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Relatos Ardientes

La infiel que no sabía con quién se metía

Lucía y Valeria llevaban casi una hora sentadas en la confitería cuando Mara apareció en la puerta. Lucía la reconoció desde lejos y le hizo señas para que se acercara.

—Mara, acá. Sentate con nosotras. —Señaló a la otra—. ¿Conocés a Valeria? Es la novia de Rodrigo Fuentes.

—Hola. No creo que nos hayamos cruzado antes. —Mara extendió la mano con una sonrisa tranquila.

—No, que yo recuerde. —Valeria le devolvió el saludo—. ¿Qué tal?

—Bien, bien. No las interrumpas, estaban hablando de algo.

—Al contrario. —Lucía encargó otro café—. Estábamos hablando de novios, de amigos, de la vida en general. Nada que no podamos compartir.

—Un tema inagotable. —Mara dejó el bolso en la silla libre—. Dale, Valeria, contame cómo va lo de Rodrigo.

—Lindo tipo. Llevamos casi un mes. Pero me parece muy tranquilo, muy casero. Yo pensaba que le gustaba más salir, la noche, divertirse.

—Rodo trabaja mucho. Tiene su estudio de arquitectura propio, no es de salir de semana. —Mara revisó la carta sin mirarla—. Es así desde siempre.

—Sí, me imagino. Pero a mí me gusta la joda, estar con gente, no quedarme en casa mirando series.

—¿Y están conviviendo? —preguntó Mara.

—No, no. Para nada. No me gusta eso de tener que dar explicaciones de horarios, de rendir cuentas todo el tiempo.

—Entiendo. —Mara tomó un sorbo de agua—. ¿Y vos, Lucía? ¿Cómo van las cosas con Marcos?

—Ahí vamos, tironeando. Volvimos a fin del año pasado y estamos viendo cómo resulta. Muy controlador, la verdad. Por momentos me ahoga.

—Eso no es buena señal.

—Ya sé. Pero le di otra oportunidad y acá estoy.

—Bueno, chicas. —Valeria dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa—. Les cuento algo, pero que quede entre nosotras tres. El otro día conocí a un tipo en un bar. Matías, se llama. Un cuerpo impresionante. Me tiró onda toda la noche, me besó, me metió la mano en el culo sin pedirme permiso y no me pareció mal para nada.

—¿Y? —Lucía se inclinó hacia adelante.

—Me invitó a pasar el fin de semana en Pinamar. De viernes a domingo, en su auto. Con hotel y todo.

Mara levantó la vista del café muy despacio.

—¿Y a Rodrigo qué le vas a decir? —preguntó.

—Que tengo que ir a ver a una prima a Rosario. Una mentira fácil, no me va a preguntar mucho.

—No es mala excusa. —Lucía asintió—. Pero si te pesca, te manda a paseo sin escala.

—No me va a pecar. Y aparte me parece que con dos mimos lo tengo tranquilo. Es bastante simple de manejar, la verdad. —Valeria sonrió con confianza.

—Si vos decís. —Mara se encogió de hombros y tomó el vaso.

Unos minutos después Mara pidió la cuenta, saludó a las dos con un beso y se excusó diciendo que tenía un trámite.

Caminó media cuadra, dobló en la esquina y sacó el teléfono del bolso. Detuvo la grabación de voz, escuchó diez segundos para verificar que el audio estaba limpio, y sonrió. Después siguió caminando.

***

El estudio de Rodrigo quedaba a quince minutos a pie. Mara llegó, saludó a la recepcionista y preguntó si él tenía un momento libre. La chica consultó por el interno y le dijo que pasara.

—Hola, loca. ¿A qué debo el honor? —Rodrigo se puso de pie y le dio un beso en la mejilla.

—A que soy una metida, pero te quiero demasiado como para no venir. ¿Tenés algo para tomar?

—Whisky escondido en el cajón de abajo.

—Por eso sos mi persona favorita en el mundo.

Él sirvió dos vasos y se sentaron frente a frente. Mara puso el teléfono sobre el escritorio sin decir nada. Rodrigo la miró.

—Recién estuve tomando un café con Lucía y con una chica que se llama Valeria. —Hizo una pausa—. ¿La conocés?

Rodrigo levantó una ceja apenas.

—Sí. ¿Por qué?

—Porque grabé la conversación entera. Escuchá.

La reproducción duró tres minutos. Rodrigo escuchó todo sin interrumpir, con el vaso en la mano y una expresión difícil de leer. Cuando terminó el audio, apagó la pantalla y le devolvió el teléfono a Mara.

