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Relatos Ardientes

La trampa que le tendí al novio de mi mejor amiga

Me llamo Lucía, aunque en la pandilla todos me dicen Luci. Soy rubia natural, mis labios no han pasado por la consulta de ningún cirujano, mi cuerpo nunca ha pisado un gimnasio y mis pechos crecieron por su cuenta hasta convertirse en lo primero que miran los hombres cuando entro en cualquier sitio. Llevo desde los dieciocho jugando con esa ventaja y, francamente, me funciona: elijo a quien quiero y lo cambio cuando me aburro. Ninguno me dura más de dos semanas. Mis amigas me sermonean a veces, me dicen que voy a acabar mal, pero ya saben que se callan en cuanto les recuerdo a quién llamarán para ir a casa la próxima noche.

Tengo veintiséis años y nuestro grupo se conoce desde el primer mes de la facultad. Antes yo no era así. Antes era una chica normal que iba a clase y volvía a casa sin meterse en problemas. Hasta que conocí a Diego, un veracruzano que pasó por mi vida durante seis semanas y se largó sin avisar. No fue mi primer novio, pero sí el único que me dejó él a mí. Me enseñó todo lo que sé sobre disfrutar de mi propio cuerpo y, cuando se fue, decidí que el siguiente susto se lo iba a llevar otro. No quiero entretenerme con esa historia, no es la que vengo a contar.

La pandilla somos unos dieciséis, más chicos que chicas. Casi todos están emparejados y algunos han traído al grupo a su pareja oficial. Reconozco sin sonrojarme que me he liado con todos los chicos del grupo en algún momento, en alguna fiesta, después de algún cumpleaños o en algún viaje. Con todos menos uno: Andrés. Andrés se enamoró de Carla la primera semana de carrera y desde entonces no ha mirado a nadie más. Llevan ocho años juntos y están comprometidos, esperando solo a que a él lo asciendan en la consultora para casarse.

Andrés es distinto. No me parece especialmente guapo, no es de los que paran cabezas por la calle. Lo que tiene de raro es que no me mira al escote cuando le hablo. Me mira a los ojos. Me trata como si fuera su hermana mayor, sin doble sentido, sin pasarse de simpático. Estoy convencida de que jamás se ha tocado pensando en mí, y eso, durante meses, me sacó de mis casillas. Me daba rabia que una chica como Carla —guapa, discreta, morena, con buen cuerpo aunque no tanto como el mío— hubiera atrapado al único hombre del grupo al que no podía meterme en la cama.

Hace dos veranos perdí la paciencia. Una noche en una terraza me lancé sobre él. Le dije sin rodeos que podía tenerme cuando quisiera, donde quisiera. Andrés me apartó la mano de su pierna, me miró con una mezcla de pena y enfado y me contestó que esperaba más de mí. Estuve meses sin atreverme a mirarlo a la cara. Cuando por fin coincidimos en otra cena, le pedí perdón. Le pregunté si se lo había contado a Carla. Me dijo que sí. Llamé a Carla esa misma semana y también le pedí perdón a ella. Los dos me perdonaron como si fuera lo más natural del mundo.

Conseguí algo mejor que un revolcón rápido: lo convertí en mi confidente. Le contaba que estaba arrepentida de la vida que llevaba, que me sentía atrapada en algo de lo que no sabía cómo salir. Él se creyó cada palabra. Pensaba que ahora solo quería su amistad. El muy ingenuo no se daba cuenta de que estaba esperando el momento. No buscaba una relación con él, no me interesaba dejar a Carla sin novio. Solo quería demostrarme a mí misma que podía tenerlo cuando me diera la gana.

Ya sé cómo suena todo esto. Lo sé y no me importa. Tanto tiempo obsesionada con él hizo que con solo verlo me mojara las bragas. Además, llevaba meses fantaseando también con Carla, pero esa es otra historia que ya contaré cuando me apetezca. Me gusta el morbo, simplemente. No pretendía romperlos. Solo quería un trozo de algo que no me pertenecía.

El verano pasado se alinearon los astros. Me enteré por casualidad de que se iban quince días a Salou y yo tenía pensado bajar a la costa por esas mismas fechas. No les dije nada concreto, solo dejé caer en el grupo de WhatsApp que andaría por la zona. Ellos me invitaron a pasarme por su apartamento un par de noches. No confirmé, pero ya sabía que iría. Carla trabaja en una revista y yo conozco a su jefa: me debía un favor desde una entrevista que le había conseguido años atrás. Bastó una llamada para que Carla tuviera que volver de urgencia a Madrid el miércoles por la tarde a cubrir una reunión. Volvería el jueves por la noche. Yo me presenté en Salou el martes.

Pasamos los tres juntos un día entero. Playa por la mañana, paella al mediodía, vinos a la sombra hasta que cayó el sol. A la mañana siguiente Carla cogió el coche con cara de fastidio y se fue. Le di un abrazo largo y le dije que era una pena. Le prometí que cuidaría de su hombre. Andrés se rió. Carla también. Yo sonreí por dentro.

