La pareja que me demostró que mi marido mentía
Llevábamos seis años casados cuando Esteban empezó con la cantinela. Decía que yo había cambiado, que ya no le motivaba, que en la cama me había vuelto distinta. Yo no me reconocía en esa descripción. Hacía las mismas cosas que el primer día, lo buscaba con la misma frecuencia, le decía lo mismo al oído. Pero él insistía, y la repetición es una forma lenta de convicción.
Me llamo Lucía. Tenía veintisiete años entonces, un cuerpo común, ni espectacular ni descuidado. Esteban era cuatro años mayor, sin demasiados rasgos memorables. Lo que sí tenía era esa habilidad para enturbiar un domingo cualquiera con un comentario suelto delante de quien fuera.
Llegué a planteármelo en serio. ¿Y si era yo? ¿Y si lo que él decía era cierto y yo era la última en darme cuenta? Un par de veces salí de casa decidida a comprobarlo con cualquier desconocido, a probar si podía hacer disfrutar a otro hombre. Nunca llegué al final. Me detenía en el último momento, en la puerta de un bar o frente al espejo de un baño, mirándome y diciéndome que aún quería a mi marido.
El cambio empezó en una boda. Mesa para seis: dos parejas y nosotros. Frente a mí, Mariana, de unos cuarenta años, vestida con una elegancia tranquila y una conversación que no dejaba huecos. A su lado, Adrián, ocho años mayor que ella, callado pero atento. Mariana y yo conectamos enseguida. Mismos gustos en cine, en política, en pequeñas cosas. Para cuando llegaron los postres, ya me había invitado a su casa a tomar café.
En algún punto de la sobremesa, Esteban hizo lo de siempre. Sacó el tema de mi supuesta frialdad delante de todos, con esa media sonrisa de víctima resignada. Mariana no comentó nada en el momento, pero noté que apuntaba mentalmente cada palabra.
Cuando los hombres se fueron a la barra, ella se inclinó sobre la mesa.
—¿Tu marido siempre habla así de ti en público?
—Desde hace un tiempo —admití—. Antes no.
—¿Y tú estás convencida de que el problema eres tú?
—No lo sé. Hago lo mismo de siempre. He comprado libros, películas, cosas. No sé qué más probar.
Mariana removió el café con la cucharilla, sin mirarme.
—Has dicho «motivar a un hombre». No has dicho «a mi marido». ¿Le has sido infiel?
Sentí que el cuello me ardía.
—Lo he pensado. No me he atrevido.
—Pásate por casa el martes. Si quieres, seguimos hablando.
***
Llegué a su urbanización el martes por la tarde, después del trabajo. La casa era una torre moderna, con jardín al frente y un silencio caro alrededor. Adrián me recibió en la puerta con una sonrisa rápida y se excusó. Decía que tenía trabajo en el ordenador y que aquello, de todas formas, era cosa de mujeres.
Mariana había preparado té, café y un par de licores en una mesita baja del salón. Se sentó frente a mí, cruzó las piernas y fue directa.
—¿De qué estás convencida, Lucía? ¿De que el problema eres tú o de que es él?
—Creo que es él. Pero no estoy segura.
—El otro día, en la boda, Adrián picó un poco a tu marido en la barra. Para sonsacarle. ¿Quieres saber qué averiguó?
Hice un gesto que no era ni sí ni no.
—Tu marido te es infiel —dijo, sin adornos—. Frecuenta locales de alterne. Sus amigos lo saben. No entienden cómo puede engañarte teniendo una mujer joven en casa, así que él lo justifica diciendo que tú no funcionas. Es más cómodo que confesar lo que hace.
Bajé la mirada al café. No sentí rabia inmediata. Sentí, sobre todo, alivio.
—Es un cabrón —dije al fin—. Pero sigo sin saber si yo sirvo para algo en la cama.
—¿Quieres comprobarlo?
—Sí. Pero me daría miedo que me vieran. En esta ciudad nos conocen todos.
Mariana sonrió como quien ya tenía la respuesta preparada.
—Puedes hacerlo aquí. Ahora. Con Adrián. Somos una pareja liberal, Lucía. Él me lo dijo después de la boda: le gustaste. No será una infidelidad. Será una prueba.
