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Relatos Ardientes

La noche que mi mejor amiga volvió con su marido

Cuando vibró el celular sobre la isla de la cocina, yo revolvía una salsa de tomate con el delantal puesto. El nombre en la pantalla me detuvo en seco: Daniela Mendieta. No escuchaba esa voz desde hacía seis años.

—¿Paula? ¿Sos vos, mi vida?

La misma textura cálida, esa ronquera que siempre la había hecho sonar como si supiera más de lo que decía. Apagué la hornilla por instinto. Hablamos cuarenta minutos. Me contó que se había mudado a la ciudad por el trabajo de su marido, cosa que me sorprendió más de lo que debería, porque Daniela siempre había jurado que las jaulas eran para los pájaros con miedo de volar.

—¿Casada? —repetí.

—Casada. Con Mateo. Ya lo vas a conocer y vas a entender. Es de esos hombres a los que cuesta decirles que no.

No le pedí que me explicara. Lo entendería el viernes.

La invité esa misma noche, con la espontaneidad de los reencuentros. Le dije que viniera con Mateo, que mi marido también estaría, que cenaríamos los cuatro. Cuando le conté a Esteban, sonrió mientras se desanudaba la corbata.

—¿Daniela? ¿La de las historias legendarias?

—La misma.

—Esto va a estar interesante.

No imaginaba cuánta razón tenía.

***

Tres días después, Esteban me avisó que tenía que viajar a Quito el viernes por la tarde. Una reunión imposible de mover. Llamé a mi suegra y le pedí que se quedara con los chicos el fin de semana. Por primera vez en mucho tiempo, quedé sola en casa un viernes a la noche.

Me duché despacio. Me puse un vestido negro de tirantes, me solté el pelo en ondas oscuras y me coloqué los aretes largos que Esteban me había regalado en nuestro quinto aniversario. Treinta y dos años, pensé frente al espejo. No está nada mal, Paula.

A las ocho y cuarto sonó el timbre. Abrí, y el aire del pasillo cambió de temperatura.

Mateo medía más de un metro ochenta. Cabello oscuro y desordenado, ojos de un verde grisáceo que parecían casi plateados bajo la luz, mandíbula firme, una sonrisa que llegaba despacio pero que cuando llegaba se sentía en el pecho. Vestía pantalón oscuro y camisa blanca con dos botones abiertos. La ropa parecía hecha para él.

Daniela se lanzó a abrazarme.

—Paula, qué guapa estás. Odio lo guapa que estás.

—Vos también —dije, con los ojos por encima de su hombro.

—Este —anunció girándose con gesto teatral— es Mateo.

Él extendió la mano. La tomé. Un apretón de dos segundos, perfectamente normal, y sin embargo cuando lo solté sentí el calor que me había dejado en la palma.

—Encantado, Paula. Daniela me habló mucho de vos.

—Espero que no todo sea cierto —respondí. Salió más sugerente de lo que pretendía.

Él sonrió más.

—Solo lo bueno.

Los hice pasar.

***

Las primeras dos horas fueron exactamente lo que había imaginado: vino, quesos, risas, recuerdos. Daniela y yo nos hundimos en la arqueología afectiva de la juventud. Recordamos la noche en Punta del Este en que terminamos durmiendo en la playa porque perdimos las llaves del apartamento. Recordamos a Tomás, el novio imposible que tocaba guitarra y decía frases profundas que en realidad eran letras de canciones. Recordamos la agencia de publicidad donde el jefe llegaba al mediodía oliendo a tequila.

Mateo escuchaba. Eso fue lo primero que noté de él como persona más allá de lo físico: sabía escuchar. Con preguntas que llegaban en el momento exacto. De vez en cuando soltaba un comentario seco que nos hacía reír y luego volvía a su quietud en el sofá, con la copa en la mano, mirándome a veces con esos ojos grises que yo fingía no notar.

Fingía. Esa es la palabra correcta. Los notaba con la precisión incómoda de la consciencia.

Abrimos la segunda botella.

—Propongo algo —dijo Daniela, y su voz tenía ese tono particular de antes de las malas ideas, que siempre habían sido las mejores.

—No —dije automáticamente.

Se rio.

—Ni te dije qué.

—No importa. Conozco esa cara. Verdad o reto. Como cuando teníamos veinte años.

—Somos adultos, Dani.