—Linda mina, la verdad. Lástima. —Mara tomó un sorbo largo.

—Tampoco me sorprende del todo. Ya me habían llegado comentarios de que el viernes estuvo en un boliche. Debe haber sido cuando conoció a Matías.

—¿Lo conocés a Matías?

—¿Matías quién?

—No lo nombró con apellido. Pero si es el que yo creo... —Mara lo miró fijo—. ¿Es amigo tuyo?

—Veinticinco años de amistad.

Hubo un silencio.

—Ay, Dios mío. —Mara soltó una carcajada—. Esto es demasiado, Rodo.

—No sabe en dónde se metió.

—¿Y vas a hacer algo?

—Todavía no lo decidí. Algo voy a hacer, sí.

—¿Cómo van las cosas con Marcos? —preguntó él, cambiando el tono.

—Controlador, asfixiante. Sabés que eso me destroza. Estoy ahí, pero no estoy convencida para nada.

—Lo sé. No sos vos para ese tipo de relación.

—No. Y si terminás con la boluda y algún día tenés ganas de llamarme...

—No te llamo si estás con Marcos, Mara. Lo sabés.

—¿Y si estoy sola?

Rodrigo la miró en silencio un momento.

—Me emboscaste.

—Un poquito. —Mara se puso de pie, dejó el vaso sobre el escritorio y le dio un beso en la mejilla—. Cuidate, hermoso.

—Vos también, loca.

***

Esa tarde, al salir del estudio, Rodrigo llamó a Matías.

—¿Podemos vernos a tomar algo cuando terminés?

—Claro. Bar de siempre, a las siete.

Se encontraron en el lugar de siempre, que era un bar con madera oscura, buena cerveza artesanal y mozos que ya sabían lo que iban a pedir sin necesidad de la carta. Los dos llegaron con traje y soltaron las corbatas apenas se sentaron.

—¿Qué pasó? —preguntó Matías.

—Nada grave. —Rodrigo pidió dos whiskies—. Así que pensás ir a Pinamar el fin de semana con mi novia. Hijo de puta. —Lo dijo en tono completamente plano, sin una pizca de enojo.

Matías lo miró sin entender.

—¿De qué estás hablando? ¿Tu novia?

—Valeria.

Hubo una pausa larga.

—No me jodas. —Matías se recostó en la silla—. Ni sabía que estabas de novio, Rodo. La conocí el viernes, estuvimos hablando, le propuse el viaje, pero no quedamos en nada concreto.

—Pues ella quedó. O por lo menos eso tiene pensado. Me llama esta semana para decirme que va a ver a una prima a Rosario.

—¿Cómo sabés todo esto?

—Porque Mara estaba en el café cuando Valeria lo contó. Y la muy cabrona grabó todo en el teléfono.

—Claro que sí. Mara. Obviamente. —Matías se rio—. ¿Y vos qué vas a hacer?

—¿Vos qué creés que voy a hacer? Cortarla. Pero antes me parece que nos divertimos un poco. ¿Seguís con el plan del viaje?

—Si ella me confirma, sí.

—Perfecto. Hacé la reserva del hotel. Yo me encargo del resto.

—¿Qué tiene pensado esa cabeza retorcida?

—Tengo mesa reservada en La Marea el sábado a las nueve. Para cuatro personas.

Matías tardó dos segundos en entender.

—Sos un hijo de puta de primera línea.

—¿Venís?

—Por supuesto que vengo.

***

El miércoles a la mañana, Rodrigo recibió un mensaje de Mara.

Terminé con Marcos. Punto final. Si alguna vez tenés ganas de llamar, ya sabés dónde estoy.

Lo leyó dos veces. Después se largó a reír solo en el estudio.

Esa noche, Valeria lo llamó para verse. Él inventó una excusa, y fue ahí cuando ella le contó lo de la prima enferma, el viaje a Rosario, que volvía el lunes. Él le dijo que no tenía problema, que ojalá la familia se recuperara pronto, y cortaron.

El jueves después de cenar, Rodrigo llegó al departamento, se duchó, se sirvió un whisky y se sentó en el sillón con el teléfono en la mano. Puso música baja. Marcó el número de Mara.

—Hola, hermoso. —Ella atendió al segundo tono.

—Hola, loca. ¿Planes para este fin de semana?

—Ninguno. Estoy sola y con ganas de muchas cosas.

—¿Cuánto tardás en llegar acá con una valija?

