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Relatos Ardientes

La apuesta que terminó con los cuatro en mi sofá

Esto me pasa por provocar, por creerme más lista de lo que soy. ¿En qué momento me pareció buena idea quitarme el bikini en la playa y tomar el sol con todo al aire? Ya lo sé, lo sé perfectamente: en el momento exacto en que el grupo de chicos de la toalla de al lado empezó a mirarme los pechos y yo decidí que me gustaba que lo hicieran.

Y ahora aquí estoy, en el sofá, con el ventilador a tope y mi tercer bote de áloe vera medio vacío. No hay un solo centímetro de piel que no me arda. Todo mi cuerpo está rojo, hinchado, latiendo. Tengo los pezones del doble de su tamaño y el sexo tan caliente que no sé si es por la quemadura o por el recuerdo de aquellas miradas.

Estaba untándome el gel frío cuando se abrió la puerta.

Diego entró usando las llaves de Lucía, mi compañera de piso, como si esa casa fuera suya. Hice el esfuerzo de taparme con un cojín, pero lo único que conseguí fue llamar todavía más su atención. Llevaban juntos unos meses, aunque Diego era de los que miran a todas y nunca aprenden a quedarse quietos. Tampoco es que yo estuviera en posición de juzgar a nadie: yo me había desnudado en una playa pública solo por el morbo de que me vieran.

Se sentó a mi lado mientras yo me ponía roja de vergüenza. Con las quemaduras del sol, ni siquiera se notaba.

—Pobre, te has quemado entera —dijo, recorriéndome con los ojos sin disimulo—. ¿Estabas desnuda en la playa o qué? Ven, no te tapes. No tienes nada que no haya visto.

Me arrancó el cojín de un tirón y me dejó completamente expuesta ante él. Sonrió, cogió el bote de áloe y me empujó con suavidad hasta tumbarme. Se colocó entre mis piernas y empezó a extenderme la crema por los brazos, por los muslos, por el vientre. Tenía las manos grandes y frías, y cada pasada me dejaba la piel erizada.

—Aquí también te has quemado —murmuró, y me echó el gel directamente sobre los pechos.

Gemí sin poder evitarlo. Mis pezones se endurecieron bajo sus dedos y él lo notó al vuelo. Se entretuvo, los presionó, jugó con ellos como si tuviera todo el tiempo del mundo. Estaba tan excitada que cuando me pellizcó con un poco más de fuerza, un chorro tibio salió disparado de mí hacia su entrepierna.

Quise morirme de la vergüenza. Intenté incorporarme para pedirle perdón, pero Diego se rió y de un empujón me devolvió al sofá.

—No es lo que crees, boba —dijo—. Se llama squirt. Y si te pasa solo con que te toque los pezones, no quiero ni imaginar lo caliente que estás. Eso, o eres muy descarada. Aunque eso también tiene solución.

Se bajó los pantalones. Lo miré con una mezcla de pánico y deseo, impaciente por lo que me estaba haciendo sentir. Martín, mi novio, jamás me tocaba así. Diego se sacó la polla —grande, dura, imposible de ignorar—, echó un buen chorro de áloe entre mis pechos y la deslizó en medio. Se subió encima, me sujetó por los pezones y empezó a moverse, follándome los pechos mientras me acercaba la punta a la boca.

De vez en cuando me soltaba un pezón para darme una palmada en la mejilla y decirme lo descarada que era. Yo asentía. Le daba la razón, le decía que sí, que era una guarra, mientras entre mis piernas todo se volvía agua. Otro pequeño chorro se me escapó y empapó el sofá.

Se la sacó de la boca y se corrió sobre mi cara, dejándome la piel cubierta, la lengua fuera, pidiendo más.

—Siempre supe que eras de las calientes —dijo, recuperando el aliento—. Pero por mucho que me muera de ganas, yo solo puedo follarme el coño de mi novia.

Me ardió por dentro algo que no era la quemadura. Y entonces volvió a endurecerse. Pasó la mano entre mis piernas y yo dejé de pensar en cualquier otra cosa que no fuera ser follada. Echó el resto del bote de áloe sobre mí, pero su mano bajó más, hasta mi culo. Metió un dedo. Después dos. Yo palpitaba entera.

—Así que te corres si te tiran de los pezones y si te tocan el culo —dijo, metiendo un tercer dedo—. Has nacido para esto.

Otro chorro salió disparado de mí. Diego me cogió por las piernas, me levantó, me colocó sobre él y me sujetó los brazos contra el cuerpo hasta dejarme inmovilizada. Ya no era nadie: solo un cuerpo expuesto, unos pechos hinchados y un sexo que no paraba de traicionarme. Me penetró el culo de una sola estocada y yo me corrí otra vez, salpicando el suelo.

***

La puerta se abrió justo en ese momento.

Diego no se movió. Ni un centímetro. Me mantuvo clavada sobre él, con la lengua todavía fuera, mientras Lucía y Martín entraban en casa y nos encontraban así, en el sofá, en mitad de todo.

