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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi exnuera mientras mi mujer no estaba

Al final de una calle polvorienta de Cerro Manso, donde las casas se rinden ante el campo, vivía Tomás Ferrer. Mecánico jubilado desde hacía apenas una semana, aquella mañana intentaba leer el Quijote en una hamaca recién estrenada, bajo la sombra de dos algarrobos.

«¿Seré corto yo, o este libro está sobrevalorado?»

Cerró el tomo de golpe y lo dejó caer sobre el césped. Cuarenta y cinco años apretando tuercas no lo habían preparado para Cervantes. El sol caía limpio sobre la pequeña piscina que él mismo había clorado hacía una hora, y todo era silencio salvo por los pájaros.

—¡Me voy al mercado! —gritó Pilar desde la puerta, agitando la mano.

—¡Vaaale! —contestó él sin modular demasiado.

El coche se perdió calle abajo. Rufo, el viejo labrador, levantó las orejas antes que su amo. Después se oyó el motor de una moto, y unos bocinazos juguetones que Tomás reconoció de inmediato.

«No puede ser. ¿Esa no es…?»

Era Renata. La exnovia de su hijo Bruno cruzó la cancela del jardín y se arrodilló a acariciar al perro, que se tumbó panza arriba con la lengua fuera. Llevaban meses sin verse, desde la ruptura.

—Hola, Tomás —dijo ella levantando la cabeza, con esa sonrisa que siempre lo desarmaba.

—Hola, Renata… —respondió él, sin saber muy bien cómo seguir—. Pilar no está. Se acaba de ir al mercado.

—No venía por ella. Ni por Bruno, tranquilo. —Miró a un lado, buscando las palabras—. Es que cuando cortas con alguien no solo cortas con él. Cortas con su familia, con su perro, con sus domingos de barbacoa. Esta mañana soñé que estaba aquí, con vosotros, y me desperté hecha polvo.

Tomás asentía, pero su atención no estaba tanto en las palabras como en la coreografía de sus gestos. El pelo rubio, las pestañas largas, la camiseta blanca y fina sobre un pecho generoso, los shorts gastados y demasiado rotos.

«No entiendo cómo mi hijo dejó escapar a una chica así. Un diez por fuera y por dentro.»

—No puedo defender a Bruno —dijo él, midiendo cada sílaba—. Me hubiera gustado que fueras tú la definitiva. Nunca encontrará a nadie como tú.

A Renata se le iluminaron los ojos azules. Estaba estudiando una carrera de humanidades y, bajo su cháchara acelerada, había una chica lista y culta. Que aquel hombre rudo se pusiera de su parte la alivió de las mentiras que Bruno seguramente habría contado sobre la ruptura.

—Para una vez que tengo una invitada decente… —Tomás le tendió la mano y la invitó a pasar—. Pilar dejó una jarra de limonada. Con este calor apetece.

Renata avanzó delante de él por el jardín. Tomás repasó aquella figura: las nalgas se asomaban a cada paso, desafiando la poca tela que las cubría. Ella no recordaba haber salido de casa tan provocativa, pero notó la mirada del viejo clavada en su espalda, tan intensa que casi olvidó cómo se caminaba.

***

Hablaron de todo mientras ella se servía limonada: de la jubilación de él, del ensayo que ella escribía y que nadie en su casa le escuchaba. Tomás le prestó más atención en dos frases de la que Bruno le había dado en seis meses.

—Si hubiera sabido que venía, me traigo el bañador —dijo Renata—. Con este calor me sentaría de maravilla un baño.

—Noa, la mujer de Aníbal, se dejó ayer un bikini tendido ahí detrás. Naranja. Míralo tú misma.

La chica fue hacia la cuerda y volvió poco después con la prenda puesta, sosteniendo aún su ropa y sus zapatillas blancas. Tomás intentó domar su propia mirada para no intimidarla.