Le anuncié a Andrés que el jueves yo también me iría. Para que no se preocupara —aunque no se iba a preocupar—, le dije que esa noche había quedado por ahí, que había conocido a un chico en la playa el día anterior y que dormiría fuera. Hacia las nueve me preparé para mi «cita»: un vestido malva de una sola pieza, ceñido hasta lo absurdo. Me quedaba pequeño a propósito, lo había metido en la maleta para esto. Me dejaba media espalda al aire y las tetas casi sueltas por arriba. Si me sentaba se me veían las nalgas. No llevaba sujetador. El tanga pensaba quitármelo en los aseos del primer bar.

Le pregunté a Andrés qué tal estaba mientras él intentaba mirar al televisor. Me dijo «estás guapa» sin levantar la vista. Me ofreció acercarme en coche, pero le dije que ya venía alguien a recogerme a la plaza. Pedí un taxi y me bajé en el pueblo.

El plan estaba claro. Tomé dos copas en un pub, dejé que un par de guiris me invitaran y me fui sola al rato. Pasé por unos aseos públicos y me deshice del tanga. En un callejón oscuro junto al paseo marítimo empezó la actuación. Me rasgué el bajo del vestido y le rompí la cremallera trasera tirando con las dos manos. Me revolví el pelo, me corrí el rímel con dos lagrimones forzados, partí en dos el tacón de uno de los zapatos golpeándolo contra el bordillo y tiré el otro a un contenedor. Me restregué la entrepierna con los dedos hasta dejarme irritada, justo lo suficiente para que se notara. Eran casi las dos cuando entré en una cabina y marqué el número de Andrés.

Le hablé entrecortado, llorando, casi sin aire. Le dije que un tío me había intentado violar a la salida de un local, que me había arrancado las bragas y destrozado el vestido, que me había metido los dedos a la fuerza antes de que una pareja pasara y yo pudiera salir corriendo. Si me hubieran filmado, me dan un premio. Andrés me dijo que esperara donde estaba, que venía a buscarme. Comprobé que el vestido se caía solo si me soltaba el pecho. Me subí más el bajo para que en cuanto me sentara se me viera el coño depilado. Esperé. Tardó quince minutos.

Me eché en sus brazos en cuanto bajó del coche. Lloré sobre su hombro repitiéndole que nunca aprendería, que había tenido razón en todo lo que me dijo años atrás, que esta vez me había salvado de milagro. Me preguntó tres veces si quería ir a urgencias. Tres veces le dije que no, que solo quería ducharme y dormir.

Me senté en el asiento del copiloto haciendo aspavientos para no enseñar y dejando, a la vez, que se entreviera todo. Fingí estar destrozada y solté la mano que sujetaba el vestido como si ya no tuviera fuerzas. Las tetas se me salieron del escote en cuanto giró la primera rotonda. Noté el volantazo. Cerré los ojos, fingí dormir. Sentí cómo me miraba sin atreverse a apartar la vista mucho tiempo de la carretera. Lo escuché tragar saliva dos veces antes de aparcar.

—Ya hemos llegado —me susurró, removiéndome el hombro.

Al bajar del coche me las arreglé para que el vestido se quedara enrollado por encima del pubis. Di tres pasos y simulé un tropezón. Caí de rodillas y me hice daño de verdad en el tobillo. No exageré: gemí lo justo. Andrés me cogió en brazos sin pensarlo. Yo iba medio desnuda contra su pecho, el coño al aire de la noche y empapado de lo bien que estaba saliendo todo. Me dejó en el sofá y dijo que iba por agua oxigenada para limpiarme las rodillas.

Volvió con un trapo mojado y se arrodilló junto al sofá. Me tocó el tobillo y me preguntó si me importaba que me hiciera un masaje. Le iba a importar más a él que a mí. Le dije que sí con una vocecita rota. Me tapé los ojos con el brazo para fingir que no veía nada y darle permiso silencioso a todo. Sus manos empezaron por el empeine y fueron subiendo. Yo tenía los muslos un poco abiertos. Cuando llegó al gemelo le susurré que siguiera, que me estaba relajando. Me abrió las piernas y se metió entre ellas para llegar mejor. Pasó las palmas por mis muslos. Notaba mi flujo bajando por la cara interior de la pierna. Solté un gemido sin disimular. Le pregunté si estaba cansado.

—Te has portado conmigo. Yo te debo otro.

Le obligué a quitarse la camiseta. Me coloqué detrás de él, le apreté las tetas contra la espalda y empecé a masajearle los hombros. Lo miré por encima del hombro: tenía una erección que se le marcaba a través del pantalón corto. Estábamos los dos sudados, la noche pegajosa, el extractor de la cocina como único sonido. Hice un movimiento brusco para volver a quejarme del tobillo, perdí el equilibrio y caí hacia un lado. Andrés se giró para sujetarme y mi mano, sin querer queriendo, le rozó el paquete. No la aparté. Él no la quitó. Nuestras caras quedaron a un palmo.

