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Relatos Ardientes

Organicé un trío y terminé siendo el cornudo

Esto es lo que pasó con Damián y Camila. Una pareja joven, él de veintiocho y ella de veintidós, que vivía junta hacía apenas tres meses en un monoambiente alquilado en la zona norte. Tenían sexo seguido, pero nunca fue nada del otro mundo. Cumplían el trámite, se sacaban las ganas y listo. Al menos para Camila, así era suficiente.

A Damián, en cambio, le picaba algo. Veía pornografía a escondidas, leía relatos en foros y, en uno de esos viajes mentales que se hacía antes de dormir, decidió que necesitaban condimentar las cosas. Le propuso un trío. Con otra chica, claro. Él, su novia y una desconocida.

Camila lo rechazó sin pensarlo. Estaba conforme. No le interesaba meter a nadie más en la cama, y mucho menos a otra mujer. Pero Damián insistió durante semanas. Hasta que llegó a un acuerdo absurdo: primero harían un trío con otro hombre, así ella también se daba un gusto, y después, una vez que él hubiera cumplido la fantasía de su novia, ella accedería a la suya.

La idea le pareció ridícula a Camila. Ella no quería nada de eso. Pero la insistencia del novio terminó por ganarla. No por deseo propio. Por agotamiento.

Crearon un perfil juntos en una de esas aplicaciones para encuentros. Pusieron las iniciales de ambos, dos fotos frente al espejo del baño sin mostrar la cara, en ropa interior. Ella adelante, él detrás, casi escondido.

Damián medía un metro setenta apenas. Flaco, sin gimnasio, con cara de pibe bueno y una verga que en sus mejores días llegaba a los doce centímetros. Camila, en cambio, era de esas mujeres que llaman la atención sin proponérselo. Un metro sesenta y cinco, rubia natural, ojos verdes, una cintura marcada y unas medidas que cualquier ropa le quedaba bien. Pero era tímida, callada, casi retraída. Por eso terminó con alguien como Damián. Por eso, también, nunca se había animado a explorar.

Pasaron varios días buscando candidato. Damián era exigente; quería a alguien que no fuera amenaza, que cumpliera el rol sin hacer ruido. Hasta que apareció un perfil que le gustó. Una sola foto, ni siquiera muy clara. El tipo se veía normal, con cara de buen tipo. Se llamaba Rubén, tenía treinta y un años y, según escribió en el chat, tenía «ganas de probar algo nuevo».

Damián no se imaginó nunca lo que tenía adelante.

Después de intercambiar mensajes durante una semana, fijaron el día. Sábado a la tarde, cinco de la tarde. Cielo nublado, fresco. La calle, tranquila. El departamento, recién ordenado, con velas que Camila había encendido más por nervios que por ambiente.

Rubén avisó cuando llegó al edificio. Subió hasta el sexto piso, golpeó la puerta del catorce. Damián abrió y se quedó mudo.

El tipo medía casi un metro noventa. Tenía los brazos trabajados, el pecho ancho, la espalda enorme bajo la remera. Tez blanca, pelo castaño con rulos. Cara amable, pero todo el cuerpo decía otra cosa. Camila, que estaba sentada en el sillón, se levantó para saludar y le dio un beso en la mejilla. Cuando se sentó de nuevo, miró a Damián con una mezcla de sorpresa y algo más que él no quiso identificar.

—Bueno —dijo Damián, intentando llenar el silencio—. ¿Querés tomar algo? ¿Vemos algo en la tele para arrancar tranquilos?

Rubén asintió. Damián encendió el televisor y se sentó al otro lado de Camila. Rubén se acomodó del otro flanco. Ella en el medio, vestida con un top negro, una pollera escocesa roja y negra, y unas botitas oscuras. Tenía las piernas cruzadas y las manos sobre la falda.

Pasaron unos minutos sin que la charla arrancara. Damián cambiaba de canal con torpeza. Rubén, en silencio, dejó caer una mano sobre el muslo desnudo de Camila. Ella se sobresaltó un instante, pero no lo apartó. Pensó que cuanto antes pasara todo, mejor.