—¿No tendría Pilar algo más de mi talla? Noa está plana, y yo…

—¿Has visto a mi mujer? Usa bañadores enteros. —Se encogió de hombros—. No haberte operado.

—¡No estoy operada! —protestó—. Me operé de la rodilla de niña, nada más.

—¿Y yo qué sé? ¿Cómo iba a imaginar que algo tan perfecto pudiera ser natural?

Ella se metió en el agua, todavía discutiendo sobre si los hombres tenían derecho a mirar. Tomás, en la sombra, escuchaba a medias y la observaba entera. Lo desarmaba que aquella cría tuviera respuesta para todo.

Cuando Renata salió de la piscina, levantó los brazos para escurrirse el pelo a un lado. El bikini de Noa, sobrepasado por su tamaño, dejó escapar un pezón por el lateral. Tomás abrió los ojos como platos, sin atreverse a decir nada. Ella seguía hablando, ajena, recitando sus ocurrencias sobre el futuro de la humanidad.

«Si se lo digo ahora sabrá que llevo un rato mirando en silencio. Esperaré a que haga un movimiento brusco.»

El movimiento no llegó. Renata se tumbó a tomar el sol sobre la piedra caliente, bocarriba, con un cojín de almohada. Y entonces, sin abrir los ojos, se palpó el pecho con calma, se recolocó el bikini y dijo en voz baja:

—¿Por qué no me has avisado?

—¿De… de qué? —tartamudeó él.

—Tenía la teta fuera y te has callado como un ladrón. —Hizo una pausa—. Qué mentiroso. Si estabas distraído, dices.

***

Lo que vino después fue un juego, y los dos lo sabían. Renata, acostumbrada a la agresividad de los chicos de su ciudad, encontraba la atención de Tomás extrañamente amable. Sabía que aquel hombre jamás le pondría un dedo encima, y eso le daba una libertad peligrosa.

—¿Te gusto, Tomás? —preguntó de pronto, sin mover un solo músculo.

—¿A qué viene eso?

—Puedes decirlo. Sé que nunca intentarías nada. Por eso dejo que me mires. Eres como mi espejito mágico. ¿Acaso la reina del cuento quería acostarse con su espejo?

Tomás se quedó sin palabras. Aquella chica había encontrado el modo de ablandar su carácter áspero, de sonsacarle ternuras que ni con su familia se permitía.

—Espejito, espejito… ¿soy más guapa que la nueva novia de Bruno? —canturreó.

—Eres más guapa que ella y que cualquiera que haya tenido ese insensato. Siempre serás mi nuera preferida.

Renata abrió los ojos y se incorporó, encantada con aquel peloteo. Pero algo había cambiado en el aire. La sombra, el calor, la casa vacía. Ella siguió tirando del hilo.

—Me da rabia que te vieras la teta en esa postura. Estaba mal puesta, descolocada. Cuando Bruno te traiga otra novia, no quiero que dudes de quién es la más guapa. —Se mordió el labio—. Quiero que me las veas otra vez. En condiciones.

—Eso no… ¿Por qué querrías? ¿Es otro de tus juegos?

—¿Te parece que estoy jugando contigo? —fingió ofenderse.

Tomás se removió en la silla de madera. Si Renata fuera un motor, sabría leer sus síntomas como el técnico que era. Pero las mujeres, sus indirectas, su lenguaje del cuerpo, siempre se le habían escapado.

—Si no me lo vas a contar a Pilar… —susurró ella, jugando con los cordones del bikini—. Pídemelo.

—¿Que te lo pida?

—De rodillas.

El viejo entendió enseguida lo que significaba ceder. No solo dañaría su orgullo: desnudaría su deseo por una chica que podía ser su nieta. Mientras lo pensaba, Renata abanicaba miradas con sus pestañas oscuras, y el nudo de la espalda se le había aflojado hacía rato. La tela naranja apenas la cubría.

«No voy a hacerlo. No me pondré de rodillas. Nunca.»

Se arrodilló sobre el césped.

