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Relatos Ardientes

Mi primer engaño fue con el mejor amigo de mi novio

Caí, cedí y me gustó. Nunca pensé que iba a sentir algo así con un hombre al que apenas conocía, alguien con quien tendría que haberme cuidado por respeto a mi novio. Me dejé llevar por el momento y el deseo me atrapó como una marea oscura. Y aunque pudiera volver atrás y deshacerlo, lo repetiría sin pensarlo dos veces.

Diego era el mejor amigo de Andrés desde el colegio. Llevaba meses cruzándomelo en cumpleaños, asados y previas. Siempre la misma sonrisa apenas torcida, esa mirada que se quedaba dos segundos más de la cuenta cuando me saludaba. Nunca dije nada. Andrés no notaba nada, y a mí me daba vergüenza reconocer que ese chico me ponía nerviosa cada vez que entraba en la misma habitación.

Aquella noche el plan era ir al cine en grupo a ver una película vieja en una sala medio olvidada del centro, de esas que proyectan ciclos a las once de la noche y que casi nadie pisa. Andrés me avisó por mensaje que llegaba tarde por trabajo y que entrara con Diego y los chicos. Cuando aparecí en la puerta, los chicos se habían bajado a último momento. Quedamos solos.

—Bueno, parece que somos solo nosotros —dijo Diego con esa media sonrisa.

—Parece —contesté, intentando que no se me notara nada en la voz.

La sala estaba casi vacía. Cinco o seis personas dispersas en las primeras filas, todas mayores que nosotros, todas como vueltas hacia adentro. Elegimos el fondo. No lo pensé demasiado. Sentarse al fondo era lo lógico cuando ibas con alguien con quien no tendrías que estar a solas.

Apagaron las luces. Empezaron los avances. A los veinte minutos de película, sentí su mano apoyada sobre la mía en el apoyabrazos. No la disfrazó de accidente. La dejó ahí, quieta, tibia. Yo tampoco la moví. Esa fue la primera línea que crucé esa noche, y no me di cuenta de que había muchas más esperándome.

Pocos minutos después su mano subió por mi muñeca, despacio, hasta el codo. Después al hombro. Después al cuello. Yo seguía mirando la pantalla, sin registrar nada de lo que pasaba en la película. Mi cuerpo entero estaba pendiente de los dedos de Diego dibujándome el costado del cuello como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Se inclinó hacia mí. Su aliento me rozó la oreja. No dijo nada. Solo respiraba ahí. Sentí la lengua tibia recorriéndome el borde de la oreja con una lentitud que me obligó a apretar los muslos. Me mordí el labio. Quería que parara. Quería que no parara nunca.

No deberías estar haciendo esto.

Pero su otra mano ya me había encontrado el muslo por debajo del vestido y yo no la había detenido. La fue subiendo en pausas: una caricia larga, un freno, una caricia más corta, otro freno, jugando a hacerme esperar. Cada vez que pasaba cerca de la entrepierna me daba un escalofrío en la espalda y se alejaba justo antes de llegar. Estaba volviéndome loca y él lo sabía.

—Quedate quieta —me susurró en el oído cuando intenté acomodarme—. Vas a hacer ruido.

Esa frase me prendió fuego. Saber que tenía que aguantar, que no podía gemir, que no podía moverme, que cualquiera podía darse vuelta y vernos. Apreté los dientes. Sentí cómo me empapaba debajo del vestido con cada roce de sus dedos. Él me besaba el cuello con la boca abierta, sin hacer ruido, y yo estaba ahí, paralizada, en la última fila de una sala oscura, a punto de perder la cabeza con el mejor amigo de mi novio.

Lo único que no me dejé hacer fue besarlo en la boca. Cada vez que se acercaba a mi cara, yo giraba apenas la cabeza. No sé bien por qué. Por algún motivo me había dicho que mientras no le diera la boca, todavía me podía mentir a mí misma. Como si los labios fueran la única frontera que importaba. Como si lo demás no contara.

Y cuando ya pensé que no iba a aguantar más, que iba a empezar a temblar y a hacerme notar, encendieron las luces. Los créditos pasaban en la pantalla. La gente se levantaba de las primeras filas, estirándose, sin mirar para atrás. La película había terminado y yo no me había enterado de nada.

Salimos por el pasillo en silencio. Yo caminaba tensa, con las piernas tiesas, intentando que él no notara lo desarmada que estaba. Tenía la cara ardiendo. Antes de salir al hall le solté:

—Voy al baño un segundo.