—Exactamente. Por eso es más divertido. Mateo, ¿jugás?

—Siempre —dijo él, simplemente.

Me miraron los dos. Pensé en Esteban, que en ese momento estaría aterrizando en Quito o revisando documentos en el hotel. Pensé en los ocho años de fidelidad que llevaba como una medalla.

—Una ronda —dije—. Solo una.

***

Empezamos con verdades inocentes. Daniela me preguntó si había fingido alguna vez un orgasmo. Le dije que sí, una vez, en una relación anterior a Esteban. Mateo confesó que había llorado el mes anterior viendo una película animada y los tres nos reímos con esa risa cálida que produce la vulnerabilidad masculina bien colocada.

Después vinieron los retos. Daniela llamó al último número desconocido de su historial y fingió una encuesta de satisfacción al cliente. Mateo imitó a un político con una precisión devastadora que demostró un sentido del humor más afilado de lo que su quietud sugería.

Y entonces le tocó a Daniela preguntar.

—Verdad o reto, Paula.

—Verdad —dije, eligiendo lo que creía el camino seguro.

—¿Cuándo fue la última vez que besaste a alguien que no fuera Esteban?

Hubo un silencio con peso y temperatura.

—Hace ocho años.

Asintió despacio.

—Siguiente ronda. Reto.

—No.

—Paula.

—Daniela.

—Te reto a besar a Mateo. Cinco segundos. Un beso.

El mundo se detuvo. Lo miré. Él me miraba con esa calma suya, sin presión, como si la decisión fuera completamente mía y cualquiera que tomara sería igualmente válida para él. Esa calma era, en sí, más perturbadora que cualquier insistencia.

—Es un juego —dijo Daniela—. Mateo no muerde. Bueno, no a menos que se lo pidan.

Debí haberme reído y cambiado el tema. Vi pasar mil salidas elegantes como trenes que no tomé.

Me incliné hacia él. Él se inclinó hacia mí. Nuestros labios se encontraron.

Y en el instante en que ocurrió supe que cinco segundos era una mentira. No porque él insistiera, no porque yo no pudiera parar, sino porque el beso era de los que tienen su propia gravedad. Cuando finalmente me aparté, mi corazón latía distinto y Daniela ya no nos miraba con sorpresa.

—Bien —dijo, suavemente.

Mateo me miraba sin decir nada.

—Yo... —empecé.

—Paula —me interrumpió Daniela, con la voz desprovista de malicia—. Somos adultos. Esta noche no tiene que ser nada que vos no quieras que sea. Pero si querés...

No terminó la frase. No hizo falta.

Me quedé quieta durante un tiempo que no puedo medir. Y sin que pudiera identificar el momento exacto en que la decisión se formó, me levanté del sillón y me senté en el sofá, al lado de Mateo.

Él me tomó la mano con una gentileza inesperada. Y me besó otra vez, esta vez sin contar.

***

Lo que ocurrió esa noche lo cuento con la honestidad que me prometí.

Mateo era un amante de presencia abrumadora. Se movía con una calma que intimidaba y excitaba al mismo tiempo, como si entendiera que el cuerpo femenino es un instrumento que requiere tiempo y atención. Sus manos grandes recorrieron mi piel con una certeza que me desconcertó. Deslizó los dedos por mis pechos, apretando los pezones ya duros hasta que gemí, y después me separó las piernas sin pedir permiso. Dos dedos gruesos entraron en mí, curvándose contra ese punto que me hizo arquear la espalda. Yo ya estaba perdida antes de poder construir ninguna resistencia.

Daniela era distinta. Donde Mateo era precisión, ella era fuego e impulso. Se pegó a mi cuerpo por detrás, sus labios calientes en mi cuello, sus manos enredándose en mi pelo, tirando con la fuerza justa para hacerme jadear. Su voz ronca me susurraba al oído cosas que mezclaban el cariño de años con un deseo sucio y nuevo.

Los tres nos movimos en la oscuridad tibia del salón, con el jazz latinoamericano de fondo como sinfonía para lo que estaba pasando. Mateo se arrodilló frente a mí, me separó con los dedos y hundió la lengua entre mis piernas. Lamía lento y largo, succionaba el clítoris hinchado mientras volvía a meter dos dedos. Daniela, detrás, me sostenía los pechos, me pellizcaba los pezones y me besaba la boca con lengua profunda, tragándose mis gemidos.

