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Relatos Ardientes

La dejé entrar sola al cuarto oscuro del club

Esta es mi versión de aquella noche, la que viví desde un costado, casi como un espectador. La de ella vendrá después, porque la verdadera protagonista fue Carolina, y lo que pasó dentro de aquellas paredes lo sintió en su piel mucho más que yo. Yo solo miré. Y descubrí que mirar también podía quemar.

El club estaba en una calle sin nombre del polígono, detrás de una puerta metálica sin cartel. Habíamos hablado de ir durante meses, en la cama, a oscuras, cuando las palabras valen menos y las fantasías se dicen sin miedo. Esa noche, por fin, cruzamos el umbral.

Dentro había luz roja, música baja y un olor a perfume mezclado con algo más espeso. Nos tomamos una copa en la barra para soltar los nervios y, sin decirlo, los dos sabíamos hacia dónde queríamos ir. Al fondo, separada por una cortina pesada, estaba la sala oscura.

—¿Entramos? —me preguntó Carolina al oído, con la voz temblando entre el miedo y las ganas.

—Entramos —le contesté.

Adentro no se veía casi nada. Solo siluetas, respiraciones, el roce de cuerpos contra una reja metálica que dividía la sala en dos. De un lado, las parejas. Del otro, los hombres solos, esperando como sombras detrás de los barrotes una mano, una invitación, un permiso.

Nos abrazamos en una esquina. Yo la apoyé contra la reja, de espaldas a los desconocidos, y empecé a besarle el cuello mientras le acariciaba la espalda. La sentía rígida, atenta a todo, vigilante. Entonces noté algo: una mano que no era la mía deslizándose desde fuera de la reja hacia su cintura.

Carolina se tensó. Dio un paso atrás, casi instintivo, y quedó pegada a los barrotes. La mano la siguió. Avanzó despacio por su cintura hasta apoyarse en su vientre, plana, quieta, sin atreverse a subir ni a bajar. Solo esperaba.

No la apartes, pensé. Quédate.

Y se quedó. Sentí cómo el cuerpo de mi mujer iba aflojándose poco a poco, cómo su respiración se hacía más lenta y profunda. La mano del desconocido seguía ahí, paciente, dibujando círculos pequeños sobre la tela de su blusa. Yo decidí ayudar. Le solté un botón, después otro, abriendo un camino que aquella mano todavía no se animaba a tomar.

Entonces apareció una segunda mano. Esta bajó directa al muslo de Carolina, por debajo del borde de la falda. Ella se sobresaltó, me buscó la cara en la penumbra y me susurró:

—Salgamos un momento.

***

Fuera, en el pasillo iluminado, los dos respirábamos agitados, como si hubiéramos corrido. Carolina tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Mejor que bien —dijo, y se rió, nerviosa—. Me ha gustado. Me ha gustado demasiado.

La miré. La conocía lo suficiente para saber que esa frase era una puerta abierta. Le acomodé un mechón de pelo detrás de la oreja y, antes de pensarlo demasiado, le dije lo que los dos estábamos esperando oír.

—Entra sola.

Dudó. Por un segundo vi el miedo cruzarle la cara, esa última resistencia que todos cargamos. Pero también vi el deseo ganándole terreno. Me apretó la mano, me dio un beso corto en los labios y, sin decir nada más, se dio la vuelta y desapareció por el pasillo hacia la cortina oscura.

Me quedé solo.

***

Volví a la barra y pedí una cerveza. La idea era darle espacio, dejarla vivirlo a su manera. Pero los minutos empezaron a estirarse de una forma extraña. Cada trago me sabía más amargo. La imaginaba allá dentro, en la oscuridad, rodeada de manos, y esa imagen me prendía como nunca antes me había prendido nada.

Cuando vi que no volvía, no aguanté más. Dejé la cerveza por la mitad y caminé hacia la sala. Esta vez entré por el lado de los hombres, detrás de la reja, dispuesto a mirar.

Tardé un momento en acostumbrarme a la penumbra. Y entonces la vi.

Era ella, sin ninguna duda. Tenía la blusa completamente abierta, las manos agarradas a los barrotes por encima de la cabeza, y movía las caderas despacio, contra las barras traseras, como si bailara para alguien. Como si bailara para todos. El pelo le caía sobre la cara y la luz roja le resbalaba por la piel desnuda del pecho.

Me acerqué con cuidado, hasta quedar a medio metro del hombre que estaba detrás de ella. Quería ver, quería oír, sin que ninguno de los dos notara que el marido estaba ahí, a un brazo de distancia. Estaban tan metidos en lo suyo que nadie me miró.

Él era grande, de hombros anchos, con los pantalones ya sueltos a la altura de las caderas. Tenía la mano izquierda apoderada de los pechos de Carolina, amasándolos sin prisa, y la derecha perdida bajo el borde de la falda. Por los movimientos, por la forma en que ella echaba la cabeza hacia atrás y entreabría la boca, supe perfectamente por dónde andaba esa mano.

Mi mujer disfrutaba. No actuaba, no fingía. Disfrutaba de verdad, abandonada a las manos de un desconocido a pocos metros de mí, sin saber que yo la observaba.

Entonces soltó una mano de los barrotes. La llevó hacia atrás, buscó por encima de la ropa del hombre, le tanteó el bulto del calzoncillo y, con un movimiento decidido, lo liberó. Yo la vi. La vi de cerca, en la penumbra roja, y entendí por qué Carolina dejó escapar un suspiro al tenerla en la mano.