Damián se levantó a buscar un vaso de agua a la cocina. Cuando volvió, Rubén tenía a Camila tomada de la nuca y la estaba besando. Ella respondió. Primero con desgano. Después, cuando sintió la fuerza con la que la sostenía, con un hambre que ella misma no esperaba sentir. Los brazos de ella se enredaron detrás de la cabeza del invitado.

—Bueno, ya arrancamos —dijo Damián, fingiendo entusiasmo.

Se acercó. Le besó el cuello a Camila con timidez, sin saber muy bien dónde poner las manos. Ella y Rubén seguían besándose como si no existiera nadie más. Damián era una sombra alrededor de la escena.

***

Camila empezó a sentir algo entre las piernas que hacía años no le pasaba. Las manos firmes de Rubén le recorrían la cintura, le apretaban las caderas, la hacían sentir buscada. Los besos tímidos de Damián, en cambio, le rebotaban en la piel sin dejarle marca.

Por culpa, giró la cara y lo besó. Quiso que sintiera algo. Pero el beso le salió frío, vacío, mientras las manos de Rubén ya le subían el top y le manoseaban los pechos por encima del corpiño. Cuando le pellizcó un pezón a través de la tela, a Camila se le escapó un gemido que no pudo disimular.

Damián siguió besándola sin convicción. Rubén le quitó el top entero y trabajó sus pechos piel contra piel. Le besó el cuello, la nuca, los hombros, con la misma intensidad con la que la había besado en la boca. Camila empezaba a perder el hilo de quién la estaba tocando y dónde.

—Vamos a la cama —dijo Rubén, y no esperó respuesta.

La tomó del pelo, suave pero firme, y la levantó del sillón. La cama estaba a tres metros. La tiró sobre el colchón y se le subió encima. Damián, atrás, se levantó del sillón y los siguió. Pero ya no había lugar para él.

Rubén le bajó la pollera y la bombacha de un tirón. Le hundió dos dedos entre las piernas y la encontró mojada. Damián, sin saber qué hacer, se desnudó de prisa y se subió a la cama. Se acostó al costado, intentando masturbarse para ponerse duro. No le respondía nada. Su cuerpo flaco, su pija blanda y pequeña, no entraban en la tormenta que se estaba armando al lado.

Camila le sacó la remera a Rubén. Vio el torso, el pecho ancho, los hombros que parecían tallados. Puso las dos manos sobre ese pecho y se mordió el labio. Damián, a centímetros, seguía intentando.

Cuando Camila le bajó el pantalón a Rubén, le saltó en la cara una verga que ninguno de los dos esperaba. Larga, gruesa, venosa. Tenía que medir veinticinco centímetros. Le golpeó la mejilla y ella se quedó quieta un segundo, mirándola.

A Damián se le secó la boca. Era más del doble de lo que él tenía. Si ya le estaba costando endurecerse, la vergüenza terminó de hundirlo. Y peor fue cuando a Camila se le escapó la frase, sin filtro, sin pensar:

—Uff, qué pedazo de pija.

Damián sintió el comentario como una puñalada. Camila se dio cuenta tarde, miró a su novio con cara de disculpa.

—Gordo, dale, sumate. La vamos a pasar bien los tres —dijo, intentando arreglar lo inarreglable.

Rubén la miraba con una sonrisa. Ella, con las dos manos juntas, no lograba rodear el grosor de esa verga. Le sobraba carne por todos lados.

—No te miento, ni en los videos vi una así —dijo, mientras le hacía una paja lenta.

—Amor… —intentó Damián—. ¿No esperan un poco? O sea…

No terminó la frase. Rubén le metió la cabeza de la pija en la boca a Camila y ella se olvidó de que su novio existía.

***

—Permiso, flaco —dijo Rubén, casi con desprecio.