Me entregué con una completitud que después me aterraría reconocer. Mateo se levantó, la verga gruesa y venosa completamente dura, la cabeza brillante. Me recostó en el sofá, me abrió las piernas y entró de una sola estocada lenta pero firme. Sentí cómo cada centímetro estiraba mis paredes hasta llenarme. Era diferente a Esteban de una manera absoluta: más ancho, más pesado, con un ritmo cadencioso que hacía vibrar mi clítoris con cada embestida. Mientras él me cogía profundo, Daniela se sentó sobre mi cara. Lamí su clítoris, metí la lengua dentro de ella, bebí su sabor caliente mientras se movía contra mi boca gimiendo mi nombre.

Llegué al primer orgasmo con la boca llena del sexo de Daniela y la verga de Mateo enterrada hasta el fondo. Mis paredes se contrajeron violentamente alrededor de él. Daniela se vino segundos después. Mateo siguió embistiéndome sin piedad hasta que un segundo orgasmo me atravesó, dejándome temblando.

Al final quedé tendida en el sofá, cubierta de sudor, mirando el techo sin poder hablar. Daniela se durmió primero, enrollada en la manta. Mateo y yo quedamos en silencio. Me cubrió sin decir nada y apagó la lámpara del rincón.

Me dormí pensando que quizás la noche era solo la noche y que al amanecer todo volvería a ser lo que era.

***

Mentira.

Me desperté con el peso instalado en el pecho como una piedra. Me levanté sin hacer ruido, tomé ropa limpia y me encerré en el baño. Abrí la ducha y me quedé bajo el agua caliente pensando en Esteban. En su sonrisa, en los ocho años, en la mañana que me llevó café a la cama cuando estuve enferma y se quedó leyendo a los pies sin hacer ruido. En que era un buen hombre. Mi hombre. Y en lo que acababa de hacer.

Escuché que la puerta del baño se abría. Me quedé paralizada.

Mateo entró sin mirarme al principio. Yo estaba detrás del vidrio empañado y durante un segundo absurdo pensé que quizás no me había visto. Me había visto.

—Buenos días —dijo, con voz ronca de sueño.

—Buenos días —respondí, y mi voz salió demasiado pequeña para el espacio del baño.

Escuché sus pasos descalzos acercándose. La puerta de la ducha se abrió con un chirrido leve.

Debí haberle puesto la mano en el pecho mojado y haberle dicho con firmeza que la noche había terminado. Había mil maneras. No usé ninguna.

El agua caía sobre los dos. Me besó despacio, profundo, con la lengua buscando la mía sin apuro. Yo lo besé de vuelta. Sin vino, sin oscuridad, sin Daniela entre nosotros, era más crudo, más imposible de justificar. Era solo yo, en plena consciencia de la mañana, eligiendo.

Me arrodillé frente a él en el suelo mojado. Tomé su verga gruesa entre las manos. La acaricié despacio, sintiendo cómo se endurecía completamente bajo mis dedos, las venas latiendo contra mi palma. Lo metí en mi boca, la cabeza primero, después hasta el fondo de la garganta. Sus manos se enredaron en mi pelo mojado, guiándome con suavidad. El agua seguía cayendo sobre nosotros mientras yo lo chupaba con dedicación.

Me levantó con facilidad, me giró contra los azulejos fríos y me hizo apoyar las manos contra la pared. Me separó las piernas con la rodilla y empujó dentro de mí desde atrás. Centímetro a centímetro hasta estar completamente enterrado. Gemí contra el azulejo. Me sujetó por las caderas con sus manos grandes y empezó lento, saliendo casi del todo para volver a entrar hasta el fondo. Después aceleró. Mis pechos se aplastaban contra la pared fría con cada embestida; el sonido húmedo de su pelvis golpeando mi culo llenaba el baño junto con mis gemidos.

Una de sus manos se deslizó hacia adelante y frotó mi clítoris hinchado con los dedos mientras su verga entraba y salía de mí. El orgasmo me golpeó fuerte y repentino. Mis piernas temblaron, mis paredes se contrajeron alrededor de su polla y grité contra el azulejo. Segundos después, Mateo se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de mí con chorros calientes que sentí pulsar profundamente.

