El cuarto día del crucero descubrí lo que tramaban
Gustavo dormía boca arriba, con un brazo extendido hacia mi lado de la cama, ocupando el espacio como si el camarote entero fuera suyo. Su respiración pausada llenaba la oscuridad con esa regularidad que yo conocía desde hacía veinte años. Setenta kilos de hombre que ronca despacio, pensé, y yo aquí, temblando como una novata.
No podía dormir. Sentía cómo la piel del pubis y los muslos me tiraba, esa tirantez incómoda que siempre me empuja a la ducha. Pero esa noche no. Esa noche quería llevármelo encima como una marca, como prueba de que había ocurrido de verdad.
Mis pezones, todavía sensibles, rozaban la sábana de algodón, y cada roce me devolvía a la misma escena: la silueta de Daniel al otro lado del tabique, las manos de un desconocido sobre mí, la certeza de estar siendo observada mientras me dejaba tocar.
La excitación me dolía físicamente, un peso húmedo y caliente entre las piernas. Pero había algo más, una pregunta clavada como una astilla. ¿Y si no fue solo esta noche? ¿Y si llevan semanas, meses, planeando algo así? ¿Cuánto de lo que he vivido en este barco fue real y cuánto una función montada para su disfrute?
Necesitaba saberlo. Necesitaba leer esos mensajes ya, aunque fueran las tres de la madrugada.
Fue entonces cuando se me ocurrió, y no hubo marcha atrás. ¿Y si clono el teléfono de Daniel en lugar de bloquearlo?
Me incorporé con cuidado, apoyada en un codo para no hundir el colchón. Con los pies descalzos rebusqué mis bragas al fondo de las sábanas, ese gesto de tantear con los dedos hasta dar con la prenda hecha un ovillo. No me las puse. Solo las apreté contra la palma, todavía húmedas, como un talismán.
Mis pies tocaron el suelo. La alfombra era mullida y mis pasos no hicieron ruido mientras volvía al balcón, descalza, con el camisón corto de seda color marfil que apenas me cubría. El aire de la madrugada me erizó los muslos, esos muslos que siempre me parecieron demasiado gruesos y que Gustavo insistía en llamar «de mujer de verdad».
El teléfono de Daniel seguía sobre la mesita del balcón contiguo, al alcance de mi brazo por encima de la separación baja. Lo tomé con manos temblorosas. La pantalla se encendió sin pedir código, tal como lo había dejado el muy confiado.
***
Abrí su WhatsApp y busqué la opción de la versión web. Mis dedos resbalaban, húmedos por los nervios. Apareció el código QR. Saqué mi propio móvil, abrí la cámara y enfoqué.
«Escanea el código», decía la instrucción. Lo hice. Por un instante la pantalla se quedó en blanco. Luego: «Esperando código de verificación».
Contuve la respiración. Si tenía el teléfono en silencio, si no lo había puesto en vibración, todo saldría bien. Clavé los ojos en su pantalla, rogando que no sonara, que no despertara en el camarote de al lado.
El móvil vibró suave en mi mano. Un zumbido corto, sordo. El SMS con el código. Lo introduje en el mío equivocándome una vez, dos. A la tercera, correcto. Un segundo de carga eterno. Y entonces la pantalla cambió.
Estaba dentro.
Los chats de Daniel se desplegaron como un mapa del tesoro. Conversaciones con Sonia, su mujer, la celosa, la que jamás participaría de sus juegos; con compañeros de trabajo; con contactos que no reconocí. Y arriba del todo, destacando sobre los demás, uno que me heló la sangre y me encendió el sexo al mismo tiempo.
El nombre: Gustavo. Mi marido.
Tragué saliva. Recorrí los mensajes ya conocidos, confirmando lo que sospechaba. Pero más abajo encontré algo nuevo: un grupo. «Los amigos de Helena.»
Abrí el chat y sentí que el mundo se detenía. El plan, las miradas, las copas, el baile. Todo orquestado. Todo diseñado para que yo, sin saberlo, me convirtiera en el centro de sus fantasías.