El hombre le subió la falda de un tirón hasta la cintura. Le apoyó el sexo contra las nalgas, presionando, anticipando. Por un instante pensé que iba a tomarla ahí mismo, de pie, contra la reja, delante de todos los que mirábamos desde el otro lado.

Pero Carolina separó las caderas y giró un poco la cabeza. Le dijo algo al oído que no alcancé a escuchar. No supe si lo frenaba o si le proponía otra cosa. Vi que el hombre asentía. Vi que ella se cerraba la blusa con prisa. Y vi cómo los dos se alejaban juntos hacia el pasillo del fondo, hacia las habitaciones privadas.

***

Esperé un poco antes de salir, para no ir pegado a ellos. Di una vuelta por la zona abierta del club, miré entre las parejas, busqué en los rincones. No estaban por ninguna parte. Me asomé al pasillo de las habitaciones: la sala grande estaba ocupada por otra gente, pero había dos puertas cerradas al final, y de una de ellas salía un hilo de luz por debajo.

Me quedé rondando, tratando de reconocer una voz, un sonido, algo que me confirmara que era ella. No llegué a escuchar nada claro. Un hombre de seguridad apareció por el pasillo y me apoyó una mano firme en el hombro.

—Esta zona no es para chicos solos —me dijo, sin levantar la voz pero sin dejar lugar a discusión.

Asentí y volví sobre mis pasos, de regreso a la barra.

***

Pedí otra cerveza. Y empezó la espera más larga de mi vida.

Al principio todavía miraba alrededor, por si aparecían. Pero cuanto más tiempo pasaba, más se imponía la única certeza posible: Carolina estaba detrás de una de esas puertas cerradas, con aquel hombre, haciendo todo lo que en casa solo nos atrevíamos a susurrar. Y en lugar de molestarme, esa idea me consumía. No podía pensar en otra cosa. La imaginaba debajo de él, encima de él, y se me secaba la boca.

Fue cerca de una hora. Una hora que se me hizo eterna, midiendo el tiempo en tragos y en imágenes que mi cabeza no dejaba de fabricar.

Hasta que lo vi salir. Solo, despeinado, acomodándose la camisa. Era él, el hombre del cuarto oscuro, el mismo que se había llevado a mi mujer. Me reconoció enseguida, como si supiera perfectamente quién era yo. Se acercó con una media sonrisa.

—¿Esperas a tu mujer? —me preguntó.

Asentí, sin saber muy bien qué decir.

—Te espera en la segunda habitación. He dejado la puerta abierta. —Hizo una pausa, me miró de arriba abajo y añadió—: Gracias por prestarme a semejante mujer. Pero creo que por hoy ya ha tenido suficiente.

Y se fue, sin más, dejándome el corazón a mil y las piernas flojas.

***

Caminé hacia el pasillo con el pulso golpeándome en las sienes. Nervioso, caliente, sin tener idea de qué iba a encontrar al abrir esa puerta. La empujé despacio.

Lo que vi desde el umbral superó cualquier cosa que hubiera imaginado en esa hora de barra.

Carolina estaba tumbada boca abajo en la cama estrecha, con las piernas entreabiertas y la cara girada hacia un costado. A su lado, sobre la sábana, un preservativo usado. Se notaba, en la penumbra, que había estado follando: todo en ella tenía esa quietud pesada del cuerpo que se ha entregado del todo.

Le miré las nalgas. La derecha tenía la marca roja de una mano abierta, un manotazo que debió sonar fuerte, y la piel todavía guardaba el calor del golpe. Más arriba, una línea brillante le cruzaba la espalda baja hasta perderse en el inicio del pelo. Tenía gotas en las nalgas, un rastro espeso subiendo por la columna y más en la nuca, enredado entre los mechones.

La había tomado entera. Por todas partes. Y la había dejado así, marcada, agotada, esperándome a mí.

Cuando me sintió en la puerta, abrió los ojos y giró apenas la cabeza para buscarme. No dijo nada. No hacía falta. En esa mirada cansada y satisfecha estaba todo: el miedo vencido, el deseo cumplido, y algo nuevo entre nosotros que ya no podríamos deshacer.

Cerré la puerta a mi espalda y me acerqué. Me tumbé a su lado, despacio, y le aparté el pelo de la cara mojada. Ella se acurrucó contra mi pecho, todavía temblando, todavía caliente.

—¿Estás bien? —le pregunté en voz muy baja, igual que al principio de la noche.

—Mejor que bien —murmuró, con una sonrisa medio dormida.

Y mientras la abrazaba en aquella cama ajena, con su olor mezclado con el de un extraño, supe que esa noche habíamos cruzado una puerta que ya nunca íbamos a querer cerrar. La de ella, su versión, la contará Carolina. Pero la mía termina así: con mi mujer entre los brazos y la certeza de que el deseo, cuando se comparte, no resta. Multiplica.

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Comentarios (7)

Rodrigo_DF

tremendo relato, no pude parar de leer desde el primer parrafo. muy bueno

SofiaRoca

La tension de la espera en la barra es lo mejor de todo. Se siente tan real...

LectorNocturno3

Buenisimo!!! me dejo con ganas de saber que paso despues

Juanma_Cr

Por favor seguila, quede con ganas de mas. No puede terminar ahi!

camilo_norte

me recordo a algo que vivi hace unos años, aunque mucho menos intenso jaja. excelente forma de contarlo

Romi_86

esa descripcion de la hora en la barra imaginando... dios mio. muy bien escrito, se siente la angustia y el morbo al mismo tiempo

DiegoMK

se hizo corto!! quiero la segunda parte ya

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