Salió de la ducha sin decir palabra. Tomó una toalla. Antes de irse me miró una última vez con una expresión que no era victoriosa ni culpable ni fácil de nombrar. Solo intensa.

Cerré el agua. Y supe que la noche del viernes no había terminado con la noche del viernes.

***

El sábado pasé el día funcional por fuera, completamente desorganizada por dentro. Hablé con Esteban por teléfono al mediodía. Fue la conversación más difícil de mi vida y también la más ordinaria. Me preguntó cómo había ido la noche, le dije que bien, que habíamos puesto al día seis años.

Colgué y me quedé mirando el teléfono durante tres minutos exactos.

Fue Daniela la que propuso salir esa noche. Una discoteca que habían descubierto hacía poco, música buena, nada pretencioso. Dije que sí con una facilidad que me sorprendió, como si alguna parte de mí supiera que la historia todavía no había terminado de escribirse.

Me puse un vestido rojo, ajustado, con la espalda descubierta. Tacones. El pelo en una trenza alta que dejaba el cuello al descubierto. En el espejo me crucé con una mujer que en otro momento no habría reconocido. Pedí en la barra un cóctel llamado Cartagena: ron, maracuyá y algo más que no identifiqué pero que supo a las mejores noches de mis veinte años.

Llevábamos una hora cuando apareció Andrés.

***

Andrés Calderón. Lo conocía desde hacía cuatro años, amigo de amigos, de esos vínculos que uno cultiva sin demasiada intención y que de pronto son parte del paisaje social. Cuarenta y uno, moreno, con esa apostura que viene de la confianza más que de la simetría. Tenía una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda que en otro hombre habría pasado desapercibida y en él parecía parte de una historia que uno quería escuchar. Empresario en tecnología. Siempre había habido entre nosotros una corriente tácita de los que se reconocen sin actuar sobre el reconocimiento.

Esa noche, con el ron calentándome el pecho y el fin de semana instalado en el cuerpo como una fiebre, ese reconocimiento ya no tenía el mismo freno.

—Paula —dijo, y me besó en la mejilla—. ¿Qué hacés acá sola?

—No estoy sola —señalé hacia donde Daniela y Mateo bailaban.

Los cuatro terminamos en una mesa. Andrés era de esas personas que integran cualquier grupo con naturalidad. En veinte minutos hablaba con Mateo con la facilidad de los viejos conocidos. Pero sus ojos volvían a mí con una frecuencia que esa noche registré con una claridad que me inquietó.

Bailamos. Su mano en mi cintura fue un peso preciso, ni demasiado firme ni demasiado tentativo. Yo lo miré, él me miró, y en ese espacio de música y luz roja pasó algo que en otro momento habría sido imposible de imaginar: el deseo se instaló con la limpieza de una nota musical.

Dos bebidas después había entre nosotros una corriente que no necesitaba palabras. Daniela me miró desde el otro lado de la mesa con esa expresión suya de ¿y ahora qué?, y yo le sostuve la mirada un segundo antes de apartar los ojos.

Fue Mateo quien habló primero, con esa calma que volvía estridente todo lo que decía.

—¿Seguimos en otro lado?

Andrés me miró. Yo miré mi copa vacía.

—Sí —dije.

***

Tomamos un taxi hasta un hotel boutique del centro que Mateo conocía. Habitación amplia, cama generosa, una luz tenue que lo hacía todo ligeramente cinematográfico.

Empezamos con la torpeza inicial de cualquier territorio nuevo. Mateo rompió la duda primero. Me tomó la cara entre las manos con esa calma que ya conocía y me besó despacio, profundo, como si tuviera toda la noche. Sentí a Andrés detrás de mí, sus manos grandes en mis hombros, bajando con cuidado el tirante del vestido. Daniela encendió una lamparilla ambarina que volvió todo cálido e irreal.

Después de eso fui puro cuerpo, pura piel, pura respuesta a lo que me tocaba desde cuatro direcciones distintas y simultáneas.

Andrés era el contraste pedagógico de Mateo. Donde Mateo era precisión y quietud, Andrés era movimiento e impulso. Sus manos recorrían mi cuerpo con velocidad y fuerza, apretando mis pechos, pellizcando los pezones con una urgencia que no perdía la ternura. Sus labios bajaban por mi cuello con hambre, mordiendo y succionando justo en ese punto donde el cuello se une al hombro que me hacía jadear sin poder evitarlo. Me hablaba al oído mientras lo hacía, cosas breves y directas en voz baja, y el contraste entre la suavidad de la voz y la firmeza de las manos me desconcertaba.