—Te lo pido… de rodillas… por favor. Enséñamelas.

Renata sonrió, complacida de doblegar a un hombre tan honrado. No tenía intención de llegar más lejos, de romper la armonía sagrada de aquel matrimonio. Pero le bastó inclinar la cabeza y tirar de un lazo. La prenda se desmayó sobre sus muslos y sus pechos quedaron al sol.

—Creo que no hace falta preguntarte si te gustan —dijo.

Tomás no acertó a articular más que un balbuceo. Cuando intentó acercarse, ella se apartó cubriéndose con el brazo.

—Alto, alto. Solo era una pregunta, no una oferta. Me las has visto como me las verías en la playa. No ha pasado nada de lo que tengas que arrepentirte. Pero piensa en Pilar. ¿Qué diría si te encontrara así?

Y, sin embargo, ninguno de los dos quería que aquello terminara.

***

—Antes dijiste que significaría mucho para ti que leyera tu ensayo —tanteó Tomás, famélico de improvisaciones—. Déjame darte unos besos y lo leeré con toda mi atención.

—Menuda chorrada. —Pero la chica se hacía la estrecha solo por las formas. Muy en el fondo, deseaba que la boca afeitada de aquel hombre se recreara sobre su piel—. Vale… pero solo un poco. Y nada de manos. No quiero que esto sea más raro de lo que ya es.

Tomás se acercó gateando, con el miedo escénico de quien no toca a otra mujer desde hace cuarenta y cinco años. Arqueó ella la espalda y le ofreció el pecho. Los primeros besos fueron sutiles, respetuosos, extrañamente tiernos. Después la boca del viejo se pervirtió, la lengua se soltó, y un pezón endurecido recibió un ímpetu creciente.

—¿Pero qué haces, bruto? —dijo ella apartándose—. ¡Me has mordido!

—No me dejes a medias, Renata… me falta la otra… por favor.

Enternecida por aquel arrepentimiento de chiquillo, suspiró y volvió a ofrecerse. Tomás se amorró al segundo pecho con un entusiasmo que casi la hizo perder el equilibrio, hasta que un latigazo en la espalda lo derribó sobre el césped.

—Ja, ja… ya no tienes edad para estos trotes —rio ella—. No te muevas. Espera.

Le colocó el cojín bajo la cabeza y le acarició las mejillas. Después, con las rodillas a ambos lados de su cara, dejó caer aquellos pechos sobre él, regalándole un restriego que el viejo no tuvo que esforzarse en merecer. Renata vigilaba la calle: ni vecinos, ni transeúntes. Solo Rufo, tumbado a unos metros, los miraba sin entender nada.

El sonido de un coche en la lejanía la apartó de golpe.

—Esa no… esa no es Pilar —protestó él.

—Da igual. Nos estábamos saliendo de madre —dijo ella poniéndose la camiseta—. Mejor dejarlo aquí.

***

Pero ya no podían volver atrás. No se podía retomar la charla sobre literatura o familia con las manos temblando. Renata se arrodilló de nuevo, cerca de él, y soltó la frase que lo cambiaría todo.

—La verdad es que, si no fueras impotente, no te hubiera dejado babearme. Bruno me contó que no se te levanta. Por eso no te veo como a un hombre.

Era mentira, y ella lo sabía: los hechos de aquella tarde la desmentían. Pero quería pincharlo. Tomás no estaba dispuesto a tolerar que ningunearan su virilidad. Sin levantarse siquiera, se desabrochó los pantalones y dejó al descubierto una erección que no admitía discusión.

—¿Que no me ves como a un hombre? ¿Que no?

La parlanchina se quedó muda por primera vez. Había notado el bulto bajo la tela, pero nada la había preparado para aquello. Saberse la única causa de semejante estado reavivó su propio calentón hasta cotas que no reconocía en sí misma.

—Sigo sin verte como a un hombre —dijo, sin convicción—. Eras mi suegro. Eres como un padre para mí.

