Cinco amantes después, encontré al verdadero
A los cincuenta y dos años, una mujer entiende que los mejores años no son los que vivió, sino los que decide vivir. Yo lo aprendí tarde, demasiado tarde para algunas cosas, justo a tiempo para otras. Pasé veintiocho años casada con un hombre que me trataba como un mueble más de la casa, y otros tres aprendiendo a no necesitar a nadie. Cuando ya me había convencido de que el deseo era cosa de gente joven, llegó Marcos.
Pero esta historia no empieza con él. Empieza mucho antes, con los cuatro hombres que me precedieron y que, sin saberlo, me prepararon para entenderlo.
El primero fue Esteban. Lo conocí en una boda en Mar del Plata cuando ya estaba separada hacía un año. Era arquitecto, divorciado también, y tenía esa forma de mirarme que mi marido había olvidado tener. Lo invité a mi habitación del hotel esa misma noche y me arrepentí en cuanto se quitó la ropa. No por su cuerpo, era atractivo a su manera, sino porque todo en él era pequeño y apurado. Le hice sexo oral por cortesía, porque era lo único que cabía en mi boca sin esfuerzo. Estuve con él tres veces más. Tres veces de cumplido. Después dejé de devolverle las llamadas.
El segundo fue Federico, un compañero del taller de yoga. Era amable, conversador, hasta divertido. Pero nunca me dejó tocarlo. Hacíamos el amor con la luz apagada, y él se encargaba de todo: ponerse el preservativo, guiarme, terminar. Una noche se lo dije:
—Quiero verte, quiero saber cómo sos.
Me contestó que era tímido. A los pocos meses entendí que no era timidez, era vergüenza. Y la vergüenza, en la cama, es contagiosa. Lo dejé porque su miedo me estaba enseñando a tener miedo a mí también.
El tercero ni siquiera contó. Un señor del club de tenis, viudo, simpático, que me invitó a su casa una tarde de domingo. Tenía un pene grueso pero corto y, lo que es peor, escondido en una espesura selvática. Cuando me bajó la ropa interior, sentí ganas de reír. No de él, sino de la situación. Me inventé una jaqueca y me fui antes del primer beso real. Nos saludamos cuando nos cruzamos en el club, pero nunca volví a sentarme a su mesa.
El cuarto fue el peor y el más reciente, antes de Marcos. Un colega de mi hijo mayor, doce años más joven que yo. Pensé que la juventud iba a compensar la falta de experiencia. Más tardó en ponerse el preservativo que en terminar. Y todavía tuvo el descaro de decirme que yo estaba demasiado caliente, que por eso no había podido aguantar. Le respondí, y me da vergüenza haberlo dicho, que se buscara una muerta para entrar en frío. Me bañé sola y manejé hasta casa sin mirar el espejo.
***
Marcos apareció seis meses después, en circunstancias absurdas. Hacía las entregas para la rotisería del barrio. Tocó el timbre un sábado al mediodía, me entregó la milanesa napolitana y la ensalada, y se quedó parado en la puerta más tiempo del necesario. Le pregunté si quería un vaso de agua. Aceptó. Entró. Se sentó en la mesa de la cocina y me preguntó si vivía sola.
Volvió dos días después con una excusa floja sobre el delivery anterior. Y la tercera vez me besó en el palier antes de irse: un beso corto, decidido, sin pedir permiso. Cuando cerró la puerta, me apoyé en la pared y pensé una sola cosa.
Si coge como besa, estoy perdida.
No me equivoqué.
La primera vez que lo vi desnudo, en mi habitación, con la luz de la lámpara del velador apenas iluminando el cuarto, casi se me cayó la mandíbula. Y no por el tamaño, aunque sí, también, sino por la forma. Tenía un cuerpo armónico, ni grueso de más ni largo de más, proporcionado a su altura y, ya lo aprendería, exactamente proporcional al mío.
—¿Te gusta? —me preguntó, y en su voz no había vanidad, había juego.
—Me encanta —le respondí, y se lo demostré con la boca antes de poder pensarlo.
Esa noche tuve el primer orgasmo de mi vida con otra persona. Lo digo así, sin pudor, porque es la verdad. Había aprendido a venirme sola, escondida, con los dedos y una toalla doblada bajo la almohada para no manchar la sábana. Pero un orgasmo con un hombre encima, con su cara entre mis piernas, con sus dedos en lugares donde nadie había estado antes, eso era nuevo. Eso era otra cosa.
***
Llevamos siete meses. Mi marido, el oficial, el que firmó papeles, nunca se enteró. Tampoco mis hijos. Para todos sigo siendo la madre prudente, la abuela cariñosa, la separada digna que reconstruyó su vida. Y lo soy. También soy eso. Pero soy, además, la mujer que le escribe a Marcos a las tres de la mañana mensajes que jamás me hubiera atrevido a decirle a nadie en voz alta.
«Mi panocha quiere tu verga», le escribí ayer. Me reí sola al releerlo. Cincuenta y dos años y todavía me sorprendo de las palabras que ahora salen de mí con naturalidad. Antes me parecían vulgares. Ahora me parecen precisas.