Pero lo más perturbador, lo que hizo crecer un calor espeso entre mis piernas, fue descubrir que había funcionado. Que respondí exactamente como ellos esperaban. Que mi cuerpo de treinta y nueve años que aparenta menos se entregó al placer de ser observado, deseado, tocado por un extraño.
Y ese extraño era Lukas. El noruego. El que había visto conversando con mi marido, el que buscó el lunar que tengo en la cadera, el que me hizo temblar solo con los dedos mientras Gustavo miraba desde las sombras.
Cerré el chat. Las manos me temblaban tanto que apoyé el teléfono en la barandilla. Mi respiración era un caos. Entre mis piernas, la humedad ya era un río.
Indignación, sí, por haber sido planeada, observada, compartida sin que yo lo supiera. Traición, también, del hombre que llevaba dos décadas a mi lado y que ahora resultaba un desconocido. Pero también, y eso era lo más turbio, una excitación que me hacía sudar hasta las palmas. Me desean. Me han deseado todo este tiempo.
Salí de su teléfono. Con cuidado lo dejé exactamente donde estaba, recolocando la servilleta que lo cubría. Luego, sigilosa como una ladrona, volví a la cama.
Pero no pude dormir. Durante horas, mientras la luna cruzaba el cielo y el mar mecía el barco, permanecí despierta, planeando. Quieren jugar. Pues jugaremos. Pero con mis reglas.
Sonreí en la oscuridad. Y supe, con una certeza que nada podía quebrar, que mañana sería el día más importante de mi vida.
***
Me desperté con el sol entrando por las rendijas de las cortinas, esa luz dorada que solo existe en el mar. Gustavo ya no estaba a mi lado. Oí la ducha corriendo en el baño.
Mi cuerpo todavía recordaba la noche anterior. Una sensación física, real: la conciencia de haber sido tocada por alguien que no era mi marido, de haber gemido para otro, de haberme abierto a sus caricias. Todo eso vibraba en mí como una segunda piel.
Me incorporé y la sábana resbaló dejando al descubierto mis pechos. Me miré un instante: la piel sonrosada, los pezones aún erectos, la curva de las caderas. Treinta y nueve años y todavía provocas esto.
Cuando Gustavo salió del baño ya estaba vestido, con el teléfono en la mano. Me dedicó esa sonrisa cómplice que ahora sabía leer de otra manera.
—Voy a desayunar —dijo—. ¿Bajas luego?
—Sí, en un rato. Necesito arreglarme.
Salió, y me quedé sola frente al espejo del tocador. Mi reflejo me devolvió la imagen de siempre, pero yo ya no era la misma.
Comencé mi ritual. Primero el cuidado de la piel: tónico, sérum, crema, movimientos circulares ascendentes como me enseñó la esteticista. Mis dedos deslizándose por el rostro, el cuello, el escote, recordando otras manos. Las de Lukas, grandes, cálidas, seguras.
Luego la base, una capa fina solo para unificar el tono. Corrector en las ojeras que delataban la falta de sueño. Polvos para fijar. Un rubor melocotón en los pómulos. Sonreí al espejo exagerando el gesto, y en esa sonrisa vi algo nuevo: picardía. Y determinación.
Los ojos: sombra en tonos tierra, un toque más oscuro en la cuenca para dar profundidad, delineador finísimo, dos capas de rímel. Abría y cerraba los párpados probando expresiones. Así me verá Lukas hoy. Así quiero que me vea.
Antes de vestirme, mientras el pelo terminaba de enfriarse, cogí mi teléfono y abrí la versión web. El chat seguía sincronizado. Y en «Los amigos de Helena» había mensajes nuevos. De la madrugada. De después de que me durmiera.
El corazón se me aceleró. Leí.
