Lo que me costó la niñera de mi hijo menor
Siempre tuve fama de ser un hombre serio. En los círculos donde me moví durante treinta años, mi apellido sonaba a despacho con paneles de madera, a contratos firmados sin testigos y a favores que se cobraban en silencio. Vengo de una familia modesta del norte. Mi padre, un hombre honrado hasta lo doloroso, repetía palabras como decencia y trabajo limpio. Yo escapé de esa esfera precisamente porque esas ideas me parecían un freno.
Estudié derecho con la rabia del que no quiere volver al pueblo. Prosperé defendiendo a empresarios que evadían impuestos, a constructoras que pagaban inspectores, a políticos que firmaban concesiones a cambio de sobres en negro. Era bueno en lo mío y los honorarios subían cada año. A los treinta y dos me casé con Beatriz, la hija menor de un industrial textil belga afincado en Madrid. Tuvimos cuatro hijos: el matrimonio funcionó en lo que tenía que funcionar y fracasó en todo lo demás.
Con los años, ella y yo aprendimos a esquivarnos por los pasillos sin hacer ruido, y la cosa nos vino bien a los dos. Lo único que me daba verdadero placer era ganar dinero y poner distancia con la vulgaridad de la que procedía. Dinero limpio para mí, sucio para cualquiera que lo mirase de cerca. Mientras mis clientes cerraban tratos en burdeles de carretera, yo me quedaba en el despacho a las nueve de la noche redactando recursos para evitarles condenas.
El sexo nunca fue una prioridad para mí. Lo veía como una distracción que otros podían permitirse, no yo. Beatriz y yo follábamos dos veces al mes, siempre en la misma postura, siempre con la luz apagada, y ella se limpiaba después con un pañuelo de papel antes de darme la espalda. De aquellos polvos rutinarios salieron los chicos en orden: Mateo, el mayor; después Adrián; luego Camila; y muchos años más tarde, cuando ya no esperábamos, llegó Lucas. La diferencia de edad con sus hermanos era enorme. Yo había empezado a peinar canas, ella tenía ya unas líneas de cansancio alrededor de los ojos, y aquel embarazo nos cayó casi como una broma pasada de moda. Hicimos las cuentas y decidimos tirar adelante.
Cuando nació Mateo, Beatriz se ocupó de él en persona. Con los medianos contratamos a una mujer mayor que vivía en una habitación al fondo de la casa, y cuando los chicos crecieron la despedimos sin demasiada ceremonia. De ella no recuerdo ni el nombre. Para Lucas hubo que buscar a alguien nuevo. De eso se encargó mi mujer. Una noche, durante una cena en la que apenas nos dirigíamos la palabra, me anunció entre dos cucharadas de sopa que ya había encontrado a una chica.
—Es joven, pero las referencias son buenas —dijo, sin levantar la vista del plato.
—Está bien —contesté.
No pregunté más. Al día siguiente, al volver del despacho, subí al cuarto de Lucas con la intención de darle un beso antes de cambiarme la chaqueta. Abrí la puerta y la encontré a ella, sentada en la mecedora junto a la cuna, con mi hijo dormido sobre el pecho. Le acariciaba la nuca con los dedos como si lo hubiera tenido entre sus brazos toda la vida.
—Buenas tardes, señor —dijo en un susurro.
—Buenas tardes. ¿Cómo te llamas?
—Romina.
Tendría veintidós o veintitrés años. El pelo castaño recogido en un moño descuidado, dos mechones sueltos cayéndole sobre las orejas. La camisa blanca por dentro de una falda gris que terminaba a la mitad del muslo. Nada llamativo, nada provocador. Y sin embargo, hacía años que ninguna mujer me alteraba el pulso de aquella manera. Bajé los ojos al niño, dije alguna estupidez sobre lo bien que parecía cuidarlo y salí del cuarto con la sensación de haberme puesto en evidencia. En el pasillo se me había puesto media dura solo de mirarle el escote por encima del bebé.
Esa noche soñé con ella. Soñé que me la follaba contra la pared del cuarto del niño, con la falda gris subida hasta la cintura y el moño deshecho. Me desperté con la polla tan tiesa que tuve que meterme al baño y hacerme una paja de pie sobre el lavabo, mordiéndome el antebrazo para no gemir. Me corrí en tres tirones, con Beatriz roncando al otro lado del tabique.
Y al día siguiente, también.
