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Relatos Ardientes

Mi cuñada me llamó del consultorio con otra urgencia

Lectores, vuelvo a contarles.

En mi primer relato les hablé de la familia de mi mujer —mi familia ahora— y, sobre todo, de Mariela, la esposa de mi cuñado, esa mujer que vive en el piso de arriba y que terminó cambiando mi manera de entender el deseo. Para que se entienda lo de hoy, conviene repetir lo básico: con Mariela cogemos en cualquier hueco que la vida nos deja. Una mamada apurada en el cuarto de servicio, sexo oral en la cocina cuando ella baja a pedir azúcar, mensajes a las tres de la mañana para vernos en el estacionamiento. Cada uno con sus motivos, cada uno con lo mismo que perder.

Desde hace casi un año, ella y mi cuñado discuten todas las semanas. Las paredes son finas y nosotros, abajo, lo escuchamos todo. Una de esas peleas terminó con Mariela mareada, casi desmayada, según me contó después por mensaje. Al día siguiente fue al médico sola. En la familia tienen un chiste viejo: que Mariela es la dramática, la hipocondríaca, la que un dolor de cabeza convierte en migraña. Esta vez, sin embargo, sí tenía algo. Y lo que tenía fue lo que dio pie a la tarde que les voy a contar.

—¿Estás ocupado, papi?

Mariela me hablaba siempre con un tono suave, casi de niña, cuando quería pedir algo. Yo estaba en la sala viendo un partido grabado, y mi suegra, en el piso de arriba —porque sí, la suegra también vive arriba con ellos—, tenía de visita a su hermana de Querétaro. Le dije a Mariela que no estaba ocupado, que estaba libre, que me dijera.

—Necesito que me alcances en el consultorio. Estoy mareada, no me da para manejar. Los niños están en la escuela, Sergio no me contesta y no quiero pedirle a tu suegra porque está con mi tía.

Sergio es mi cuñado. Ese día estaba en una junta o en lo que fuera, y nunca contestó. Pedí un Uber y me fui hasta la clínica privada cerca de Polanco donde Mariela tiene a su médico de cabecera. Cuando entré a la sala de espera, ella estaba sentada con el bolso sobre las rodillas y un suéter beige que la tapaba hasta el cuello.

—Gracias por venir, papi. Vámonos a la casa.

Le tomé el bolso, le pedí la receta a la enfermera y caminamos hasta su camioneta. La ayudé a subir tomándola del codo y de la mano, despacio, como se ayuda a alguien que de verdad se siente mal. Ya acomodada en el asiento del copiloto, antes de que yo pudiera meter la llave, me dijo:

—No puedo con el cinturón. Ayúdame.

Me incliné a tomar la tira y, cuando estaba a centímetros de su cara, se acercó y me mordió el labio inferior. Su mano, mientras tanto, se había deslizado por encima de mi pantalón hasta apoyarse justo donde no había duda de lo que buscaba.

—Esta es la medicina que necesito —me dijo bajito—. Y me la vas a dar tú.

***

Le pregunté si pasábamos por la farmacia. Negó con la cabeza, sonriendo.

—La receta es de verdad. Pero la surto después. Ahorita lo único que me cura es esto.

Arranqué la camioneta y manejé los diez minutos que separaban el consultorio del motel que ella ya tenía elegido. Está sobre una lateral, escondido entre talleres, con cocheras individuales y cortinas que bajan en cuanto entras. Mariela ya había estado ahí, eso lo supe porque le pidió al recepcionista una habitación específica, la del jacuzzi al fondo.

En cuanto cerré la puerta de la habitación, ella se quitó el suéter, la blusa y los pantalones sin hablar, sin teatro, con la misma eficiencia que tiene para todo. Quedó desnuda en medio de la pieza, mirándome.

—Estuve hablando con tu mujer hace unos días —dijo mientras se soltaba el pelo—. Me contó del fin de semana en Tepoztlán, lo de la cabaña. Cómo cogieron por todos lados. Me dieron unos celos horribles.

—¿Celos de ella o de mí?

—De los dos. Quería tener algo así, un lugar para nosotros, sin niños arriba ni suegras del otro lado de la pared. Y se me ocurrió aprovechar lo del médico.

Me daba risa y ternura al mismo tiempo. Mariela tiene treinta y tantos, dos hijos, una casa grande, una camioneta, una vida que cualquiera firmaría, y aun así está descubriendo cosas de a poco, como si recién hubiera empezado. Casi todo lo nuevo en su sexualidad lo está descubriendo conmigo, y eso me prende como pocas cosas. Soy el cuñado, el que está cerca, el que tiene lo mismo que ella para perder si nos descubren. Funciona. Punto.

La levanté tomándola por las nalgas y ella enroscó las piernas en mi cintura. Nos besamos así, en suspenso, mientras yo caminaba lento hacia la cama. Mi mujer tiene poco busto y, antes de Mariela, jamás me había detenido a pensar si me gustaban las tetas grandes o no. Ahora, cuando tengo ganas de un buen par, sé exactamente dónde tocar la puerta.

La recosté boca abajo. Empecé por la nuca, con las manos. Le hice un masaje en los hombros, en la espalda alta, sintiendo cómo se aflojaba debajo de mí. Bajé con la boca por la columna, deteniéndome en cada lunar. Cuando llegué a sus nalgas, le di tres besos lentos, casi castos. Entonces, sin avisar, se las abrí de golpe y le pasé la lengua por el centro.