—02:47, Lukas: no puedo dormir, eso fue increíble, ella es preciosa
—02:48, Gustavo: jajaja yo tampoco duermo, noruego loco
—02:48, Daniel: despierto también, Sonia se durmió hace rato y yo aquí dándole vueltas
—02:49, Lukas: su piel es tan suave, y cuando toqué ese punto que dijiste, Gustavo, ella se derritió
—02:50, Daniel: yo desde el balcón no veía los detalles, pero cuando la pusiste de espaldas y la apretaste contra ti vi cómo se le marcaba todo contra el vestido
—02:51, Gustavo: cuenta, no te cortes
—02:52, Lukas: busqué el lunar, me acordé de lo que dijiste, y cuando lo rocé ella abrió más las piernas, creo que no pudo evitarlo
—02:53, Daniel: y cuando le metiste los dedos yo veía desde arriba cómo arqueaba la espalda
—02:54, Lukas: estaba muy mojada, lo sentía a través del vestido, y cuando la toqué dentro me agarró el brazo y dijo «no pares»
—02:54, Gustavo: MI MUJER DICIÉNDOLE NO PARES A OTRO, QUÉ LOCURA
—02:55, Lukas: creo que se corrió, sentí sus músculos apretarse y soltó un sonido como de sorpresa
—02:56, Gustavo: sí, siempre hace eso, le sale un gemido como si no se lo esperara
—02:57, Daniel: qué fuerte, conoces a tu mujer
—02:57, Gustavo: muchos años juntos, se conoce todo
—02:58, Gustavo: por eso quiero compartirla
—02:59, Daniel: y yo me lo perdí casi entero, ojalá lo hubiera visto en directo
—03:00, Lukas: la besé en el cuello y le dije «luego», creo que sabía que Gustavo miraba
—03:01, Daniel: ella no sabe que estaba yo en el balcón, ¿no?
—03:01, Lukas: sabía que alguien la veía, actuó para vosotros, es natural
—03:05, Lukas: tenemos que repetir
—03:05, Daniel: pero la próxima quiero participar, no solo mirar
—03:06, Gustavo: veremos cómo se da, ella manda aunque no lo sepa
—03:06, Lukas: ella es la reina, nosotros solo somos su público
Dejé el teléfono sobre el tocador. Las manos me temblaban. La respiración entrecortada. Y entre mis piernas, esa humedad familiar volvía a crecer. Daniel se corrió en su camarote mientras Lukas me tocaba. Y Gustavo lo planeó todo.
Pero lo que más me removió, lo que hizo crecer un calor distinto, más tierno, fueron las palabras de Lukas. «Ella es la reina. Nosotros solo somos su público.»
De los tres, Lukas era el único que me veía así. Mientras Daniel hablaba de mis curvas y Gustavo de compartirme como un trofeo, Lukas hablaba de mi piel, de mis ojos, de mis gemidos. Con admiración. Con algo que se parecía peligrosamente al cariño.
Tomé una decisión en ese instante. Dividir para reinar. Lukas sería el primero.
No sabía cómo ni cuándo, pero él merecía saber que yo no era la ingenua que creían. Que la tímida Helena, la recatada Helena, había decidido tomar las riendas de su propio destino. Y tal vez, solo tal vez, Lukas podía ser algo más que un aliado.
Me levanté y abrí el armario. Hoy no podía ser un día cualquiera. Hoy empezaba mi juego.
Elegí un vestido de lino color crudo, de manga corta y escote en pico, con un cinturón fino a juego. No era llamativo, pero se ceñía lo justo a la cintura y dejaba adivinar la forma de las caderas. La falda, por debajo de la rodilla, se abría un poco con cada paso.
Antes de ponérmelo me miré en ropa interior. Sujetador de encaje beige, bragas de talle alto a juego. Me gustaba cómo me veía. A mis años, el cuerpo seguía siendo generoso, deseable. Me vestí despacio, disfrutando cada prenda: el roce de la tela, el gesto de ajustar el cinturón, la caída del lino sobre la cadera.
Unas gotas de perfume en el cuello, detrás de las orejas, en la nuca. Ese aroma que Gustavo conocía, pero que hoy era para otro.
Una última mirada al espejo. Mi reflejo me sonreía, cómplice. Vas a ser su reina, su fantasía. Pero todo el tiempo serás tú quien mueva los hilos.
Sonreí. Empecemos.