Durante las semanas que siguieron la busqué con los ojos por toda la casa. La esperaba en el rellano de la escalera, retrasaba mi entrada al despacho los sábados para cruzármela en la cocina, inventaba pretextos para subir al cuarto del niño tres veces por tarde. Romina lo notó todo. Las mujeres siempre lo notan todo. Y empezó a corresponderme con miradas que duraban un segundo más de lo necesario, con sonrisas pequeñas cuando me servía el café, con la punta de la lengua asomando entre los dientes cuando se agachaba a recoger un juguete y sabía que yo le estaba mirando el culo desde el sillón. Nunca cruzamos una palabra que no se pudiera repetir delante de mi mujer.
Hasta un sábado de mayo.
***
Beatriz había salido temprano con los tres mayores. Se iban a una feria de caballos en las afueras y no volverían hasta la cena. Yo había anunciado, con tono de mártir, que tenía que preparar la defensa de un caso para el lunes. Lucas dormía la siesta y Romina se quedaba en la casa por si lloraba. Me encerré en el despacho con una pila de papeles y abrí el ordenador, pero no leí ni una línea. Llevaba quince minutos mirando la pantalla con la polla dura debajo del pantalón cuando me levanté, crucé el pasillo y subí al cuarto del niño.
Estaba allí, sentada en la mecedora, cantándole una nana en voz tan baja que apenas se oía. Lucas dormía con la boca abierta y un puño cerca de la mejilla. Romina me vio entrar, se llevó un dedo a los labios y se levantó con cuidado para taparlo con una manta.
—¿Quiere que le prepare algo abajo? —preguntó en voz muy baja, ya en el pasillo—. No habrá comido nada.
—Esa no es tu tarea, Romina.
—No me importa. ¿Un café? ¿Un té?
—Bueno —dije—. Bajo contigo.
La seguí por la escalera mirándole la espalda y el modo en que la falda se le ajustaba al moverse. Se le marcaban las bragas por debajo de la tela y a mí se me hacía la boca agua. En la cocina, sacó dos tazas del armario, puso la cafetera al fuego y se quedó de pie junto a la encimera mientras yo me apoyaba en el quicio de la puerta. No hablábamos. Cada vez que ella levantaba la vista, me encontraba mirándola, y volvía a bajarla con una sonrisa que ya no intentaba disimular.
—¿Por qué no nos lo tomamos aquí mismo? —preguntó.
—Lo que tú prefieras.
Sirvió el café en las tazas. Le temblaba un poco la mano, o quizá me temblaba a mí la mirada. Cuando se inclinó para acercarme la mía, la cafetera se le escurrió entre los dedos y el chorro hirviendo le cayó sobre la falda, sobre el muslo derecho. Dio un paso atrás, dejó la jarra en el mármol y soltó una exclamación seca.
—¿Estás bien?
—Sí, sí. No es nada.
—Déjame ver.
Se apoyó en la encimera, se levantó la falda con las dos manos hasta media cadera y me enseñó la pierna. La tela había absorbido casi todo, pero un parche rojo le brillaba en la cara interna del muslo, justo donde la piel era más fina. Le pasé los dedos por encima sin pensar. La piel estaba caliente, pero la quemadura era leve. Ella no se movió. Tampoco se bajó la falda. Levantó los ojos y me miró fijamente, sin sonreír esta vez. Le subí la mano dos centímetros más, hasta rozarle el borde de las bragas blancas, y noté el calor de su coño a través del algodón.
Solo me faltaba dar un paso.
Lo di.
***
La besé en la boca como no había besado a nadie en quince años. Ella me devolvió el beso abriéndome los labios con la lengua, metiéndomela hasta el fondo, chupándome la mía como si llevara meses pensándolo. Le agarré las tetas por encima de la camisa y se le endurecieron los pezones al instante contra la palma de la mano. Ella entonces dejó de ser la niñera de mi hijo y pasó a ser otra cosa. La aupé encima de la encimera, le desabroché los tres primeros botones de la camisa y le saqué las tetas del sujetador de un tirón. Eran pequeñas, firmes, con los pezones oscuros y muy tiesos. Me agaché a chupárselos uno detrás del otro, mordiéndole la punta con cuidado, y ella me clavó las uñas en la nuca y arqueó la espalda contra el azulejo.
—Métemela, joder, métemela ya —jadeó—. Llevo dos meses pensando en tu polla.