—Una cosa no quita la otra. Tócamela, Renata. Solo eso. Sé que tienes ganas.

Fingiendo desidia, la chica se acercó empujada por una curiosidad perturbadora. Sus dedos rodearon el miembro del viejo con delicadeza, doblando su verticalidad, y notó unas contracciones impacientes.

—Esto no es follar —se justificó en un susurro—. Solo te la estoy tocando un poco.

—Hace más de diez años que no me corro, Renata. Ni solo lo consigo. Ni siquiera recordaba haberla tenido dura… hasta que se te ha salido el pezón.

Diez años. La chica intentó imaginar una sequía tan larga. Ella llevaba dos meses y se sentía como una gata en celo. Le subió a la boca un morbo que no supo frenar, y, sin pensarlo más, se inclinó y empezó a comérsela.

—Renata… ¿qué me estás haciendo? —jadeó Tomás, deshecho.

Ningún cuerpo le había hecho aquello en su vida. Pilar jamás. La chica se aplicaba con una técnica que lo dejaba sin aire, mientras él repetía, atónito, cómo había vivido tantos años sin saber lo que era esto.

—Hoy te vas a correr —prometió ella, pajeándolo con las dos manos—. Como me llamo Renata.

—No lo sé, niña… ya te he dicho que yo no…

—Cállate. No me has tenido nunca a mí. Yo marco la diferencia.

Se sentía otra persona, más depravada con cada minuto. Las líneas rojas que hacía un rato tenía clarísimas se fundían bajo el bochorno, y todo el remordimiento residual se quemó al sol.

Y entonces, otra vez, el motor de un coche. Esta vez sí era Pilar.

***

—Vístete, Tomás —susurró ella sumergiéndose de nuevo en la piscina.

El viejo, traicionado por el lumbago, recuperó como pudo su ropa y se dejó caer en la hamaca, simulando una calma que el balanceo desmentía. Pilar entró por la cancela cargada de bolsas, acompañada de Remedios, una vecina a la que llevaba al pueblo de al lado de vez en cuando.

—Hola, cariño. Mira a quién me he encontrado —dijo Pilar—. ¡Y Renata! Qué alegría.

—Hola a las dos —contestó la chica desde el agua, con la camiseta puesta sobre el bikini mojado.

Las dos mujeres descargaron las bolsas y volvieron a marcharse: Pilar acercaría a Remedios a Puerto Alto y regresaría sola. Cuando el coche se perdió de nuevo, el jardín quedó otra vez en silencio, solo cruzado por las miradas entre el viejo y la sirena que seguía nadando.

—Creo que debería irme —dijo ella, sin salir del agua.

—Pensaba que te quedabas a comer.

—Sí, pero… ya sabes. No quiero ser la clase de chica que se acuesta con hombres que le triplican la edad. Y tú deberías ser la voz de la razón. Meterme en cintura.

Tomás empezaba a darle la razón. Hasta que Renata subió los escalones de la piscina y su cuerpo mojado volvió a tener nombre y apellidos.

«Madre de Dios. ¿De dónde sale esta niña?»

—¿Qué miras? —dijo ella, intimidada y halagada a la vez.

—Parece mentira que sea el mismo bikini que llevaba Noa. Tú harías que ganara el premio al mejor bañador de la historia.

—Déjalo, Tomás. En cuanto se seque mi camiseta, me voy.

***

La camiseta se secaba en el respaldo de una silla. Renata, para hacer tiempo, se acercó a la hamaca y tiró de la cuerda inferior, inspeccionándola.

—Me dan no sé qué las hamacas. Siento que se van a romper en cualquier momento.

—Esta aguanta más de doscientos kilos. Es buena marca.

—Apuesto a que, si me subo contigo, revientan las cuerdas.

—Apuesta lo que quieras. Si no se rompe, te quedas a comer.