Adrián entró en ese momento, como si lo hubieran llamado por telepatía. Se sentó a mi lado y preguntó de qué hablábamos. Mariana se lo resumió en una frase. Él me miró con una serenidad casi clínica. Yo encogí los hombros, asintiendo. Él se levantó y dijo «ven» como si me invitara a ver el jardín. Lo seguí escaleras arriba con el corazón golpeando contra la blusa.
***
El cuarto era amplio, con una cama enorme y una ventana que daba al pinar de la parte trasera. Adrián bajó las persianas hasta dejar una franja de luz oblicua sobre el suelo. Mientras lo hacía, yo me desnudé sola, sin mirarlo, como si pensar demasiado fuera a echarme atrás.
Cuando se giró y me vio, no se abalanzó. Se desvistió él también, junto a la ventana, sin prisa. La tenía dura ya, sin tocársela. Eso me devolvió algo que llevaba meses sin sentir: la certeza de que mi cuerpo podía provocar algo en otro cuerpo.
Nos acercamos despacio. Me cogió las manos y me las besó una por una, como si quisiera marcar el momento.
—Eres preciosa —me dijo al oído—. Tu marido está confundido.
Yo me quedé quieta. Llevaba tantos meses con el dictamen de Esteban en los oídos que no me atrevía a mover una pierna por miedo a estropearlo. Adrián se dio cuenta.
—Lucía —susurró—, soy todo tuyo. Hazme lo que te gustaría que te hicieran a ti.
Me arrodillé. Le rocé el glande con la lengua, despacio, y vi cómo cerraba los ojos. Bajé hasta los testículos y los pasé uno a uno por mi boca. Le puse una almohada bajo las caderas para levantarle un poco las piernas y seguí con la lengua por todo lo que había debajo. Cuando llegué a su ano, lo dibujé en círculos antes de hundirla. Él soltó un sonido que no era un gemido sino una risa baja, sorprendida.
Levanté la cabeza para tomar aire. Me dolía el cuello. Le miré la cara y la encontré desencajada de placer.
—¿Cómo va, Adrián? —pregunté.
—Si con esto que me has hecho tu marido no se motiva, lo tuyo no es problema tuyo.
—Esto solo es el principio.
Le repasé el cuerpo entero con la lengua, sin saltarme ningún rincón. Lo dejé tan listo que parecía dolerle. Lo monté sentada, con su polla hasta el fondo. Me movía despacio y, cuando lo notaba al borde, frenaba. Repetí el gesto tres o cuatro veces. En una de las pausas, me incliné a besarle.
—Estoy disfrutando mucho —dije.
—Eres un volcán que alguien tenía dormido —contestó—. Si tuviera que ponerte nota, sería matrícula de honor.
Me incorporé un poco, le saqué la polla del coño y la guie hacia el otro lado. Entró en mi ano de un solo empuje. Adrián gimió como si lo hubiera esperado durante toda la tarde y, en unos minutos, se vino dentro sin dejar de repetir mi nombre.
***
Cuando bajamos al salón, abrazados y todavía a medio vestir, Mariana nos esperaba con una bandeja de fruta y dos copas. Se acercó, me besó en la sien y se sentó a mi lado en el sofá.
—Gracias —le dije, sin saber muy bien cómo agradecer lo que acababa de pasar.
—No me las des a mí. Dáselas a Adrián. Y, si quieres, dame las tuyas tú.
Tardé un par de segundos en entender. Adrián se rio.
—Le gustan tanto las mujeres como los hombres —dijo—. Y le gustas tú.
Mariana me besó en la boca, despacio, sin pedirme nada que yo no estuviera a punto de darle. Le confesé al oído que nunca lo había hecho con una mujer. Eso la encendió todavía más. Subimos los tres a la habitación. Adrián se sentó en la butaca, dispuesto a mirar. Mariana y yo nos descubrimos sin prisas, con esa curiosidad torpe y precisa que solo tiene la primera vez. No sé cuánto duró. Sé que, cuando bajamos a la cocina a comer algo, tenía hambre de verdad.
Mientras picábamos canapés, Mariana me propuso algo.
—Tenemos tres parejas amigas con las que hacemos reuniones. Discretas. ¿Te apetece probar con un grupo?