Le terminé de subir la falda y le aparté las bragas a un lado. Estaba empapada. El coño se le abría bajo la mata de pelo castaño, brillante, con los labios hinchados y un hilillo de flujo que le bajaba por la cara interna del muslo, justo donde la había quemado el café. Le pasé dos dedos por la raja y le hundí el corazón hasta el nudillo. Ella gimió con la boca abierta contra mi hombro. Se lo saqué, se lo volví a meter, saqué los dos dedos brillantes y se los llevé a los labios. Me los chupó mirándome a los ojos, con la lengua fuera, como una guarra profesional.
Yo, todavía con la camisa y los pantalones del despacho, me solté el cinturón con una sola mano. Me bajé la bragueta y me saqué la polla. La erección era la de un chico de veinte años, no la de un hombre que ya había pasado los cincuenta: tiesa hasta el ombligo, con el capullo hinchado y una gota gorda de líquido preseminal en la punta. Esa fue la verdadera sorpresa: descubrir que el cuerpo se acordaba. Romina me la agarró con la mano y se la llevó a la boca sin bajarse siquiera de la encimera. Se inclinó hacia adelante, abrió los labios y me la tragó hasta la raíz de un solo golpe. La sentí golpear contra el fondo de su garganta. Tuve que apoyarme con las dos manos en el mármol para no caerme.
Me la mamó durante dos o tres minutos con una técnica que no era la de una chica de veintitrés años que cuida bebés. Chupaba, sacaba, lamía el frenillo, me metía la lengua debajo del capullo, se apartaba el pelo con una mano y con la otra me apretaba los cojones. Cuando levantó la cabeza tenía las mejillas rojas y un hilo de saliva colgándole de la barbilla hasta el pezón.
—Fóllame —me dijo al oído, sujetándose a mis hombros—. Fóllame ya. Métemela hasta dentro. Pártemelo, joder.
Jamás una mujer me había hablado así. Beatriz, en quince años, no había pronunciado esa palabra ni de broma. Romina la repitió tres veces más, con los dientes apretados, mientras yo la agarraba por el culo, la tiraba hacia el borde de la encimera y le clavaba la polla de una sola embestida. La sentí abrirse alrededor de mí, mojada y ardiendo, y solté un rugido que me salió del estómago. Se lo metí entero, hasta que mis huevos golpearon el borde de la encimera contra su culo.
—Ay, hostia —jadeó—. La tienes gorda, señor, la tienes muy gorda.
Empecé a embestirla de pie, contra el mármol de la cocina, con el ruido de la cafetera todavía goteando a nuestro lado. La agarraba por la cintura con una mano y por la nuca con la otra, la levantaba un poco del borde y la dejaba caer sobre mi polla. Ella me clavó las uñas en la espalda por debajo de la camisa y me arrancó dos botones a tirones. Cada vez que se la metía entera, se le escapaba un grito ahogado y las tetas le rebotaban contra el pecho. Le agarré una y se la retorcí sin ninguna delicadeza. Ella respondió mordiéndome el hombro por encima de la camisa.
—Dame la vuelta —me pidió—. Fóllame por detrás, quiero que me la metas por detrás.
La bajé de la encimera, la giré y le puse el pecho contra el mármol frío. Le levanté la falda por encima de la cintura, le arranqué las bragas de un tirón que le dejó una marca roja en la cadera, y le abrí las piernas de un rodillazo. Le agarré el culo con las dos manos, se lo separé, y volví a metérsela hasta el fondo. Empecé a follármela por detrás con toda la fuerza que tenía. El cuerpo de Romina rebotaba contra la encimera con cada envestida, los pezones raspándose contra el granito, las manos abiertas buscando dónde agarrarse. La agarré del pelo, deshaciéndole el moño, y le eché la cabeza hacia atrás para poder oírla mejor.
—Así, cabrón, así, sigue, no pares —gemía—. Métemela más, más adentro, rómpeme el coño.
Le escupí en la raja del culo y le pasé el pulgar por el agujero del ano, apretando apenas. Ella dio un respingo y se abrió más de piernas. Le hundí el pulgar mientras seguía embistiéndola con la polla. Ella soltó un gemido tan grave que no parecía suyo.
Olvidé los contratos. Olvidé el caso del lunes. Olvidé a mi mujer en la feria de caballos, a los tres mayores comiendo bocadillos en el coche, a mis socios, a mis clientes corruptos, al apellido que tanto había trabajado por levantar. Solo quería fundirme con esa chica que se me abría contra la encimera como si le fuera la vida en ello.