Le escribo de noche, cuando él termina su turno en la rotisería. Le cuento lo que me imagino, lo que me hace, lo que querría que me hiciera. Le mando fotos que después borro. Le confieso que pienso en él en la cola del supermercado, en la peluquería, en la sala de espera del médico. Una vez me masturbé en el consultorio del ginecólogo, esperando que me atendiera, pensando en su lengua.
Él me responde con audios. Le encanta mandarme audios. La voz ronca, lenta, describiendo lo que va a hacer la próxima vez que me vea. Yo los escucho en el baño, con los auriculares puestos, mientras finjo bañarme.
—Pasame el aceite de coco —me dijo el sábado pasado.
Yo estaba boca abajo en la cama, con una toalla bajo las caderas, y él, de rodillas detrás de mí, estaba a punto de hacerme algo que ningún hombre me había hecho antes. Le pasé el frasco sin girar la cabeza. Sentí el aceite tibio en la espalda, después en las nalgas, después más abajo. Sentí sus dedos describir círculos exactos en lugares exactos, y entendí que la palabra «delicado» también podía aplicarse a esto, a un hombre desnudo masajeando a una mujer de cincuenta y dos años con la concentración de un escultor.
—¿Está bien? —me preguntó.
Yo tenía la cara aplastada contra la almohada y los ojos cerrados.
—Seguí —le dije.
Esa noche descubrí que el placer no termina donde una cree. Que hay capas, niveles, lugares del cuerpo que el matrimonio nunca toca porque el matrimonio se conforma. Que un hombre puede mirarte a los cincuenta y dos como si tuvieras veinticinco, no porque sea tonto, sino porque para él, en ese momento, tenés veinticinco. Que el deseo no envejece. Lo que envejece es el permiso para sentirlo.
***
Hay algo que todavía no le conté a Marcos, y que voy a guardarme un tiempo más. Tengo una amiga, Verónica, que se jacta de ser experta en el sexo, multiorgásmica, devoradora de hombres. La escucho cuando tomamos café y asiento como si entendiera. Pero la verdad es que ella no tuvo lo que yo tengo ahora. Ella tuvo cantidad. Yo tengo, por primera vez, calidad. Y no la cambio.
A veces me asalta el pudor, sobre todo cuando me cruzo con mi hijo mayor y él me pregunta cómo estoy. «Bien, lindo, tranquila», le digo. Y es verdad. Estoy bien. Estoy tranquila. Estoy también más viva que nunca. Pero no se lo digo. No porque me avergüence, sino porque hay cosas que una mujer guarda para sí. Mi madre, que en paz descanse, tenía un cajón con pañuelos bordados que nadie podía abrir. Yo tengo a Marcos. Es lo mismo.
El otro día, mientras me llevaba en su moto a una cabaña que alquilamos en las afueras, le hablé por primera vez de los cuatro hombres anteriores. Le conté lo de Esteban, lo de Federico, lo del señor del club, lo del colega de mi hijo. Cuando terminé, se quedó callado. Estábamos detenidos en un semáforo. Se sacó el casco, se dio vuelta y me dijo:
—Pobres tipos, no supieron lo que tenían.
Y arrancó.
Esa noche, en la cabaña, me hizo el amor cinco veces. Cinco. A los cincuenta y dos. Yo, que hace tres años creía que mi cuerpo ya no servía para nada de esto. Yo, que pensaba que la palabra «amante» era para las novelas y para las mujeres más jóvenes. Yo, que durante veintiocho años aprendí a fingir que no sentía nada para que mi marido no tardara tanto en terminar.
Cinco veces. Y a la quinta, cuando ya no podía más, le dije:
—Pará, pará, ya no.
Pero él entendió antes que yo lo que quería decir. Siguió. Y yo terminé pidiéndole más.
***
Marcos me preguntó algo, ayer, en serio, sin ironía. Estábamos en mi cocina, los dos en bata, tomando café a las once de la noche. Me preguntó si pensaba que estábamos pasándonos de algo. Le contesté que los límites los pusieron otros, en otros tiempos, para otras vidas. Que a esta altura, con los hijos grandes, con el primer marido lejos, con la salud aún de mi lado, lo único que no me perdonaría sería no haberlo hecho.
Se levantó, dejó el pocillo en el fregadero, vino hasta donde yo estaba sentada y me apoyó la mano en la nuca. Apenas la apoyó. Y yo, que ya tendría que estar dormida, que mañana tengo turno con el dermatólogo, que tendría que estar pensando en cualquier otra cosa, levanté la cara hacia él y le pedí que me llevara otra vez a la cama.
Esto es lo que descubrí a los cincuenta y dos. No el sexo, eso ya lo conocía a medias. Lo que descubrí es que una mujer puede empezar de nuevo. Que puede tener un amante a esta edad y disfrutarlo sin culpa, sin esconderse de sí misma, sin pedir disculpas a nadie. Que la traición a mi vida anterior fue, en realidad, la lealtad más honesta que le tuve a mi vida presente.
Y si alguien me preguntara, nadie me lo va a preguntar, pero por las dudas, lo volvería a hacer. Lo estoy haciendo. Mañana, cuando suene el timbre y Marcos aparezca con la bolsa de la rotisería, voy a abrirle la puerta como si fuera la primera vez. Porque, en algún sentido que sólo nosotros entendemos, siempre lo es.