—Te espero —dijo él, y por la forma en que lo dijo entendí que no me iba a esperar afuera ningún rato largo.

***

Entré casi corriendo. El baño de mujeres era chico: tres retretes, dos lavatorios, paredes color crema con algunas manchas de humedad cerca del techo. No había nadie. Me metí en el último cubículo, cerré con pestillo y me apoyé contra la puerta tratando de respirar normal.

¿Qué carajo acaba de pasar?

Esperé unos segundos. El corazón me golpeaba en la garganta. Bajé el cierre del pantalón —ese día había decidido a último momento ponerme jean y no vestido, gracias a Dios—, lo bajé hasta los muslos y me senté en el inodoro. Y ahí fue cuando me asusté.

La tela de mi bombacha estaba completamente empapada. Empapada de un modo que nunca me había pasado, ni siquiera con Andrés en nuestras mejores noches. Me la bajé y la dejé colgando en una rodilla. Pasé los dedos entre mis piernas y se me cortó la respiración. Estaba caliente, hinchada, resbaladiza. El clítoris me latía como si tuviera un pulso propio. Mi cuerpo estaba pidiendo, exigiendo, lo que mi cabeza intentaba prohibir.

Sin pensar empecé a acariciarme con la punta de los dedos. Despacio, en círculos. Estaba tan sensible que cualquier roce me sacaba un suspiro. Cerré los ojos. En mi cabeza no estaba Andrés. En mi cabeza estaban las manos de Diego subiéndome el muslo a oscuras.

La puerta del cubículo se abrió de golpe.

No me dio tiempo a nada. Ni a gritar, ni a taparme, ni a entender cómo había hecho para entrar al baño de mujeres y al cubículo correcto sin que yo escuchara nada. Diego estaba parado en la puerta, mirándome fijo, con la misma media sonrisa.

—No te tapes —dijo en voz baja.

Yo me había agachado a tirar de la bombacha. Él entró, cerró el pestillo detrás suyo y se arrodilló frente a mí sin sacarme los ojos de encima.

—Sabía que estabas así —murmuró, y me tomó las dos manos para apartármelas—. Dejame ver.

Me ardía la cara de vergüenza. Pero no lo paré. Me dejé separar las piernas con sus manos enormes apoyadas en mis rodillas. Vio todo. La humedad chorreándome por el muslo, lo hinchada que estaba, lo desesperada. Le brillaron los ojos. Sonrió como alguien que acaba de ganar una apuesta larga.

—Pará —le susurré, sin convicción—. Va a entrar alguien.

—Entonces no hagas ruido.

Me metió la mano por debajo de la remera. Mis pezones estaban tan duros que dolían. Me la levantó hasta el cuello, me tiró del corpiño hacia arriba y la lengua le cayó sobre uno de los pechos antes de que yo pudiera ordenarle nada. Chupó despacio, recorriendo el pezón con la punta de la lengua, soplándole encima después. Yo me agarré del borde del inodoro para no caerme.

Lo único que no me hacía era besarme en la boca. Tampoco lo intentó. Como si hubiera entendido sin preguntar cuál era mi frontera y la respetara para humillarme mejor. Me tocaba todo el cuerpo, me chupaba los pechos, me lamía el cuello, pero esquivaba mi boca con una elegancia que me hervía la sangre. Yo le tiraba la cara hacia la mía y él se corría. Y mientras tanto sus dedos no paraban.

Empecé a chorrear de verdad. Sentí cómo un hilo me bajaba por la cara interna del muslo y caía al piso del cubículo. Estiré la mano hacia el rollo de papel para limpiarme, por reflejo, porque me daba pudor. Él me agarró de la muñeca, firme, y me la apartó.

—No —dijo, mirándome con los ojos chispeantes—. Así estás perfecta.

Asentí con la cabeza, temblando. Me tomó de la cintura y, con una facilidad que no le imaginaba, me levantó del inodoro y me sentó en la caja del agua del retrete. La porcelana fría me hizo gritar por dentro. Me terminó de sacar el pantalón y la bombacha por los tobillos. Me abrió las piernas todo lo que pudo. Yo no opuse resistencia. Cerré los ojos, recosté la cabeza contra la pared azulejada y me entregué.