Hubo una pausa brevísima.

—Servite otro whisky mientras llega el taxi. —Y cortó.

Rodrigo se quedó mirando la pantalla apagada. Esto va a estar muy bien, pensó. Llamó al restaurante La Marea de Pinamar para confirmar la reserva, y después le mandó un mensaje a Matías avisándole que todo seguía en pie.

***

Mara llegó cuarenta minutos después con una valija mediana y un bolso de cuero.

—¿Valija entera para un fin de semana? —preguntó Rodrigo.

—Me gusta tener opciones. —Le dio un beso largo en la boca antes de entrar—. ¿Whisky?

—Ya te serví uno.

—Por eso sos mi favorito.

Se sentaron y estuvieron un rato hablando de cosas sin peso. En un momento, Rodrigo la miró en serio y dejó el vaso sobre la mesita.

—Mara. Quiero plantearte algo. Y no quiero que me respondas ahora, sino cuando volvamos el lunes.

—Te escucho.

—¿Estás dispuesta a intentarlo de verdad? ¿A ponerte las pilas y ver si podemos hacer que esto funcione?

Mara lo miró un momento sin decir nada. Tomó el vaso.

—Sos una basura, lo sabés. Que me hagas esa pregunta esta noche.

—No respondas todavía. Esperá al lunes. —Rodrigo se puso serio—. No tengo ganas de perder el tiempo y terminar igual que las otras veces. Las dos veces fracasamos por cosas que podíamos haber evitado, los dos, no solo vos.

—Dale. Hasta el lunes. —Mara asintió con calma.

—Eso no quiere decir que tengamos que ser célibatos hasta entonces. —Rodrigo esbozó una sonrisa.

—Por supuesto que no, desgraciado. —Mara le devolvió la sonrisa y se acercó.

***

Llegaron a Pinamar al mediodía del viernes. El hotel tenía vista al mar y una habitación con terraza desde donde se escuchaba el agua rompiendo en la arena. Se registraron, dejaron las cosas y bajaron a comer en un parador.

La tarde la pasaron en la playa. Mara se sacó el vestido playero y quedó en bikini. Rodrigo se sentó a su lado en la arena y la miró sin disimulo.

—No cambió nada. —Lo dijo casi para sí mismo.

—¿Qué dijiste? —Mara giró la cabeza.

—Que no cambió nada el mar. Siempre igual.

—Mentiroso.

Se rieron y fueron caminando hasta el agua. Se metieron juntos y se quedaron parados hasta la cintura, con la espuma llegándoles a las costillas.

Mientras caminaban después por la orilla, Mara lo miró de costado.

—¿No te jode que yo haya estado con alguien más desde que cortamos?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque yo también estuve con otras. No más de doce, pero estuve.

—Hijo de mil putas. —Mara se paró en seco en la arena—. ¿Doce?

—Fui honesto. Vos preguntaste.

—Sabés perfectamente que soy celosa.

—Lo sé. Por eso te lo digo yo antes de que lo escuches de otra persona. No hay competencia, Mara. Nunca pienso en compararte con nadie, no funciono así.

—¿En serio?

—En serio. Para mí estás fuera de cualquier ranking posible.

—Eso es lo más lindo que me dijiste en años.

—Te lo digo porque es por insoportable que no entrás en ninguno. —Rodrigo largó una carcajada y echó a correr por la orilla.

Mara lo siguió riendo a carcajadas.

Se quedaron en la playa hasta pasadas las siete. Volvieron al hotel, se ducharon. Cuando Mara salió del baño con solo una toalla alrededor de la cintura, Rodrigo la miró desde el borde de la cama.

—La cena es a las nueve. —Lo dijo sin mucha convicción.

—Todavía falta. —Mara soltó la toalla.

Llegaron al restaurante diez minutos tarde.

***

La Marea era un restaurante con mesas de madera, velas bajas y una carta que se tomaba en serio el pescado del día. Cuando llegaron, la otra pareja todavía no había llegado. Se sentaron. Rodrigo eligió una silla dándole la espalda a la puerta de entrada.

—Me olvidé de contarte. Venimos con otra pareja esta noche. —Dijo Rodrigo mientras acomodaba la servilleta en la falda.

—¿Quién? —Mara tomó la carta.

—Ya van a llegar.

—¿Los conozco?

—Sí.

Mara lo miró por encima de la carta. Él sonreía hacia el menú de postres.

—Rodo. ¿A quién invitaste exactamente?