Lucía se quedó en el umbral, llorando de pura impotencia. Decía que siempre supo que Diego era un cabrón, que tarde o temprano la iba a engañar, que cómo había podido yo, que aquello no se iba a quedar así. Martín, en cambio, eligió otra forma de resolverlo.

No dijo casi nada. Se acercó, me abofeteó, me insultó, y Diego siguió sin sacármela del culo ni soltarme los pezones. Ni siquiera cuando Martín se sacó la polla y se vació encima de mí, sobre mi cara, sobre mis pechos. Ni cuando me la metió en la boca y me obligó a mirarlo mientras me la follaba y me escupía. Es más: Diego empezó a moverse otra vez, despacio al principio y luego rápido, al mismo ritmo que Martín. Volvió a tirar de mis pezones y mi cuerpo me traicionó de nuevo. Me corrí entre gemidos y lágrimas, inundando el suelo del salón.

Martín me sacó la polla de la boca y me golpeó la cara con ella.

—¿Cómo puedes ser así? —me preguntó.

Ni yo misma lo sabía. Me dio un manotazo entre las piernas y me corrí otra vez, pero se apartó dejándome a medias, todavía empalada por Diego. Entonces se giró hacia Lucía. La desvistió delante de mí. Ella pasó del llanto al jadeo, y la que empezó a llorar fui yo. Le supliqué que parara, que volviera conmigo, pero él cogió a Lucía en brazos y la penetró sin miramientos, en mi propia cara.

—Cómeselo —me susurró Diego al oído—. Cómele el coño.

No entendía nada, pero estaba tan caliente que, cuando Martín acercó su sexo entrando y saliendo del de mi amiga hasta mis labios, saqué la lengua y me dejé llevar. Lo lamí todo. Y descubrí que me excitaba oír gemir a Lucía, aunque la idea no me gustara, aunque una parte de mí no quisiera. Diego lo notó. Me levantó en brazos y nos colocó a la misma altura que ellos. Nuestros cuerpos se pegaron, y sin darme cuenta el sexo de Lucía y el mío se rozaban.

Tuve otro orgasmo contra ella, y eso la enfureció más. Me agarró del cuello, me abofeteó, me retorció los pezones, me insultó. Yo esperaba que Diego o Martín la frenaran, pero solo nos follaban más fuerte, y yo no podía dejar de correrme. Hasta que a Lucía le cambió la cara. Empezó a disfrutarlo. La muy descarada también gozaba humillándome, y se corrió a la vez sobre la polla de Martín y contra mi cuerpo. Nos fundimos en un beso. Diego intentó apartarme para besarla a ella, pero Lucía le giró la cara.

***

Martín se tumbó en el sofá sin soltar a Lucía, y Diego se subió encima conmigo. Seguía dentro de mi culo, Lucía se restregaba contra mí, y Martín alternaba entre las dos. Cuando por fin me la metió a mí también, sentí que me perdonaba, y se lo agradecí en silencio. Para entonces yo ya era poco más que una máquina, incapaz de contar las veces que me había corrido.

Nos la sacaron a las dos y se pusieron sobre nuestras caras. Yo se la chupaba a uno mientras Lucía atendía al otro. Diego y Martín se sincronizaron tanto que volvían a follarme la boca y el culo al mismo tiempo. Lucía se corría contra mí y yo contra ella, hasta que los noté palpitar dentro. Toqué el cielo cuando los dos se vaciaron a la vez: el culo llenándose a borbotones, la garganta inundada hasta casi ahogarme. Me corrí una última vez antes de que me la sacaran, y me quedé vacía, tirada en el sofá, con todo escurriéndose por mi piel.

Diego le susurró algo a Lucía y ella volvió a subirse sobre mí. Se restregó contra mis pezones —ya triplicados de tamaño— hasta usarlos para presionar su clítoris. Me usó como un juguete, igual que me habían usado todos esa tarde. Yo lo agradecí, esperando que con eso me perdonara también. Se corrió sobre mis pechos. Después levantó la pierna sobre el respaldo, me sujetó por los pezones y me dijo, mirándome a los ojos, que era la primera vez que se vengaba, pero no sería la última. Y se dejó ir sobre mi cara. Yo lo disfruté como la descarada que soy, y cuando me acercó el sexo, saqué la lengua para limpiárselo con la boca.

Martín le chocó la mano a Diego. Los dos se rieron diciendo algo sobre quién había ganado la apuesta, sobre que ambos sabían desde el principio que yo terminaría cediendo. Me quedé en el sofá mientras se turnaban una vez más, repitiéndome que ahora serviría a los tres por ser como era. Y yo lo agradecí, hasta perder la cuenta, hasta perder la noción del tiempo, entre un orgasmo y el siguiente.

En fin. Esto me pasa por provocar.

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Comentarios (5)

LectorK77

excelente!!!

ClaritaBA

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas jeje

Toni_rdz

Lo lei de una sola vez sin poder parar. Buen ritmo el del relato!

SantiCruz78

jaja la situacion inicial me mato, no esperaba ese comienzo para nada

Ricky_norte

Como continua la historia? se hizo corto esto...

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