Damián entendió el mensaje. Se corrió de la cama. Se sentó en el sillón, desnudo, con la verga blanda entre las piernas y los ojos llenos de algo que no sabía si era rabia o pena. Apagó cualquier intento de meterse en la escena.

—Gordo, ponétela dura y vení —decía Camila desde la cama, con la boca llena.

Pero ya no se lo decía a él de verdad. Se lo decía por culpa. La escena ya tenía su propio ritmo y él no estaba en él.

Rubén la puso en cuatro. Le dio dos nalgadas que hicieron eco en el ambiente. Se preparó para penetrarla.

—Eh, flaco —reaccionó Damián—. Ponete forro. Y vos, ¿no le vas a decir nada?

Camila estiró la mano hacia la cómoda y sacó uno de los condones que usaba con su novio. Trató de ponérselo a Rubén. Apenas le cubrió la cabeza. Cuando intentó desenrollarlo, la goma se rompió.

Ella y Rubén se rieron. Damián no. Para él, era una pesadilla que no terminaba.

—Amor, no sé cómo hacemos —dijo Camila, mostrándole el condón roto—. En serio no pensé que…

No terminó la frase. Rubén no quería esperar.

—Loco, jodete —le dijo a Damián, mirándolo a los ojos—. Tu mina quiere pija.

Y la penetró.

—Ayyy, hijo de puta, diosss —gritó Camila, aferrándose a las sábanas.

Damián no podía creer lo que estaba viendo. La mujer a la que amaba, en la cama que él pagaba, con un tipo que él mismo había elegido, dejándose coger sin protección.

—Camila —dijo, con la voz quebrada—. Cuántas veces te pedí a pelo y no me dejabas.

—Ay, amor, perdón —jadeó ella—. Ahhh, es demasiado grande. Gordo, perdón… es distinto esto, estamos jugand… ahhh, la puta madre.

Rubén la penetraba hasta el fondo. Camila se hundía la cara en la almohada y volvía a salir para gritar.

—Boludo, la siento en el estómago —decía, mientras él aumentaba la velocidad.

Las paredes de su concha cedían a cada embestida. Damián, sentado en el sillón a un metro, miraba con bronca y después miraba el piso. No entendía lo que sentía por dentro. Quería llorar, quería irse, y al mismo tiempo no podía dejar de mirar.

—¿Te gusta así, putita? —decía Rubén—. ¿Te gusta que te coja delante del cornudo de tu novio?

—Sí, papi, me encanta. Cogeme toda.

El sonido de los muslos contra las nalgas retumbaba en el monoambiente. Plaf, plaf, plaf. Damián intentaba no mirar, no escuchar. Pero estaba ahí mismo. No había a dónde escapar.

Camila acabó con la espalda arqueada y los ojos en blanco. Después acabó otra vez, y otra. En todos los años con Damián, no había sentido nada así. Le clavaba las uñas en la espalda a Rubén mientras temblaba entera. Le rasguñó hasta dejarle marcas rojas.

Cuando Rubén le metió dos dedos en la concha y los curvó hacia arriba, Camila gritó algo que Damián no entendió. Un chorro de líquido salió disparado y le mojó el muslo a él, sentado en el sillón. Era squirt. Algo que Camila nunca había hecho. Rubén sonreía. Camila reía, agitada, sin aliento.

Hubo un descanso. Tres respiraciones agitadas en el cuarto. Rubén se acercó a Damián.

—Mirá, hagamos así —dijo—. Ella decide. Me la sigo cogiendo y la perdonás, o seguimos y vos hacés lo que quieras. ¿Qué decís?

Camila los miró a los dos. Tenía las piernas todavía temblando.

—Gordo —dijo, hacia Damián—, prometeme que me vas a perdonar por lo que voy a hacer.

Damián no contestó. Miraba un punto fijo en la pared.

—Amor, por favor, te pido que me entiendas.

Silencio. Hasta que ella dijo, casi con vergüenza:

—Damián, perdón, pero se la voy a pedir por la cola.

Rubén sonrió. Damián levantó la cabeza.