La chica suspiró, sintiendo cómo un morbo avasallador ninguneaba sus razonamientos sensatos de hacía un momento. Confesó, además, que su moto hacía un ruido raro y a veces la sacudía. Tomás dictaminó, muy serio, que le vendría bien un buen mecánico gratuito.

—Vale. Pero prométeme que te estarás quieto —dijo ella, sin creerse a sí misma.

Subió con cuidado, pidiéndole que cerrara los ojos. La hamaca se tambaleó y al fin la sostuvo. Quedaron encarados, el azul de los ojos de ella fijo en el marrón cansado de los de él, mientras el sol parpadeaba entre las hojas de los algarrobos. El pelo mojado de Renata goteaba sobre el pecho descubierto del viejo, y la oscilación se fue calmando, llevándose con ella cualquier resto de prudencia.

—Parece que no se rompe —dijo ella.

—Ya te lo he dicho.

—Es que todavía no he empezado a moverme.

Renata notó el bulto bajo sus nalgas. Las manos curtidas de mecánico treparon por sus muslos hasta rodearle el trasero y desatar, sin disimulo, los nudos laterales del bikini. Después subieron a los pechos, que ya se desbordaban de nuevo por la tela vencida. La chica se desprendió de la última prenda y quedó completamente desnuda sobre él.

—¿Me vas a follar, Tomás? —preguntó—. ¿Serás capaz?

Levantó la cadera para liberarlo. Él se bajó los pantalones a toda prisa, y su erección regresó desde las cenizas de una década de flacidez. Renata restregó primero su sexo mojado a lo largo de aquel falo, demorando el momento, y luego se lo clavó de golpe.

—Dios… menuda polla tienes —gimió—. Estoy tan cachonda que no puedo más.

Empezó a cabalgarlo con movimientos serpenteantes, y la hamaca volvió a balancearse. Rufo ladró un par de veces antes de callarse. Las manos de Tomás recorrían el cuerpo de la chica con avidez: los pechos que se contoneaban, las nalgas que rodaban sobre su regazo.

—¡Sí! ¡Sí! —jadeaba ella, apretándose contra él.

Tomás sentía que su miembro estaba por fin en casa, refugiado en la humedad más acogedora. Renata se corrió con un estremecimiento de espasmos pélvicos, mordiéndose el labio, y aun así no se detuvo. Quería más. Quería robarle cada onza de placer a aquella situación descabellada.

Para el viejo el camino era más largo: más de diez años sin alcanzar la cima. Pero la chica no aflojó, y entre el peso de su cuerpo y la complicidad de sus miradas, aquel afecto paternal de meses se transformó, a golpe de embate, en otra cosa.

—Me corro… me corro otra vez —anunció ella.

Y entonces, después de tantos soplidos mudos, la austeridad del viejo se quebró por fin. Su grito ronco se mimetizó con la segunda explosión de Renata. La chica consiguió apartarse a tiempo para ver brotar aquel desahogo añorado, que escapó más allá de su pelo rubio y salpicó sus pechos, mientras Tomás se fundía de un placer que llevaba media vida creyendo perdido.

Bajo la sombra de los algarrobos, mecidos por una hamaca que no se rompió, el primer día de su jubilación había resultado mucho más épico de lo que Tomás Ferrer hubiera imaginado jamás. Y, aunque sabía que pagaría caro aquel embrujo, nada en toda su vida ordenada le pareció, en ese instante, digno de cambiarse por lo que acababa de vivir.

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Comentarios (6)

Dante_BA

Que relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. Gracias!!!

SergioPaM

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber mas de Renata jajaja

MiguelViajero

Me hice acordar a una situacion parecida que tuve hace años. Uno nunca sabe como terminan estas cosas...

GabyLectora

Muy bien escrito, se nota que sabes crear tension antes de los momentos importantes. Sigue publicando!

CapriMx99

el titulo me engancho desde el principio jaja, y el relato no decepciono para nada

Valentina_83

Me encanto, muy bien narrado. La parte de la pileta especialmente. Ojala salga continuacion :)

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