Intentó cerrar las piernas, entre la risa y la protesta.

—Espera, espera, no, ahí no…

—Quédate quieta.

La tenía bien agarrada de las caderas. Insistí primero con besos cortos, despacio, hasta que el cuerpo se le rindió. Después con la lengua, en círculos, y ella misma terminó abriéndose con las manos para darme acceso. Eso me encanta de Mariela: empieza diciendo que no a cosas que treinta segundos más tarde pide a gritos.

***

En un movimiento, ella giró debajo de mí y quedó boca arriba. Levantó una pierna, me empujó suave con el talón en el hombro y me dijo:

—Alguien más te está esperando, papi. Se pone celosa cuando le das tanta atención a su vecina.

No hizo falta más. Bajé entre sus piernas y me hundí en ella con la boca abierta, sin preámbulos. Sabía dulce, casi a fruta. Lo comentó después, cuando recuperó el aire: estaba haciendo una dieta de piñas y jugos por algo del médico, y se le notaba.

Estuve ahí unos minutos. Cinco, seis, no sé. Lo suficiente para que empezara a temblar y a apretarme la cabeza con los muslos. En un momento empezó a repetir que se iba a orinar, que parara, que en serio. Yo la conozco. No paré. Aumenté el ritmo y la presión de la lengua justo donde sé que la rompe.

Lo que vino después fue algo entre un suspiro y un escape de aire, y un fluido tibio que me empapó la cara. Se quedó quieta unos segundos, respirando con la boca abierta, la mano en la frente. Después se rio.

—Te juro que pensé que me orinaba.

—No te orinaste.

—Ya sé. Gracias por el mantenimiento.

Ese era su chiste favorito. Llamarme su «técnico de mantenimiento». Lo decía cada vez que terminaba, con la misma sonrisa cómplice.

Sabía que después del primer orgasmo se ponía sensible. Casi nunca aceptaba que se la metiera dos veces seguidas, a menos que fuera por detrás o que la dejara terminar con la boca. Se puso en cuatro en la orilla de la cama y me ofreció lo que había estado evitando todo el rato.

Entré despacio, midiendo. La conozco lo suficiente para saber cuándo acelerar y cuándo dejarla acomodarse. Después de un minuto le agarré las caderas y empecé a bombearla en serio. Ella se sostenía con las manos abiertas contra el cabezal, mordiendo la sábana de vez en cuando para no gritar muy fuerte —la pared del motel era fina y se escuchaba una voz en la habitación de al lado—. Estuvimos así unos cinco minutos hasta que sentí que me venía.

—Decidí —le dije, frenando un segundo—. ¿Adentro o en la boca?

—¿Tú qué prefieres?

—Adentro. Para que esta noche, cuando Sergio te bese, también me sientas.

Se rio sin aire.

—Eres un hijo de puta. Hazlo.

Lo hice. Me vine adentro, sosteniéndola por la cintura, sin moverme hasta que terminé. Después salí despacio y ella se dejó caer de lado en la cama, con los ojos cerrados.

***

Estuvimos otros veinte minutos en silencio, intercalando pedacitos de conversación. Ella me contó que la pelea de la otra noche había sido por dinero, otra vez. Yo le conté que mi mujer estaba pensando en cambiar de trabajo. Cosas normales, dichas en una cama de motel, desnudos, como si fuéramos una pareja cualquiera en una tarde cualquiera.

Después se metió a bañar y yo me quedé mirando el techo. Pensé en mi cuñado, en su manía de besar a la esposa en la boca cuando vuelve del trabajo, en cómo presume en cada cena familiar que tienen «la familia perfecta». El orgullo le gana siempre. Si supiera que conozco el sabor de su mujer mejor que él. Si supiera, además, que su propia hermana —mi mujer— alguna vez también besó la misma boca que su esposa.

Pero ese es otro relato. Otro día se los cuento.

Mariela salió del baño con una bata corta del motel y empezó a recogerse el pelo frente al espejo. Yo me vestí sin prisa. Antes de salir me miró por encima del hombro.

—Acuérdate del jueves. Tengo que revisar mi celular antes de la cirugía. Borrar cosas. Mejor en un lugar tranquilo.

—¿Otro motel?

—Sí. Y esta vez quiero que me rompas eso que mi marido no usa.

Cerró la frase con esa sonrisa que tiene siempre cuando dice algo que sabe que me va a tener pensando todo el día. Y vaya que lo logró.

Por eso me decidí a publicar este relato ahora. Tengo una erección desde hace media hora y todavía faltan tres días para el jueves. Si lo escribo, pensé, capaz que se me pasa.

No se me pasó.

Pronto les cuento lo del jueves. Y lo de mi exmujer, que también tiene su historia. Las mujeres, créanme, son perversas. Solo que algunas tardan más en mostrarlo.

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Comentarios (3)

NicoBaires

Tremendo relato!! me dejo queriendo mas jaja

Fernandito_22

Por favor una segunda parte!!! quede con muchas ganas de saber como sigue

SantiMdz

El detalle del cinturon es un clasico, esas pequeñas situaciones cotidianas que de repente lo cambian todo. Se siente verosimil, bien escrito.

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