Me besó primero con la cabeza pidiendo perdón. Cuando le devolví el beso con fuerza, abrió la boca y nuestras lenguas se enredaron como si llevaran ocho años esperándose. Le bajé el pantalón corto de un tirón. Tenía una verga preciosa, ni demasiado grande ni pequeña, gruesa y muy dura. Me llevé el glande a la boca antes incluso de pensarlo. Él me arrancó el vestido y me devoró los pezones. Acabamos en un sesenta y nueve sobre la alfombra, bebiendo lo que el otro nos daba. Pero yo quería más.

—Métemela ya, Andrés.

Se incorporó, me giró sobre el sofá y entró de una sola embestida. Grité y le pedí más. Le busqué el culo por detrás y le metí un dedo en el ano. Se tensó entero y se quedó quieto un segundo, sorprendido, hasta que reaccionó y empezó a moverse otra vez con más rabia. Me chupé los dedos y le pedí que me los devolviera. Me los metió. Yo gemía sin parar. Le decía que lo deseaba, él me decía que me deseaba a mí. Nos besábamos mientras nos lo decíamos. Me avisó de que iba a correrse. Le hundí más el dedo y se vació dentro de mí con un gruñido.

Como sabía que esa noche era la única que iba a tener con él, no le di tregua. Le limpié la polla con la lengua, se la ensalivé entera, me la tragué hasta el fondo hasta que volvió a empalmarse. Me senté encima y empecé a saltar. Me agarraba del culo y de las tetas con las dos manos, me apretaba demasiado, me hacía daño y me daba igual. Yo le decía «sí, sí, quiero tu polla bien dentro». Le pregunté si quería verme a cuatro patas. Me coloqué y entró por detrás. Después de un buen rato así, le pedí que me siguiera abriendo el culo con los dedos, que quería que me la metiera por ahí.

Por fin se le rompió la vergüenza. Me dijo guarradas. Me llamó puta. Me dijo que tenía el ojete bien abierto. Me lo ensalivó con la lengua. Le pregunté si Carla le había dejado alguna vez darle por culo. Me dijo que no y me metió la verga entera de una pasada. Dolió. Mucho. Le pregunté si quería más rabo y él me lo dio. Sentí cómo me chocaban los huevos contra las nalgas. La sacaba entera y la volvía a meter del tirón. Yo lo insultaba y él se excitaba más. Acabé con cuatro de sus dedos en el coño mientras me embestía por detrás. Conseguí que me dijera, jadeando, que en ese momento me deseaba más que a Carla, que mi cuerpo, mis tetas y mi coño le ponían como nada. Yo decía «sí, sí, sí» a todo y le pedía más. Se corrió por segunda vez con un grito que se debió oír desde el apartamento de al lado.

***

Le propuse ducharnos juntos y lo hicimos otra vez bajo el agua, yo con las piernas enroscadas en su cintura, él sujetándome por las nalgas. Caímos en la cama empapados y nos dormimos abrazados como si fuéramos otra cosa. Me desperté a las siete, antes que él. Lo encontré desnudo a mi lado, con la polla blanda y pequeña entre las piernas. Me dio ternura un segundo. Luego me dio ganas. Le toqué los testículos con la yema de los dedos y se la fui acariciando hasta despertarla. Me la llevé a la boca. Él fingía que seguía dormido.

Me senté encima y volví a cabalgarlo. Me dijo dos veces que parara. A la tercera me besó los pechos y se rindió. Cuando estaba a punto de correrse le pedí que lo hiciera fuera, sobre mí, en la cara y en las tetas. Se vació encima de mi cuello y mi boca y yo me restregué su semen por toda la piel.

No hemos vuelto a follar. Andrés me evita en las pocas cenas en las que coincidimos y nunca, ni una vez, ha mencionado lo que pasó en Salou. Con Carla, meses después, conseguí mi segunda victoria en una despedida de soltera de una amiga común. La emborraché bien, la convencí de que probara con el stripper que habían contratado y después la convencí a ella de probar conmigo. Lloró al día siguiente, jurando que jamás iba a decírselo a Andrés. Sé que ha cumplido. Ahora apenas los veo. La última vez fue en su boda. Están felices y esperan un hijo. No me atrevo a preguntar de quién. Da igual. Ellos se quieren.

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Comentarios (4)

Rocko

que relato!!! me enganchó desde el primer párrafo

NocheLectora22

Por favor continua, quedé con muchísimas ganas de saber cómo terminó todo entre ellos tres

GabiCordoba

Me recordó a una situacion que viví hace años. Uno nunca sabe de lo que es capaz hasta que se le da la oportunidad

Laucha76

jajaja la escena del vestido me mató, que detallista la protagonista para armar la trampa

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