Hubo un momento que necesito narrar con honestidad porque fue el más extremo de la noche. Mateo detrás de mí, Andrés enfrente. Daniela observando con su mirada de fuego tranquilo. Yo en el centro de los dos hombres, sostenida entre ellos. Mateo me besó el cuello desde atrás, sus manos grandes en mis caderas, posicionándome con una deliberación que me cortó la respiración. Andrés me miraba a los ojos. Eso fue lo más inesperado: que me mirara a los ojos. Y en esa mirada había una pregunta que respondí asintiendo apenas, sin voz. Mateo presionó la cabeza gruesa contra mi culo y empujó despacio pero firme. Al mismo tiempo, Andrés levantó una de mis piernas, la acomodó contra su cadera y hundió su verga dura en mi sexo empapado de una sola estocada lenta.

Sentí una presión brutal, un dolor agudo y limpio que casi me hizo pedir que pararan. Clavé las uñas en los hombros de Andrés y aguanté. Cuando el dolor alcanzó su pico, algo cambió. Como una nota musical que sube hasta donde ya no puede más y se convierte en otra cosa. Me sentí llena de una manera que no había imaginado.

Me cogían los dos con ritmos distintos que se complementaban. Mateo entraba en mi culo con embestidas lentas y controladas, saliendo casi por completo antes de volver a hundirse. Andrés me penetraba el sexo con movimientos más rápidos y fuertes, sus caderas golpeando las mías con una cadencia que iba acelerando. Mi clítoris hinchado rozaba el pubis de Andrés con cada embestida y el placer crecía en capas. Daniela se acercó, se arrodilló junto a nosotros, sus dedos buscaron mi clítoris y lo frotaron en círculos precisos mientras me susurraba al oído. Fue eso lo que rompió todo. El orgasmo me golpeó desde algún lugar que no sabía que existía en mi cuerpo. Grité con una voz que tampoco reconocí como mía. Mis paredes se contrajeron alrededor de Andrés, después alrededor de Mateo, en oleadas encadenadas, y quedé temblando entre los dos sin poder sostenerme sola.

Llegué al límite varias veces más esa noche. Hubo momentos de dos, momentos de tres, momentos en que Daniela y yo quedamos solas mientras ellos descansaban y ella me besó con una ternura que contrastaba con todo lo demás. Cuando todo terminó eran casi las cuatro. Los cuatro quedamos tendidos sobre la cama, los cuerpos entrelazados sin orden.

—¿Estás bien? —me preguntó Daniela en voz muy baja.

Tardé en responder.

—No lo sé —dije. Era la verdad más exacta que podía ofrecer.

***

Volví a casa antes del mediodía del domingo. Me duché durante mucho tiempo. Cambié las sábanas aunque no hicieran falta. Esteban llegó a la una y media con su maleta y una bolsa con chocolates que siempre me traía. Era su ritual. Me besó en los labios, me preguntó cómo había ido el fin de semana, le dije que muy bien. Me miró un segundo de más, quizás, o quizás me lo pareció a mí.

—¿Pasa algo?

—Nada. Cansancio.

Y lo creía. Porque yo era de las personas que nunca mentían y porque ocho años de historia compartida no te enseñan a mirar con sospecha.

Pedimos comida tailandesa. Se durmió en el sofá a la mitad de una película que ninguno de los dos siguió. Yo quedé despierta a su lado en la oscuridad, escuchando su respiración tranquila, y la culpa de la ducha del viernes volvió multiplicada, instalada en algún lugar más profundo. Quise despertarlo y contarle todo. No lo hice. Porque sabía que si lo hacía lo rompería. Y yo todavía no estaba segura de querer vivir en ese mundo roto.

***

No fui yo quien lo contó.

Ojalá hubiera tenido el valor de sentarme frente a él y decirle la verdad con mis palabras. Fue Andrés. No de manera maliciosa, al menos no del todo. La versión que reconstruí después, a partir de conversaciones y silencios, fue ésta: Andrés tenía una exnovia que conocía a alguien que conocía a Esteban en los círculos profesionales. Y Andrés, que había bebido demasiado en alguna noche posterior con amigos, había mencionado la historia con la imprudencia de los que confunden complicidad masculina con confidencialidad.