La levanté, la puse de nuevo de frente, la senté en el borde y me la volví a meter en esa postura. Ella me agarró la cara con las dos manos y me obligó a mirarla mientras se mordía el labio inferior para no gritar. Tenía los ojos vidriosos y las pupilas dilatadas. Le pasé el dedo por el clítoris mientras la embestía y empezó a temblar entera. Le apreté el cuello con la mano izquierda, sin ahogarla, solo sujetándoselo, y ella cerró los ojos y abrió la boca en una O.
No se contuvo del todo. Cuando se corrió, gimió tan fuerte que despertó a Lucas en la planta de arriba. La sentí apretar el coño alrededor de mi polla en tres espasmos seguidos, tan fuertes que casi me arranca la corrida ahí mismo. Me contuve. Se lo saqué de golpe, me la agarré con la mano y me corrí sobre sus tetas, en la barriga, en la mata de pelo del pubis. Chorros gruesos y calientes que le salpicaron hasta el cuello. Ella se pasó dos dedos por el semen y se los llevó a la boca, chupándomelos con los ojos entrecerrados. Lo oímos a través del techo, primero un quejido, después un llanto entero.
Romina se quedó un segundo más abrazada a mí, recuperando el aliento, con mi semen resbalándole entre las tetas, y después se bajó de un salto. Se acomodó la falda, se limpió la barriga con un paño de cocina, se abrochó los botones de la camisa, se pasó las manos por el pelo y subió la escalera de dos en dos. Yo me quedé en la cocina, abrochándome el cinturón con las manos torpes, la polla todavía chorreando semen y flujo sobre la bragueta abierta, mirando la mancha de café en el suelo y las bragas blancas rotas junto a mis pies como si fueran la prueba de un delito.
Cuando volvió a bajar, diez minutos después, con Lucas en brazos, ya éramos otra vez dos desconocidos.
***
Dos meses más tarde me esperó en la puerta del despacho. Yo salía a comer, ella había venido andando desde casa. La invité a un café en un bar discreto y antes de que me trajeran el azúcar me dijo que estaba embarazada.
No lo puse en duda ni un segundo. Tampoco intenté convencerla de nada. Ya no servía atormentarse con lo que no hicimos: un preservativo, una marcha atrás, cualquier precaución de manual que aquel sábado de mayo no se nos pasó ni por la cabeza. Cómo se nos iba a pasar, si le había vaciado los huevos encima como un chaval. Había sido demasiado hermoso para enmendarse a posteriori. Le pregunté qué quería hacer y me contestó que tenerlo. Le pregunté si quería que la ayudara y me dijo que sí, pero a su manera.
Le di mis apellidos a la niña. Se llama Lucía y, a los cuatro años, es idéntica a mí: la misma frente alta, el mismo gesto de fruncir el ceño cuando piensa. Esto, naturalmente, me costó el matrimonio. Beatriz no se rompió ni montó escándalo. Reunió a los abogados de su padre y orquestó un divorcio quirúrgico en el que perdí la casa, la mitad de las inversiones y la mayor parte del despacho que había levantado durante veinticinco años. No me quejé. Sabía contra quién jugaba.
Quise empezar una vida con Romina. Le propuse alquilar un piso en otro barrio, llevar a Lucía al colegio juntos, ser algo parecido a una familia. Romina me sonrió con una ternura casi compasiva y me dijo que no, que no iba a funcionar, que las cosas habían pasado como tenían que pasar y que ya estaba. Seis meses después se fue a vivir con un empresario gallego, dueño de tres discotecas en la costa, un tipo de cuarenta años, ancho de hombros, que la pasea del brazo por hoteles que yo conozco demasiado bien. Un chulo, en pocas palabras.
Entre Beatriz y Romina, entre los abogados de una y la pensión de la otra, me sacan el sueldo a cucharadas. Lo asumo. Sigo trabajando, sigo defendiendo a la misma clase de clientes que defendía antes, sigo cobrando los mismos honorarios. La diferencia es que ahora, cuando llego a casa, no hay nadie esperándome, y los sábados por la tarde se han vuelto un agujero.
A veces pienso que ya no hay remedio para mí. Que me jugué la vida entera por un polvo en una cocina, con una niñera que ni siquiera me quiso. Y entonces me acuerdo de la cafetera goteando, del muslo enrojecido, del sabor de sus pezones en mi lengua, de cómo me chupó los dedos, de su coño apretándome la polla, de su voz pidiéndome al oído lo que nunca nadie me había pedido.
Y pienso que sí, que valió la pena.
Que vaya polvo, joder.