes de tiempo.
La reunión se había cancelado a media mañana y él, ingenuo, había pensado en sorprenderla con la comida hecha. Subió las escaleras sin hacer ruido, sonriendo todavía, y los encontró en el dormitorio principal.
Carla estaba de rodillas sobre la cama, con las manos apoyadas en el cabecero, el cuerpo arqueado y los pechos balanceándose al ritmo de las embestidas de Diego por detrás. Llevaba solo un tanga negro apartado a un lado y los restos de un corpiño verde oscuro rasgado colgándole de la cintura. El sonido de piel contra piel era tan fuerte que ninguno de los dos oyó la puerta.
Andrés se quedó paralizado en el umbral. Vio cómo su mujer echaba la cabeza hacia atrás, gemía con la boca abierta y pedía «más fuerte, rómpeme». Vio cómo Diego le agarraba las caderas y la penetraba sin piedad, haciendo temblar la cama con cada golpe. Vio la sábana arrugada y húmeda debajo de ella.
Carla giró la cabeza y lo vio.
Sus ojos se encontraron durante un segundo que pareció eterno. No había vergüenza en su mirada, ni siquiera sorpresa. Solo una mezcla de placer crudo y algo parecido al desafío. Siguió moviendo las caderas hacia atrás, hacia Diego, como si quisiera dejarle claro a su marido que ya no le pertenecía a nadie más que a sí misma.
Diego no se detuvo. No podía ver a Andrés desde donde estaba, o quizá no quiso enterarse. Siguió embistiéndola con la misma intensidad mientras Andrés daba media vuelta, despacio, y cerraba la puerta del dormitorio sin decir una sola palabra.
El clic de la cerradura fue lo único que se oyó en toda la casa.
***
Minutos después, cuando el último orgasmo la dejó temblando y con las piernas flojas, Carla se dejó caer de lado sobre el colchón. El corpiño verde hecho trizas estaba tirado justo al lado de la almohada de Andrés, sobre su sitio, como una bandera plantada en territorio conquistado.
No oyó la puerta de la calle, pero supo que se había ido. La casa entera tenía esa quietud particular de las cosas que acaban de terminar para siempre.
Diego se vistió en silencio, le acarició el pelo y se marchó por la puerta de servicio, como siempre. Ella se quedó tumbada, mirando el techo, sintiendo todavía el calor entre las piernas y el peso de lo que acababa de hacer.
Ya no había vuelta atrás. Y aunque su cuerpo seguía ardiendo con solo recordar las manos de Diego sobre su piel, una parte de ella sabía con una claridad helada que había roto algo que nunca volvería a recomponerse.
Lo más perturbador de todo era admitir, en el silencio de aquel dormitorio, que lo había hecho a propósito.