—¿Qué? Cuántos años te pedí el culo y se lo das a éste, que apenas lo conocés. Sos una hija de puta.

—Amor, perdoname. Estoy demasiado caliente, quiero probar. Es más fuerte que yo. Vos sabés que yo te amo.

Lo decía mientras se ponía en cuatro y le ofrecía el culo a Rubén, que se untaba la pija con el lubricante que sacó de su mochila.

—Damián, te suplico que me perdones. Vos sos el amor de mi vidaahgg, dios, sí, rompeme el culo con esa pijaaa…

La frase se cortó. Rubén ya estaba entrando, despacio. Camila mordía las sábanas. Damián, en el sillón, escuchaba todo y no quería estar ahí.

***

—Gordo, me está destruyendo —jadeaba Camila—. Dios mío, me lo va a descoser todo.

Rubén iba entrando más y más adentro, paciente, midiendo. Hasta que sintió que el ano de ella se rendía y empezó a moverse con velocidad.

—Rompemelo, papi —pedía Camila—. Más fuerte. Soy tu puta. Cogete a tu puta por el culo.

Damián, en el sillón, empezó a llorar. No pudo evitarlo.

—¿Qué pasa, cornudito? —se burló Rubén.

—Amor, no llores —interrumpió Camila, con la voz entrecortada—. No, esperá, esto es un rato. Después lo charlamos. Te lo compenso, te lo juro.

Damián se levantó. Hizo el intento de frenar a Rubén. La propia Camila lo paró con la mano.

—No, amor, esperá. Por favor.

Mientras lo miraba a los ojos, Rubén volvió a meterla. Damián vio cómo las pupilas de Camila se dilataban, cómo cerraba los ojos, cómo abría la boca para soltar otro grito.

—Ayyy, llename el culo, papi. Rompemelo todo.

Damián volvió al sillón. Lloraba, ya sin pudor. Camila estaba demasiado perdida en el orgasmo como para registrarlo.

Pasaron unos minutos más. Camila se dio vuelta de pronto. Pensó que su novio creería que estaba terminando.

—Amor —dijo—, disculpame. Le voy a pedir la leche, perdón.

Se arrodilló frente a Rubén. Toda la escena estaba enfrente de Damián.

—Dame toda la leche, papi. Pintame entera.

Le hacía paja con las dos manos. Le chupaba los huevos. Hasta que Rubén acabó con un chorro que le cubrió la cara, le bajó por el mentón y le terminó en los pechos. Camila chupó hasta la última gota. Después juntó todo lo que le quedaba en la cara y se lo tragó.

—Tragátela toda —ordenó Rubén.

—Sí, papi —respondió ella.

Y después, mirándolo a los ojos:

—Está rica, papi.

Damián seguía en el sillón, sin moverse. Cuando Rubén se levantó para vestirse, él recién pudo hablar.

—Andate de mi casa, loco —dijo, con voz seca—. Y a vos no sé cómo te voy a mirar a la cara. Sos peor que una puta.

Salió del departamento sin esperar respuesta. Bajó las escaleras corriendo. Caminó tres cuadras sin saber a dónde iba, llorando por lo que él mismo había armado.

Esa misma noche, en un hotel barato a seis cuadras del departamento, se metió en el baño, se sentó en el inodoro y empezó a masturbarse pensando en lo que acababa de pasar. Acabó en treinta segundos. La pija se le había puesto dura por primera vez en todo el día.

Lloró otra vez después de acabar. Esta vez no por Camila, ni por Rubén. Por él. Por darse cuenta, en el fondo, de que algo de toda esa pesadilla le había gustado.

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Comentarios (3)

Gustavo_mx

Jajaja el titulo lo dice todo y igual te sorprende cuando llega el momento. Buen relato!!

Dario_GBA

Lo contaste con una honestidad que se agradece. Nada de poses, puro relato crudo de lo que fue. Muy bueno.

Nati_Baires

Ay dios... que final!!! No me lo esperaba para nada

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