—Ya llegan, te dije.

Mara giró la cabeza hacia la entrada. Los vio en ese momento: Matías caminando hacia la mesa con una sonrisa tranquila, y del brazo, Valeria. Valeria con un vestido de tirantes y una expresión de perfecta despreocupación que duró exactamente hasta el instante en que Rodrigo se puso de pie y ella lo reconoció.

El color le desapareció de la cara de un solo golpe.

—Buenas noches. —Matías saludó a Mara con un beso—. Qué bueno verte. —Después giró hacia Valeria—. Vale, él es Rodrigo. Un amigo de hace veinticinco años.

—Hola. Qué sorpresa encontrarte acá. —Rodrigo le dio a Valeria un beso en la mejilla sin dejar de sonreír.

—Yo... sí, bueno, qué... sorpresa. —Valeria no terminó ninguna de las frases.

—¿Se conocen? —Mara preguntó con inocencia impecable.

—Resulta que Matías me robó a mi novia. —Rodrigo se sentó—. Las cosas que pasan.

—Yo no sabía que estaban juntos, Rodo, te lo juro. Me enteré recién. —Matías levantó las manos.

—¿Sos la novia de Rodrigo? —Mara la miró directamente—. Qué raro, no me dijiste nada cuando tomamos el café el otro día.

Valeria abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.

—Lo que pasa es que...

—Tranquila, Vale. —Rodrigo levantó la mano con calma—. Dejemos el tema ahora. Viniste a Pinamar a pasarla bien, pasala bien. El lunes hablamos, si hay algo que hablar. Por ahora cenemos tranquilos.

—Bien dicho. —Matías llamó al mozo con una seña.

Valeria se sentó. Tenía las manos apretadas sobre la falda y la vista clavada en el mantel. No recuperó del todo el color en lo que quedaba de noche.

La conversación siguió sin ella, liviana y fluida, como si los tres se hubieran visto la semana anterior. Hablaron del restaurante, del mar, de un viaje que Matías tenía planeado para el invierno. Mara preguntó por un amigo en común. Rodrigo pidió una botella de vino blanco de la costa. Los tres se rieron de algo que Mara había dicho.

En un momento, Mara se inclinó levemente hacia Valeria y bajó la voz.

—Consejo, de mujer a mujer. La ciudad parece enorme, pero en realidad es un pañuelo. Estos dos se conocen de toda la vida y se respetan. No es una buena idea jugársela con cualquiera de los dos sin antes averiguar bien con quién estás tratando.

—¿Por qué me decís eso? —Valeria la miró por primera vez en la noche.

—Porque me parece útil. —Mara sonrió y tomó el vaso de vino.

—¿Eso fue un insulto o un consejo? —preguntó Matías desde el otro lado de la mesa, que había escuchado sin disimular.

—Un consejo. —Mara levantó el vaso—. Por suerte para ella.

—Hablo la voz de la experiencia. —Rodrigo chocó su copa con la de Mara.

—¿Eso qué quiere decir? —preguntó Mara.

—Que vos tardaste tres años en aprender que este par es indestructible. —Matías se rio.

—Y me costó caro. —Mara asintió sin negarlo.

Rodrigo la miró un momento.

—A los dos nos costó.

Valeria escuchó todo sin pronunciar una sola palabra.

A las once, Matías y Valeria se despidieron. Cuando salieron a la calle, Rodrigo y Mara se quedaron solos en la mesa con los últimos centímetros de la botella y las velas casi consumidas. Afuera se escuchaba el mar.

—¿Cómo te sentís? —preguntó Mara.

—Bien. No era lo que yo quería de todos modos.

—¿Y qué querés?

Rodrigo la miró.

—Ya te dije que no respondas hasta el lunes.

—Pregunto por vos, no por mí.

—Ya sé lo que quiero. —Sirvió los últimos dedos de vino en los dos vasos—. Por eso te llamé el jueves.

Mara tomó el vaso sin decir nada. Afuera el mar seguía rompiendo, igual que siempre, igual que antes.

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Comentarios (4)

TatoMdp

Genial!! Me dejó con ganas de saber mas. Por favor seguí

lectora_baires

Que buen giro tiene la historia, Valeria no se la vio venir jajaja

CarlitosWay91

Pinamar en temporada es exactamente asi, el mundo es un pañuelo. Me recordo a una situacion parecida que vivi el año pasado. Muy bueno!

VeroLectora

Me encantó como está narrado. Tiene tension sin volverse exagerado. Seguí así!

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