—¿Quiénes son?
—Mejor que no lo sepas hasta el día. Te aseguro la sorpresa.
Acepté.
***
El viernes llegué pronto a casa de Mariana. A Esteban le había mentido con cualquier excusa de cena entre amigas. Ayudé a preparar canapés, ponche y a colocar velas en la habitación del piso de arriba. Mariana me explicó el protocolo: yo llevaría una máscara veneciana de plumas que cubría media cara. Mientras yo no decidiera quitármela, los demás no podían tocarla.
—Habrá tres hombres —me dijo—. Y vienen sin saber a quién se van a encontrar.
Me coloqué detrás de la ventana del salón para verlos llegar. Cruzaron el jardín a las nueve en punto. Cuando vi quiénes eran, casi se me cae la copa de la mano. Tomás, Diego y Andrés. Los tres amigos más cercanos de Esteban. Los tres con los que había compartido decenas de barbacoas, cumpleaños y veranos en la costa. Los tres a los que había mirado más de una vez sintiendo algo que prefería no nombrar.
—Te veo contenta —dijo Mariana.
—Es que justo a estos tres no me los habría imaginado nunca. Y no sabes la gracia que me hace pensar lo que estoy a punto de hacer.
—Pues date prisa, que ya están aquí.
Subí al cuarto del piso de arriba con una túnica negra hasta los tobillos. Debajo, un sujetador minúsculo, un tanga que era más promesa que prenda, medias negras con liguero y tacones finos. La máscara me cambiaba la cara y, por un momento, hasta la voz me sonó distinta.
Los tres estaban ya desnudos cuando entré. Velas rojas, música baja, incienso. Tomás soltó un silbido apenas audible. Diego se acercó primero. Andrés se quedó atrás un instante, evaluando. Me planté en mitad del cuarto, dejé caer la túnica y noté seis ojos recorrerme como si me midieran.
Me rodearon. Manos en los muslos, en los pechos, en el culo. Yo iba devolviendo cada gesto, palpando con curiosidad sus pollas, una a una. Una presión leve en los hombros me indicó que me arrodillara. Diego fue el primero en deslizarse entre mis labios. Yo masturbaba a Tomás con la mano derecha y a Andrés con la izquierda. Iba alternando, comparando, decidiendo a quién dedicar más segundos.
Me tendieron en la cama. Uno a uno me follaron, descansaron, volvieron. Me comieron el coño por turnos, yo se la chupé a los tres otra vez. Tuve dos o tres orgasmos largos antes de perder la cuenta. Cuando los tres se corrieron por segunda vez, lo hicieron en mi boca.
Andrés propuso bajar a comer algo. Tomás dijo que quería ver mi cara antes de tocar la comida. Diego apoyó la petición. Dudé un segundo. Me quité la máscara.
—¡Joder, si es Lucía! ¡La mujer de Esteban! —gritó Andrés, levantándose de un salto.
Los otros dos tardaron menos de un segundo en reaccionar. Lo que vino después no fue tanto un orgasmo como una avalancha. Andrés me tomó en brazos y me lanzó sobre la cama. Los tres se abalanzaron a la vez, repitiendo mi nombre como si comprobaran que era real. Acabé montada sobre Andrés, con Tomás dándome por detrás y con Diego en la boca. No paraban de decirlo: «si a esto tu marido lo llama frigidez, no sabemos qué busca».
—Callaos —les dije entre risas—. Y seguid.
***
Bajamos al salón pasada la medianoche. Mariana estaba en una butaca, besándose despacio con la mujer de Andrés. Adrián miraba desde el sofá, mientras las mujeres de Tomás y Diego se ocupaban de él con las manos. Nadie se sorprendió de verme. Yo era la única que había llegado nueva a aquella casa.
De aquella noche pasaron cosas. Hoy, año y medio después, sigo viendo a las cuatro parejas con regularidad. He pasado por las camas de casi todos los amigos de mi marido sin que él sospeche nada. Y sigo escuchándole, cuando hay cena familiar, repetir delante de quien sea que su mujer no funciona. Yo lo miro, le sonrío como si me lo creyera y pienso en quién me espera el sábado siguiente. Esteban me tenía engañada. Tardé seis años en darme cuenta de que ese cuento era para él.