Su boca entre mis piernas era otra cosa. Lamía, mordía, succionaba el clítoris con una precisión que no parecía improvisada. Como si lo hubiera estudiado durante todos esos asados en los que apenas me había mirado. Yo me mordía el dorso de la mano para no gemir. Cada vez que pasaba la lengua sentía esas descargas en todas direcciones, como si todo mi cuerpo estuviera conectado a un solo punto entre mis muslos.

Y entonces se abrió la puerta del baño.

Una mujer entró. Se notaba por los tacones contra el azulejo, despacio. Y por el perfume. Un perfume pesado, dulzón, de esos que usan las señoras grandes, de los que se quedan flotando en el aire. Se metió en otro cubículo. Yo le hice señas frenéticas a Diego para que parara. Le susurré:

—Pará, por favor.

Pero algo le brilló en la cara. Una sonrisa nueva. La de descubrir que yo estaba muerta de miedo. Y en vez de detenerse, subió la apuesta. Me metió dos dedos. Mojados como estaba, le entraron enteros de una vez. Yo apreté los ojos y me tapé la boca con las dos manos. Él movía la lengua sobre el clítoris al mismo ritmo que los dedos. La señora del cubículo de al lado tosió. Bajó el agua. Después abrió la puerta y salió a lavarse las manos.

Yo estaba al borde. Si seguía un segundo más, iba a gritar. Y entonces Diego, sin parar, sacó algo de mi bolsillo. Mi teléfono. Lo desbloqueó con mi cara mientras yo lo miraba aterrada y me susurró, casi sin voz:

—Sonreí.

Me apuntó con el teléfono entre las piernas y disparó. No sé si llegué a ver el flash. Lo único que sé es que el reflejo de obedecerle me hizo apretarme más contra su boca. La señora del lavatorio cerró el grifo. Sus tacones se alejaron hacia la puerta. Diego siguió, dos dedos adentro, la lengua afuera, mirándome desde abajo.

La puerta del baño se cerró con un golpe seco. Estábamos solos otra vez. Diego me lamió una vez más, larga, despacio, y se detuvo justo cuando yo iba a explotar. Sacó los dedos. Se los limpió en la boca, sin sacarme los ojos de encima. Me acarició los pechos con las dos manos. Y me dijo:

—Creo que es hora de irnos.

No me dejó terminar. Me bajó de la caja del agua todavía temblando. Tomó papel del rollo, se secó los dedos, abrió el pestillo y salió como si nada. La puerta del baño dio un golpe y de pronto yo estaba sola, casi desnuda, sentada en el piso del cubículo, todavía mojada, todavía a un segundo de venirme. Y nunca me había sentido tan furiosa y tan complacida al mismo tiempo.

***

Me quedé ahí un minuto largo, sin entender. Miles de cosas se me venían a la cabeza. La cara de Andrés. La foto en mi teléfono. La sensación de que ese hombre me había usado como había querido y me había dejado al borde para que yo cargara con eso toda la noche, toda la semana, toda la vida.

El ruido de una puerta me sacó del trance. Eran pasos firmes, otra mujer, la del personal de limpieza esta vez. Me incorporé como pude. Me limpié con papel. Limpié el borde del inodoro, la tapa, la caja del agua. Me subí la bombacha empapada, los pantalones. Me acomodé el corpiño debajo de la remera. Salí del cubículo intentando no temblar.

Frente al espejo del baño, lavándome las manos con el agua casi hirviendo, no podía creer la cara que tenía. Las mejillas rojas, los labios hinchados de tanto morderlos, los ojos brillantes como los de alguien que acaba de salir corriendo. Me miré fijo. Pensé: si voy a pecar, lo voy a hacer bien.

Salí del baño. Diego estaba apoyado contra la pared del hall, con las manos en los bolsillos, esperándome como si nada. Andrés ya había llegado. Lo vi a través del vidrio de la entrada, pagando algo en la boletería. Diego me sonrió de costado, de esa manera de siempre, esa que ahora yo entendía completa. Y entendí también que esto no había sido una sola vez. Esto recién empezaba.

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Comentarios (4)

TabuFan

tremendo!! no pude parar de leer desde el primer parrafo

PatricioRs

Por favor una segunda parte, quede completamente enganchado y se corto justo en lo mejor

Valentina_22

Que tension tan bien construida desde el principio. Me llevo puesto el relato completo, no pude pausar

NachoCba22

increible!! muy bien escrito

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