La historia viajó. Llegó finalmente a alguien que tuvo la crueldad, o la honestidad según desde dónde se mire, de contársela a Esteban.

Fue un miércoles. Tres semanas después de aquel viernes. Yo preparaba el desayuno cuando él bajó las escaleras con el teléfono en la mano y una expresión en el rostro que nunca le había visto. No era ira todavía. Era algo anterior, más frío, que reconocí como peligroso.

—Sentate —dijo.

Me senté. Me mostró el mensaje. No lo leí completo, las palabras se desdibujaban. Pero lo esencial estaba: la noche del viernes no había sido lo que le dije que había sido.

Le conté el resto yo misma. Con su mirada fija en mí. Con ese silencio suyo que era lo más aterrador que había experimentado en ocho años de conocerlo. Le conté todo sin minimizar, porque él merecía la verdad en su tamaño real.

Cuando terminé no dijo nada durante un tiempo que no puedo cuantificar.

—¿Lo amabas? —preguntó finalmente.

—No. Esteban, te juro que...

—No me jures nada ahora mismo.

—Estaba sola y bebí y...

—Paula. —Mi nombre en su boca sonó diferente—. Pasaste tres noches con ellos. No fue un error de un momento.

No tenía respuesta para eso. Porque era verdad.

Se levantó. Tomó sus llaves. En la puerta se detuvo sin girarse.

—Necesito tiempo —dijo—. No sé cuánto.

Salió.

***

Volvió a los diez días. Con la maleta que había tomado, con esa expresión cansada de quien ha dormido mal muchas noches. Me sentó en el sofá y me habló durante dos horas con una calma que me costó más que si me hubiera gritado.

Que me amaba. Que eso no había cambiado y que eso era precisamente lo que hacía todo más difícil. Que podía entender una noche, un error, una debilidad. Pero que tres noches era una elección, y que él no sabía cómo vivir sabiendo que yo había elegido eso. Que había pasado esos diez días intentando encontrar la manera de quedarse, y no podía. No porque no me amara sino porque no podía mirarme sin ver algo que no sabía dónde poner.

Que se iba.

Y se fue.

***

Hoy, varios meses después de aquel viernes, vivo en el mismo apartamento. Esteban tiene un piso nuevo cerca de la oficina. Me enteré por una amiga común que había empezado a salir con alguien, y esa noticia me golpeó con una fuerza que me sorprendió, no por celos sino por lo final que hacía todo.

Daniela y yo hablamos de vez en cuando. Hay entre nosotras algo nuevo, una mezcla de afecto antiguo y complicidad nueva y una capa no resuelta que quizás nunca resolvamos. Mateo no volvió a aparecer en mi vida. Fue un meteoro: brillante, devastador, sin rastro. Andrés me encontró un día en el supermercado y los dos fingimos que el pasado no existía con tanta energía que fue casi cómico.

¿Me arrepiento? Me arrepiento del daño. De haber roto algo que era genuinamente bueno y de haber lastimado a un hombre que no lo merecía. Pero si me pregunto si me arrepiento de lo que fui esas noches, la respuesta es más complicada. Porque descubrí cosas sobre mí misma que de ninguna otra manera habría descubierto, y aunque el precio fue altísimo, ese conocimiento también es mío ahora.

Soy Paula, treinta y dos años, separada desde hace poco. Soy la mujer que durante ocho años fue completamente fiel y que en un fin de semana de octubre encontró los límites de esa certeza y los atravesó. Soy las dos cosas al mismo tiempo, y el trabajo que tengo por delante es aprender a serlas sin que ninguna cancele a la otra.

El viernes pasado abrí una botella de vino sola, me senté en el sofá donde todo empezó, puse la misma música de jazz y brindé en silencio. No supe exactamente por qué brindé. Quizás por lo que fue. Quizás por lo que viene. Quizás simplemente porque la noche era quieta y yo seguía aquí, más complicada y más real que nunca, todavía aprendiendo a ser quien soy.

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Comentarios (2)

GatoLector

Muy bueno!!! esos hombres que no admiten un no son todo un peligro jajaja

Santi2030

Me enganche desde el primer parrafo. Tiene que haber una segunda parte si o si

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